
Artículo liberado del número 3 de PARA LA VOZ: «Entre lo bello y lo justo: marxismo y arte en Lukács y Lifschitz».
Traducción del ruso por Lidia C.
1. Introducción
El texto que se presenta a continuación son unas memorias de Mijaíl
Lifschitz sobre su amistad con Lukács, tras la muerte de este último en
1971. Ambos teóricos, que se conocieron debido a su trabajo en el
Instituto Marx-Engels de Moscú en 1930, mantuvieron una larga y profunda
amistad a lo largo de sus vidas.
En sus últimos años de vida, Lifschitz se propuso elaborar una introducción detallada a sus Obras Completas,
que se editaron en la década del ochenta, pero su muerte en 1983 le
impidió llevar a cabo esa labor. Sin embargo, en su archivo se
encontraron manuscritos y cintas de audio con grabaciones de
conversaciones que sostuvo, a mediados de los setenta, con amigos y
compañeros, en las que recapitula sobre algunas de las etapas
fundamentales de su evolución ideológica y teórica. En 1988 se publicó,
en la revista Contexto (Контекст) –revista de estudios
literarios y teóricos de la Academia de Ciencias de la URSS–, algunas
transcripciones de las conversaciones. En la introducción se explica que
estas «a menudo se interrumpían, se reanudaban en nuevas conexiones, se
solapaban unas con otras y se repetía lo dicho en otras ocasiones». Es
posible que este texto, que publicamos bajo el título de Encuentros con Lukács, sea una de esas grabaciones que se repitieron y que por tanto exista más de una versión.
La traducción que aquí se presenta se realiza, sin embargo, con base en la versión de otra revista, Ciencias filosóficas (Философские науки), nº 12, Moscú, de diciembre de 1988. En esta, el texto fue publicado bajo el título Sobre los encuentros con D. Lukács
(Lukács firmaba su correspondencia con el apodo de Diuri, sobrenombre
con que algunas personas, como su mujer, se referían a él). A diferencia
de la versión publicada en Contexto, que estaba acompañada de
la transcripción de otras de las grabaciones de Lifschitz, el texto que
traducimos se publicó como artículo independiente, y se trata de una
versión considerablemente más larga, más elaborada y con una mayor
calidad estilística.
2. Encuentros con Lukács
En 1930, en el Instituto Marx-Engels, me encargaron la organización
de un nuevo gabinete científico: el gabinete de filosofía de la
historia. Me asignaron una gran sala abovedada en el piso inferior de la
antigua casa señorial donde se encontraba el Instituto. Yo estaba
ocupado en mis asuntos, rodeado de libros, cuando un buen día se abrió
la puerta del despacho y entró el director del instituto, Riazánov,
acompañado de un hombre de baja estatura, evidentemente extranjero, a
juzgar por sus pantalones y polainas que no resultaban familiares a
nuestros ojos. Riazánov nos presentó con su voz grave: «Este es el
camarada Lukács, trabajará con usted en el departamento de filosofía de
la historia».
La aparición del nuevo empleado no me sorprendió. El Instituto era
entonces un lugar donde mandaban a los trabajadores de la Comintern que,
por diversas razones, no eran deseados en sus partidos. Lukács había
llegado al Instituto tras el fracaso de sus «Tesis de Blum» en 1929 y
tuvo que dejar su actividad política directa, sustituyéndola por trabajo
científico.
El mismo primer día que nos conocimos, empezamos a hablar, al
principio prudentemente, luego cada vez más apasionadamente, y antes de
que nos diéramos cuenta, ya había pasado el día entero. Pronto nos dimos
cuenta de que en muchos aspectos éramos similares o nos
complementábamos, y enseguida sentimos una gran simpatía mutua. Empezó
el periodo de nuestras «conversaciones moscovitas», que duró toda una
década. ¡De qué no hablamos él y yo! No voy a enumerar los temas de
nuestras conversaciones. En ellas no solo se hablaba de filosofía, sino
también de problemas relacionados con la historia lejana y cercana, y de
otras cuestiones sociales y políticas. Es una lástima que estos
diálogos quedaran sin grabar. Ambos lo lamentábamos y los recordábamos
con melancolía por el paso del tiempo. Más tarde, Lukács me contó que
pasó los mejores días de su vida en el sótano abovedado de Riazánov.
Para entonces él ya se había liberado en gran medida de los vestigios
de su posición intermedia en el camino hacia el marxismo. Su evolución
fue orgánica, preparada por su experiencia previa (su trabajo en la
Comintern, su participación en la Comuna húngara y, aún antes, su
posición internacionalista durante la Primera Guerra Mundial). De alguna
manera, puede decirse de mí que en cierto modo le introduje a la teoría
del reflejo de Lenin. En aquellos años se publicaron por primera vez
los Cuadernos filosóficos de Lenin y sus notas sobre las obras
de Hegel, lo que permitió comprender más profundamente la conexión entre
la tradición filosófica clásica y el leninismo. El concepto de reflejo
en el sentido leninista, la conexión de esta teoría dialéctica del
conocimiento con la política y la experiencia del bolchevismo, todo esto
era un tema recurrente en nuestras conversaciones.
Fui testigo de cuán profundamente Lukács asimiló la dialéctica de la
verdad relativa y absoluta aplicada a la literatura y al arte, y así
fertilizó su creación científica. En 1930, cuando nos visitó por primera
vez, ya se apreció un cambio en su forma de pensar. Pero tras su
regreso de un viaje a Alemania en 1933, donde rompió definitivamente con
la Escuela de Frankfurt y reevaluó críticamente sus anteriores
posiciones filosóficas, fue cuando se convirtió en el Lukács «moscovita»
que conocemos…
A menudo me preguntan cuál era, en mi opinión, el así llamado
«pathos» de la personalidad de György Lukács. Cuando pienso en ello,
estoy convencido de que la carga histórica inicial, la «experiencia
primaria» de su creación espiritual fue la oposición a la vieja, gorda y
obesa Europa, que a principios de siglo vivía su belle époque,
el disgusto ante el oportunismo y el parlamentarismo de la
socialdemocracia. El estado de ánimo de Lukács antes de la Primera
Guerra Mundial, como recuerdo bien de sus propios relatos de juventud y
como es fácil reconstruir a partir de sus primeras obras, se expresaba
en una revuelta literaria y estética (con un toque de romanticismo)
contra la civilización burguesa, que incluía, como ya he dicho, un
rechazo de la ortodoxia dogmática de la Segunda Internacional, que dio
lugar a diversas formas anarco-decadentes de resistencia y protesta.
Se podría decir que también en Lukács esta oposición
literaria-estética a la forma de vida dominante (familiar para él, pues
él mismo procedía de un entorno burgués) tenía el tono moderado y noble
del vanguardismo de aquellos tiempos. Pero la crítica a la cultura
burguesa se transformó en él en una ideología comunista convencida y
devota. La transición comenzó ya en la época de la Primera Guerra
Mundial, cuando adoptó una posición internacionalista, rompiendo con el
círculo de Max Weber. Su comunismo convencido y comprometido —destaco
esta fórmula— tenía un tono de cierta abnegación, lo que en lenguaje
goethiano se llama Entsagung [renuncia].
Este último rasgo permaneció en Lukács mutatis mutandis para
siempre. Se nota especialmente en la evolución de su estilo: del
refinado ensayismo de la preguerra a una especie de «gnosis»
revolucionaria de los tiempos de su «enfermedad infantil del
izquierdismo» y de su primera obra filosófica Historia y conciencia de clase,
y luego a la abnegación estilística, una especie de abnegación que se
expresó en su posterior manera de dictar sus obras y, como me expresó
más de una vez, en una cierta indiferencia por cómo se dijeran las
cosas, siempre y cuando se dijeran. Veo en ello la abnegación de una
naturaleza fina, noble y educada, que rechaza con coherencia e incluso
con entusiasmo su propia finura, igual que ocurrió con Lev Tolstói
cuando renunció a sus obras artísticas, pero, por supuesto, de un modo
distinto. Recuerdo con qué sentimiento ambivalente me hablaba Lukács de
su residencia de Heidelberg, llena de valiosos libros y obras de arte.
Toda esta vida exquisita, perfecta y espiritualmente sutil, la abandonó
sin pensárselo dos veces, lo entregó todo al Partido Comunista,
convirtiéndose en un simple soldado de la revolución.
Lukács abandonó consecuente y completamente todas las posibilidades
anteriores, aunque, a diferencia de muchos otros, incluyendo muchos de
los que le persiguieron, tenía algo que sacrificar y que perder. En su
persona, me parece, la intelectualidad europea de izquierdas de
principios de siglo, de la época de Simmel y su círculo, hizo lo más
grande que podía haber hecho. Rompió con el horizonte moral y
políticamente limitado que convirtió, por ejemplo, a Bloch en Bloch, a
Popper en Popper y a Heidegger en Heidegger. No habría sido difícil para
Lukács adoptar una determinada posición intelectual y ceñirse a ella en
diferentes aspectos, variándola de diferentes maneras a lo largo de su
vida (del mismo modo que los artistas modernistas, habiendo descubierto
una determinada manera, la repiten constantemente de diferentes modos).
Podría haberlo hecho sin dificultad, pero prefirió romper con su
ambiente e incorporarse al nuevo mundo, primero como neófito
iconoclasta, luego como pensador que alcanzó el nivel de comprensión del
leninismo.
No sé si esta comparación es adecuada, pero a mis ojos mi difunto
amigo era, por así decirlo, un romano culto que se unió al movimiento de
los pueblos, sabiendo de antemano que tendría que decir más de una vez,
como un héroe histórico de otra época: «¡Santa simplicidad!». Sabía lo
que era ser un profesor burgués, él era en efecto un profesor burgués,
pero por razones morales puramente internas prefirió cualquier tipo de
prueba a este lado del umbral histórico antes que la perspectiva de
volver a ser un profesor burgués o algo por el estilo.
Recordando todo su querido aspecto personal, me permitiré decir que
los habituales reproches contra el marxismo de que carece de profundidad
metafísica, como he leído a veces (por ejemplo, en la revista francesa Esprit),
o de cierta conciencia moral interna en el espíritu del cristianismo
originario, son cuando menos ingenuos (esta es la expresión más educada
para definir este tipo de crítica al marxismo). Si realmente quieren a
los cristianos originales del siglo XX, búsquenlos entre la gente del
credo marxista. Conozco a bastantes de ellos y podría contar algo sobre
sus vidas, de las pruebas que soportaron y el estoicismo que conservaron
hasta el final.
Lukács es también a este respecto un brillante ejemplo de firmeza, de
la más profunda y «metafísica» —si os gusta esta expresión— firmeza en
la lucha contra el mal, externo e interno, porque para él era
infinitamente fácil elegir otro camino, y le era sumamente posible, como
era sabido, sintiéndose ofendido, de dar la espalda al ascenso
histórico de las masas. En nuestra conversación moscovita descubrió con
alegría que su pertenencia a la cultura europea artísticamente más
desarrollada no era un obstáculo, algo superfluo para el movimiento
histórico al que se había unido.
En cuanto a mí, a mis camaradas y a todo nuestro círculo moscovita de
los años 30, se podría decir que nos movíamos hacia un nivel superior
de vida espiritual a partir del movimiento de masas de nuestra época,
aunque nosotros también (salvo algunas excepciones) perteneciéramos a la
intelectualidad. Lukács, por su parte, en Moscú había renegado de su
propia renuncia. Fue una renuncia a su inicial Entsagung en el espíritu del «gnosticismo» marxista de la época de su Historia y conciencia de clase.
Para llegar a este nivel, Lukács tuvo que pasar por la experiencia de
la revolución húngara, a través del trabajo comunista de los años
veinte, y llegó a Moscú como a su Meca. Aquí hizo la transición
dialéctica definitiva a su verdadera forma; se encontró a sí mismo. De
ahí, por cierto, la posición limitada de la escuela diltheyana es clara
(que, de hecho, se repite de manera diferente en el freudismo, en el
neofreudismo y en diversas versiones del estructuralismo), a saber, la
noción limitada de que algo que configura el potencial espiritual de la
personalidad se desarrolla automáticamente a partir de un comienzo
espontáneo y activo que irrumpe principalmente en los años jóvenes desde
su interior. Sin embargo, entre Urerlebnis y Bildungserlebnis [vivencia
primaria y vivencia en proceso de formación] existe una relación
dialéctica de gran alcance. Y si bien es cierto que para el hombre —como
bien comprendieron los materialistas del siglo XVIII— las impresiones
de los primeros años de la vida son de gran importancia, entonces, por
otro lado, las impresiones adquiridas como resultado del desarrollo,
aquellas que no vienen de abajo sino de arriba, no de dentro sino de
fuera, se instalan a su vez en nuestra naturaleza de manera inversa,
pasan a ser algo original y, por así decirlo, el fin se convierte en el
principio. Hegel lo entendió quizás mejor que los actuales
representantes de los diversos tipos de psicoanálisis. Bildungserlebnis puede convertirse en Urerlebnis.
El fenómeno que se ha producido como resultado del desarrollo se vuelve
retrospectivamente para el hombre algo absolutamente primario, se
convierte en la base del conjunto de su vida creativa.
Si se toma lo que Lukács escribió antes de 1930 y lo comparamos con
lo que escribió en los años 30 y lo que después entró en la circulación
del pensamiento marxista en Occidente, entonces todo investigador
concienzudo dirá que el desarrollo anterior, que no carecía de interés,
era todavía solo una prehistoria para Lukács. Y hablando de la
revolución moscovita en la concepción del mundo, en este sentido tenía
toda la razón. Efectivamente, Moscú y el movimiento de mentes moscovitas
de los años 30 provocaron un cambio revolucionario radical en su
actividad espiritual. Hay una clara línea que separa al Lukács de los
años 20 del nuevo Lukács, que, en mi opinión, es el único y definitivo.
Con esto, desde luego, no quiero ensombrecer lo que hizo en los años
20, porque tanto sus artículos políticos como diversos estudios, como el
trabajo sobre Moses Hess, y el propio libro Historia y conciencia de clase (con
todas sus limitaciones, que se hicieron ya evidentes para él en 1930)
son todavía etapas en el desarrollo de una mente fuerte. No obstante,
sigue siendo cierto que para Lukács el traslado a Moscú supuso un giro
radical en toda su obra espiritual…
Cuando le conocí por primera vez en 1930, su emigración no era
todavía una huida del fascismo, sino una estancia temporal en Moscú por
instrucciones de las autoridades del Partido a las que estaba
subordinado y que consideraron necesario que trabajara durante algún
tiempo en el Instituto Marx-Engels. Luego, un año más tarde, viajó a
Alemania, donde, como es sabido, en el periodo que precedió a la toma
del poder por Hitler desarrolló una gran labor social y política,
participando activamente en las actividades del Partido Comunista de
Alemania y en la Unión de Escritores Proletarios de Berlín. En esos
momentos difíciles hizo mucho por ganar a la intelectualidad para el
bando del comunismo. Pero por lo que veo en las cartas que me escribía
desde Berlín, y por lo que recuerdo solo de una impresión general,
cuando se fue a Berlín a trabajar había dejado Moscú solo por un tiempo.
Se sentía más perteneciente al oasis marxista moscovita que a cualquier
otro posible punto de empleo de sus fuerzas espirituales. Por eso,
cuando las terribles circunstancias de 1933 le obligaron a abandonar
Alemania, no dirigió sus pasos, digamos, hacia Estados Unidos, como
hicieron hombres como Adorno o incluso Brecht, Eisler y otros, ni hizo
de Suiza o México su refugio, sino que regresó a su nueva patria, que
era para él Rusia. Fue en este momento histórico que nuestros caminos se
encontraron.
En 1930, yo tenía 25 años y Lukács, creo, 46. En mi opinión, esos
también son años muy jóvenes. Pero seguía siendo una gran diferencia. Y
si me encontraba preparado para mantener conversaciones serias con él
sobre temas muy diferentes, tanto políticos como filosóficos, parece que
ello no se debía a cualidades personales, sino a la posición que yo
poseía por el mero hecho de haber nacido en Rusia. Eran ventajas que me
había dado el destino. A mis 25 años, por ley de la época
revolucionaria, ya tenía cierta experiencia espiritual y práctica a mis
espaldas. Hacia 1930 mi experiencia y mis conocimientos del marxismo
habían madurado hasta tal punto que la versión del marxismo de Plejánov
no me parecía aceptable o, al menos, definitiva, y me parecía estar ya a
un nivel de comprensión de la dialéctica marxista que me permitía
asimilar el contenido de los Cuadernos filosóficos de Lenin….
Si se me permite expresarme así, «contagié» a Lukács el interés por
la estética de Marx y Engels. Su primer trabajo sobre este tema —un
artículo sobre la correspondencia entre Marx y Engels con Lassalle a
propósito de su tragedia Franz von Sickingen— es una excelente
obra marxista, una de las mejores de Lukács. En ella se aborda por
primera vez, aunque requiriera un mayor desarrollo, el problema de la
postura de Marx y Engels ante Shakespeare sobre la base de su concepción
socio-histórica del mundo y del análisis de la experiencia
revolucionaria de Alemania. Es muy significativo que el análisis de
Lukács vinculara los problemas de la estética marxista con la
comprensión leninista del contenido y las fuerzas motrices de la
revolución democrático-burguesa, en contraposición a su comprensión por
el menchevismo, el trotskismo y otras corrientes semejantes. Este
artículo fue entonces un modelo de partidismo comunista en la
literatura. Su concepción derivaba estrictamente del leninismo, pero su
aplicación a la estética es mérito de Lukács. Pronto, en 1934, tuve que
defender el artículo de Lukács contra la acusación de que era
«trotskista», y logré rebatir estos ataques, demostrando que el mérito
de esta obra era precisamente su implicación con el leninismo.
El entorno moscovita en el que se encontró Lukács desempeñó un papel
importante en su desarrollo. Pero, por supuesto, no solo se benefició de
los cambios que se estaban produciendo en la vida espiritual de la
Unión Soviética, sino que también aportó a esta lo que podían
proporcionarle su amplia educación, su profundo conocimiento de la
historia cultural, su experiencia revolucionaria y la gran madurez
teórica que había alcanzado.
Entre las mejores obras de Lukács yo incluyo sus estudios sobre las
formas de género, la propia «estructura» del arte como espejo de la vida
histórico-social. Tales son sus artículos sobre la novela histórica,
que desarrollan la teoría hegeliana de la novela como epopeya de la
época burguesa. En nuestro país, ya Belinski había utilizado la idea
hegeliana en su inacabada obra de análisis de los géneros y tipos de
arte. Siguiendo a Hegel, consideraba la novela como un reflejo de la
sociedad, en la que el protagonista es una persona particular, del mismo
modo que la épica heroica era un reflejo del estado universal del mundo
de aquellos tiempos en que los protagonistas eran los pueblos y los
héroes encarnaban sus aspiraciones. Así pues, en Rusia ya existía una
tradición de transición del sistema abstracto, escolar y formal de los
géneros al histórico, social-histórico. Belinski fue el profeta de esta
dirección. Los críticos de Lukács (entre ellos Pereverzev) le acusaron
de «regresar a Belinski». A sus ojos era algo tan anticuado, tan
atrasado, que parecía refutarse a sí mismo.
Ciertamente, había un cierto retorno aquí al punto de vista de Hegel y
Belinski, con la diferencia de que detrás de sus brillantes conjeturas,
según las cuales la novela como forma literaria estaba asociada al
advenimiento de la era de la civilización, Lukács ve ya la
inevitabilidad del desarrollo de las relaciones burguesas, el contenido
económico de este desarrollo, la lógica de la sociedad burguesa,
acechando en las profundidades de toda la civilización de clases y
plenamente desarrollada en la era capitalista. En Lukács, la visión
histórica de Hegel y Belinski adopta una forma científica más real y
claramente definida. Demostró que si la forma de la novela surge
históricamente, de ello no se deduce que como forma no pueda servir de
base para muchas transformaciones en la historia ulterior de la
humanidad y que no llegue a formar parte, como pensaban sus críticos, de
los conceptos formales de la estética.
El punto de vista presentado en la obra de Lukács es relevante no
solo para la novela, sino también para otras categorías formales. Estas
categorías formales de género son aceptadas en la escuela de la
sabiduría estética como completamente ahistóricas. La historia se
encarga de llenar estas formas con algún material; se endurece como
plomo fundido en estas formas y se produce la tragedia de Sófocles,
Shakespeare o Racine. De hecho, la propia matriz también pertenece a la
historia, es desarrollada por ella, refleja algunos aspectos formales
más generales de ciertos períodos históricos…
Recuerdo muy bien que los artículos de Lukács en nuestras
publicaciones periódicas eran muy influyentes y los leían con interés
los jóvenes de los centros de enseñanza superior. En general, cada
trabajo de este tipo era acogido con entusiasmo, generaba una chispa de
simpatía y era fructífero. Recuerdo que Lukács en sus obras hacía
hincapié, por así decirlo, en una perspectiva histórica procesada, es
decir, no en la visión habitual de que la historia la hacen los
contemporáneos, sino en otra visión más profunda y correcta de que la
historia es la prehistoria de la contemporaneidad; la contemporaneidad,
por tanto, encuentra sus auspicios en la historia. Esto es sin duda
cierto y profundo.
En las obras escritas en la Unión Soviética, Lukács como
pensador-filósofo y esteta cambió perceptiblemente, yo diría que hasta
cierto punto se «rusificó», se hizo más lacónico, más claro, concreto,
captó con mucho acierto las situaciones de las que surgen determinadas
conclusiones teóricas. Se liberó de la capa de las tradiciones
gelehrtianas [elitistas] de la literatura científica y filosófica
alemana, y sus artículos adquirieron rasgos de periodismo
revolucionario. Como escritor destacó por su notable productividad. En
todas las circunstancias continuó con su mesurado modo de vida, sin
romper el ritmo constante establecido de sus ocupaciones. Trabajaba muy
duro y llevaba, repito, una vida mesurada, que solo se veía
obstaculizada por los asuntos de la emigración. Es sabido que en la
emigración siempre hay muchas cosas innecesarias. Lukács participó tanto
en la emigración alemana como en la húngara. A veces bromeaba diciendo
que tenía dos disputas al cuello: «die deutsche und die ungarische»
[la alemana y la húngara]. Y aunque estos asuntos absorbían en parte su
tiempo, con el alma estaba por completo entregado a nuestra vida social
y literaria.
El destino del amplio estudio sobre el joven Hegel, que estaba
escribiendo en Moscú, no fue del todo exitoso en aquella época. Este
libro no vio la luz hasta después de la guerra. La publicación a finales
de los años treinta de una obra tan compleja y fundamental era
improbable. El libro era puramente filosófico, de naturaleza
histórico-filosófica, y requería una difícil comprensión del
razonamiento casi teológico del joven Hegel. Obviamente, en las
condiciones de aquellos años el libro de Lukács no podía publicarse, y,
según recuerdo, él mismo no tenía entonces ningún deseo activo de
publicarlo. Además, cuando lo terminó, pronto estalló la guerra, y lo
máximo que Lukács pudo sacar de su libro fue que en 1943 le concedieron
el título de Doctor en Filosofía en el Instituto de Filosofía por este
libro.
Pero todo esto ocurrió posteriormente. En la primera mitad de la
década de 1930, Lukács ganó fama con sus colaboraciones en revistas. La
entonces Crítica Literaria publicó un excelente artículo de
Lukács sobre «La grandeza y caída del expresionismo». Sus ideas sobre
los movimientos espirituales en el extranjero —revolución,
contrarrevolución, liberalismo, fascismo— procedían de la experiencia
vivida, no de los libros. Lukács había podido observar el expresionismo
directamente, para él estaba encarnado en ciertas personas, y su
conexión con las luchas filosóficas de los movimientos de izquierda en
Occidente era clara. Su crítica no era, pues, una crítica desde el
exterior, un golpe burdo de un sectario inconsciente del sufrimiento que
a veces conduce al engaño. Era una crítica inmanente, interna, que
procedía del hecho de que ciertos matices del pensamiento y la creación
de los movimientos modernistas, incluido el expresionismo, solo pueden
entenderse y justificarse como fenómenos de la época hasta cierto
límite, y más allá de ese punto se convierten de error histórico, en
error personal e incluso en culpa, contra la que naturalmente debe
dirigirse una polémica justa y apasionada.
En el artículo de Lukács había algunas expresiones muy agudas sobre
la naturaleza social de la evolución de la ideología burguesa,
exteriormente muy progresista, vanguardista, pero en esencia retrógrada y
regresiva. El movimiento antidemocrático contrarrevolucionario, que
inicialmente se desarrolló en un marco liberal, se transformó en el
curso de los acontecimientos en un movimiento activamente
contrarrevolucionario y fascista. A menudo intercambiábamos opiniones
con Lukács sobre este tema, era una idea muy importante para nosotros.
Sigo opinando que el fascismo no puede considerarse en modo alguno un
mero retorno a una reacción del viejo tipo, que esta reacción es negra,
negrísima, pero con un envoltorio rojo, es decir, con una enorme dosis
de demagogia social y, lo que es más importante, una cierta «innovación»
que vincula al fascismo con todas las corrientes modernistas, toda la
decadencia de tipo nietzscheano, el irracionalismo y la mitificación del
siglo XX…