
Amigos míos, quiero que consideréis la
relación existente entre el arte y el comercio, utilizando esta
última palabra para expresar lo que corrientemente indica, es decir,
ese sistema de competencia en el mercado que es, en verdad, la única
forma que la mayoría de la gente, en la actualidad, considera pueda
tomar el comercio
Claro que así como ha habido épocas en la historia del mundo
en que el arte mantenía su supremacía sobre el comercio, en que
el arte era mucho y el comercio, tal como nosotros enten-demos la palabra,
era muy poco, ahora, por el contrario, todos aceptaremos, imagino, que el
comercio se ha convertido en algo de una importancia enorme, y el arte en
algo de muy poca importancia. Digo que, en general, se aceptará esa
idea, aunque personas diferentes mantengan opiniones diferentes no solo
respecto a la bondad o maldad de ello, sino incluso respecto al significado
de decir que el comercio se haya convertido en algo de importancia suprema y
el arte se haya hundido hasta convertirse en asunto sin importancia
Permitidme que os dé mi opinión sobre lo que esto significa,
lo cual me llevará a pediros que consideréis qué
remedios deberán ser aplicados para curar los males que existen en las
relaciones entre arte y comercio
Os voy a hablar con toda franqueza. Me parece que la supremacía
del comercio (según entendemos esa palabra) es un mal, y un mal muy
grave: y diría que es un mal sin mezcla alguna de bien, a no ser por
esa extraña continuidad de la vida que fluye por todos los
acontecimientos históricos y por cuyo medio hasta los mismos males
de ciertos periodos tienden a abolirse por sí mismos,
Porque, en mi opinión, lo que quiere decir es esto: el mundo de la
civilización moderna en su carrera para ganar una prosperidad
material muy desigualmente repartida, ha suprimido enteramente el arte
popular; o, en otras palabras, la mayor parte de la población no tiene
ninguna participación en el arte, que, tal como están las
cosas, debe ser conservado en las manos de unos pocos ricos o acomodados que,
podemos decir honradamente, lo necesitan menos, y no más, que los
esforzados trabajadores.
Pero no es ese todo el mal ni la parte peor de él, porque la causa de esta hambre de arte es que, si bien la gente trabaja en
todo el mundo
civilizado con el mismo ardor con que siempre lo hizo, ha perdido -al perder
un arte que estaba hecho por y para el pueblo- el solaz natural de su
trabajo, un solaz que en otro tiempo tuvieron y que siempre debieron haber
tenido, la oportunidad de expresar a sus semejantes su propio pensamiento
mediante ese mismo esfuerzo, mediante ese trabajo diario que la naturaleza o
la costumbre inveterada -una segunda naturaleza- de hecho les exige, pero sin
que signifique una carga repulsiva y sin recompensa
Sin embargo, debido a una extraña ceguera y a un extraño
error de la civilización de los últimos tiempos, casi todo el
trabajo, ese trabajo del cual alguna parte debiera haber sido
compañero servicial de todos los hombres, ha llegado a convertirse en
una carga tal que todos los hombres, si pudieran, se liberarían de
ella. He dicho que la gente trabaja no menos laboriosamente que lo hizo en el
pasado; pero creo que debiera haber dicho que trabajan más
laboriosamente aun.
Esas máquinas maravillosas que en manos de hombres justos y
previsores habrían sido utilizadas para aminorar el trabajo repulsivo y para conceder placer -o, en otras
palabras, incremento de vida- a
la raza humana, han sido usadas, por el contrario, de tal modo que han
llevado a los hombres a una precipitación frenética y a la
prisa, y con ello han destruido todo placer, es decir, toda vida, por todas
partes; en vez de aligerar el esfuerzo de los trabajadores lo han
intensificado, y con ello han añadido más cansancio aun a la
carga que los pobres deben soportar.
Y no se puede argüir en defensa del sistema de la civilización
moderna que sus solas ganancias materiales o corporales equilibran la
perdida de placer que ella ha traído al mundo; porque, como antes
sugerí, esas ganancias han sido divididas tan injustamente que el
contraste entre ricos y pobres se ha visto enormemente intensificado, de
modo que en todos los países civilizados, pero sobre todo en
Inglaterra, se exhibe el terrible espectáculo de dos pueblos que
viven en calles vecinas, en puertas vecinas, pueblos de la misma sangre, de
la misma lengua y que viven, al menos teóricamente, bajo las mismas
leyes y sin embargo, el uno es civilizado y el otro es incivilizado Todo
esto, digo, es resultado del sistema que ha estrangulado el arte y exaltado
el comercio hasta convertirlo en una religión sagrada; y
parecería que está dispuesto, con esa terrible estupidez que
es su característica primordial, a burlarse del noble consejo de aquel
satírico romano, cambiándole el sentido, y así ahora se
nos pide que, en nombre de la vida, destruyamos la razón de vivir
Y ahora, frente a esa estúpida tiranía, presento mi reivindicación en nombre del trabajo esclavizado por el
comercio, reivindicación que sé que ninguna persona con dos dedos de
frente podrán tachar de irracional; pero que si se llevara a cabo implicaría un cambio tal que derrocaría el comercio, es
decir, que establecería la asociación en lugar de la
competencia, el orden social en vez de la anarquía individualista.
A pesar de todo, he considerado esta reivindicación a la luz de la
historia y de mi propia conciencia y me parece que, considerada de ese
modo, es una reivindicación muy justa y que resistirse a ella quiere
decir, ni más ni menos, negar toda esperanza a la civilización.
Esta es, pues, mi reivindicación: Es justo y necesario que todo hombre
trabaje en algo que valga la pena, que sea agradable de hacer por sí
mismo y que se realice bajo unas condiciones que no lo hagan ni excesivamente
fastidioso ni excesivamente angustioso.
Por más vueltas que le dé a esa reivindicación, por
más que piense en ella, no puedo encontrar que sea una petición
descabellada; sin embargo, repito que si la sociedad la admitiera (o
pudiera admitirla) la faz del mundo cambiaria; el descontento, la lucha y la
deshonestidad terminarían. ¡Sentir que estamos realizando un
trabajo útil para los demás y agradable para nosotros, y que
ese trabajo y su debida recompensa nunca nos faltaran! ¿Qué
grave perjuicio podría ocurrirnos en tales circunstancias? Y el
precio que deberíamos pagar para dar al mundo esa felicidad
sería la revolución: socialismo en vez de laissez
faire.
¿Cómo podemos nosotros, las clases medias, ayudar a que se
realice ese estado de cosas, esa situación que sería, en la
mayor medida posible, lo contrario del estado de cosas actual? Lo contrario,
ni más ni menos. Porque, en primer lugar, el trabajo debe valer la
pena: ¡Pensad en el cambio que ello implicaría en el mundo! Os
digo que me siento aterrado al pensar en la inmensidad del trabajo que se
lleva a cabo con el único objetivo de hacer cosas inútiles.
Para cualquiera de nosotros lo bastante fuerte para pasear por dos o tres
calles principales de Londres, sería un día de trabajo
instructivo anotar con detalle todo lo que se exhibe en los escaparates que
resulta embarazoso o superfluo en la vida diaria de un hombre sensato.
Más aun, la mayoría de esas cosas no hay nadie que las quiera
en absoluto, sensato o insensato; tan solo una estúpida costumbre hace
que hasta aquellos de mente más ligera supongan que las quieren, e
incluso para muchos que las compran se convierten en auténticos
estorbos para el trabajo, para el pensamiento y para el placer. Pero os ruego
que penséis en la enorme cantidad de hombres que se ocupan de esos miserables
cachivaches, desde los ingenieros que han tenido que hacer las
máquinas para elaborarlos, hasta los míseros escribientes que
pasan el día sentados, año tras año, en las horribles
cuevas en que se lleva a cabo todo el intercambio, y los vendedores que los
venden al por menor entre un sinfín de insultos que deberán
escuchar sin ofenderse; y el público ocioso que no los quiere, pero
que los compra para aburrirse y hartarse totalmente de ellos.
Estoy hablando de las cosas meramente inútiles; pero hay otros
objetos que no sólo son totalmente inútiles, sino que son activamente destructivos y venenosos y obtienen buen precio en el mercado; por
ejemplo, la comida y bebida adulteradas. Es ingente el número de
esclavos que el comercio competitivo emplea para producir ruindades
semejantes. Pero también a gran distancia de ello existe una enorme
masa de trabajo que se desperdicia, simple y llanamente; muchos miles de
hombres y de mujeres que no hacen nada, con esfuerzo terrible e inhumano que
aniquila sus almas y acorta su misma vida animal
Todos estos son esclavos de lo que se llama el lujo, que en el sentido
moderno de la palabra comprende una masa de riqueza falsa, invento del
comercio competitivo y que esclaviza no solo a los pobres que están
obligados a trabajar en su producción, sino también a los
desventurados y bastante infelices que las compran para atormentarse con su
estorbo.
Ahora bien, si queremos que exista el arte popular o simplemente el arte
del tipo que sea, debemos liberarnos de una vez por todas de esos lujos; son
los sustitutos, los falsarios del arte; y tanto es así que los que no
conocen nada mejor han llegado a considerarlo arte, solaz divino del trabajo
humano, emoción en la dura práctica diaria del difícil
arte de vivir.
Pero digo que el arte no puede vivir en esta situación ni en ella
puede haber estimación propia. El afeminamiento y la brutalidad son
sus compañeros, a ambos lados. Y somos ante todo nosotros, las clases
acomodadas, quienes debemos librarnos de todo ello si deseamos seriamente ese
nuevo nacimiento del arte; y si no, entonces la corrupción está
excavando ya una terrible fosa de perdición para la sociedad, de la
cual podrá, ciertamente surgir tal vez ese nuevo nacimiento, pero
con toda certeza lo hará entre el terror, la violencia y la
miseria.
En realidad, ya sería algo que valdría la pena con tal de
que nos desembarazara, a la gente acomodada, de esta montaña de
escombros, de las cosas que todos sabemos que no tienen ninguna utilidad; los
mismos capitalistas saben bien que no existe una demanda genuina y sana de
ellas, y están obligados a ponerlas a hurtadillas en manos del
público, avivando un deseo febril de excitación barata, cuya
muestra externa se conoce con el nombre convencional de moda, un monstruo
extraño nacido en la vacuidad de la vida de los ricos y de la
ambición del comercio competitivo por sacar el mayor partido posible
de la gran masa de trabajadores a los que adiestra, como meros instrumentos, para lo que se llamara "hacer dinero".
No creáis que es poca cosa resistir a ese monstruo de locura;
pensar por vuestra propia cuenta en lo que realmente deseáis, no solo
os convertirá en hombres y mujeres, sino que también os puede
llevar a pensar en los deseos auténticos de los demás, puesto
que pronto encontrareis, cuando lleguéis a conocer una obra de arte,
que el trabajo de esclavos es indeseable Y aquí, además, se
encuentra al menos un pequeño signo por el cual podemos distinguir
entre un pingajo de la moda y una obra de arte: mientras que los juguetes de
la moda, al perder el brillo, pierden en realidad todo valor, incluso para
los frívolos, una obra de arte, por humilde que sea, siempre
permanece; nunca nos cansamos de ella; mientras quede un fragmento,
será valiosa e instructiva para cada nueva generación. Todas
las obras de arte, en resumen, tienen la propiedad de hacerse venerables en
medio de ruinas; y es razonable que así sea, porque desde el principio
existió en ellas un alma, el pensamiento del hombre, que se hace
visible mientras existe el cuerpo en el que fue injertada.
Y esta última frase me lleva a considerar el otro aspecto de la
necesidad de que el trabajo se ocupe solamente de hacer objetos que valga
la pena hacer. Hasta ahora hemos estado pensando en ello solamente desde el
punto de vista del usuario; claro que, incluso considerado de ese modo, ya
tenía bastante importancia; sin embargo, desde el otro punto de
vista, desde el del productor, tiene aún mayor importancia.
Porque repito que, al comprar estas cosas, ¡son vidas humanas lo que
compráis! ¿Seréis participes, debido tan solo a la
locura e irreflexión, del crimen que cometen quienes obligan a sus
hermanos a trabajar inútilmente? Porque cuando dije que era necesario
que todas las cosas que se fabricaran valieran la pena, planteé esa
reivindicación principalmente en nombre del trabajo, puesto que el
despilfarro de hacer objetos inútiles aflige doblemente al trabajador.
Como parte del público, se ve forzado a comprarlos, y la mayor parte
de su mísero jornal es absorbida por una especie de sistema
universal de trueque; como productor, esta forzado a hacerlo; y, así a
perder el mismo fundamento de ese placer en el trabajo diario que es su
derecho de nacimiento; está obligado a trabajar sin alegría
fabricando el veneno que el sistema de trueque le obliga a comprar.
Así que ese ingente número de hombres que se ven obligados por
la locura y por la avaricia a fabricar cosas dañinas e
inútiles, es sacrificado a la sociedad.
Mantengo que esto sería terrible e insoportable, aunque se sacrificara por el bien de la sociedad, si fuera posible; pero si se
sacrifican, no por el bienestar de la sociedad, sino por su capricho, para
aumentar su degradación, ¿qué aspecto tendrán entonces el lujo y la moda? Por una parte, despilfarro ruinoso y agotador que
nos lleva de corrupción en corrupción hasta terminar en un
cinismo completo y en la desintegración de toda sociedad; por otra
parte, opresión implacable que destruye todo placer y toda esperanza
de vida y que lleva.... ¿hacia dónde? He aquí, pues, una
tarea para nosotros, las clases medias, antes de poder alisar el terreno para
el nuevo nacimiento del arte, antes de poder limpiar nuestras propias
conciencias de la culpa de esclavizar a los hombres mediante el trabajo. Algo
es; y, si pudiéramos hacerlo, tal vez eso solo sería suficiente
y de ahí se derivarían todos los otros cambios saludables;
pero, ¿podemos hacerlo? ¿Podemos escapar de la
corrupción de esta sociedad que nos amenaza? ¿Podemos nosotros,
las clases medias, regenerarnos a nosotros mismos?
A primera vista se diría que un conjunto humano tan poderoso que ha
levantado ese edificio gigantesco del comercio moderno, cuya ciencia,
inventiva y energía ha subyugado las fuerzas de la naturaleza para
hacerlas servir a sus propósitos cotidianos, y que guía la
organización que mantiene subyugados esos poderes naturales de un modo
casi milagroso; a primera vista se diría, sin miedo a equivocarse, que
un grupo de hombres opulentos tan considerable podría hacer todo lo
que quisiese.
Y, sin embargo, lo dudo; su propia creación, ese comercio del que
esta tan orgulloso, se ha convertido en su amo; y todo lo que nosotros, las
clases acomodadas -algunos con júbilo triunfante; otros con
satisfacción estúpida, y algunos con tristeza de
corazón-, estamos obligados a admitir es que el comercio no fue
hecho para el hombre sino que el hombre fue hecho para el comercio.
Por todas partes estamos obligados a admitirlo. En la clase media
inglesa actual, por ejemplo, se encuentran hombres de altas aspiraciones
artísticas y de voluntad decidida, hombres que están
profundamente convencidos de la necesidad de que la civilización rodee
de belleza las vidas humanas; y muchos hombres de menor importancia, miles de
ellos, me consta, refinados y cultivados, les siguen y alaban sus
opiniones; pero tanto los dirigentes como los dirigidos son incapaces de
salvar ni siquiera a media docena de hombres del pueblo de las garras del
comercio inexorable; se hallan tan indefensos, pese a su cultura y a su
talento, como si fueran todos ellos simples zapateros sobrecargados de
trabajo; menos afortunados que el rey Midas, nuestros verdes campos y
nuestras aguas claras e incluso el mismo aire que respiramos, se han
convertido, no en oro (lo cual tal vez nos hubiera gustado a algunos durante
cierto tiempo), sino en polvo; y, para hablar sin tapujos, sabemos con toda
certeza que no es solo que bajo este evangelio actual del capital no haya
esperanza alguna de mejora, sino que las cosas empeoran de año en
año, de día en día. Comamos y bebamos, que mañana
moriremos sofocados por la suciedad.
Dejadme que os ofrezca un ejemplo directo de la esclavitud del comercio
competitivo en que vivimos nosotros, desventurados miembros de la clase
media. Os he exhortado a dejar a un lado los lujos, a que os desnudéis
de estorbos innecesarios, a la simplificación de la vida, y creo que
estaréis totalmente de acuerdo conmigo en ello. Bien, he pensado
muchas veces que una de las circunstancias más hirientes que se
engarzan en nuestro sistema de clases actual es la relación que existe
entre nosotros, los ricos, y nuestros criados; nosotros y nuestros criados
vivimos juntos bajo el mismo techo, pero somos casi totalmente
extraños los unos a los otros, pese a la afabilidad y buenos sentimientos que a menudo existen por ambas partes; no, extraños es una
palabra suave; aunque seamos de la misma sangre y estemos ligados por las
mismas leyes, vivimos juntos como personas de tribus diferentes. Ahora pensad
en las consecuencias que ello tiene en el trabajo doméstico
ordinario de cada día en un hogar y en si cabe la posibilidad de
simplificar nuestras vidas mientras tal sistema perdure. Para no ir
más lejos, las que seáis amas de casa sabéis muy bien
(como me ocurre a mí, puesto que he aprendido el arte útil de
hacer la comida) en qué manera se simplificaría el trabajo
diario si las comidas más importantes pudieran tomarse en
común; si no existiera doble comida, una en el piso principal y otra
debajo. Y, evidentemente, nosotros, que pertenecemos a un siglo amante de
la educación, no podemos ignorar el valor educativo que
tendría para los miembros menos refinados de un hogar reunirse con los
más refinados, una vez al día por lo menos; observar los modales elegantes de las señoras bien educadas, participar en la
conversación de hombres de cultura y de viajes, de hombres de
acción y de imaginación; creedme que aventajaría en
mucho a la enseñanza primaria.
Más aun, este asunto se relaciona con nuestro tema del arte: porque
observad, como muestras de esa estupidez de nuestra civilización de
pacotilla, que nuestros hogares acomodados están obligados a ser
estúpidas madrigueras de conejos en vez de estar planeados
según el antiguo sistema racional utilizado desde la época de
Homero hasta pasados los tiempos de Chaucer; una gran sala, digamos, y unas
cuantas habitaciones unidas a ella para dormir o en las que encerrarse. No es
extraño que nuestras casas sean complicadas e innobles, porque las
vidas que en ellas se viven son también complicadas e innobles En ese
caso, ¿por qué los que hemos pensado en ello, pues estoy
seguro de que muchos de nosotros lo hemos hecho, no cambiamos esta costumbre
mezquina y vulgar, simplificando nuestras vidas con ello y educando a
nuestros amigos, a cuyos esfuerzos debemos tantas comodidades? ¿Por
qué vosotros -y yo- no os ponéis a hacerlo mañana
mismo?
Porque no podemos; porque nuestros siervos no lo aceptarían,
sabiendo, como sabemos nosotros, que ambas partes serían, con ello,
más desgraciadas. ¡La civilización del siglo XIX
prohíbe compartir el refinamiento de un hogar a sus miembros!
Así que, ya lo veis, si nosotros, la clase media pertenecemos a un
pueblo poderoso -lo cual, en buena fe, es cierto-, no hacemos más
que representar un papel que ya se ha interpretado muchas veces en la
historia mundial; somos grandes, pero desdichados; somos gente importante y
digna, pero moralmente aburrida; hemos comprado nuestro poder al precio de
nuestra libertad y de nuestro placer De modo que, en respuesta a la pregunta
de si podemos alejar de nosotros los lujos y vivir vidas sencillas y
decentes, digo que solo podremos cuanto estemos libres de la esclavitud del
comercio competitivo; antes no. Con certeza algunos de vosotros
deseáis ser libres, habéis sido educados y sois refinados, y
vivificasteis vuestra percepción de la belleza y del orden solo para
que pudiera ser sacudida y lesionada en todo momento por la brutalidad del
comercio competitivo; habéis sido tan perseguidos y acosados por
él que, aunque gocéis de buena posición, incluso aunque
quizás seáis ricos, no tenéis ahora nada que perder de
la revolución social; el amor al arte, es decir, al placer
auténtico de la vida, os ha llevado a tal punto que debéis
compartir vuestra suerte con la de los esclavos asalariados del comercio
competitivo; vosotros y ellos debéis ayudaros los unos a los otros, y
tener una esperanza en común; de lo contrario, vosotros, en
cualquier caso, viviréis y moriréis sin esperanza y sin ayuda.
A vosotros, que deseáis ser liberados de la opresión de los
buscones del dinero, os digo: ¡Esperad el día en que
seréis obligados a ser libres! Mientras tanto, si por otro lado esa
opresión apenas nos ha dejado algún trabajo que valga la pena
hacer, una cosa al menos queda por la que luchar; la elevación del
nivel de vida en aquellos casos en que se encuentra en su punto más
bajo o en un punto bajo; eso pondrá alguna traba al comercio
competitivo triunfante. Y no puedo concebir nada que tenga más
probabilidades de elevar el nivel de vida que la labor de convencer a
algunos millares de personas que viven de su esfuerzo, de la necesidad que
tienen de apoyar la segunda parte de la reivindicación que he hecho
en nombre del trabajo, es decir, que el trabajo sea agradable de por
sí. Si pudiéramos simplemente convencerles de que esa
extraña revolución del trabajo serí a de beneficios
infinit os no solo para ellos, sino para todos los hombres, de que es tan
perfectamente justo y natural que lo contrario, es decir, que la mayor
parte del trabajo humano resulte penoso, es una mera monstruosidad de estos
últimos tiempos, que debe, a largo plazo, acarrear ruina y
confusión a la sociedad que lo permite; si tan solo
pudiéramos convencerles, en ese caso, en efecto, existiría la
oportunidad de que la frase arte del pueblo fuera algo más que
meras palabras.
A primera vista, sin duda alguna, podrá parecer imposible conseguir que hombres nacidos bajo el actual sistema del comercio entiendan que
el trabajo pueda ser para ellos una bendición; no en el sentido con
que a veces les predican esa idea aquellos cuyo trabajo es ligero y de
fácil evasión; tampoco como una tarea necesaria que la
naturaleza impone a los pobres en beneficio de los ricos; tampoco solo como
un opio que atonte su sentido del bien y del mal, que les haga estar
sentados, sin protestar, bajo sus cargas, hasta el fin del tiempo,
bendiciendo al señor y a su familia: podrían entender con
bastante facilidad todas estas cosas, y algunas veces las escucharían
con cierta muestra de complacencia, al menos en caso de pensar que pudieran
sacar algo de nosotros con ello. Pero la doctrina auténtica de que
el trabajo debe ser una bendición real y tangible, en sí misma,
para el trabajador, un placer incluso como ahora lo son el sueño y las
bebidas fuertes, podrá parecer muy difícil de entender, siendo,
como es, tan diferente de todo lo que han encontrado que es el trabajo
Sin embargo, aunque la mayor parte del trabajo humano se soporta solamente
como se soporta un mal necesario (la enfermedad, por ejemplo, mi
experiencia al respecto es que, bien sea debido a un cierto carácter
sagrado del trabajo manual que se injerta en él, incluso bajo las
peores circunstancias, o bien porque el pobre, llevado por la necesidad a
tratar de cosas terriblemente reales, cuando piensa -si es que lo hace- en
tales asuntos lo hace menos convencionalmente que los ricos; sea lo que
fuere, mi experiencia al respecto es que el trabajador encuentra más
fácil de entender la doctrina de la reivindicación del placer
en el trabajo que puedan encontrarlo los ricos o los de clase acomodada.
Dejando aparte cualquier palabra trivial que pueda añadir, me ha
sorprendido encontrar, por ejemplo, en públicos de la clase
trabajadora una admiración tan apasionada hacia John Rankin; pueden
verlo como profeta, más que como el retórico fantástico
que descubren en él los públicos de mayor finura. Es esto un
buen augurio, me parece, de la educación de los tiempos venideros.
Pero nosotros, a veces tan teñidos de cinismo, debido a nuestro
desamparo en el mundo repugnante que nos rodea y nos oprime, ¿no
podemos acaso levantar nuestras propias esperanzas, de algún modo,
hasta el punto de pensar que la esperanza que pueda aun brillar en los
millones de esclavos del comercio es algo mejor que una mera
ilusión, que una falsa aurora de una noche encapotada contra la que
solo lucha la luna? Recordemos que aún quedan en el mundo monumentos
que nos muestran que no siempre fue todo el trabajo humano un pesar y una
carga para los hombres. Pensemos en la hermosa y señorial
arquitectura, por ejemplo, de la Europa medieval: en los edificios
levantados antes de que el comercio hubiera puesto la piedra cimera del
edificio de la tiranía al descubrir que la fantasía, la
imaginación, el sentimiento, la alegría de la creación y
la esperanza de un renombre justo son mercancías demasiado preciosas
para que puedan comprarlas hombres sin dinero, simples artesanos y
jornaleros. Recordemos que hubo un tiempo en que los hombres hallaban un
placer en su trabajo diario, pero, sin embargo, respecto a otros asuntos
ansiaban la luz y la libertad incluso tanto como ahora se desean: su tenue
esperanza se hacía cada vez más brillante y veían que se
iba acercando de día en día su realización aparente, y
la contemplaban con tanta ansiedad que no se dieron cuenta de que el enemigo
que siempre acecha, la opresión, había cambiado de forma y
les estaba robando lo que ya habían conseguido en aquellos días
en que la luz de su nueva esperanza no era sino débil destello; de
este modo perdieron su vieja ganancia, y a falta de ella, esa nueva ganancia
les fue cambiada y desperdiciada y se convirtió en algo que no era
mucho mejor que lo que habían perdido Entre los días que ahora
transcurren y el final de la Edad Media, Europa ha ganado libertad de
pensamiento, aumento de conocimientos y gran talento para tratar con las
fuerzas materiales de la naturaleza; junto con todo ello, una relativa
libertad política y un respeto hacia las vidas de los hombres
civilizados, y otros logros que acompañan a todo ello; sin embargo,
digo deliberadamente que si la situación actual de la sociedad continúa, ella ha comprado esas ganancias a un precio demasiado alto; la
pérdida del placer del trabajo diario que en otro tiempo
proporcionó auténtico solaz en los temores y opresiones de una
masa de hombres: la muerte del arte fue un precio demasiado alto que tuvimos
que pagar a cambio de la prosperidad material de las clases medias
Doloroso fue, ciertamente, que no pudiéramos mantener nuestras
manos llenas, que nos viéramos obligados a derramar con una mientras
recogíamos con la otra; sin embargo, en mi opinión, aun es
más grave ser inconscientes de la pérdida o, siendo escasamente
conscientes de ella, tener que forzarnos a olvidarla y a proclamar en alta
voz que todo va bien. Porque, aunque todo no vaya bien, sé que la
naturaleza humana no ha cambiado tanto en tres siglos que nos permita decir a
todos los milenios que les precedieron: "Os equivocasteis al amar el arte;
ahora hemos descubierto que lo que todos los hombres necesitan es alimentos,
ropas y cobijo, y un barniz de conocimientos sobre la forma material del
universo. La creación no es ya una necesidad del alma humana; la
mano derecha bien puede olvidar su instinto; el hombre no empeorara por
ello
Trescientos años, un día en el transcurso del tiempo, no han
cambiado la naturaleza del hombre irremisiblemente, podéis estar
seguros; un día recobraremos el arte, es decir, el placer de la vida;
devolveremos el arte a nuestro trabajo diario: ¿Dónde
está, pues, la esperanza?, "nos podéis decir,
"Mostrádnosla". La esperanza se encuentra precisamente en el mismo
lugar en que la esperanza antigua nos defraudó. Abandonamos el arte
por lo que creíamos ser luz y libertad, pero lo que compramos no fue,
ni mucho menos, luz ni libertad: la luz mostró muchas cosas a que los
de clase acomodada que se tomaron la molestia de buscarlas; la libertad dio a
la clase media muchas posibilidades, si se preocupaban de utilizar esa
libertad; pero estos eran, en el mejor de los casos, pocos; a la
mayoría de los hombres la luz les mostró que ya no
necesitaban andar en busca de una esperanza y que la libertad había
otorgado a la mayoría de los hombres la libertad de aceptar, con un
sueldo miserable, el trabajo de esclavos que se hallara más cercano o,
por el contrario, verse obligados a morir de hambre.
Ahí está nuestra esperanza, os digo. Si el trato hubiera
sido realmente justo, totalmente completo, entonces lo único que se
podría hacer es enterrar el arte y olvidar la belleza de la vida; pero
ahora la causa del arte puede apelar a algo más: nada menos que a la
esperanza que la gente tiene en la vida feliz que aún no se les ha
concedido. Ahí está nuestra esperanza: la causa del arte es
la causa del pueblo
Pensad en un momento histórico, ¡y vuestra esperanza despertará! Hubo un tiempo en que el poder de Roma abarcaba, en abrazo
envenenado, todo el mundo de la civilización. Todos los hombres
-incluso los mejores, podéis ver en los mismos evangelios- pensaban
que ese imperio estaba llamado a durar eternamente: los que en él
vivían no podían imaginar que existiera en el mundo, fuera de
él, nada digno de consideración; pero los días pasaron,
y aunque nadie advirtiera los presagios del cambio que se avecinaba, el
cambio, sin embargo, llegó, como llega un ladrón en la noche, y
los bárbaros, ese mundo que se extendía fuera del dominio de
Roma, cayeron sobre ella; y los hombres, ciegos de terror, lamentaron el
cambio y consideraron que el mundo había sido destrozado por la
furia del Norte.
Pero incluso esa furia trajo consigo ciertas cosas totalmente
extrañas a Roma y que en otro tiempo habían sido el alimento
que nutriera sus glorias: odio a la mentira, desprecio a las riquezas,
menosprecio hacia la muerte, fe en la reputación honrada obtenida
por el esfuerzo tenaz, amor honorable hacia las mujeres...., todas esas cosas
trajo consigo la furia del Norte, como el torrente de la montaña
transporta el oro, y así Roma se hundió y surgió Europa
y la esperanza del mundo renació Para un espíritu sensible,
esta historia del pasado servirá de parábola de los días
que han de venir, del cambio que se nos avecina, ahora oculto en el seno de
los bárbaros de la civilización, del proletariado; y a
nosotros, las clases medias, sostén del sistema poderoso y monstruoso
del comercio competitivo, atañe limpiar nuestras almas de avaricia y
de cobardía y enfrentarnos con ese cambio que, otra vez, está
en el camino; comprender la bondad y la esperanza que trae consigo, pese a
todas las amenazas de violencia, pese a toda esa repugnancia, que no
engendró él, sino que fue engendrado por el mismo sistema que
está llamado a destruir.
Quiero decir, una vez más, que la mejor esperanza que tenemos
nosotros, las personas acomodadas, los que amamos el arte, no como un
juguete, sino como algo necesario para la vida del hombre, como muestra de su
libertad y de su felicidad, es la de elevar el nivel de vida del pueblo; o,
en otras palabras, conseguir la reivindicación que plantee en nombre
del trabajo y que ahora expondré de modo diferente, para que
intentemos ver cuál es el obstáculo mayor que nos impide hacer
que esa reivindicación se cumpla y cuáles son los enemigos que
debemos atacar. Así que voy a exponer de nuevo esa
reivindicación:
El trabajo humano no deberá producir nada que no valga la pena,
y ese trabajo no deberá ser degradante para los trabajadores.
Por sencilla que parezca esta proposición, y creo que os debe
parecer tan cierta como me parece a mí, al meditar sobre este asunto
veréis que es una amenaza de muerte directa contra el sistema actual
de trabajo de los países civilizados. Este sistema, que he llamado
comercio competitivo, es claramente un sistema de guerra; es decir, de
despilfarro y de destrucción; o, si queréis, un juego de
tahúres, cuyas reglas son que todo lo que un hombre puede ganar bajo
ese sistema lo gana a costa de lo que otro pierde. Tal sistema no presta
atención -ni puede prestarla- al problema de si vale o no la pena
fabricar ciertos objetos; ni le preocupa una cosa, y una cosa sola, es decir,
lo que llama obtener un beneficio, palabra que ha llegado a ser usada tan
convencionalmente que debo explicaros lo que realmente significa, y es
esto: ¡el despojo del débil por el fuerte! Y quiero
añadir que este sistema es, por su propia naturaleza, destructor del
arte, es decir, destructor de la felicidad de la vida. Toda
consideración que pueda existir por la vida del pueblo en la
actualidad, todo lo que se haga que tenga algún valor, se hace pese al
sistema y en contra de sus máximas; y es muy cierto que todos
nosotros, al menos tácitamente, admitimos que se opone a las
aspiraciones más altas de la humanidad.
¿Es que acaso no sabemos cómo trabajan esos hombres de talento que son la sal de la tierra, sin los cuales la corrupción de la
sociedad hace ya tiempo hubiera llegado a hacerse insoportable? Los poetas,
los artistas, los científicos, ¿no es cierto que en sus
días jóvenes y gloriosos, cuando alcanzan el cenit de su fe y
de su entusiasmo, se ven constantemente frustrados por la guerra comercial
con su irónica pregunta: "¿Dará dinero?". ¿No es
cierto que cuando comienzan a obtener éxito mundial, cuando se hacen
relativamente ricos, pese a nosotros, nos aparecen como tiznados por sus
corrompidos contactos con el mundo comercial?
¿Necesito hablaros de los grandes proyectos arrinconados, de cosas
cuya ejecución es tremendamente necesaria -así lo confiesan
todos los hombres-, pero que nadie puede decididamente poner en marcha
debido a la falta de dinero? Por el contrario, si se trata de crear o de
estimular algún capricho vano en la mente del público, y si
para satisfacerlo se obtiene algún beneficio, el dinero lloverá
a toneladas.
Y aún hay más: bien sabéis que es muy vieja la
historia de las guerras que engendra el comercio en búsqueda de nuevos
mercados, que ni los estadistas mas pacíficos pueden resistir; es
una vieja historia, pero parece eternamente nueva, y ahora se ha convertido
en una especie de broma siniestra, de la cual, si pudiera evitarlo, no
reiría, y sin embargo, me veo obligado a hacerlo desde mi alma repleta
de ira,
Pues bien, ¿qué ha hecho por nosotros todo ese dominio sobre
los poderes de la naturaleza que hemos conseguido en los últimos
cien años, o en menos tiempo aun, bajo el sistema actual? En
opinión de John Stuart Mil, era dudoso que todos los inventos
mecánicos de la época moderna hubieran hecho algo para aligerar
la carga del trabajo; y tened la certeza de que no fueron hechos con aquel
objetivo, sino con el de obtener un beneficio. Esas máquinas casi
milagrosas que, de haber sido tratadas con previsión ordenada,
pudieran ahora ya estar extinguiendo a pasos agigantados todo el trabajo
fastidioso e insensato, dándonos la libertad de elevar en nuestros
trabajadores el nivel de habilidad manual y de energía de mente y
producir de nuevo la belleza y el orden, que solo pueden producir manos
humanas guiadas por su espíritu, ¿Qué es lo que en
realidad han hecho por nosotros? El mundo civilizado está muy
orgulloso de sus máquinas, sí, pero, ¿Tiene algún
derecho a estar orgulloso del uso a que han sido destinadas por la guerra y
el despilfarro comercial?
Me parece que no existe en ello motivo de júbilo: la guerra
comercial ha obtenido un beneficio de estas maravillas; es decir, por sus
medios ha engendrado millones de trabajadores infelices, máquinas sin
inteligencia en lo que respecta a su trabajo diario, para obtener mano de
obra barata, para mantener su juego apasionante, pero asesino, eternamente. Y
es cierto que esa mano de obra hubiera sido tremendamente barata -barata para
los generales de la guerra comercial, y mortalmente cara para el resto de
nosotros- a no ser por las semillas de libertad que unos hombres valientes
sembraron hace algún tiempo entre nosotros y que están brotando
en nuestros propios días en forma de cartismo, sindicalismo y
socialismo, en defensa del orden y de una vida decente. Nuestra propia
esclavitud hubiera sido terrible -no solo la de las clases trabajadoras- a no
ser por esos gérmenes del cambio que debe acontecer incluso tal como
están las cosas, mediante ese amontonamiento de los obreros de las
máquinas y de sus acólitos en las grandes ciudades y en los
distritos industriales, ha mantenido nuestras vidas por los suelos y las
mantiene por los suelos, a un nivel de vida miserablemente bajo; tan bajo,
que cualquier plan de mejora llega a ser difícil de imaginar.
Por los medios de comunicación rápidos que ha creado, y que
debieran haber elevado el nivel de vida al esparcir el conocimiento desde
las ciudades al campo y al crear en todas partes centros modestos de libertad
de pensamiento y de hábitos culturales, por el ferrocarril y lo que
se le parezca, ha enganchado nuevos reclutas al ejército de reserva de
competidores indigentes, del cual dependen en gran manera las ganancias de
la especulación, desnudando al campo de su población y
extinguiendo toda esperanza razonable y toda vida en las ciudades
pequeñas. Como artista, no puedo dejar de pensar, ni relegar a un
último término, en las consecuencias externas que nos ha
acarreado este gobierno de la anarquía miserable que es la guerra
comercial. Pensad en la ulcera de Londres, que se agranda, que devora de
modo repugnante campos y bosques y brezales, despiadada y desesperadamente,
burlándose de nuestros débiles esfuerzos para atajar algunos
de sus males menores, y los cielos cargados de humos, los ríos
infectos; pensad en el horror sombrío y en la indiferente suciedad de
nuestros distritos industriales, tan terrible para los sentidos
desacostumbrados a ello que llega a ser siniestro para el futuro de la raza
el que haya hombres que puedan vivir sumidos en ella y manteniendo el buen
humor; aun hay más; pensad en el mismo campo abierto en el que, para
sustituirlas por miserables edificios de ladrillo y pizarra construidos
apresuradamente, se echan a un lado esas viviendas sólidas y grises
que aún se encuentran esparcidas a nuestro alrededor, emblemas
apropiados, debido a su sencillez alegre y bella, de los campesinos libres
del campo inglés, cuya destrucción a manos de la entonces
joven guerra comercial lamentaron tan conmovedoramente el magnánimo
More y el valeroso Latirme.
Por todas partes, en resumen, un cambio de lo viejo a lo nuevo implica,
aun dudando de todo lo demás, una certeza: el empeoramiento del
aspecto del país. Esta es la situación de Inglaterra: si, de
Inglaterra, país del orden, de la paz y de la estabilidad, país
del sentido común y del pragmatismo, país al que se dirigen
las miradas de todos aquellos que esperan que el progreso moderno
continúe y se perfeccione. Hay países europeos cuyo aspecto
exterior no está tan arruinado, aunque tengan tal vez menos
prosperidad material, aunque la riqueza de la clase media este menos
extendida para así equilibrar la miseria y la desgracia que antes
mencioné; pero si esos países son miembros del gran complot
comercial tendrán que pasar por la misma puerta, a no ser que ocurra
algo que detenga la marcha triunfal de la guerra comercial antes de que
llegue a su fin.
Eso es lo que nos han legado tres siglos de comercio, la esperanza que
surgió cuando el feudalismo comenzaba a hacerse pedazos. ¿Que
podrá darnos el amanecer de una nueva esperanza? ¿Acaso
podrá ser algo distinto a una revuelta general contra la
tiranía de la guerra comercial? Los paliativos de que muchas personas
de valor se ocupan son, en estos momentos, completamente inútiles,
porque tan solo son revueltas parciales, desorganizadas, contra una
organización vasta, insaciable, que recibirá todo intento de
mejorar la condición de la vida de la gente con un nuevo ataque;
nuevas máquinas, nuevos mercados, emigración masiva,
renacimiento de supersticiones rastreras, prédica del ahorro a
gentes que carecen de todo, de templanza a los miserables; cosas de este
tipo frustraran en toda ocasión las revueltas parciales contra ese
monstruo que nosotros, las clases medias, hemos creado para nuestra propia destrucción.
Hablaré con toda claridad de este asunto, aunque deba decir al
final algo desagradable, si he de confesar todo lo que pienso. Lo
único que debemos hacer es que todo el mundo piensa en todo momento en
que es posible elevar el nivel de vida. Si os fijáis en ello
veréis claramente que equivale a promover el descontento
general.
Y ahora, para demostrar que vuelvo a mi reivindicación en favor
del arte y del trabajo, para que pueda ocuparme de la tercera demanda, he
aquí de nuevo la reivindicación completa:
Es justo y necesario que todos los hombres trabajen en
algo:
1º El trabajo debe valer la pena
2º Debe ser agradable en sí mismo
3º Debe hacerse en tales condiciones que no resulte ni
excesivamente fastidioso ni excesivamente angustioso Yo he procurado
referirme a las dos primeras clausulas, que están muy relacionadas
entre sí. Son, pudiéramos decir, el alma de la
reivindicación de un trabajo justo; la tercera clausula es su cuerpo,
sin el cual el alma no pueda existir. Así que voy a exponerla de esta
forma y ella nos llevara a un terreno que en parte ya hemos cubierto.
Ninguna persona con ganas de trabajar deberá temer nunca la falta
de empleo que cubra todas sus necesidades básicas de mente y de
cuerpo.
"Todas las necesidades básicas", ¿y cuáles son esas
necesidades básicas para todo buen ciudadano? En primer lugar, un
trabajo decoroso y digno, lo cual implicaría dar la oportunidad de
capacitarse para el trabajo mediante la educación debida;
también, y ya que el trabajo debe ser digno de efectuarse y debe ser
agradable, nos daremos cuenta de que para lograr este objetivo es necesario
que la posición laboral este de tal modo asegurada que no se pueda
obligar a un hombre a efectuar trabajos inútiles o trabajos en que
no pueda hallar placer.
La segunda necesidad es que exista un ambiente decente, lo que
implica:
a) Buenas viviendas
b) amplio espacio
c) orden y belleza general
Es decir:
a) nuestras casas deben estar bien construidas, deben ser limpias y
saludables
b) debe existir abundante espacio verde en nuestras ciudades, y nuestras
ciudades no deben devorar los campos y el aspecto natural del campo;
más aún, pido incluso que se dejen espacios abiertos y tierras
vírgenes salvajes; de lo contrario, el encanto y la poesía -es
decir, el arte-, morirán entre nosotros; c) orden y belleza significan
no solo que nuestras casas deben estar construidas de modo duradero y con
propiedad, sino que deben también estar bien decoradas; que los campos
que se dediquen al cultivo no se estropeen más de lo que se pueda
estropear un jardín; por ejemplo, no se permitirá que nadie
pueda talar, por mero beneficio personal, arboles cuya perdida perjudique un
paisaje ni bajo ningún pretexto podrá nadie oscurecer la luz
del día con humos, emponzoñar los ríos o degradar
ningún lugar de la tierra con desperdicio inmundos o con ese desorden
brutal y despilfarrador.
La tercera necesidad es tiempo libre. Comprenderéis que al utilizar
esa expresión entiendo, en primer lugar, que todos los hombres
deberán trabajar durante una parte del día y, en segundo
lugar, que tienen el derecho positivo a exigir un descanso después
de ese trabajo; el tiempo libre que tienen derecho a exigir debe ser lo
bastante extenso para que les permita un descanso completo de la mente y
del cuerpo; todo hombre debe tener tiempo para el pensamiento intelectual
profundo, para la imaginación (incluso para soñar), o la raza
humana, por el contrario, inevitablemente empeorara. Incluso respecto a ese
trabajo decoroso y digno al que me he referido, que es la misma gloria, si
está totalmente separado del trabajo forzado del sistema
capitalista, no se le debe exigir a un hombre más de lo que en
justicia le corresponda; si no, los hombres se desarrollarán
desigualmente y seguirá habiendo en la sociedad algo corrompido.
Os he expuesto, pues, las condiciones bajo las cuales se puede realizar un
trabajo que valga la pena y que no sea degradante: no se puede realizar bajo
ninguna otra condición, y si el trabajo global del mundo no vale la
pena y a la vez es degradante, será un contrasentido hablar de
civilización.
Ahora bien, ¿pueden alcanzarse estas condiciones bajo el evangelio actual del capitalismo, cuyo lema es "salvarse quien
pueda"?
Consideremos nuestra reivindicación de nuevo, expuesta en otras
palabras:
En un estado social debidamente ordenado, todo hombre con ganas de
trabajar deberá tener asegurados:
1º Un trabajo decoroso y digno
2º Una vivienda saludable y bella
3º Tiempo libre, disponible para el descanso de la mente y del
cuerpo
Ahora bien, supongo que ninguno de los aquí presentes negará
que sería deseable conseguir esta reivindicación; pero quiero
que todos penséis que es necesario que se logre, que, mientras no
hagamos todo lo posible para conseguirlo, seremos tan solo la parte esencial
de una sociedad fundada en el robo y en la injusticia, condenada por las
leyes del universo a destruirse a sí misma mediante sus propios
esfuerzos para pervivir eternamente. Más aun, quiero que
penséis que, si por una parte es posible lograr esta
reivindicación, por otra es imposible lograrla bajo el sistema
plutocrático actual, que nos prohibirá incluso todo intento
serio de lograrlo: el comienzo de la revolución social debe ser el
cimiento de la reconstrucción del arte del pueblo, es decir, del
placer de la vida.
Debo decir ahora ciertas frases desagradables. ¿Sabemos que la
mayor parte de los hombres de las sociedades civilizadas, son sucios,
ignorantes, brutales, o en el mejor de los casos, ávidos del sustento
de la semana que viene, que son, en pocas palabras, pobres? Y al pensar en
su situación, bien sabemos que es injusta.
Dice un cuento viejo que aquellos hombres que se labran una fortuna por
medios deshonrados y tiránicos, derrochan con liberalidad y en obras
caritativas -como ellos dicen- sus ganancias mal obtenidas; pero el cuento
no alaba a tales personas, sino que, por el contrario, cree que, pese a todo,
el diablo los atrapa. Es una historia vieja, sí, pero yo os digo: "De
que fabula". ¡De ti habla esa historia, tú eres el
protagonista!
En mi opinión, las clases ricas y acomodadas estamos actuando
diariamente del mismo modo: inconsciente o semiinconscientemente tal vez,
amontonamos riquezas comerciando con las imperiosas necesidades de nuestros
semejantes, y luego arrojamos unas monedas a aquellos que, de una u otra
forma, nos chillan con más fuerza. Nuestras leyes de pobres, nuestras
obras de caridad, organizadas y desorganizadas, no son más que
débiles barreras para atajar un torrente, mero chantaje pagado a una
injusticia renqueante, para que no pueda darnos alcance.
¿Cuándo llegara el día en que los hombres honrados y
con claridad de ideas se harten de todo este caos de desperdicio, de este
sistema que roba a Pedro para dárselo a Pablo, que es la esencia misma
de la guerra comercial? ¿Cuándo nos uniremos todos para
sustituir este sistema, cuyo lema es "Sálvese quien pueda", por otro
sistema cuyo lema sea, realmente y sin ningún calificativo: "Todos
para uno y uno para todos"?
¿Quién sabe? Tal vez ese día se avecine, pero,
¿Veremos nosotros, los que ahora vivimos, el comienzo de ese final
que extinguirá el lujo y la pobreza, que fusionara las clases alta,
media y baja en una sola clase, que vivirá alegremente una vida
sencilla y feliz?
Muy larga resulta esa frase para describir el estado de cosas que os pido
me ayudéis a conseguir: "la abolición de la esclavitud es una
frase más corta y significa lo mismo. Tal vez, por una parte,
podáis estar tentados de pensar que no vale la pena luchar por ese
objetivo; o que, por otra, supongáis todos vosotros que ese objetivo
se halla a tanta distancia que no se puede hacer nada importante para
conseguirlo en nuestros días y que, por esa misma razón, bien
puede uno cruzarse de brazos y no hacer nada.
Permitidme que os recuerde que, hace muy poco tiempo, muchos miles de
hombres de nuestra misma condición dieron sus vidas en el campo de
batalla para que concluyera felizmente un solo episodio en la lucha por la
abolición de la esclavitud: son ellos hombres admirados y felices,
porque les llegó su oportunidad, la aprovecharon e hicieron todo lo
que pudieron, y el mundo se ha enriquecido con ello. Ahora bien, si se nos
ofrece una oportunidad semejante, ¿La echaremos de lado para poder
descansar con tranquilidad, mientras la duda, la enfermedad oprimen nuestra
alma? Estos son días de combate: ¿Quien podrá dudarlo,
si a nuestro alrededor se escuchan sonidos que presagian el descontento, la
esperanza y el temor por doquier, sonidos del valor que despierta y de la
conciencia que resurge? Estos, os digo, son días de combate, en los
que no hay posibilidad de paz externa para un hombre honrado; en los que,
por esa misma razón, es mas fácil conseguir la paz interna de
una buena conciencia fundada en convicciones seguras, puesto que se nos
está ofreciendo acción en defensa de la causa.
O bien, ¿diréis acaso que en este país de Inglaterra,
tranquilo y gobernado constitucionalmente, no se nos ofrece ninguna oportunidad de acción? Si estuviéramos en la amordazada Austria, en
Rusia, donde un par de palabras te pueden hacer aterrizar en Siberia o en la
prisión y fortaleza de Pedro y Pablo...., claro, entonces con toda
certeza...
¡Ay amigos míos! ¡Qué ofrenda más pobre
podemos presentar ante las tumbas de los mártires de la libertad, si
rehusamos tomar la antorcha de sus manos desfallecientes! ¿No fue
acaso Goethe quien, al oír que alguien se iba a América a
iniciar una nueva vida, le replicó: "América está
aquí o no está en ninguna parte"? Del mismo modo yo os digo:
"Aquí esta Rusia, o no está en ningún lado".
Decir que las clases gobernantes inglesas no se asustan de la libertad de
expresión y que, por lo tanto, debemos abstenernos de hablar con
libertad me suena a extraña paradoja. Ahondemos, por el contrario,
esa brecha que nos abrieron hombres valientes; si nos echamos atrás,
haremos que sus esfuerzos, sus sufrimientos, sus muertes, no tengan
ningún valor.
Creedme, nos mostrarán que se trata de todo o de nada. ¿O
acaso alguno de los aquí presentes querrá argüir que un
mujik ruso se halla en una situación peor que la del sudoroso esclavo
asalariado de la confección? No nos engañemos: la clase de las
victimas existe tanto aquí como en Rusia. Pero, ¿existen menos
aquí? Quizás; pero en ese caso se encuentran más
indefensas y por ello tienen más necesidad de nuestra ayuda.
¿Y cómo podemos nosotros, las clases medias, nosotros, capitalistas y parásitos, ayudarles? Renunciando a nuestra clase, y
siempre que exista un antagonismo entre las clases, poniéndonos al
lado de las víctimas: al lado de los condenados a la falta de
educación, de refinamiento, de placer y de reputación, en el
mejor de los casos y en el peor, a una vida inferior a la de los salvajes
más brutales, para que el sistema del comercio competitivo prevalezca.
No hay otro camino; y este, os lo digo sin tapujos, nos dará, a
largo plazo, múltiples ocasiones de sacrificio personal, sin que para
ello tengamos que ir a Rusia. Tengo la plena seguridad de que el auditorio,
aquí hay gente que se siente llena de descontento hacia la
anarquía miserable de este siglo del comercio; yo les ofrezco un medio
de renunciar a su clase apoyando la propaganda socialista,
alistándose a la Federación Democrática, que tengo el
honor de representar ante vosotros y que me parece ser la única en
este país que presenta como programa un socialismo constructivo.
Esta es mi opinión, una buena oportunidad para aquellos que estamos
descontentos con el estado actual de las cosas y deseamos una oportunidad de
renunciar a él; y es muy cierto que al aceptar esa oportunidad
tendréis que sufrir, desde ese momento, algunos de los inconvenientes
del martirio, sin obtener al mismo tiempo su dignidad. Al menos se burlaran
y se reirán de vosotros esas personas cuya burla es muestra de honor
para un hombre honrado; pero también , no lo dudo, os mirarán con frialdad muchas personas excelentes, y no todas ellas
serán completamente estúpidas. Correréis el riesgo de
perder vuestra posición, vuestra reputación, vuestra fortuna,
vuestros amigos incluso: pérdidas que, en realidad, no son sino
pellizcos comparados con el martirio genuino del que os he hablado; pero que,
sin embargo, revelan de qué pasta está hecho un hombre, tanto
más cuanto que es muy fácil escapar de ello sin ningún
otro reproche de cobardía que el que vuestra conciencia os dicte.
Claro que tampoco puedo aseguraros que salgáis siempre impunes de
los ataques de la tiranía abierta. Es cierto que en la actualidad la
sociedad capitalista mira al socialismo en Inglaterra con sarcasmo. Pero
recordad que ese grupo de personas que, por ejemplo, han devastado la India,
han matado de hambre y han amordazado a Irlanda, han torturado a Egipto,
tiene capacidad -últimamente ha mostrado síntomas de mal
agüero- de representar abiertamente el papel de tirano no tan lejos de
casa.
Así que, lo miremos por donde lo miremos, la posición que os
ofrezco implica sacrificio: esa posición os daría vuestra "América" en casa y os daría la seguridad interna de que, al
menos, sois de alguna utilidad para la causa; y por ello, a quienes
estéis convencidos de la justicia de nuestra causa, os pido no
titubeéis en participar activamente en la lucha que -con ayuda de
quien sea, con oposición de quien sea-, debe, sin duda, culminar por
fin ¡En la victoria!
Redacción: "Arte y socialismo" ("Art
and Socialism") es el texto de una charla pronunciada ante la Sociedad
Secular de Leicester (Inglaterra) el 23 de enero de 1884.
Historial de publicación: Se publicó por vez
primera en forma de panfleto en Leek (Inglaterra) en 1884. Luego fue reeditado
en The Collected Works of William Morris, tomo XXII, págs. 192-214.
Fuente de la versión en castellano: Omegalfa.es
Transcripción/html para marxists.org: Rodrigo
Cisterna, febrero de 2014.