Dirección: Peter Watkins
Guion: Peter Watkins
País: Reino Unido
Año: 1971
Duración: 88 minutos
Fotografía: Joan Churchill, Peter Smoker
Reparto: Patrick Boland, Kent Foreman, Scott Turner, Luke Johnson, Katherine Quittner
Sinopsis
Partiendo del estilo documental como artificio narrativo, PUNISHMENT PARK imagina un panorama político en que el gobierno de Nixon impone una serie de medidas extremas para reprimir la subversión de manifestantes y pacifistas que protestan contra la guerra de Vietnam. Los disidentes detenidos pueden escoger entre la cárcel o participar en unos retorcidos entrenamientos policiales.
Aunque
en no pocos aspectos podemos incorporar ciertas similitudes, no es menos
cierto que durante los últimos años sesenta y primeros setenta
-básicamente el periodo de Richard Nixon como presidente- la sociedad
norteamericana conoció una enorme polarización. En esos años, el rechazo
sobre todo por parte de buena parte de la juventud USA ante la
implicación en la guerra del Vietnam, vino acompañado por la influencia
de la contracultura -pacifismo y movimiento hippy-, e incluso
la incorporación de determinadas drogas. Fue todo ello la suma de un
cúmulo de circunstancias. La demostración de ese malestar específico
tuvo una amplia presencia en el cine de aquel tiempo. Presencia esta que
en líneas generales funcionó como elemento de denuncia, pero que en más
ocasiones de la deseable envejeció con demasiada rapidez, fruto de
propuestas cinematográficas en las que el servilismo a una expresión
visual absolutamente periclitada dominó buena parte de sus intenciones.
Nos
encontramos pues, en un ámbito en el que podemos encontrar propuestas
como el, a mi juicio, fallido -aunque me gustaría revisarlo- ZABRISKIE POINT (Zabriskie Point, 1970. Michelangelo Antonioni), u otras de sorprendente atractivo, como la previa MEDIUM COOL
(1969, Haxkell Wexler), entre otros diversos exponentes. Junto a ellos,
emergieron una sucesión de títulos inmersos en diversas variantes
genéricas, que sin embargo abordaban esas constantes visuales que, a fin
de cuentas, suponían lo más caduco del enunciado de esta corriente.
Sea
como fuere, considero que una de las apuestas más atractivas de la
misma -también de las menos conocidas, en buena medida debido a sus
propias condiciones de rodaje- la propone PUNISHMENT PARK
(1971), que a fin de cuentas no supone más que una nueva muestra de la
inclasificable personalidad de uno de los más singulares valores
cinematográficos emanados por el cine británico durante la década de los
sesenta; Peter Watkins. Capaz de articular una serie de denuncias en
torno a las vertientes más oscuras de la sociedad de su tiempo,
utilizando para ello el lenguaje del falso documental, no cabe duda que
nos encontramos ante una de sus propuestas más atrevidas, aunque no
podamos señalar en su conjunto que se sitúe como la más lograda. Esa
inclinación hacia el panfleto -en la acepción más noble del término- irá
aparejada a su deliberada inclinación hacia la crítica hacia un
contexto social concreto. Fruto de ello fue su imposibilidad de
exhibición en salas norteamericanas a partir del momento de su estreno
en el Festival de Cine de Nueva York de 1971.
Hasta
cierto punto son comprensibles las reacciones que suscitó este grito
agónico en una sociedad enormemente crispada sobre la Norteamérica de
aquel tiempo. Una propuesta en la que se sigue apreciando e incluso
sintiendo esa sensación de cercanía. Esa inmediatez que, a fin de
cuentas, constituye la mayor cualidad de un proyecto elaborado desde la
visceralidad y una convicción de exorcismo social, a partir de un
limitado presupuesto de unos 95.000 euros y un reducido grupo de apenas
ocho personas. Todo ello se circunscribe en 1970, en plena ofensiva de
la Guerra del Vietnam y los bombardeos ejecutados por el gobierno de
Richard Nixon en Camboya. En medio de ese contexto convulso, el
mandatario norteamericano articula un estado de emergencia, a partir del
cual autoriza a las autoridades federales a la detención de aquellos
ciudadanos que consideren -sin preceptiva judicial alguna- riesgos para
la seguridad nacional.
A
partir de estas premisas, el film de Watkins se dirime en una
articulación de diversos elementos inmersos en el ya señalado ámbito del
falso documental, el cinéma vérité, e incluso adelantando rasgos en torno a determinados modos de rodaje que anticipaban varias décadas inesperados éxitos como THE BLAIR WITCH PROJECT
(El proyecto de la bruja de Blair, 1999. Daniel Myrick & Eduardo
Sánchez). La película se articula a varios niveles temporales paralelos
-asumiendo de manera muy particular la impronta de TWO FOR THE ROAD
(Dos en la carretera, 1967. Stanley Donen)- pero acentuando en todo
momento el sendero de la inmediatez y la crispación emocional, ya que
todo su enunciado dramático se articula en un ámbito espacio temporal
muy estrecho. Así pues, la película se expresa en realidad en dos
marcos. Uno de ellos será la realización de juicios ‘express’ a
una serie de jóvenes activistas de diferentes vertientes de la sociedad
norteamericana del momento. Juicios efectuados en unas carpas y ante
nulas garantías procesales, pese a encontrarse en ellos abogados
defensores. Por otro lado, la escenificación de la trampa ofrecida a
esos mismos condenados, que parten de una condenas tan injustificadas
como excesivas, brindándoseles la posibilidad de conmutar dichas penas a
través de una dura prueba en el desierto -el denominado Punishment Park, en realidad rodado en el El Mirage Dry Lake
de California- donde durante tres días tienen la posibilidad de
intentar alcanzar un objetivo situado a más de 80 kilómetros de
distancia, donde se encuentra una bandera americana -oportuna metáfora-
para la cual las fuerzas policiales apenas les otorgan tres horas de
margen.
La
singularidad del film de Watkins reside en la voluntaria incardinación
de ambos elementos combinandolos de manera aleatoria, aunque con una
clara voluntad de vincular elementos aislados de una u otra vertiente.
Es decir, pasajes de las distintas vistas efectuadas, se verán ligados a
momentos de la desesperada huida de los condenados en medio de la
abrasadora incidencia y aridez del desierto. Todo ello, siendo filmado
por parte del propio gobierno en los poco escrupulosos juicios, y por
unos documentalistas europeos en la lucha de los condenados por alcanzar
su libertad. Será un siniestro juego que no deja de aparecer como una
curiosa actualización del conocido relato de Richard Connell ‘The Most Dangerous Game’.
A partir de ese punto de partida, la propuesta del británico funciona
por una clara apuesta de concienciación basada en una acumulación de
elementos que apelan más a la emoción que al raciocinio. Puede que su
discurrir oscile con una cierta ausencia de lucidez -aunque en sus
imágenes se inserten oportunos elementos que apelan a un cierto
nihilismo; esa acusación que los agentes de clara tendencia fascista
ofrecen a los documentalistas, cuando los primeros se encuentran
eliminando de manera clara a los condenados perseguidos-. Pero no es
menos cierto que este deliberado panfleto funciona por bandear con
eficacia el esquematismo de su fauna humana, sobre todo en aquellos
estereotipos enmarcados y que descaradamente se denuncian.
Se percibe la opción por un grano fotográfico, por un teleobjetivo evidente, por el uso indiscriminado del zoom a modo de improvisado rodaje. En la abundancia de voces en off
e incluso rótulos explicativos. También en la manipulación de la banda
de sonido, en la que en buena parte de su metraje no dejaremos de
escuchar sonidos de explosiones. Todo ello confluirá en un conjunto
siempre percutante, destinado a estimular la conciencia de un espectador
de entrada ya proclive a entrar en el juego. Es cierto que Watkins
acierta al articular todos resortes para confeccionar un conjunto que
respira una notable vivacidad, y en el que uno asume con mayor cercanía
la angustia que ofrece ese relato entrecortado del intento cada vez más
frustrado de los condenados por intentar llegar al objetivo y con ello
conmutar sus condenas, en medio de un terreno del que se acierta a
transmitir su abrasadora presencia. Por el contrario, todo aquello que
se centra en las apresuradas vistas, en más ocasiones de las deseables
desprenden una cierta sensación de esquematismo.
En
cualquier caso, el resultado funciona. Lo hace sobre todo en ese
auténtico e intermitente vía crucis descrito en el desierto. Es la
creciente agonía de los condenados, en su progresiva debilitación
física. En los ataques recibidos por unos agentes que, en el fondo,
están decididos a eliminarlos a todos a balazos. Pero también se ofrece
en instantes como el primer plano sostenido sobre ese jovencísimo agente
-con un aspecto All American Boy- que asume incluso con
lágrimas como su vida va a quedar condicionada en el futuro por haber
liquidado a algunos de los huidos -quizá el momento más sincero y
doloroso de la propuesta-. O en esa secuencia en la que algunos
supervivientes la emprenderán con piedras contra sus atacantes -al
parecer en unos instantes en los que sus propios actores actuaron de
manera espontánea, dada la tensión que se generó de manera improvisada
en rodaje-. Serán destellos de vida propia en un conjunto datado y fruto
de su tiempo, pero que. gracias a su decidida entrega y consustancial
talento, mantiene en nuestros días su virulencia y buena parte de su
efectividad como denuncia.
Fuente: Cinema de perra gorda
VER PELICULA CON SUBTITULOS EN CASTELLANO:
https://www.youtube.com/watch?v=Ekuh4ZeqCCc