sábado, 3 de octubre de 2026

"LOS PALESTINOS", DOCUMENTAL DE 1975 DE JOHAN VAN DER KEUKEN PARA EL COMITÉ PALESTINO DE LOS PAÍSES PAJOS

Título: Los palestinos
Director: Johan van der Keuken
Año: 1975
Duración: 43 minutos
País: Holanda
Sinopsis: A través de imágenes documentales y materiales audiovisuales, esta sesión propone una aproximación histórica y política a la realidad palestina, explorando las experiencias de desplazamiento, resistencia e identidad desde distintas perspectivas cinematográficas. 

El dilema entre política y arte mantuvo a van der Keuken alejado del proyecto palestino mientras su mente se inclinaba más hacia proyectos individualistas y estéticamente orientados. Ahora parecía un desafío que ya no podía eludir. Produjo una declaración contundente y políticamente comprometida en apoyo del derecho de los palestinos a la autodeterminación, que era lo que el Comité Palestino de los Países Bajos reclamaba. Para van der Keuken, esto significó trabajar más a nivel de la experiencia, donde la exposición y la autoexpresión desempeñaron un papel más importante que el montaje caleidoscópico. Los palestinos desplazados que viven en campos en el Líbano se encuentran atrapados entre el sionismo y la clase dominante libanesa. El imperialismo trasciende la división judío-árabe, y la película responsabiliza directamente a las clases dominantes europeas que permitieron que florecieran el antisemitismo y el nazismo. La vida en los campos palestinos, los hospitales improvisados, el entrenamiento militar de niños y el funeral de aldeanos asesinados por los israelíes marcan esta historia. Se caracteriza por una profunda emoción e imágenes de la vida cotidiana, filmadas con la característica serenidad y la mirada perspicaz de van der Keuken. Comienza con una secuencia documental que muestra fotografías, acompañada de una voz neutral que narra la historia de Palestina desde finales del siglo XIX. La secuencia final muestra una animada clase en un campo de concentración, donde un maestro repasa estos mismos puntos con sus alumnos: hechos del pasado renovados por una realidad actual en la que el conocimiento de ellos, tanto a nivel personal como político, se convierte en una cuestión de vida o muerte.

“La diferencia crucial entre Los palestinos y las películas que hice antes es que con un tema como Los palestinos tu espacio de movimiento es mucho menor. En una película más pretenciosa hay un elemento lúdico, el juego entre el cineasta y cada espectador, que está mucho más en primer plano que el contenido documental en sí. En Los palestinos, el elemento lúdico está en un nivel menos poderoso que el elemento del discurso directo de las personas involucradas, y esa es una elección moral. Es importante hablar de la realidad en términos de relaciones y no solo de hechos. Normalmente serían relaciones formales, pero aquí la forma ha cambiado en cierto sentido hacia el contenido, de modo que se convierten en relaciones de contenido. Así que la película tiene que ofrecer al público un conjunto de relaciones que tengan sentido y creo que a ese nivel la película funciona. No se trata de decirle al público: así son las cosas. Cierto tono es más importante que lo que se dice exactamente. Porque creo que las listas de hechos —y esta es mi experiencia cuando veo documentales— son inútiles, difíciles de recordar. Pero una imagen general permanece. Ser capaz de comunicar qué si esto está sucediendo, hay que restarle importancia a los hechos para que la gente se dé cuenta de que están viendo una construcción; la construcción está ahí y, si el espectador está interesado o es consciente, verá las construcciones.

Johan van der Keuken

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viernes, 2 de octubre de 2026

"ARTE Y SOCIALISMO", DE WILLIAM MORRIS, EN EL 130 ANIVERSARIO DE SU MUERTE

 

Amigos míos, quiero que consideréis la relación existente entre el arte y el comercio, utilizando esta última palabra para expresar lo que corrientemente indica, es decir, ese sistema de competencia en el mercado que es, en verdad, la única forma que la mayoría de la gente, en la actualidad, considera pueda tomar el comercio

Claro que así como ha habido épocas en la historia del mundo en que el arte mantenía su supremacía sobre el comercio, en que el arte era mucho y el comercio, tal como nosotros enten-demos la palabra, era muy poco, ahora, por el contrario, todos aceptaremos, imagino, que el comercio se ha convertido en algo de una importancia enorme, y el arte en algo de muy poca importancia. Digo que, en general, se aceptará esa idea, aunque personas diferentes mantengan opiniones diferentes no solo respecto a la bondad o maldad de ello, sino incluso respecto al significado de decir que el comercio se haya convertido en algo de importancia suprema y el arte se haya hundido hasta convertirse en asunto sin importancia

Permitidme que os dé mi opinión sobre lo que esto significa, lo cual me llevará a pediros que consideréis qué remedios deberán ser aplicados para curar los males que existen en las relaciones entre arte y comercio

Os voy a hablar con toda franqueza. Me parece que la supremacía del comercio (según entendemos esa palabra) es un mal, y un mal muy grave: y diría que es un mal sin mezcla alguna de bien, a no ser por esa extraña continuidad de la vida que fluye por todos los acontecimientos históricos y por cuyo medio hasta los mismos males de ciertos periodos tienden a abolirse por sí mismos,

Porque, en mi opinión, lo que quiere decir es esto: el mundo de la civilización moderna en su carrera para ganar una prosperidad material muy desigualmente repartida, ha suprimido enteramente el arte popular; o, en otras palabras, la mayor parte de la población no tiene ninguna participación en el arte, que, tal como están las cosas, debe ser conservado en las manos de unos pocos ricos o acomodados que, podemos decir honradamente, lo necesitan menos, y no más, que los esforzados trabajadores.

Pero no es ese todo el mal ni la parte peor de él, porque la causa de esta hambre de arte es que, si bien la gente trabaja en todo el mundo civilizado con el mismo ardor con que siempre lo hizo, ha perdido -al perder un arte que estaba hecho por y para el pueblo- el solaz natural de su trabajo, un solaz que en otro tiempo tuvieron y que siempre debieron haber tenido, la oportunidad de expresar a sus semejantes su propio pensamiento mediante ese mismo esfuerzo, mediante ese trabajo diario que la naturaleza o la costumbre inveterada -una segunda naturaleza- de hecho les exige, pero sin que signifique una carga repulsiva y sin recompensa

Sin embargo, debido a una extraña ceguera y a un extraño error de la civilización de los últimos tiempos, casi todo el trabajo, ese trabajo del cual alguna parte debiera haber sido compañero servicial de todos los hombres, ha llegado a convertirse en una carga tal que todos los hombres, si pudieran, se liberarían de ella. He dicho que la gente trabaja no menos laboriosamente que lo hizo en el pasado; pero creo que debiera haber dicho que trabajan más laboriosamente aun.

Esas máquinas maravillosas que en manos de hombres justos y previsores habrían sido utilizadas para aminorar el trabajo repulsivo y para conceder placer -o, en otras palabras, incremento de vida- a la raza humana, han sido usadas, por el contrario, de tal modo que han llevado a los hombres a una precipitación frenética y a la prisa, y con ello han destruido todo placer, es decir, toda vida, por todas partes; en vez de aligerar el esfuerzo de los trabajadores lo han intensificado, y con ello han añadido más cansancio aun a la carga que los pobres deben soportar.

Y no se puede argüir en defensa del sistema de la civilización moderna que sus solas ganancias materiales o corporales equilibran la perdida de placer que ella ha traído al mundo; porque, como antes sugerí, esas ganancias han sido divididas tan injustamente que el contraste entre ricos y pobres se ha visto enormemente intensificado, de modo que en todos los países civilizados, pero sobre todo en Inglaterra, se exhibe el terrible espectáculo de dos pueblos que viven en calles vecinas, en puertas vecinas, pueblos de la misma sangre, de la misma lengua y que viven, al menos teóricamente, bajo las mismas leyes y sin embargo, el uno es civilizado y el otro es incivilizado Todo esto, digo, es resultado del sistema que ha estrangulado el arte y exaltado el comercio hasta convertirlo en una religión sagrada; y parecería que está dispuesto, con esa terrible estupidez que es su característica primordial, a burlarse del noble consejo de aquel satírico romano, cambiándole el sentido, y así ahora se nos pide que, en nombre de la vida, destruyamos la razón de vivir

Y ahora, frente a esa estúpida tiranía, presento mi reivindicación en nombre del trabajo esclavizado por el comercio, reivindicación que sé que ninguna persona con dos dedos de frente podrán tachar de irracional; pero que si se llevara a cabo implicaría un cambio tal que derrocaría el comercio, es decir, que establecería la asociación en lugar de la competencia, el orden social en vez de la anarquía individualista.

A pesar de todo, he considerado esta reivindicación a la luz de la historia y de mi propia conciencia y me parece que, considerada de ese modo, es una reivindicación muy justa y que resistirse a ella quiere decir, ni más ni menos, negar toda esperanza a la civilización. Esta es, pues, mi reivindicación: Es justo y necesario que todo hombre trabaje en algo que valga la pena, que sea agradable de hacer por sí mismo y que se realice bajo unas condiciones que no lo hagan ni excesivamente fastidioso ni excesivamente angustioso.

Por más vueltas que le dé a esa reivindicación, por más que piense en ella, no puedo encontrar que sea una petición descabellada; sin embargo, repito que si la sociedad la admitiera (o pudiera admitirla) la faz del mundo cambiaria; el descontento, la lucha y la deshonestidad terminarían. ¡Sentir que estamos realizando un trabajo útil para los demás y agradable para nosotros, y que ese trabajo y su debida recompensa nunca nos faltaran! ¿Qué grave perjuicio podría ocurrirnos en tales circunstancias? Y el precio que deberíamos pagar para dar al mundo esa felicidad sería la revolución: socialismo en vez de laissez faire.

¿Cómo podemos nosotros, las clases medias, ayudar a que se realice ese estado de cosas, esa situación que sería, en la mayor medida posible, lo contrario del estado de cosas actual? Lo contrario, ni más ni menos. Porque, en primer lugar, el trabajo debe valer la pena: ¡Pensad en el cambio que ello implicaría en el mundo! Os digo que me siento aterrado al pensar en la inmensidad del trabajo que se lleva a cabo con el único objetivo de hacer cosas inútiles.

Para cualquiera de nosotros lo bastante fuerte para pasear por dos o tres calles principales de Londres, sería un día de trabajo instructivo anotar con detalle todo lo que se exhibe en los escaparates que resulta embarazoso o superfluo en la vida diaria de un hombre sensato. Más aun, la mayoría de esas cosas no hay nadie que las quiera en absoluto, sensato o insensato; tan solo una estúpida costumbre hace que hasta aquellos de mente más ligera supongan que las quieren, e incluso para muchos que las compran se convierten en auténticos estorbos para el trabajo, para el pensamiento y para el placer. Pero os ruego que penséis en la enorme cantidad de hombres que se ocupan de esos miserables cachivaches, desde los ingenieros que han tenido que hacer las máquinas para elaborarlos, hasta los míseros escribientes que pasan el día sentados, año tras año, en las horribles cuevas en que se lleva a cabo todo el intercambio, y los vendedores que los venden al por menor entre un sinfín de insultos que deberán escuchar sin ofenderse; y el público ocioso que no los quiere, pero que los compra para aburrirse y hartarse totalmente de ellos.

Estoy hablando de las cosas meramente inútiles; pero hay otros objetos que no sólo son totalmente inútiles, sino que son activamente destructivos y venenosos y obtienen buen precio en el mercado; por ejemplo, la comida y bebida adulteradas. Es ingente el número de esclavos que el comercio competitivo emplea para producir ruindades semejantes. Pero también a gran distancia de ello existe una enorme masa de trabajo que se desperdicia, simple y llanamente; muchos miles de hombres y de mujeres que no hacen nada, con esfuerzo terrible e inhumano que aniquila sus almas y acorta su misma vida animal

Todos estos son esclavos de lo que se llama el lujo, que en el sentido moderno de la palabra comprende una masa de riqueza falsa, invento del comercio competitivo y que esclaviza no solo a los pobres que están obligados a trabajar en su producción, sino también a los desventurados y bastante infelices que las compran para atormentarse con su estorbo.

Ahora bien, si queremos que exista el arte popular o simplemente el arte del tipo que sea, debemos liberarnos de una vez por todas de esos lujos; son los sustitutos, los falsarios del arte; y tanto es así que los que no conocen nada mejor han llegado a considerarlo arte, solaz divino del trabajo humano, emoción en la dura práctica diaria del difícil arte de vivir.

Pero digo que el arte no puede vivir en esta situación ni en ella puede haber estimación propia. El afeminamiento y la brutalidad son sus compañeros, a ambos lados. Y somos ante todo nosotros, las clases acomodadas, quienes debemos librarnos de todo ello si deseamos seriamente ese nuevo nacimiento del arte; y si no, entonces la corrupción está excavando ya una terrible fosa de perdición para la sociedad, de la cual podrá, ciertamente surgir tal vez ese nuevo nacimiento, pero con toda certeza lo hará entre el terror, la violencia y la miseria.

En realidad, ya sería algo que valdría la pena con tal de que nos desembarazara, a la gente acomodada, de esta montaña de escombros, de las cosas que todos sabemos que no tienen ninguna utilidad; los mismos capitalistas saben bien que no existe una demanda genuina y sana de ellas, y están obligados a ponerlas a hurtadillas en manos del público, avivando un deseo febril de excitación barata, cuya muestra externa se conoce con el nombre convencional de moda, un monstruo extraño nacido en la vacuidad de la vida de los ricos y de la ambición del comercio competitivo por sacar el mayor partido posible de la gran masa de trabajadores a los que adiestra, como meros instrumentos, para lo que se llamara "hacer dinero".

No creáis que es poca cosa resistir a ese monstruo de locura; pensar por vuestra propia cuenta en lo que realmente deseáis, no solo os convertirá en hombres y mujeres, sino que también os puede llevar a pensar en los deseos auténticos de los demás, puesto que pronto encontrareis, cuando lleguéis a conocer una obra de arte, que el trabajo de esclavos es indeseable Y aquí, además, se encuentra al menos un pequeño signo por el cual podemos distinguir entre un pingajo de la moda y una obra de arte: mientras que los juguetes de la moda, al perder el brillo, pierden en realidad todo valor, incluso para los frívolos, una obra de arte, por humilde que sea, siempre permanece; nunca nos cansamos de ella; mientras quede un fragmento, será valiosa e instructiva para cada nueva generación. Todas las obras de arte, en resumen, tienen la propiedad de hacerse venerables en medio de ruinas; y es razonable que así sea, porque desde el principio existió en ellas un alma, el pensamiento del hombre, que se hace visible mientras existe el cuerpo en el que fue injertada.

Y esta última frase me lleva a considerar el otro aspecto de la necesidad de que el trabajo se ocupe solamente de hacer objetos que valga la pena hacer. Hasta ahora hemos estado pensando en ello solamente desde el punto de vista del usuario; claro que, incluso considerado de ese modo, ya tenía bastante importancia; sin embargo, desde el otro punto de vista, desde el del productor, tiene aún mayor importancia.

Porque repito que, al comprar estas cosas, ¡son vidas humanas lo que compráis! ¿Seréis participes, debido tan solo a la locura e irreflexión, del crimen que cometen quienes obligan a sus hermanos a trabajar inútilmente? Porque cuando dije que era necesario que todas las cosas que se fabricaran valieran la pena, planteé esa reivindicación principalmente en nombre del trabajo, puesto que el despilfarro de hacer objetos inútiles aflige doblemente al trabajador. Como parte del público, se ve forzado a comprarlos, y la mayor parte de su mísero jornal es absorbida por una especie de sistema universal de trueque; como productor, esta forzado a hacerlo; y, así a perder el mismo fundamento de ese placer en el trabajo diario que es su derecho de nacimiento; está obligado a trabajar sin alegría fabricando el veneno que el sistema de trueque le obliga a comprar. Así que ese ingente número de hombres que se ven obligados por la locura y por la avaricia a fabricar cosas dañinas e inútiles, es sacrificado a la sociedad.

Mantengo que esto sería terrible e insoportable, aunque se sacrificara por el bien de la sociedad, si fuera posible; pero si se sacrifican, no por el bienestar de la sociedad, sino por su capricho, para aumentar su degradación, ¿qué aspecto tendrán entonces el lujo y la moda? Por una parte, despilfarro ruinoso y agotador que nos lleva de corrupción en corrupción hasta terminar en un cinismo completo y en la desintegración de toda sociedad; por otra parte, opresión implacable que destruye todo placer y toda esperanza de vida y que lleva.... ¿hacia dónde? He aquí, pues, una tarea para nosotros, las clases medias, antes de poder alisar el terreno para el nuevo nacimiento del arte, antes de poder limpiar nuestras propias conciencias de la culpa de esclavizar a los hombres mediante el trabajo. Algo es; y, si pudiéramos hacerlo, tal vez eso solo sería suficiente y de ahí se derivarían todos los otros cambios saludables; pero, ¿podemos hacerlo? ¿Podemos escapar de la corrupción de esta sociedad que nos amenaza? ¿Podemos nosotros, las clases medias, regenerarnos a nosotros mismos?

A primera vista se diría que un conjunto humano tan poderoso que ha levantado ese edificio gigantesco del comercio moderno, cuya ciencia, inventiva y energía ha subyugado las fuerzas de la naturaleza para hacerlas servir a sus propósitos cotidianos, y que guía la organización que mantiene subyugados esos poderes naturales de un modo casi milagroso; a primera vista se diría, sin miedo a equivocarse, que un grupo de hombres opulentos tan considerable podría hacer todo lo que quisiese.

Y, sin embargo, lo dudo; su propia creación, ese comercio del que esta tan orgulloso, se ha convertido en su amo; y todo lo que nosotros, las clases acomodadas -algunos con júbilo triunfante; otros con satisfacción estúpida, y algunos con tristeza de corazón-, estamos obligados a admitir es que el comercio no fue hecho para el hombre sino que el hombre fue hecho para el comercio.

Por todas partes estamos obligados a admitirlo. En la clase media inglesa actual, por ejemplo, se encuentran hombres de altas aspiraciones artísticas y de voluntad decidida, hombres que están profundamente convencidos de la necesidad de que la civilización rodee de belleza las vidas humanas; y muchos hombres de menor importancia, miles de ellos, me consta, refinados y cultivados, les siguen y alaban sus opiniones; pero tanto los dirigentes como los dirigidos son incapaces de salvar ni siquiera a media docena de hombres del pueblo de las garras del comercio inexorable; se hallan tan indefensos, pese a su cultura y a su talento, como si fueran todos ellos simples zapateros sobrecargados de trabajo; menos afortunados que el rey Midas, nuestros verdes campos y nuestras aguas claras e incluso el mismo aire que respiramos, se han convertido, no en oro (lo cual tal vez nos hubiera gustado a algunos durante cierto tiempo), sino en polvo; y, para hablar sin tapujos, sabemos con toda certeza que no es solo que bajo este evangelio actual del capital no haya esperanza alguna de mejora, sino que las cosas empeoran de año en año, de día en día. Comamos y bebamos, que mañana moriremos sofocados por la suciedad.

Dejadme que os ofrezca un ejemplo directo de la esclavitud del comercio competitivo en que vivimos nosotros, desventurados miembros de la clase media. Os he exhortado a dejar a un lado los lujos, a que os desnudéis de estorbos innecesarios, a la simplificación de la vida, y creo que estaréis totalmente de acuerdo conmigo en ello. Bien, he pensado muchas veces que una de las circunstancias más hirientes que se engarzan en nuestro sistema de clases actual es la relación que existe entre nosotros, los ricos, y nuestros criados; nosotros y nuestros criados vivimos juntos bajo el mismo techo, pero somos casi totalmente extraños los unos a los otros, pese a la afabilidad y buenos sentimientos que a menudo existen por ambas partes; no, extraños es una palabra suave; aunque seamos de la misma sangre y estemos ligados por las mismas leyes, vivimos juntos como personas de tribus diferentes. Ahora pensad en las consecuencias que ello tiene en el trabajo doméstico ordinario de cada día en un hogar y en si cabe la posibilidad de simplificar nuestras vidas mientras tal sistema perdure. Para no ir más lejos, las que seáis amas de casa sabéis muy bien (como me ocurre a mí, puesto que he aprendido el arte útil de hacer la comida) en qué manera se simplificaría el trabajo diario si las comidas más importantes pudieran tomarse en común; si no existiera doble comida, una en el piso principal y otra debajo. Y, evidentemente, nosotros, que pertenecemos a un siglo amante de la educación, no podemos ignorar el valor educativo que tendría para los miembros menos refinados de un hogar reunirse con los más refinados, una vez al día por lo menos; observar los modales elegantes de las señoras bien educadas, participar en la conversación de hombres de cultura y de viajes, de hombres de acción y de imaginación; creedme que aventajaría en mucho a la enseñanza primaria.

Más aun, este asunto se relaciona con nuestro tema del arte: porque observad, como muestras de esa estupidez de nuestra civilización de pacotilla, que nuestros hogares acomodados están obligados a ser estúpidas madrigueras de conejos en vez de estar planeados según el antiguo sistema racional utilizado desde la época de Homero hasta pasados los tiempos de Chaucer; una gran sala, digamos, y unas cuantas habitaciones unidas a ella para dormir o en las que encerrarse. No es extraño que nuestras casas sean complicadas e innobles, porque las vidas que en ellas se viven son también complicadas e innobles En ese caso, ¿por qué los que hemos pensado en ello, pues estoy seguro de que muchos de nosotros lo hemos hecho, no cambiamos esta costumbre mezquina y vulgar, simplificando nuestras vidas con ello y educando a nuestros amigos, a cuyos esfuerzos debemos tantas comodidades? ¿Por qué vosotros -y yo- no os ponéis a hacerlo mañana mismo?

Porque no podemos; porque nuestros siervos no lo aceptarían, sabiendo, como sabemos nosotros, que ambas partes serían, con ello, más desgraciadas. ¡La civilización del siglo XIX prohíbe compartir el refinamiento de un hogar a sus miembros! Así que, ya lo veis, si nosotros, la clase media pertenecemos a un pueblo poderoso -lo cual, en buena fe, es cierto-, no hacemos más que representar un papel que ya se ha interpretado muchas veces en la historia mundial; somos grandes, pero desdichados; somos gente importante y digna, pero moralmente aburrida; hemos comprado nuestro poder al precio de nuestra libertad y de nuestro placer De modo que, en respuesta a la pregunta de si podemos alejar de nosotros los lujos y vivir vidas sencillas y decentes, digo que solo podremos cuanto estemos libres de la esclavitud del comercio competitivo; antes no. Con certeza algunos de vosotros deseáis ser libres, habéis sido educados y sois refinados, y vivificasteis vuestra percepción de la belleza y del orden solo para que pudiera ser sacudida y lesionada en todo momento por la brutalidad del comercio competitivo; habéis sido tan perseguidos y acosados por él que, aunque gocéis de buena posición, incluso aunque quizás seáis ricos, no tenéis ahora nada que perder de la revolución social; el amor al arte, es decir, al placer auténtico de la vida, os ha llevado a tal punto que debéis compartir vuestra suerte con la de los esclavos asalariados del comercio competitivo; vosotros y ellos debéis ayudaros los unos a los otros, y tener una esperanza en común; de lo contrario, vosotros, en cualquier caso, viviréis y moriréis sin esperanza y sin ayuda. A vosotros, que deseáis ser liberados de la opresión de los buscones del dinero, os digo: ¡Esperad el día en que seréis obligados a ser libres! Mientras tanto, si por otro lado esa opresión apenas nos ha dejado algún trabajo que valga la pena hacer, una cosa al menos queda por la que luchar; la elevación del nivel de vida en aquellos casos en que se encuentra en su punto más bajo o en un punto bajo; eso pondrá alguna traba al comercio competitivo triunfante. Y no puedo concebir nada que tenga más probabilidades de elevar el nivel de vida que la labor de convencer a algunos millares de personas que viven de su esfuerzo, de la necesidad que tienen de apoyar la segunda parte de la reivindicación que he hecho en nombre del trabajo, es decir, que el trabajo sea agradable de por sí. Si pudiéramos simplemente convencerles de que esa extraña revolución del trabajo serí a de beneficios infinit os no solo para ellos, sino para todos los hombres, de que es tan perfectamente justo y natural que lo contrario, es decir, que la mayor parte del trabajo humano resulte penoso, es una mera monstruosidad de estos últimos tiempos, que debe, a largo plazo, acarrear ruina y confusión a la sociedad que lo permite; si tan solo pudiéramos convencerles, en ese caso, en efecto, existiría la oportunidad de que la frase arte del pueblo fuera algo más que meras palabras.

A primera vista, sin duda alguna, podrá parecer imposible conseguir que hombres nacidos bajo el actual sistema del comercio entiendan que el trabajo pueda ser para ellos una bendición; no en el sentido con que a veces les predican esa idea aquellos cuyo trabajo es ligero y de fácil evasión; tampoco como una tarea necesaria que la naturaleza impone a los pobres en beneficio de los ricos; tampoco solo como un opio que atonte su sentido del bien y del mal, que les haga estar sentados, sin protestar, bajo sus cargas, hasta el fin del tiempo, bendiciendo al señor y a su familia: podrían entender con bastante facilidad todas estas cosas, y algunas veces las escucharían con cierta muestra de complacencia, al menos en caso de pensar que pudieran sacar algo de nosotros con ello. Pero la doctrina auténtica de que el trabajo debe ser una bendición real y tangible, en sí misma, para el trabajador, un placer incluso como ahora lo son el sueño y las bebidas fuertes, podrá parecer muy difícil de entender, siendo, como es, tan diferente de todo lo que han encontrado que es el trabajo

Sin embargo, aunque la mayor parte del trabajo humano se soporta solamente como se soporta un mal necesario (la enfermedad, por ejemplo, mi experiencia al respecto es que, bien sea debido a un cierto carácter sagrado del trabajo manual que se injerta en él, incluso bajo las peores circunstancias, o bien porque el pobre, llevado por la necesidad a tratar de cosas terriblemente reales, cuando piensa -si es que lo hace- en tales asuntos lo hace menos convencionalmente que los ricos; sea lo que fuere, mi experiencia al respecto es que el trabajador encuentra más fácil de entender la doctrina de la reivindicación del placer en el trabajo que puedan encontrarlo los ricos o los de clase acomodada.

Dejando aparte cualquier palabra trivial que pueda añadir, me ha sorprendido encontrar, por ejemplo, en públicos de la clase trabajadora una admiración tan apasionada hacia John Rankin; pueden verlo como profeta, más que como el retórico fantástico que descubren en él los públicos de mayor finura. Es esto un buen augurio, me parece, de la educación de los tiempos venideros. Pero nosotros, a veces tan teñidos de cinismo, debido a nuestro desamparo en el mundo repugnante que nos rodea y nos oprime, ¿no podemos acaso levantar nuestras propias esperanzas, de algún modo, hasta el punto de pensar que la esperanza que pueda aun brillar en los millones de esclavos del comercio es algo mejor que una mera ilusión, que una falsa aurora de una noche encapotada contra la que solo lucha la luna? Recordemos que aún quedan en el mundo monumentos que nos muestran que no siempre fue todo el trabajo humano un pesar y una carga para los hombres. Pensemos en la hermosa y señorial arquitectura, por ejemplo, de la Europa medieval: en los edificios levantados antes de que el comercio hubiera puesto la piedra cimera del edificio de la tiranía al descubrir que la fantasía, la imaginación, el sentimiento, la alegría de la creación y la esperanza de un renombre justo son mercancías demasiado preciosas para que puedan comprarlas hombres sin dinero, simples artesanos y jornaleros. Recordemos que hubo un tiempo en que los hombres hallaban un placer en su trabajo diario, pero, sin embargo, respecto a otros asuntos ansiaban la luz y la libertad incluso tanto como ahora se desean: su tenue esperanza se hacía cada vez más brillante y veían que se iba acercando de día en día su realización aparente, y la contemplaban con tanta ansiedad que no se dieron cuenta de que el enemigo que siempre acecha, la opresión, había cambiado de forma y les estaba robando lo que ya habían conseguido en aquellos días en que la luz de su nueva esperanza no era sino débil destello; de este modo perdieron su vieja ganancia, y a falta de ella, esa nueva ganancia les fue cambiada y desperdiciada y se convirtió en algo que no era mucho mejor que lo que habían perdido Entre los días que ahora transcurren y el final de la Edad Media, Europa ha ganado libertad de pensamiento, aumento de conocimientos y gran talento para tratar con las fuerzas materiales de la naturaleza; junto con todo ello, una relativa libertad política y un respeto hacia las vidas de los hombres civilizados, y otros logros que acompañan a todo ello; sin embargo, digo deliberadamente que si la situación actual de la sociedad continúa, ella ha comprado esas ganancias a un precio demasiado alto; la pérdida del placer del trabajo diario que en otro tiempo proporcionó auténtico solaz en los temores y opresiones de una masa de hombres: la muerte del arte fue un precio demasiado alto que tuvimos que pagar a cambio de la prosperidad material de las clases medias

Doloroso fue, ciertamente, que no pudiéramos mantener nuestras manos llenas, que nos viéramos obligados a derramar con una mientras recogíamos con la otra; sin embargo, en mi opinión, aun es más grave ser inconscientes de la pérdida o, siendo escasamente conscientes de ella, tener que forzarnos a olvidarla y a proclamar en alta voz que todo va bien. Porque, aunque todo no vaya bien, sé que la naturaleza humana no ha cambiado tanto en tres siglos que nos permita decir a todos los milenios que les precedieron: "Os equivocasteis al amar el arte; ahora hemos descubierto que lo que todos los hombres necesitan es alimentos, ropas y cobijo, y un barniz de conocimientos sobre la forma material del universo. La creación no es ya una necesidad del alma humana; la mano derecha bien puede olvidar su instinto; el hombre no empeorara por ello

Trescientos años, un día en el transcurso del tiempo, no han cambiado la naturaleza del hombre irremisiblemente, podéis estar seguros; un día recobraremos el arte, es decir, el placer de la vida; devolveremos el arte a nuestro trabajo diario: ¿Dónde está, pues, la esperanza?, "nos podéis decir, "Mostrádnosla". La esperanza se encuentra precisamente en el mismo lugar en que la esperanza antigua nos defraudó. Abandonamos el arte por lo que creíamos ser luz y libertad, pero lo que compramos no fue, ni mucho menos, luz ni libertad: la luz mostró muchas cosas a que los de clase acomodada que se tomaron la molestia de buscarlas; la libertad dio a la clase media muchas posibilidades, si se preocupaban de utilizar esa libertad; pero estos eran, en el mejor de los casos, pocos; a la mayoría de los hombres la luz les mostró que ya no necesitaban andar en busca de una esperanza y que la libertad había otorgado a la mayoría de los hombres la libertad de aceptar, con un sueldo miserable, el trabajo de esclavos que se hallara más cercano o, por el contrario, verse obligados a morir de hambre.

Ahí está nuestra esperanza, os digo. Si el trato hubiera sido realmente justo, totalmente completo, entonces lo único que se podría hacer es enterrar el arte y olvidar la belleza de la vida; pero ahora la causa del arte puede apelar a algo más: nada menos que a la esperanza que la gente tiene en la vida feliz que aún no se les ha concedido. Ahí está nuestra esperanza: la causa del arte es la causa del pueblo

Pensad en un momento histórico, ¡y vuestra esperanza despertará! Hubo un tiempo en que el poder de Roma abarcaba, en abrazo envenenado, todo el mundo de la civilización. Todos los hombres -incluso los mejores, podéis ver en los mismos evangelios- pensaban que ese imperio estaba llamado a durar eternamente: los que en él vivían no podían imaginar que existiera en el mundo, fuera de él, nada digno de consideración; pero los días pasaron, y aunque nadie advirtiera los presagios del cambio que se avecinaba, el cambio, sin embargo, llegó, como llega un ladrón en la noche, y los bárbaros, ese mundo que se extendía fuera del dominio de Roma, cayeron sobre ella; y los hombres, ciegos de terror, lamentaron el cambio y consideraron que el mundo había sido destrozado por la furia del Norte.

Pero incluso esa furia trajo consigo ciertas cosas totalmente extrañas a Roma y que en otro tiempo habían sido el alimento que nutriera sus glorias: odio a la mentira, desprecio a las riquezas, menosprecio hacia la muerte, fe en la reputación honrada obtenida por el esfuerzo tenaz, amor honorable hacia las mujeres...., todas esas cosas trajo consigo la furia del Norte, como el torrente de la montaña transporta el oro, y así Roma se hundió y surgió Europa y la esperanza del mundo renació Para un espíritu sensible, esta historia del pasado servirá de parábola de los días que han de venir, del cambio que se nos avecina, ahora oculto en el seno de los bárbaros de la civilización, del proletariado; y a nosotros, las clases medias, sostén del sistema poderoso y monstruoso del comercio competitivo, atañe limpiar nuestras almas de avaricia y de cobardía y enfrentarnos con ese cambio que, otra vez, está en el camino; comprender la bondad y la esperanza que trae consigo, pese a todas las amenazas de violencia, pese a toda esa repugnancia, que no engendró él, sino que fue engendrado por el mismo sistema que está llamado a destruir.

Quiero decir, una vez más, que la mejor esperanza que tenemos nosotros, las personas acomodadas, los que amamos el arte, no como un juguete, sino como algo necesario para la vida del hombre, como muestra de su libertad y de su felicidad, es la de elevar el nivel de vida del pueblo; o, en otras palabras, conseguir la reivindicación que plantee en nombre del trabajo y que ahora expondré de modo diferente, para que intentemos ver cuál es el obstáculo mayor que nos impide hacer que esa reivindicación se cumpla y cuáles son los enemigos que debemos atacar. Así que voy a exponer de nuevo esa reivindicación:

El trabajo humano no deberá producir nada que no valga la pena, y ese trabajo no deberá ser degradante para los trabajadores.

Por sencilla que parezca esta proposición, y creo que os debe parecer tan cierta como me parece a mí, al meditar sobre este asunto veréis que es una amenaza de muerte directa contra el sistema actual de trabajo de los países civilizados. Este sistema, que he llamado comercio competitivo, es claramente un sistema de guerra; es decir, de despilfarro y de destrucción; o, si queréis, un juego de tahúres, cuyas reglas son que todo lo que un hombre puede ganar bajo ese sistema lo gana a costa de lo que otro pierde. Tal sistema no presta atención -ni puede prestarla- al problema de si vale o no la pena fabricar ciertos objetos; ni le preocupa una cosa, y una cosa sola, es decir, lo que llama obtener un beneficio, palabra que ha llegado a ser usada tan convencionalmente que debo explicaros lo que realmente significa, y es esto: ¡el despojo del débil por el fuerte! Y quiero añadir que este sistema es, por su propia naturaleza, destructor del arte, es decir, destructor de la felicidad de la vida. Toda consideración que pueda existir por la vida del pueblo en la actualidad, todo lo que se haga que tenga algún valor, se hace pese al sistema y en contra de sus máximas; y es muy cierto que todos nosotros, al menos tácitamente, admitimos que se opone a las aspiraciones más altas de la humanidad.

¿Es que acaso no sabemos cómo trabajan esos hombres de talento que son la sal de la tierra, sin los cuales la corrupción de la sociedad hace ya tiempo hubiera llegado a hacerse insoportable? Los poetas, los artistas, los científicos, ¿no es cierto que en sus días jóvenes y gloriosos, cuando alcanzan el cenit de su fe y de su entusiasmo, se ven constantemente frustrados por la guerra comercial con su irónica pregunta: "¿Dará dinero?". ¿No es cierto que cuando comienzan a obtener éxito mundial, cuando se hacen relativamente ricos, pese a nosotros, nos aparecen como tiznados por sus corrompidos contactos con el mundo comercial?

¿Necesito hablaros de los grandes proyectos arrinconados, de cosas cuya ejecución es tremendamente necesaria -así lo confiesan todos los hombres-, pero que nadie puede decididamente poner en marcha debido a la falta de dinero? Por el contrario, si se trata de crear o de estimular algún capricho vano en la mente del público, y si para satisfacerlo se obtiene algún beneficio, el dinero lloverá a toneladas.

Y aún hay más: bien sabéis que es muy vieja la historia de las guerras que engendra el comercio en búsqueda de nuevos mercados, que ni los estadistas mas pacíficos pueden resistir; es una vieja historia, pero parece eternamente nueva, y ahora se ha convertido en una especie de broma siniestra, de la cual, si pudiera evitarlo, no reiría, y sin embargo, me veo obligado a hacerlo desde mi alma repleta de ira,

Pues bien, ¿qué ha hecho por nosotros todo ese dominio sobre los poderes de la naturaleza que hemos conseguido en los últimos cien años, o en menos tiempo aun, bajo el sistema actual? En opinión de John Stuart Mil, era dudoso que todos los inventos mecánicos de la época moderna hubieran hecho algo para aligerar la carga del trabajo; y tened la certeza de que no fueron hechos con aquel objetivo, sino con el de obtener un beneficio. Esas máquinas casi milagrosas que, de haber sido tratadas con previsión ordenada, pudieran ahora ya estar extinguiendo a pasos agigantados todo el trabajo fastidioso e insensato, dándonos la libertad de elevar en nuestros trabajadores el nivel de habilidad manual y de energía de mente y producir de nuevo la belleza y el orden, que solo pueden producir manos humanas guiadas por su espíritu, ¿Qué es lo que en realidad han hecho por nosotros? El mundo civilizado está muy orgulloso de sus máquinas, sí, pero, ¿Tiene algún derecho a estar orgulloso del uso a que han sido destinadas por la guerra y el despilfarro comercial?

Me parece que no existe en ello motivo de júbilo: la guerra comercial ha obtenido un beneficio de estas maravillas; es decir, por sus medios ha engendrado millones de trabajadores infelices, máquinas sin inteligencia en lo que respecta a su trabajo diario, para obtener mano de obra barata, para mantener su juego apasionante, pero asesino, eternamente. Y es cierto que esa mano de obra hubiera sido tremendamente barata -barata para los generales de la guerra comercial, y mortalmente cara para el resto de nosotros- a no ser por las semillas de libertad que unos hombres valientes sembraron hace algún tiempo entre nosotros y que están brotando en nuestros propios días en forma de cartismo, sindicalismo y socialismo, en defensa del orden y de una vida decente. Nuestra propia esclavitud hubiera sido terrible -no solo la de las clases trabajadoras- a no ser por esos gérmenes del cambio que debe acontecer incluso tal como están las cosas, mediante ese amontonamiento de los obreros de las máquinas y de sus acólitos en las grandes ciudades y en los distritos industriales, ha mantenido nuestras vidas por los suelos y las mantiene por los suelos, a un nivel de vida miserablemente bajo; tan bajo, que cualquier plan de mejora llega a ser difícil de imaginar.

Por los medios de comunicación rápidos que ha creado, y que debieran haber elevado el nivel de vida al esparcir el conocimiento desde las ciudades al campo y al crear en todas partes centros modestos de libertad de pensamiento y de hábitos culturales, por el ferrocarril y lo que se le parezca, ha enganchado nuevos reclutas al ejército de reserva de competidores indigentes, del cual dependen en gran manera las ganancias de la especulación, desnudando al campo de su población y extinguiendo toda esperanza razonable y toda vida en las ciudades pequeñas. Como artista, no puedo dejar de pensar, ni relegar a un último término, en las consecuencias externas que nos ha acarreado este gobierno de la anarquía miserable que es la guerra comercial. Pensad en la ulcera de Londres, que se agranda, que devora de modo repugnante campos y bosques y brezales, despiadada y desesperadamente, burlándose de nuestros débiles esfuerzos para atajar algunos de sus males menores, y los cielos cargados de humos, los ríos infectos; pensad en el horror sombrío y en la indiferente suciedad de nuestros distritos industriales, tan terrible para los sentidos desacostumbrados a ello que llega a ser siniestro para el futuro de la raza el que haya hombres que puedan vivir sumidos en ella y manteniendo el buen humor; aun hay más; pensad en el mismo campo abierto en el que, para sustituirlas por miserables edificios de ladrillo y pizarra construidos apresuradamente, se echan a un lado esas viviendas sólidas y grises que aún se encuentran esparcidas a nuestro alrededor, emblemas apropiados, debido a su sencillez alegre y bella, de los campesinos libres del campo inglés, cuya destrucción a manos de la entonces joven guerra comercial lamentaron tan conmovedoramente el magnánimo More y el valeroso Latirme.

Por todas partes, en resumen, un cambio de lo viejo a lo nuevo implica, aun dudando de todo lo demás, una certeza: el empeoramiento del aspecto del país. Esta es la situación de Inglaterra: si, de Inglaterra, país del orden, de la paz y de la estabilidad, país del sentido común y del pragmatismo, país al que se dirigen las miradas de todos aquellos que esperan que el progreso moderno continúe y se perfeccione. Hay países europeos cuyo aspecto exterior no está tan arruinado, aunque tengan tal vez menos prosperidad material, aunque la riqueza de la clase media este menos extendida para así equilibrar la miseria y la desgracia que antes mencioné; pero si esos países son miembros del gran complot comercial tendrán que pasar por la misma puerta, a no ser que ocurra algo que detenga la marcha triunfal de la guerra comercial antes de que llegue a su fin.

Eso es lo que nos han legado tres siglos de comercio, la esperanza que surgió cuando el feudalismo comenzaba a hacerse pedazos. ¿Que podrá darnos el amanecer de una nueva esperanza? ¿Acaso podrá ser algo distinto a una revuelta general contra la tiranía de la guerra comercial? Los paliativos de que muchas personas de valor se ocupan son, en estos momentos, completamente inútiles, porque tan solo son revueltas parciales, desorganizadas, contra una organización vasta, insaciable, que recibirá todo intento de mejorar la condición de la vida de la gente con un nuevo ataque; nuevas máquinas, nuevos mercados, emigración masiva, renacimiento de supersticiones rastreras, prédica del ahorro a gentes que carecen de todo, de templanza a los miserables; cosas de este tipo frustraran en toda ocasión las revueltas parciales contra ese monstruo que nosotros, las clases medias, hemos creado para nuestra propia destrucción.

Hablaré con toda claridad de este asunto, aunque deba decir al final algo desagradable, si he de confesar todo lo que pienso. Lo único que debemos hacer es que todo el mundo piensa en todo momento en que es posible elevar el nivel de vida. Si os fijáis en ello veréis claramente que equivale a promover el descontento general.

Y ahora, para demostrar que vuelvo a mi reivindicación en favor del arte y del trabajo, para que pueda ocuparme de la tercera demanda, he aquí de nuevo la reivindicación completa:

Es justo y necesario que todos los hombres trabajen en algo:

1º El trabajo debe valer la pena

2º Debe ser agradable en sí mismo

3º Debe hacerse en tales condiciones que no resulte ni excesivamente fastidioso ni excesivamente angustioso Yo he procurado referirme a las dos primeras clausulas, que están muy relacionadas entre sí. Son, pudiéramos decir, el alma de la reivindicación de un trabajo justo; la tercera clausula es su cuerpo, sin el cual el alma no pueda existir. Así que voy a exponerla de esta forma y ella nos llevara a un terreno que en parte ya hemos cubierto.

Ninguna persona con ganas de trabajar deberá temer nunca la falta de empleo que cubra todas sus necesidades básicas de mente y de cuerpo.

"Todas las necesidades básicas", ¿y cuáles son esas necesidades básicas para todo buen ciudadano? En primer lugar, un trabajo decoroso y digno, lo cual implicaría dar la oportunidad de capacitarse para el trabajo mediante la educación debida; también, y ya que el trabajo debe ser digno de efectuarse y debe ser agradable, nos daremos cuenta de que para lograr este objetivo es necesario que la posición laboral este de tal modo asegurada que no se pueda obligar a un hombre a efectuar trabajos inútiles o trabajos en que no pueda hallar placer.

La segunda necesidad es que exista un ambiente decente, lo que implica:

a) Buenas viviendas

b) amplio espacio

c) orden y belleza general

Es decir:

a) nuestras casas deben estar bien construidas, deben ser limpias y saludables

b) debe existir abundante espacio verde en nuestras ciudades, y nuestras ciudades no deben devorar los campos y el aspecto natural del campo; más aún, pido incluso que se dejen espacios abiertos y tierras vírgenes salvajes; de lo contrario, el encanto y la poesía -es decir, el arte-, morirán entre nosotros; c) orden y belleza significan no solo que nuestras casas deben estar construidas de modo duradero y con propiedad, sino que deben también estar bien decoradas; que los campos que se dediquen al cultivo no se estropeen más de lo que se pueda estropear un jardín; por ejemplo, no se permitirá que nadie pueda talar, por mero beneficio personal, arboles cuya perdida perjudique un paisaje ni bajo ningún pretexto podrá nadie oscurecer la luz del día con humos, emponzoñar los ríos o degradar ningún lugar de la tierra con desperdicio inmundos o con ese desorden brutal y despilfarrador.

La tercera necesidad es tiempo libre. Comprenderéis que al utilizar esa expresión entiendo, en primer lugar, que todos los hombres deberán trabajar durante una parte del día y, en segundo lugar, que tienen el derecho positivo a exigir un descanso después de ese trabajo; el tiempo libre que tienen derecho a exigir debe ser lo bastante extenso para que les permita un descanso completo de la mente y del cuerpo; todo hombre debe tener tiempo para el pensamiento intelectual profundo, para la imaginación (incluso para soñar), o la raza humana, por el contrario, inevitablemente empeorara. Incluso respecto a ese trabajo decoroso y digno al que me he referido, que es la misma gloria, si está totalmente separado del trabajo forzado del sistema capitalista, no se le debe exigir a un hombre más de lo que en justicia le corresponda; si no, los hombres se desarrollarán desigualmente y seguirá habiendo en la sociedad algo corrompido.

Os he expuesto, pues, las condiciones bajo las cuales se puede realizar un trabajo que valga la pena y que no sea degradante: no se puede realizar bajo ninguna otra condición, y si el trabajo global del mundo no vale la pena y a la vez es degradante, será un contrasentido hablar de civilización.

Ahora bien, ¿pueden alcanzarse estas condiciones bajo el evangelio actual del capitalismo, cuyo lema es "salvarse quien pueda"?

Consideremos nuestra reivindicación de nuevo, expuesta en otras palabras:

En un estado social debidamente ordenado, todo hombre con ganas de trabajar deberá tener asegurados:

1º Un trabajo decoroso y digno

2º Una vivienda saludable y bella

3º Tiempo libre, disponible para el descanso de la mente y del cuerpo

Ahora bien, supongo que ninguno de los aquí presentes negará que sería deseable conseguir esta reivindicación; pero quiero que todos penséis que es necesario que se logre, que, mientras no hagamos todo lo posible para conseguirlo, seremos tan solo la parte esencial de una sociedad fundada en el robo y en la injusticia, condenada por las leyes del universo a destruirse a sí misma mediante sus propios esfuerzos para pervivir eternamente. Más aun, quiero que penséis que, si por una parte es posible lograr esta reivindicación, por otra es imposible lograrla bajo el sistema plutocrático actual, que nos prohibirá incluso todo intento serio de lograrlo: el comienzo de la revolución social debe ser el cimiento de la reconstrucción del arte del pueblo, es decir, del placer de la vida.

Debo decir ahora ciertas frases desagradables. ¿Sabemos que la mayor parte de los hombres de las sociedades civilizadas, son sucios, ignorantes, brutales, o en el mejor de los casos, ávidos del sustento de la semana que viene, que son, en pocas palabras, pobres? Y al pensar en su situación, bien sabemos que es injusta.

Dice un cuento viejo que aquellos hombres que se labran una fortuna por medios deshonrados y tiránicos, derrochan con liberalidad y en obras caritativas -como ellos dicen- sus ganancias mal obtenidas; pero el cuento no alaba a tales personas, sino que, por el contrario, cree que, pese a todo, el diablo los atrapa. Es una historia vieja, sí, pero yo os digo: "De que fabula". ¡De ti habla esa historia, tú eres el protagonista!

En mi opinión, las clases ricas y acomodadas estamos actuando diariamente del mismo modo: inconsciente o semiinconscientemente tal vez, amontonamos riquezas comerciando con las imperiosas necesidades de nuestros semejantes, y luego arrojamos unas monedas a aquellos que, de una u otra forma, nos chillan con más fuerza. Nuestras leyes de pobres, nuestras obras de caridad, organizadas y desorganizadas, no son más que débiles barreras para atajar un torrente, mero chantaje pagado a una injusticia renqueante, para que no pueda darnos alcance.

¿Cuándo llegara el día en que los hombres honrados y con claridad de ideas se harten de todo este caos de desperdicio, de este sistema que roba a Pedro para dárselo a Pablo, que es la esencia misma de la guerra comercial? ¿Cuándo nos uniremos todos para sustituir este sistema, cuyo lema es "Sálvese quien pueda", por otro sistema cuyo lema sea, realmente y sin ningún calificativo: "Todos para uno y uno para todos"?

¿Quién sabe? Tal vez ese día se avecine, pero, ¿Veremos nosotros, los que ahora vivimos, el comienzo de ese final que extinguirá el lujo y la pobreza, que fusionara las clases alta, media y baja en una sola clase, que vivirá alegremente una vida sencilla y feliz?

Muy larga resulta esa frase para describir el estado de cosas que os pido me ayudéis a conseguir: "la abolición de la esclavitud es una frase más corta y significa lo mismo. Tal vez, por una parte, podáis estar tentados de pensar que no vale la pena luchar por ese objetivo; o que, por otra, supongáis todos vosotros que ese objetivo se halla a tanta distancia que no se puede hacer nada importante para conseguirlo en nuestros días y que, por esa misma razón, bien puede uno cruzarse de brazos y no hacer nada.

Permitidme que os recuerde que, hace muy poco tiempo, muchos miles de hombres de nuestra misma condición dieron sus vidas en el campo de batalla para que concluyera felizmente un solo episodio en la lucha por la abolición de la esclavitud: son ellos hombres admirados y felices, porque les llegó su oportunidad, la aprovecharon e hicieron todo lo que pudieron, y el mundo se ha enriquecido con ello. Ahora bien, si se nos ofrece una oportunidad semejante, ¿La echaremos de lado para poder descansar con tranquilidad, mientras la duda, la enfermedad oprimen nuestra alma? Estos son días de combate: ¿Quien podrá dudarlo, si a nuestro alrededor se escuchan sonidos que presagian el descontento, la esperanza y el temor por doquier, sonidos del valor que despierta y de la conciencia que resurge? Estos, os digo, son días de combate, en los que no hay posibilidad de paz externa para un hombre honrado; en los que, por esa misma razón, es mas fácil conseguir la paz interna de una buena conciencia fundada en convicciones seguras, puesto que se nos está ofreciendo acción en defensa de la causa.

O bien, ¿diréis acaso que en este país de Inglaterra, tranquilo y gobernado constitucionalmente, no se nos ofrece ninguna oportunidad de acción? Si estuviéramos en la amordazada Austria, en Rusia, donde un par de palabras te pueden hacer aterrizar en Siberia o en la prisión y fortaleza de Pedro y Pablo...., claro, entonces con toda certeza...

¡Ay amigos míos! ¡Qué ofrenda más pobre podemos presentar ante las tumbas de los mártires de la libertad, si rehusamos tomar la antorcha de sus manos desfallecientes! ¿No fue acaso Goethe quien, al oír que alguien se iba a América a iniciar una nueva vida, le replicó: "América está aquí o no está en ninguna parte"? Del mismo modo yo os digo: "Aquí esta Rusia, o no está en ningún lado".

Decir que las clases gobernantes inglesas no se asustan de la libertad de expresión y que, por lo tanto, debemos abstenernos de hablar con libertad me suena a extraña paradoja. Ahondemos, por el contrario, esa brecha que nos abrieron hombres valientes; si nos echamos atrás, haremos que sus esfuerzos, sus sufrimientos, sus muertes, no tengan ningún valor.

Creedme, nos mostrarán que se trata de todo o de nada. ¿O acaso alguno de los aquí presentes querrá argüir que un mujik ruso se halla en una situación peor que la del sudoroso esclavo asalariado de la confección? No nos engañemos: la clase de las victimas existe tanto aquí como en Rusia. Pero, ¿existen menos aquí? Quizás; pero en ese caso se encuentran más indefensas y por ello tienen más necesidad de nuestra ayuda.

¿Y cómo podemos nosotros, las clases medias, nosotros, capitalistas y parásitos, ayudarles? Renunciando a nuestra clase, y siempre que exista un antagonismo entre las clases, poniéndonos al lado de las víctimas: al lado de los condenados a la falta de educación, de refinamiento, de placer y de reputación, en el mejor de los casos y en el peor, a una vida inferior a la de los salvajes más brutales, para que el sistema del comercio competitivo prevalezca.

No hay otro camino; y este, os lo digo sin tapujos, nos dará, a largo plazo, múltiples ocasiones de sacrificio personal, sin que para ello tengamos que ir a Rusia. Tengo la plena seguridad de que el auditorio, aquí hay gente que se siente llena de descontento hacia la anarquía miserable de este siglo del comercio; yo les ofrezco un medio de renunciar a su clase apoyando la propaganda socialista, alistándose a la Federación Democrática, que tengo el honor de representar ante vosotros y que me parece ser la única en este país que presenta como programa un socialismo constructivo.

Esta es mi opinión, una buena oportunidad para aquellos que estamos descontentos con el estado actual de las cosas y deseamos una oportunidad de renunciar a él; y es muy cierto que al aceptar esa oportunidad tendréis que sufrir, desde ese momento, algunos de los inconvenientes del martirio, sin obtener al mismo tiempo su dignidad. Al menos se burlaran y se reirán de vosotros esas personas cuya burla es muestra de honor para un hombre honrado; pero también , no lo dudo, os mirarán con frialdad muchas personas excelentes, y no todas ellas serán completamente estúpidas. Correréis el riesgo de perder vuestra posición, vuestra reputación, vuestra fortuna, vuestros amigos incluso: pérdidas que, en realidad, no son sino pellizcos comparados con el martirio genuino del que os he hablado; pero que, sin embargo, revelan de qué pasta está hecho un hombre, tanto más cuanto que es muy fácil escapar de ello sin ningún otro reproche de cobardía que el que vuestra conciencia os dicte.

Claro que tampoco puedo aseguraros que salgáis siempre impunes de los ataques de la tiranía abierta. Es cierto que en la actualidad la sociedad capitalista mira al socialismo en Inglaterra con sarcasmo. Pero recordad que ese grupo de personas que, por ejemplo, han devastado la India, han matado de hambre y han amordazado a Irlanda, han torturado a Egipto, tiene capacidad -últimamente ha mostrado síntomas de mal agüero- de representar abiertamente el papel de tirano no tan lejos de casa.

Así que, lo miremos por donde lo miremos, la posición que os ofrezco implica sacrificio: esa posición os daría vuestra "América" en casa y os daría la seguridad interna de que, al menos, sois de alguna utilidad para la causa; y por ello, a quienes estéis convencidos de la justicia de nuestra causa, os pido no titubeéis en participar activamente en la lucha que -con ayuda de quien sea, con oposición de quien sea-, debe, sin duda, culminar por fin ¡En la victoria!

Redacción: "Arte y socialismo" ("Art and Socialism") es el texto de una charla pronunciada ante la Sociedad Secular de Leicester (Inglaterra) el 23 de enero de 1884.
Historial de publicación: Se publicó por vez primera en forma de panfleto en Leek (Inglaterra) en 1884. Luego fue reeditado en The Collected Works of William Morris, tomo XXII, págs. 192-214.
Fuente de la versión en castellano: Omegalfa.es
Transcripción/html para marxists.org: Rodrigo Cisterna, febrero de 2014. 

 

jueves, 1 de octubre de 2026

REPORTAJE "BELGRADO" (1980)

 

"Belgrado" es un reportaje histórico de archivo televisivo producido originalmente en agosto de 1980. Forma parte de una serie documental de viajes y actualidad internacional de la agencia de noticias cinematográficas UPITN 

United Press International Television News, abreviado como UPITN, fue una agencia de noticias de televisión que opera de 1967 a 1985. Estaba a la vanguardia de la recopilación de noticias de televisión internacional y tenía una vasta red de oficinas extranjeras en todo el mundo con equipos de filmación que capturaban imágenes de los eventos y personas que definían la época.

En 1985, después de que UPI vendió su interés, pasó a llamarse Worldwide Television News, o WTN. En 1998 WTN fue comprado por la ' Associated Press', para convertirse en Associated Press Television News. Se gestiona a través de la división de licencias de imágenes de archivo de APTN, AP Archive. 

"Belgrado" es un recorrido por la capital de Yugoslavia, al estilo de un diario de viaje.

En él se incluyen imágenes de la vida cotidiana de la ciudad así como del edificio del Parlamento, el edificio del Comité Central del Partido Comunista en Nueva Belgrado (Novi Beograd), edificio del Gobierno Nacional (SIV) en Nueva Belgrado, la Catedral de San Miguel (Saborna Crkva), el mercado Zeleni Venac, el mercado Kalenić (Kalenić Pijaca), edificios residenciales en Nueva Belgrado (Blokovi), Plaza de la República y Museo Nacional, varias tomas de la calle principal Knez Mihajlova, monumento "El Vencedor" (Pobednik) en la fortaleza de Kalemegdan, vista desde la fortaleza mostrando la confluencia del río Sava con el Danubio y la Gran Isla de la Guerra (Veliko Ratno Ostrvo), exposición del Museo de la Guerra con tanques, cañones de campaña y cañones antiaéreos, edificio Palacio Albania (Palata Albania), plaza Marx y Engels, Casa de los Sindicatos, puente de Branko, tomado desde el lado de Nueva Belgrado, Hotel Inter-Continental en Nueva Belgrado, Centro de Congresos Sava (Sava Centar) en Nueva Belgrado, bloques residenciales en Nueva Belgrado; la Torre Genex, también conocida como la Puerta Occidental de Belgrado (Zapadna Kapija, Genex Kula), Hotel Moscú, Hotel Balkan  

  

El recorrido continúa con vistas del mercado Bajloni (Bajlonijeva Pijaca), Mansión Kapetan Mišino zdanje (sede de la Universidad de Belgrado), vista de la concurrida calle Knez Mihajlova, edificio del Parlamento y la iglesia de San Marcos (Crkva Svetog Marka), tomas panorámicas de las calles y tejados de Belgrado desde el edificio Beogradjanka, iglesia de San Marcos.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

"CONCIERTO PARA VIOLONCHELO Nº 1" OP. 49, SEGUNDA OBRA DE LA TRILOGÍA DE DMITRI KABALEVSKY DEDICADA A LA JUVENTUD SOVIÉTICA

"Concierto para violonchelo nº 1" (1949)

La pieza central de la trilogía de conciertos dedicada a la juventud fue su Concierto para violonchelo No. 1, compuesta entre 1948 y 1949. Un joven Svyatoslav Knushevitsky, que estaba acompañado por una orquesta juvenil del Conservatorio de Moscú, lo estrenó en 1949. Esencialmente lírico, y con un sabor de música popular rusa y del Póximo Oriente que se encuentra en muchas de sus otras obras, la pieza fue inmediatamente popular. 

Se compone de 3 movimientos:

I. Allegro: Este movimiento inicial presenta un tempo vivo y ágil con elementos tradicionales de la sonata, combinando un impulso rítmico con temas líricos de carácter ruso. 

II. Largo, molto espressivo: Un movimiento central lento, profundamente expresivo y melancólico que resalta la cualidad cantabile del violonchelo.

III. Allegretto / Allegro - Allegro molto: El animado final presenta una serie de variaciones basadas en melodías de corte folclórico, que ganan progresivamente en virtuosismo e intensidad antes de un cierre rápido y enérgico.

Kabalevsky escribió: “Los niños siempre han ocupado un gran lugar en mi vida musical. Para mí, no puede haber música ni vida sin hijos. He compuesto música y escrito libros para ellos, hablado sobre música y enseñado en escuelas de música, dirigido coros y orquestas para niños”. En el funeral de Kabalevsky, su colega y amigo Sir Frank Callaway elogió: “Kabalevsky era una personalidad única en la música internacional y la educación musical, cuya mayor felicidad era escribir música para niños”. 

martes, 29 de septiembre de 2026

ACANTILADO PUBLICA "«DIE WELTBÜHNE». SEMANARIO DE POLÍTICA, ARTE Y ECONOMÍA (1918-1933)"

«Die Weltbühne». Semanario de política, arte y economía
(1918-1933) 
Prólogo selección y notas de Francisco Uzcanga Meinecke. 
Septiembre de 2026
480 págs 
Editorial Acantilado 
 
Die Weltbühne: la conciencia incómoda de Weimar

La noche del 10 de mayo de 1933, en la plaza de la Ópera de Berlín, los estudiantes nazis que arrojaban libros al fuego acompañaban la ceremonia con invocaciones contra sus autores. Una de ellas señalaba expresamente a Carl von Ossietzky y Kurt Tucholsky, cuyos escritos debían desaparecer en nombre del respeto y la honra del pueblo alemán. El prólogo de esta antología comienza con aquella escena, que revela hasta qué punto una revista de circulación modesta había llegado a incomodar a quienes se atribuían el derecho de decidir qué podía pensar Alemania. Para los organizadores de la hoguera, destruir aquellos libros formaba parte de la conquista del país.

Acantilado recupera en Die Weltbühne. Semanario de política, arte y economía (1918-1933) una selección de aquella aventura intelectual, con edición, traducción, prólogo y notas de Francisco Uzcanga Meinecke. Sus páginas reúnen intervenciones políticas, críticas literarias, reflexiones sobre el cine, reportajes, poemas y discusiones acerca de la vida cotidiana. La amplitud del volumen permite aproximarse a una sociedad que ensayaba nuevas libertades mientras conservaba poderosas estructuras autoritarias. Permite también preguntarse por la capacidad del periodismo para reconocer una amenaza, explicarla y contribuir a detenerla. La edición de Acantilado devuelve esa discusión al lector español mediante una extraordinaria diversidad de voces.

El conocimiento del desenlace condiciona inevitablemente nuestra lectura. Sabemos qué sucedió después de aquellas polémicas, quiénes tuvieron que huir y qué instituciones acabarían al servicio del terror. Sin embargo, los colaboradores de la revista escribían dentro de un presente abierto, entre expectativas y temores que todavía podían tomar direcciones distintas. Leerlos exige devolverles esa incertidumbre: la historia de Weimar pierde buena parte de su significado cuando todos sus acontecimientos parecen simples preparativos de una catástrofe inevitable.

Del teatro a la responsabilidad pública

El nombre de la publicación contiene su primera declaración de intenciones. Die Schaubühne, la revista teatral fundada por Siegfried Jacobsohn, se convirtió el 4 de abril de 1918 en Die Weltbühne, «La escena mundial». La ampliación de sus intereses había comenzado antes, pero el nuevo título reconocía que la política, la economía y los conflictos sociales reclamaban una atención sostenida. La guerra se aproximaba a su desenlace y resultaba cada vez más urgente discutir qué país podría construirse después.

Tucholsky defendió ante Jacobsohn la necesidad de abrir la revista a los asuntos de la comunidad. La sensibilidad del crítico podía ejercerse sobre los gestos del poder, sus discursos y sus convenciones con la misma atención que sobre una representación teatral. Había, además, una continuidad entre ambos trabajos: tanto en el escenario como en la vida pública importaba distinguir la experiencia verdadera de la impostura, advertir qué ocultaban las palabras y reconocer las jerarquías que organizaban una situación.

Jacobsohn imaginaba un foro donde pudiera decirse aquello que otros lugares excluían por miedo o por necedad. La heterogeneidad de sus colaboradores respondía a esa voluntad. Convivían temperamentos, estilos y posiciones diferentes, dentro de una orientación emancipadora que no necesitaba resolver cada desacuerdo mediante una consigna. Tucholsky aportaba a ese proyecto una asombrosa variedad de registros y varios seudónimos, entre ellos Peter Panter, Ignaz Wrobel y Theobald Tiger. Su multiplicación literaria contribuía a dar a la revista una conversación interior, un movimiento que alejaba sus páginas de la solemnidad uniforme.

La exigencia de no aburrir formaba parte de aquella concepción del oficio. El humor, la precisión y la agilidad podían hacer visible una contradicción que un discurso doctrinal dejaba intacta. La sátira resultaba especialmente adecuada para una sociedad donde la obediencia y la respetabilidad seguían protegiendo comportamientos que merecían examen. Despertar la inteligencia del lector requería también encontrar la forma de retener su atención.

Las libertades que la República debía hacer reales

La revista observó con insistencia cuánto sobrevivía del viejo orden bajo las instituciones republicanas. La desaparición del káiser no había eliminado la autoridad social del Ejército, las inercias de la administración ni los hábitos de una ciudadanía educada en la subordinación. La nueva legalidad tenía que convivir con poderes y mentalidades que no compartían necesariamente sus principios.

En ese contexto adquirían importancia decisiva las denuncias del militarismo, la violencia ultranacionalista y el antisemitismo. La leyenda de la «puñalada por la espalda», que atribuía la derrota a una traición interior, ofrecía una explicación exculpatoria y señalaba enemigos sobre los que descargar la humillación. Combatirla suponía disputar una interpretación del pasado que estaba organizando los odios del presente. Del mismo modo, denunciar una justicia indulgente con la violencia de la derecha significaba preguntar hasta qué punto la ley protegía por igual a todos los ciudadanos.

El programa de emancipación llegaba también a la intimidad. La antología incorpora textos sobre el aborto, la prostitución, la homosexualidad y la posición de las mujeres, junto con alegatos contra la pena de muerte. Su presencia revela una idea amplia de la libertad, atenta a los mecanismos mediante los cuales una sociedad vigila, castiga o margina a quienes se apartan de sus convenciones.

El título de la contribución de Magnus Hirschfeld, «El nuevo artículo 175: una ley para chantajistas», condensa una cuestión fundamental: una norma represiva puede colocar la vida de una persona a merced de quien conoce su secreto. La discusión jurídica se convierte así en una discusión sobre el miedo y la dependencia. Algo semejante ocurre con los debates sobre la autonomía de las mujeres, cuya igualdad formal encontraba límites persistentes en las costumbres, el trabajo y la autoridad masculina.

Las colaboradoras de Die Weltbühne participaron en esos debates con voz propia y desde intereses diversos. Anna Siemsen, Hilde Walter, Gabriele Tergit, Else Lasker-Schüler o Maria Gleitke, entre otras firmas presentes en el volumen, contribuyen a ensanchar nuestra imagen de aquella vida intelectual. Reconocerlas exige atender a lo que escribieron y a los espacios de discusión que ocuparon, más allá de la habitual evocación de una modernidad berlinesa reducida a vestidos, cabarets y costumbres provocadoras.

La independencia de la revista descansaba, además, en un trabajo material que conviene recordar. El prólogo señala que su tirada nunca superó los quince mil ejemplares y que se sostenía mediante lectores y suscriptores, con escasa publicidad. Edith Jacobsohn aportó apoyo económico cuando fue necesario y aseguró la continuidad de la publicación después de la muerte de su marido. Su intervención permite comprender que una tribuna libre necesita personas capaces de mantenerla abierta, pagar sus costes y resistir su precariedad.

La cultura como ejercicio de atención

La amplitud artística de la antología impide encerrar la revista en la historia de sus combates políticos. En el índice aparecen Mahler, Kafka, Proust, Joyce, Chaplin, Käthe Kollwitz, la Bauhaus y el cine de Eisenstein. La convivencia de esos nombres muestra una curiosidad que atravesaba disciplinas y fronteras. Las novedades estéticas formaban parte de la experiencia de una sociedad que estaba transformando sus maneras de mirar, habitar, escuchar y representarse.

El cine ocupaba un lugar especialmente significativo en esa transformación. La presencia de El doctor Caligari, de Chaplin y de una reflexión de Eisenstein sobre el cine de masas permite reconocer la atención prestada a un lenguaje que modificaba la relación entre imágenes y público. La arquitectura de la Bauhaus, la experimentación escénica de Valeska Gert o el teatro de Piscator planteaban otras preguntas sobre los cuerpos, los espacios y las formas de participación. La revista encontraba en esas experiencias asuntos que merecían ser discutidos por sus contemporáneos.

También la literatura aparece mientras está convirtiéndose en el patrimonio que hoy conocemos. Max Brod escribe sobre el legado de Kafka en 1924, poco después de su muerte; otros colaboradores se ocupan de Proust, de La montaña mágica o de Ulises. La cercanía temporal devuelve a esas obras su condición de acontecimientos. Antes de quedar protegidas por la autoridad del canon, fueron libros que alguien tuvo que leer, interpretar y poner en relación con su época.

Esa atención cultural ayuda a entender lo que estaba en juego en la libertad defendida por el semanario. Una sociedad abierta necesita lectores capaces de tolerar la ambigüedad, reconocer una perspectiva ajena y revisar un juicio. La crítica artística puede ejercitar esas disposiciones sin convertirse por ello en una lección política. La variedad de géneros de Die Weltbühne preservaba precisamente esa amplitud de la experiencia: había lugar para la indignación, pero también para el asombro, la ironía, el placer y la observación de lo aparentemente menor.

El cosmopolitismo de la publicación extendía esa curiosidad fuera de Alemania. El índice incluye una intervención de Tucholsky titulada «Unamuno habla» y un artículo de Hans-Erich Kaminski sobre la República española. El prólogo recuerda asimismo su atención al fascismo italiano, a la represión estalinista, al colonialismo y al racismo estadounidense. Esa apertura situaba los conflictos alemanes dentro de un mundo donde las promesas de emancipación convivían con nuevas y viejas formas de dominio.

La verdad ante los tribunales

Con Carl von Ossietzky, que asumió la dirección tras la breve etapa de Tucholsky al frente de la revista después de la muerte de Jacobsohn, la denuncia de la militarización adquirió especial intensidad. El periodismo de investigación puso al descubierto actividades destinadas a eludir las restricciones de armamento impuestas por el Tratado de Versalles. La publicación de esas informaciones condujo a una condena y al encarcelamiento del director.

El episodio muestra una de las contradicciones más graves de la República: sus instituciones podían castigar a quien revelaba prácticas que contravenían los compromisos del Estado. El secreto militar se imponía al derecho de los ciudadanos a conocer actuaciones realizadas en su nombre. Para una revista empeñada en someter el poder a examen público, aquel proceso afectaba al fundamento mismo de su trabajo.

La antología recoge «¡Voy a la cárcel!», fechado el 10 de mayo de 1932. El título introduce en la sucesión de debates una consecuencia física e inmediata: quien escribe está a punto de perder su libertad. Poco después, Tucholsky publica «Para Carl von Ossietzky. La factura de los generales». La proximidad de ambas piezas en el volumen permite percibir cómo una comunidad de escritores y lectores vive el castigo infligido a uno de sus miembros.

Ese precio obliga a tomar en serio la palabra «compromiso». En este caso incluía la posibilidad de que una información verificable se volviera contra quien la publicaba. La independencia dejaba de ser una declaración de principios para convertirse en una decisión con efectos sobre la propia vida.

La incomodidad de criticar a los propios

El prólogo de Uzcanga introduce una controversia que concede al libro una profundidad adicional. Los detractores de Die Weltbühne han acusado a sus colaboradores de radicalismo de salón y rigorismo moral, y han sostenido que su crítica implacable contribuyó a debilitar la República. Sus defensores subrayan la honestidad, la valentía y la calidad de un periodismo que denunció amenazas reales cuando todavía era posible enfrentarse a ellas.

La objeción merece ser examinada porque plantea un problema que ninguna democracia resuelve definitivamente. Quien gobierna debe pactar, aceptar resultados insuficientes y actuar entre restricciones; quien escribe conserva la posibilidad de juzgar esas decisiones desde principios más exigentes. Entre ambas posiciones puede abrirse una distancia que convierta toda transacción en una claudicación y toda insuficiencia en una prueba de indignidad. Una crítica incapaz de graduar responsabilidades corre el riesgo de oscurecer diferencias políticas decisivas.

Pero la defensa de una democracia amenazada también puede utilizarse para reclamar indulgencia ante los abusos de sus instituciones. La existencia de enemigos más peligrosos no hacía desaparecer la parcialidad judicial, la autonomía del poder militar o la discriminación de las minorías. Silenciar esos problemas habría significado renunciar a una parte sustancial de la promesa republicana. La cuestión era cómo denunciar sus incumplimientos y, al mismo tiempo, reconocer el valor de las libertades que permitían hacerlo.

El desenlace de Weimar no basta para resolver ese debate ni autoriza a convertir una revista en responsable de la destrucción de la democracia. Conviene distinguir la discusión sobre la eficacia de una crítica del análisis de las fuerzas que hicieron posible la dictadura. La persecución posterior tampoco vuelve infalible cada juicio de sus colaboradores. Leerlos con respeto supone conservar la libertad de discutirlos, la misma que ellos ejercieron frente a las autoridades de su tiempo.

La ordenación cronológica del volumen hace visible la progresiva gravedad de aquella conversación. En 1924 aparece «Juicio a Hitler»; en octubre de 1930, Ernst Toller publica una pieza titulada «El canciller Hitler», más de dos años antes de su nombramiento. Esas fechas muestran que la amenaza tenía observadores atentos. También recuerdan que identificar un peligro y conseguir que una sociedad reaccione ante él son tareas distintas.

La última entrada de la antología está fechada el 7 de marzo de 1933. Después de recorrer sus páginas, el lector conoce algo de la vida intelectual que estaba siendo cercada: sus desacuerdos, su curiosidad, su humor y su deseo de ampliar las posibilidades de existencia. La hoguera con la que comienza el prólogo adquiere entonces un significado más preciso, porque podemos reconocer parte del mundo que sus organizadores querían destruir.

El valor de Die Weltbühne permanece en esa experiencia de lectura. Sus autores no consiguieron impedir la catástrofe, pero dejaron constancia de que hubo hechos investigados, mentiras combatidas y decisiones discutidas antes de que la violencia clausurara el debate. Volver a sus páginas permite comprender que la libertad pública depende también de quienes se empeñan en usarla cuando hacerlo empieza a resultar incómodo, costoso y peligroso.

Fuente: Fan Fan 

lunes, 28 de septiembre de 2026

DISCURSO DE ANDRÉ BRETON PRONUNCIADO EN UN MITIN DEL PARTIDO COMUNISTA INTERNACIONALISTA DE FRANCIA, EN EL 60 ANIVERSARIO DE SU MUERTE

 

No esperen de mí un mensaje político. Han pasado cerca de tres meses desde mi retorno de México, tres meses durante los cuales la voz del camarada Trotsky logró llegar varias veces hasta nosotros, tres meses durante los cuales el pensamiento del camarada Trotsky, maravillosamente propenso a atacar cada nuevo aspecto del problema político y social, maravillosamente ejercitado para sacar un partido inmediato de la actualidad, logró superar la gran distancia que lo separa de nosotros para ocupar, en los órganos de la IV Internacional, su rol de guía genial, de guía probado entre todos los del movimiento revolucionario. Los acontecimientos que se desarrollaron en el curso de estos tres últimos meses fueron de un orden bastante turbulento por lo que el análisis de la situación internacional, a la cual yo pude escucharlo proceder con una autoridad única, exige una adaptación a las novedades dadas. Sería fácil probar que Trotsky, en sus previsiones de entonces, se aproximaba más que ninguno a lo que se convirtió en la realidad concreta de hoy. Pero ustedes, camaradas, ustedes cuyas aspiraciones se confunden con las suyas, están a la altura de hacer esta demostración mucho más que yo. Yo dejaría entonces a un lado todo lo que pueda correr el riesgo de ser una repetición de las exposiciones de nuestros camaradas para mantenerme aquí en un testimonio en el plano puramente humano.

Desde el punto de vista marxista, no lamentamos comprender que es imposible vivir en nuestra época del oficio de escritor independiente, con más razón si este escritor pretende expresarse con toda conciencia sobre una serie de cuestiones susceptibles de manifestar su total desacuerdo con la sociedad burguesa. Las únicas salidas que se le ofrecen son, o bien debilitar poco a poco sus críticas de manera tal que esta sociedad se apreste un día a festejarlo como a un niño pródigo, o bien someterse a una forma de oposición que es, al menos provisoriamente, absoluta tranquilidad al mismo tiempo que absoluto beneficio pecuniario para el intelectual: la oposición stalinista. El stalinismo tiene en efecto a su disposición si quiere disfrazar bien su horrible impostura histórica, una elección casi ilimitada de funciones y de empleos más ampliamente remunerables, unos más que otros. Por no haber consentido ni a la primera ni a la segunda de estas abdicaciones, de estas traiciones, hace dos años, la extrema precariedad de mi situación material me obligó a solicitar un puesto de maestro en el extranjero. Los llamados servicios competentes del Ministerio de Asuntos extranjeros a los cuales debí necesariamente dirigir mi petición, después de un examen atento de mi posición ideológica tal como ella se desprendía de mi actividad anterior, concluyeron que era necesario preservarse de dirigirme hacia un país que viviese bajo el régimen autoritario o fuese susceptible de vivir más o menos próximamente bajo tal régimen. En estas condiciones, las posibilidades se restringían al punto -es mordaz notarlo hoy- que sólo se me podía ofrecer optar entre Checoslovaquia y México. Yo opté por México y por otra parte no escuché hablar más nada durante mucho tiempo. Únicamente a fines del último año, cuando me decidí a informarme sobre las razones de este silencio, se me propuso, a título de compensación, enviarme a México para pronunciar en la Universidad una serie de conferencias sobre el estado de la poesía y de la pintura en Europa.

Camaradas, ustedes se preguntan porqué experimento la necesidad de precisar frente a ustedes las condiciones de este viaje. Esto tiene que ver, seguramente, con que algunos de nuestros enemigos se han ingeniado para travestirlo y todavía buscan sacar partido de la forma más grosera. Incluso ante mi partida, un miembro de la "Casa de la Cultura", una garrapata muy peligrosa llamada Tristán Tzara[1], encontraba amplios oídos a quien confiar que yo estaba encargado por los Asuntos extranjeros de una misión cerca de Trotsky! Al mismo tiempo que yo partían por otra parte de París, pero encaminados de Nueva York hacia México por avión de tal forma de precederme, un cierto número de cartas dirigidas a los principales escritores y artistas mexicanos, cartas en las cuales la calumnia más desvergonzada se da libre curso. Varios destinatarios de estas cartas sabían felizmente a qué atenerse y sobre mí mismo y sobre los procedimientos abyectos a los cuales se acostumbra a recurrir en los medios stalinistas: es a uno de ellos que debo poder dar a ustedes lectura de este documento:

Querido camarada y amigo,

Queremos informarle, rogándole que de a conocer a nuestros amigos en México, sobre la posición del señor André Breton, que debe ir a vuestro país para hacer allí conferencias.

Enviado por el servicio de propaganda del Ministerio de Asuntos exteriores, del cual hoy la política reaccionaria es muy conocida, el señor André Breton siempre tomó posición contra el Frente popular y con ese objetivo se alió con los elementos políticos más turbios. Su acción contra la República española tomó las formas más pérfidas, aunque reclamándose de un vago revolucionarismo verbal.

Admirador de Trotsky, siempre se levantó contra todas las acciones de la Asociación Internacional de Escritores y, por esta razón, la palabra le fue rechazada luego del primer Congreso de Escritores.

Temiendo que se puedan producir malos entendidos, nosotros tenemos que tenerlos al corriente de la situación real del señor André Breton, que no representa de ninguna manera el espíritu revolucionario de la literatura en Francia.

Créanlo, etc...

Para el Secretario Internacional:

Firmado: René Blech[2]. Para aquellos de vosotros que lo ignoraban, yo voy a recordar, camaradas, que mi actitud y la de mis amigos surrealistas frente a la guerra de España jamás se prestó al menor equívoco. Desde la apertura del conflicto, nosotros deshonramos para siempre a las fuerzas de regresión y oscuridad que tomaban la responsabilidad de desencadenarlo, nosotros proclamamos nuestra esperanza inquebrantable en el salto inicial que llevó adelante la España obrera y que tendía a la realización de su bloque único verdaderamente invencible forjado en el peligro, que tendía también al aniquilamiento primordial de todo el aparato religioso y por encima de todo a la constitución de una ideología revolucionaria activa, formada en la prueba de los hechos -no preocupándose de reproducir la ideología existente o corrompida-, pero conciliando las aspiraciones fundamentales de nuestros camaradas de la FAI, de la CNT, del POUM y añadimos nosotros del PSUC, en la medida en que estos últimos dejaran de atentar a los precedentes.

¿Es bastante claro? Nosotros nos levantamos en todo momento de la manera más irreductible contra la política de no-intervención. De todo esto subsisten testimonios impresos y fechados, irrecusables. Pero lo que no se nos perdona, lo que no me hace gracia personalmente, es de haber constatado, en el curso de los acontecimientos, que la URSS actual constituía uno de los principales obstáculos para la victoria del proletariado español, es haber dicho por ejemplo en enero de 1937: "Los juicios de Moscú son la consecuencia inmediata de la lucha tal como es incitada en España: se trata para Stalin de impedir a toda costa una nueva oleada revolucionaria rompa olas sobre el mundo. Se trata de hacer abortar la revolución española como se hizo abortar la revolución alemana, la revolución china. ¿Se nos objeta que la URSS brinda armas, aviones? Si, primero porque es indispensable salvar la cara, luego porque estas armas de doble filo están llamadas a quebrar todo lo que trabaja en España, no por la restauración de la república burguesa sino por el establecimiento de un mundo mejor, porque están llamadas a destruir todo lo que lucha por la revolución proletaria". Lo que no se me deja pasar, es haber dicho: "No nos engañen, las balas de Moscú, en enero de 1937, son dirigidas contra nuestros camaradas del POUM. Después de ellos, se tomará a nuestros camaradas anarquistas, con la esperanza de terminar con todo lo que hay de vivo, con todo lo que comporte una promesa de futuro en la lucha antifascista española". En noviembre de 1938, no perdamos confianza, camaradas: el juicio del POUM fue perdido por Stalin: frente a los testimonios producidos por la defensa, fue necesario renunciar a la inculpación de espionaje retenida contra nuestros camaradas, fue necesario disminuir ampliamente la pretensión de deshonrar a los revolucionarios de España, incluso ayudándose de los alegatos y de las prestaciones de juramento del inmundo jesuita Bergamín[3]. La España obrera, la España revolucionaria, en la realidad a la cual nosotros rechazamos substituir por el concepto de la España republicana, está siempre de pie. Es a ella, a ella únicamente, que va nuestra ardiente fraternidad: a pesar de todas las empresas de corrupción, ni Stalin ni Franco, son aún dueños de la situación: el veredicto de octubre de 1938 nos enseña que ella no ha dicho su última palabra. Como si, en lo que me concierne, la carta de introducción que yo les comuniqué hace un rato, corría el riesgo de no ser suficiente, una palabra más imperativa, que no logró más que permanecer confidencial, estaba dirigida al secretario general de la LEAR de México, correspondiendo aquí a la antigua AEAR. Había pedido en sus propios términos que se lo vigile para "sabotear sistemáticamente todo trabajo al cual yo me libraría en México". La firma no era otra más que la de un individuo con el que yo estaba relacionado, no sin desconfianza, por un largo período de actividad común: se trata de Aragón[4], que concentra aquí la dirección de la pretendida Casa de la Cultura, de la revista Commune y del diario Ce soir. Como tuve la ocasión de decir en México, al considerar la evolución típica de Aragón en el curso de estos últimos años, la escalada que esta marca en el dominio de la capitulación sistemática, del servilismo más venal, del falso testimonio profesional y del soplón hereditario -Aragón es el hijo del antiguo prefecto de policía Andrieux[5] que se vanagloria en sus memorias por haber introducido la provocación en los procedimientos policiales- yo estoy aseguro que esta actitud ultra-stalinista procede de contradicciones mortales. La actitud de Aragón constituye una de las vergüenzas de estos tiempos: no puede inspirar a todo intelectual digno de ese nombre más que una completa repugnancia; ella debe ser consagrada expresamente al odio del proletariado que sabrá reconocer, en las primeras circunstancias históricas decisivas a aquellos que trataron de dividirla, desmoralizarla, traicionarla. Aunque esta tentativa de obstrucción dirigida contra mí no se haya demostrado totalmente inoperante, yo logré hacer cinco conferencias en México.

Al mismo día siguiente de mi llegada, me esperaba la alegría de encontrar allí al camarada Van que muchos de nosotros conocíamos. Todos aquellos que se le han aproximando saben los extraordinarios recursos de inteligencia y de sensibilidad que le son suyos, han sabido apreciar la rapidez de su vista, la lucidez de su juicio, pero sin duda no todos han tenido la comodidad de medir lo extendido de su curiosidad ni compartir en su casa los admirables dones del corazón. Su modestia se ofuscaría de golpe seguramente de mis palabras y sin embargo yo no querría dejar pasar esta ocasión de dirigirle un saludo verdaderamente fraternal. Que me perdone por revelar aquí lo que su existencia presenta de dramático: frente a tantos intelectuales que buscan en la negación, en la depredación de toda conciencia moral el secreto de una vida confortable, es necesario, camaradas, oponer este ejemplo. En dieciocho años el camarada Van, admisible en la Escuela Normal Superior de Ciencias[6], no pudo soportar la idea del aislamiento del camarada Trotsky que se encontraba entonces en Prinkipo y, desdeñando asegurarse su propio futuro, le ofreció espontáneamente sus servicios. Él lo siguió por todo su exilio, pasó por las manos de casi todas las policías de Europa. En el momento actual, muy pobre, ya que Trotsky sólo tiene posibilidades de asegurar a sus secretarios el alimento y la cama, él continúa viviendo sin poder disponer de sí mismo, privado incluso de la sonrisa de su hijo.

Es con la mejor gracia del mundo que él toma sobre sí una tarea abrumadora: diez a doce horas de trabajo y, como debe ser asegurada sin cesar la vigilancia de la casa, cuatro horas de guardia a la noche. El camarada Van es uno de esos revolucionarios de la cabeza a los pies como los quiere Trotsky. En el momento de distracción de esta noche en el restaurante, mientras que se desplazaban alrededor nuestro los sirvientes con blusas adornadas de bordados brillantes a la moda de Tehuantepec, él sufría sin apartarse de su bella sonrisa clara mi torrente de preguntas. Para consolarnos de tantos otros, era verdaderamente el hombre, tal como yo lo entiendo, el amigo en toda la acepción de la palabra.

Al día siguiente, yo debía encontrarme con Diego Rivera. Ustedes saben que es a él que el camarada Trotsky le debe haber encontrado asilo en México. Es él quien, en los tiempos del "planeta sin visado", multiplicó las diligencias para hacerlo recibir y obtuvo que sean aceptadas, mientras que permanecería allí, todas las medidas necesarias para su salvaguarda. Para llevar a buen término tal empresa, era necesaria la autoridad única de la que gozaba Rivera, no digo únicamente en México sino en toda América, autoridad que tiene por la reputación considerable que él se hizo como pintor de frescos y por la actitud entre todos irreductible que él no cesó de oponer a las potencias del dinero. Diego Rivera es el autor de una obra épica, sin ningún equivalente en Europa, que remarca la lucha de cien años ininterrumpidos de México por su independencia y a través de ella, la aspiración incesante del hombre a una mayor conciencia y libertad, que restablece, más allá de la época de la conquista española, lo que constituye el saldo más precioso de las civilizaciones indias desaparecidas, que anticipa ampliamente también lo que debe ser la verdad humana del mañana. La potencia de esta obra es tal que ha desbordado desde hace mucho tiempo su marco original: México. Encargado, en Nueva York, de decorar los muros de la fundación Rockefeller, Rivera no omitió allí más que en otro lado, hacer figurar en primer plano el retrato de Marx, de Lenin y de Trotsky, llamando a los obreros del mundo entero a la lucha liberadora. Aunque él sea más célebre que en cualquier otra parte, el acceso a los Estados Unidos le está prohibido desde entonces. Cuando, espantado, el gran capitalismo ordenó la desaparición del fresco, faltó poco para que estalle un motín. Por suerte, los edificios de México, al interior de los cuales la inspiración de Rivera se dio toda licencia, guardarán el testimonio de esta fidelidad a la causa de la emancipación humana que, bajo su pincel, logra expresarse en el lenguaje más concreto, más exultante. Yo tengo mucho más cuidado en atestiguarlo del que tomé abordando la obra de Diego Rivera con las mayores prevenciones técnicas. Las muy malas reproducciones que circulan aquí de sus frescos lo perjudican y la óptica particular de Europa me dejaba poca chance de apreciarlo. Fue necesario que yo me sintiese penetrado de golpe como lo estuve en el corazón de la capilla secularizada de Chapingo, donde ella me rodeaba desde todas partes, que, embargado por una emoción desconocida, en cierto modo primitiva, yo me sintiese penetrado hasta las lágrimas, por saber hasta qué punto ella es una invitación a la lucha por la conquista de la felicidad, hasta qué punto, camaradas, está hecha para nosotros.

Ustedes me comprenden, camaradas, si les confieso que no es sin angustia que algunos días allí yo me encaminaba hacia esta "Casa azul", la morada del camarada Trotsky, de la cual tanto se ha hablado y que está en Coyoacán. Tuve una buena ocasión de informarme tanto como fuera posible de su salud moral, del empleo de su tiempo y también de todo lo que para mí lo hacía dejar de pertenecer a la historia para comportarse como un hombre viviente, una pantalla continuaba interponiéndose entre él y yo. Tras esta pantalla se desarrollaba una vida mucho más agitada y alborotadora que todas las otras, tan incomparablemente más dramática. Yo me representaba a este hombre que fue la cabeza de la revolución de 1905, una de las dos cabezas de la revolución de 1917, no únicamente como un hombre que puso su genio y todas sus fuerzas vivas al servicio de la mayor causa que yo conozca, sino también el testimonio único, el historiador profundo del cual las obras hacen mucho más que instruir, pues le dan ganas al hombre de resistir. Yo me lo representaba al lado de Lenin y, más tarde, continuando la defensa de su tesis, la tesis de la revolución en el seno de los congresos trucados. Yo lo veía solo de pie entre sus compañeros ignominiosamente abatidos, solo, apresado por el recuerdo de sus cuatro hijos asesinados. Acusado del mayor crimen que puede ser acusado un revolucionario, amenazado en todo momento de su vida, librado al odio ciego de aquellos mismos por los cuales él se prodigó de todas formas. ¡Es necesario, camaradas, que la desinformación de la opinión sea fácil de orientar!

Con el corazón palpitante, he visto entreabrirse la puerta de la Casa azul, se me guió a través del jardín, apenas tuve tiempo de reconocer al pasar las buganvillas cuyas flores rosas y violetas sembraban el suelo. Los cactus eternos, los ídolos de piedra que Diego Rivera -que puso esta casa a la disposición de Trotsky- reunió con amor a lo largo del pasillo. Yo me encontré en una pieza clara entre libros. Y bien, camaradas, al instante mismo en que el camarada Trotsky se levantó del fondo de esta pieza, donde, bien real, se substituyó la imagen que tenía de él, no pude reprimir la necesidad de decirle hasta qué punto yo estaba maravillado de encontrarlo tan joven. ¡Qué dominación de sí mismo, qué certeza de haber mantenido, con y contra todo, su vida en perfecto acuerdo con sus principios, qué excepcional coraje más allá de tales pruebas han podido guardar así sus facciones de toda alteración! Los ojos de un azul profundo, la admirable frente, la abundancia de los cabellos cabalmente plateados, la tez como la de una muchacha, componen una fisonomía en la que se siente que la paz interior lo alcanzó, lo alcanzará para siempre por encima de las formas más crueles de la adversidad. No es ésta naturalmente más que una mirada estática, pues desde que la cara se anima, que las manos matizan con una rara fineza tal o cual propósito, se desprende de toda su persona algo electrizante.

Estén seguros, camaradas, que si los estados capitalistas se han mostrado tan resueltos, tan unánimes en el hecho de concluir con la proscripción del camarada Trotsky y si el gobierno de Stalin no dejó de presionar sobre ellos para obtener esta proscripción, esto fue de su parte una medida perfectamente natural. Trotsky libre, Trotsky en condiciones hoy, por ejemplo, en París de tomar la palabra en un mitin, es todo un muro de la revolución que reaparecería de pie; es la luz del soviet de Petersburgo, del congreso de Smolny que se levantándose en la sala. No es a los explotadores de la clase obrera que se puede pedir consentir esto. Es de la clase obrera que es necesario esperarlo, de la clase obrera que, llegado el momento, sacudirá el yugo que la aplasta, barrerá de un golpe la podredumbre termidoriana y reconocerá a los suyos.

Luego, se me acordaron frecuentes entrevistas con el camarada Trotsky. De la vida un poco legendaria que yo le atribuía, él ha pasado para mí a una existencia más real, más tangible. No hay sitio típico mexicano al cual él no permanezca asociado en mi recuerdo. Yo lo vuelvo a ver, las cejas fruncidas, desplegando los diarios de París bajo las sombras de un jardín de Cuernavaca, irritado contra los zumbidos de los mosquitos, mientras que la camarada Natalia Trotsky, tan conmovedora, tan comprensiva y dulce, me designaba por su nombre a las sorprendentes flores; yo lo vuelvo a ver practicando conmigo el ascenso a la pirámide de Xochicalco; otro día, estamos desayunando al borde de un lago congelado, en pleno cráter del Popocatepetl; o bien nos encontramos a la mañana en una isla en el lago de Pazcuaro, el maestro que reconoció a Trotsky y Rivera hace cantar a los niños de la escuela en la vieja lengua tarasca; o bien henos aquí dispuestos a pescar axolotls en un rápido arroyo del bosque. No hay nadie que muestre más interés por todo lo que se presenta así de nuevo más que el camarada Trotsky, nadie más, en el curso de un viaje, tan emprendedor, tan ingenioso como él. Es claro que subsiste en él una esencia de infancia de una frescura inalterable. Y sin embargo, ustedes entienden bien, camaradas, que no hay tensión de espíritu mayor que la suya: yo no conozco un hombre capaz de librarse a una labor tan intensa y tan continua. Pero de esta labor ya se han acumulado tantos testimonios objetivos que creo poder pasarlo por alto para intentar mas bien despejar el secreto de su seducción personal. Esta seducción es extrema. Una tarde que él había aceptado recibir en su casa a una sociedad de intelectuales compuesta de una veintena de personas llegadas desde Nueva York, y que aceptó darles una corta exposición, después de responder a sus preguntas, yo observé como, a medida que hablaba, el clima de la pieza se volvía humanamente favorable, cómo este auditorio apreciaba la vivacidad y la seguridad de su réplica, le estaba agradecido por su jovialidad, gozaba de sus agudezas. Yo asistí, muy contento, a los esfuerzos de estas personas para, antes de retirarse, venir uno después del otro a agradecerle, darle la mano. Y sin embargo estaba allí, entre los más devotos, el gobernador de un Estado de Norteamérica así como una mujer de cabeza de lechuza que había sido ministro de trabajo en el gabinete de Mac Donald [7]... Esta seducción parece sostenerse, no únicamente en el placer de controlar de cerca el funcionamiento de una inteligencia superior, sino también en la sorpresa de constatar que la preocupación dominante, sobre la que está centrada esta inteligencia es, a fuerza de someter a todas las otras, hacerlas contribuir en su argumentación. Camaradas, me explico. He llegado a pasearme o encontrarme sentado sobre un banco con el camarada Trotsky, en el corazón de uno de estos mercados indios que son uno de los más bellos espectáculos que ofrece México. Ya sea que nos interesáramos en la arquitectura de las casas del lugar o en los puestos multicolores o en el paso de los campesinos cubiertos de sarapes que unían el sol, la noche con su extraordinaria nobleza en el modo de andar, Trotsky siempre encontraba los medios para ligar esta serie de observaciones a una situación más general, y de transformarlo en la esperanza de un mejoramiento de los valores de este mundo, de convertirlo en un estimulante a favor de nuestra lucha.

Hay una cuestión que, para el camarada Trotsky, prima sobre todas las demás, una cuestión sobre la cual no se puede hacer bromas y a la que él siempre los vuelve a llevar. Esta cuestión es: "¿Qué perspectivas?" Nadie es mejor que él para prever el futuro, como nadie lo es cuando describe algunas cacerías de lobo en las que participó en el Cáucaso. El pasado tenía más bien tendencia a excederlo. Él abunda en sarcasmos contra aquellos que se establecieron sobre una reputación incluso honorable. Es necesario escucharlo hablar de los "¡pequeños rentistas de la Revolución!"

Se ha intentado, allí como en otras partes, atrapar, abatir a Trotsky de todas las formas posibles. No fue suficiente condenarlo a muerte en Moscú, ni arrancarle, en las personas que le eran más queridas, una por una, sus mejores razones de ser, ni alimentar contra él la campaña más loca y más miserable de todos los tiempos. Por ello, la GPU, que intentó vanamente el año pasado entregarle en sus propias manos, supuestamente de parte de un amigo, un paquete conteniendo una bomba, se resignó, al menos provisoriamente, a volver a su juego de calumnias monstruosas contra él, en una circunstancia mucho más eficaz ya que a quienes hay que convencer están lo más desinformados posible de la situación política de México. Se dijo, camaradas -y el semanario Marianne se hace eco de ello-, ¡que Trotsky le inspiró al Presidente Cárdenas[8] la medida de la expropiación que él tomó, a principios de año, contra las compañías petroleras extranjeras (inglesas y norteamericanas) y esto con el objetivo de poder vender el petróleo mexicano a Hitler, Mussolini y Franco! Se ha sostenido -en contradicción formal con este primer alegato, pero qué importa- que era Trotsky quien había fomentado contra el Presidente Cárdenas, la rebelión del general Cedillo[9]. Los infames diarios a sueldo de la GPU y cuyo destino preside el traidor Lombardo Toledano[10] han llegado incluso a certificar que el camarada Trotsky y el camarada Rivera, en el curso de un viaje de México a Guadalajara, viaje de 800 km. durante los cuales yo no los he abandonado, habían tenido largas entrevistas con un cierto doctor Atl[11], conocido allí por ser un agente de la embajada alemana. ¡Fue a mí a quien se intentó hacer pasar por este fascista! Observen, camaradas, que la calumnia sabe por necesidad hacerse menos grosera, puede tomar en la ocasión un giro sutil. Es así como se deja escuchar que el camarada Trotsky sostiene demasiadas buenas relaciones con el gobierno mexicano, que está menos preocupado en sostener los intereses de la clase obrera mexicana que en tratar con prudencia al general Cárdenas, en función de la hospitalidad que recibe de él. A esta insinuación, Trotsky opuso de una vez por todas esta aclaración:

"Dejemos a los bufones y los intrigantes a su propia suerte. No es de ellos que nos ocuparemos, sino de los obreros conscientes del mundo entero. Sin hacerse ilusiones y sin asustarse de las calumnias, los obreros avanzados aportarán un apoyo completo al pueblo mexicano en su lucha contra los imperialistas. La expropiación del petróleo no es ni el socialismo ni el comunismo. Pero es una medida profundamente progresiva de autodefensa nacional. Marx no consideraba evidentemente a Abraham Lincoln[12] como un comunista. Esto sin embargo no impidió a Marx tener una profunda simpatía por la lucha que dirigía Lincoln. La Primera Internacional envió al presidente de la guerra civil una carta de salutación, y Lincoln, en su respuesta, apreció altamente este apoyo moral. El proletariado internacional no tiene razones para identificar su programa con el programa del gobierno mexicano. Para los revolucionarios no sirve de nada disfrazar, falsificar ni mentir como lo hacen los cortesanos de la escuela de la GPU que, en el momento del peligro, venden y traicionan el lado más débil. Sin abandonar su propia figura, toda organización obrera honesta del mundo entero y ante todo de Gran Bretaña, debe atacar implacablemente a los bandidos imperialistas, su diplomacia, su prensa y sus lacayos fascistas. La causa de México, como la causa de España, como la de China, es la causa de toda la clase obrera."

Hay que hacer justicia con el gobierno de Cárdenas y rendirle homenaje por continuar haciendo todo por asegurarle la seguridad al camarada Trotsky. Los miembros de este gobierno, de los cuales algunos jugaron grandes roles en la revolución de 1910, combatieron bajo las órdenes de Zapata[13] o fueron formados en su escuela, admiran sin reservas a un hombre de la calidad de Trotsky. No es por su culpa sino más bien por la consecuencia inevitable de las medidas de protección que hay que tomar por él, que sufra el no poder desplazarse como le plazca y que se queje a veces de ser tratado como un "objeto".

Quisiera camaradas, para terminar, aunque esto no sea algo que les interese a todos igualmente, tratar en algunas palabras, una cuestión que me apasionaba especialmente y que deseaba someter a Trotsky. Durante años, en materia de creación artística, defendí para el escritor, para el pintor, el derecho de disponer de sí mismo, de actuar no conforme a consignas políticas, sino en función de determinaciones históricas muy especiales que son únicamente competentes al artista. Yo siempre me mostré irreductible sobre esta cuestión. En 1926, cuando quise adherir al Partido Comunista, esta actitud me costó tener que comparecer ante varias comisiones de control donde me pedían con un tono ultrajante dar cuenta de las reproducciones de Picasso, de André Masson[14], que estaban momentáneamente en la revista que yo dirigía. He combatido sin descanso, al interior de la AEAR, la consigna inepta del "realismo socialista". Si me dediqué con continuidad a una tarea, fue precisamente, a pesar de todo lo que podía suceder, para preservar la integridad de la búsqueda artística, para hacer que el arte continúe siendo un fin, no se vuelva bajo ningún pretexto un medio. Esta perseverancia de mi parte no implica que yo no haya llegado a perder la esperanza a veces sobre el resultado que tendría esta lucha, a pensar que la incomprensión, la mala voluntad serían más fuertes. ¡Nos han repetido demasiadas veces, a mis amigos y a mí que esta actitud, que con todas nuestras fuerzas queríamos mantener, era incompatible con el marxismo! Aunque mi convicción era contraria a esto, yo no podía ocultarme que allí existía un punto neurálgico, un tema de inquietud que había visto demasiado fraccionado, como para que yo no estuviese ansioso de someterlo al camarada Trotsky.

Puedo decir, camaradas, que no podía haberlo encontrarlo más abierto a mi preocupación. ¡Oh! No crean que logramos entendernos enseguida: no era hombre de dar la razón tan fácilmente. Conociendo bastante bien mis libros, él insistió en que quería tomar conocimiento de mis conferencias y me ofreció discutirlas conmigo. Entre nosotros, de un lado y del otro, se entablaba verdaderamente alguna escaramuza: el escuchar un nombre como el de Sade o de Lautremont[15] le hacía tener ligeramente un tic. En la ignorancia que tenía de ellos, él me hacía precisar el rol que habían jugado para mí ubicándose desde el único punto de vista justo, el punto de vista común al revolucionario y al artista, que es aquel de la liberación humana. Otras veces, él se interesaba vivamente por tal o cual concepto que me había adelantado y lo sometía a una crítica precisa. Es así como me dijo un día: "Camarada Breton, el interés que usted tiene por los fenómenos del azar objetivo no me parece claro. Sí, yo sé bien que Engels ha evocado esta noción, pero yo me pregunto si, en vuestro caso, no hay otra cosa. Yo no estoy seguro que usted tenga la preocupación de conservar -sus manos delimitaban en el aire un débil espacio- una pequeña ventana abierta sobre el más allá." Yo no había terminado de justificarme que él retomaba: "Yo no estoy convencido. Y además, usted escribió en alguna parte... ah sí, que estos fenómenos presentaban para usted un carácter inquietante. -Perdón, le dije, yo escribí: inquietante en el estado actual del conocimiento, ¿quiere que verifiquemos? Él se levantó bastante nerviosamente, hizo algunos pasos y volvió hacia mí: "Si usted ha dicho... en el estado actual del conocimiento... yo no veo nada más para corregir, retiro mi objeción".

La extrema perspicacia, incluso cuando se inclinaba a mostrarse un poco sospechosa, y la perfecta buena fe de la que lo vi dar prueba en toda circunstancia nos permitió estar plenamente de acuerdo sobre la oportunidad de publicar un manifiesto que saldaba de una forma definitiva el litigio persistente del cual hablé. Este manifiesto apareció bajo la firma de Diego Rivera y la mía y se titula: Por un arte revolucionario independiente. Concluye en la fundación de una Federación Internacional del Arte Revolucionario Independiente (FIARI) cuyo boletín mensual aparecerá por primera vez a fines de diciembre. Yo preciso que se le debe más a Trotsky que a Rivera y que a mí mismo, por la independencia total que allí es reivindicada desde el punto de vista artístico. Es en efecto el camarada Trotsky quien, en presencia del proyecto donde yo había formulado: "Toda licencia en el arte, salvo contra la revolución proletaria", nos puso en guardia contra los nuevos abusos que se podría hacer de esta última parte de la frase y la tachó sin dudar.

En el período actual, Trotsky me repitió muchas veces, que para facilitar un reagrupamiento revolucionario él contaba mucho con la actividad de una organización como el FIARI. Dos veces, además, en el curso de estos últimos meses, él creyó bueno explicarse sobre la forma en la que él encaraba personalmente la creación artística.

Lo hizo, por un lado, en una carta a los camaradas norteamericanos, reproducida en Quatrième Internationale, por otro lado en una entrevista inédita en francés, de la cual me limitaré a citar este pasaje: "El arte de la época stalinista entrará en la historia como la expresión patente del profundo declive de la revolución proletaria. Sin embargo, el cautiverio de Babilonia del arte revolucionario no puede durar y no durará eternamente. El partido revolucionario no puede proponerse seguramente como tarea dirigir el arte. Una pretensión semejante sólo puede venir del espíritu de personas ebrias de omnipotencia, como la burocracia de Moscú. El arte, como la ciencia, no solamente no demanda órdenes, sino que, por su misma esencia, no las tolera".

Me parece imposible que todos los artistas auténticos, no reciban con alivio y, por poco revolucionarios que sean, con entusiasmo, tal declaración.

Camaradas, tengo conciencia de haberme mostrado inferior en la tarea ambiciosa que me era asignada: volver un poco más presente entre nosotros al camarada Trotsky. Para consolarme, recuerdo una conversación que he tenido hace algunos años con André Malraux, que volvía de un viaje a la URSS. Él me contó como, en el curso de un banquete de bienvenida donde había sido llevado para pronunciar una alocución, él llegó a citar a León Trotsky y cómo, de golpe, sintió hacerse pesada la atmósfera, escuchó caer vasos, vio levantarse y desplazarse a algunos de sus vecinos de mesa con la intención manifiesta de rodearlo: cómo llegó a temer en un momento por su vida. Me confió incluso que sólo pensaba deber su salud a una inspiración súbita, como de las que se tiene a veces frente al peligro, y que le dictó una frase susceptible de sorprender, de confundir a aquellos que estaban dispuestos a la agresión. Lo que me sumergió, lo que me sumerge aún en el estupor, no es tanto esta escena que muchos acontecimientos trágicos desde entonces vinieron a corroborar, sino más bien la conclusión a la que había inducido a André Malraux. Según él, no era más necesario, bajo ningún pretexto, en ninguna circunstancia, pronunciar el nombre de León Trotsky. Pronunciarlo equivalía, parece ser, a excluirse de la actividad revolucionaria tal como ella puede, en las abominables condiciones actuales, llevarse a cabo. Jamás se ha visto esto, camaradas; ¿es posible que el instinto de conservación dicte a los intelectuales semejante renunciamiento a su pensamiento? Yo sé, yo creo sin embargo saber ¡que a André Malraux no le falta coraje! El solo nombre de Trotsky es para él demasiado representativo y demasiado exultante para que se pueda callarlo o contentarse con murmurarlo. No se nos impedirá blandirlo ni hacerlo retumbar en las orejas de los perros de todo pelaje. Tanto sobre los cuerpos despedazados de los pequeños niños de España y sobre los de todos los hombres que caen diariamente por el triunfo de la España obrera, como sobre los cuerpos de los revolucionarios de Octubre, sobre el de nuestro camarada Sedov [16], asesinado en una clínica, sobre el de nuestro camarada Klement[17] que la policía francesa no quiere reconocer cortado en pedazos, es necesario que mantengamos la divisa: ¡No pasarán!

Saludo al camarada Trotsky magníficamente viviente y que verá sonar su hora de nuevo, saludo al vencedor y gran sobreviviente de Octubre, saludo al teórico inmortal de la revolución permanente.


[1] Tristán Tzara (1896-1963), padre del "dadaísmo" y viejo enemigo de Breton, fue miembro del PC.

[2] René Blech quien firma esta carta era el nombre del secretario de la Asociación Internacional de Escritores, no parece haber dejado una obra considerable: no hemos encontrado trazos de él. (N del ILT).

[3] José Bergamín (n. 1895) filósofo católico, era compañero de ruta del Frente popular y aceptó incluso hacer el prefacio de un libro antitrotskista que era manifiestamente obra de la GPU.

[4] Luis Aragón (n. 1897), poeta y surrealista, llegó al PC en la época stalinista, era el símbolo para Breton de la claudicación. La AEAR era la asociación de los escritores y artistas revolucionarios.

[5] Louis Andieux (1840-1931) fue prefecto de policía de 1879 a 1881; fue partidario del general Boulanger.

[6] Este detalle es inexacto según el testimonio de Van. Además él tenía entonces veinte años.

[7] James Ramsay Mac Donald (1886-1937) fue dos veces primer ministro. No hemos identificado a "la mujer con cabeza de lechuza".

[8] Lázaro Cárdenas (1895-1870), mestizo indio, general de la revolución, fue presidente de México desde 1934 y decidió personalmente acordarle a Trotsky la visa mexicana.

[9] Saturnino Cedillo (1890-1938), general y cacique de San Luis Potosí, conspiraba con los petroleros y la Alemania nazi: su complot se tornó en una ridícula aventura.

[10] Vicente Lombardo Toledano (1893-1968) era secretario general de la central "oficial" mexicana, la CTM y Trotsky lo acusó no sin argumentos de estar al servicio de la política rusa.

[11] Gerardo Murillo, llamado Dr, Atl (1865-1943), pintor, maestro de Diego Rivera, se convirtió en fascista.

[12] El presidente de los Estados Unidos Abraham Lincoln (1809-1865) dirigió a los Nortistas durante la guerra de secesión.

[13] Emiliano Zapata (1877-1919) fue uno de los jefes campesinos más populares en el transcurso de la revolución mexicana.

[14] Pablo Picasso (1881-1973) y André Masson (n. 1896) estaban ambos ligados a los surrealistas.

[15] Donatien de Sade (1740-1814) conocido como "marqués de Sade" e Isidoro Ducasse, conde de Lautrémont (1663-1723) son considerados por los surrealistas como sus precursores.

[16] León Sedov (1906-1938) era el hijo mayor de Trotsky. Murió de forma sospechosa luego de una apendicitis en una clínica perteneciente a rusos blancos, en el mes de febrero de 1938.

[17] Rudolf Klement (1910-1938), secretario administrativo del secretariado internacional había "desaparecido" y los pedazos de su cadáver fueron encontrados en el Sena. 

Escrito: noviembre de 1938.
Primera publicacion: Discurso pronunciado por André Breton en un mitin del PCI (Partido Comunista Internacionalista de Francia) el 11 de noviembre de 1938, en Quatrième Internationale n° 14/15, noviembre-diciembre de 1938.
Fuente de este texto Cahiers Léon Trotsky N° 12, Institut Léon Trotsky de Francia.
Traduccion: ceip.org, con cuyo permiso aparece aqu&oiacute;.
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