Manifestación en Varsovia inspirada por los comunistas en 1920.
La Revolución Bolchevique y la Guerra con Polonia Blanca en Carteles
La guerra polaco-soviética o guerra ruso-polaca fue un conflicto armado que enfrentó a las repúblicas socialistas de Rusia y Ucrania de la aún no formada Unión Soviética con la Segunda República polaca y más tarde la República Popular Ucraniana desde el 14 de febrero de 1919 al 18 de marzo de 1921 cuando finalizó con el Tratado de Riga, repartiendo los territorios en disputa entre Polonia y la Rusia Soviética.
Aunque los problemas de armamento, equipo y entrenamiento del ejército
fueron decisivos para los continuos combates, el conflicto entre los
Estados también se reflejó en el nivel “psicológico”. En este capítulo,
estamos interesados en la dimensión propagandística expresada
visualmente en los carteles soviéticos.
El cartel 1 se titula el lema de que “El maestro del
mundo será el trabajo”; tiene un significado político y moral. Representa
un globo terráqueo con tierras, montañas y mares. En él se
coloca un martillo soviético con una hoz, que simboliza la alianza
obrero-campesina, bajo el lema “proletarios de todos los
países, uníos”. Sobre el globo, el sol brilla, que irradia a todos los
lados. Da una idea de un mundo feliz. A ambos lados del mundo hay
personajes masculinos. Uno de ellos es, sin duda, una persona instruida,
que escribe en papel. A la derecha, el trabajador. El mundo futuro será
un oasis de felicidad en el que todo el trabajo será satisfecho. El
mundo actual no da esa perspectiva. El objetivo es el trabajo y la
gente que trabaja en todo el mundo, y la Rusia soviética será la fuente
de este cambio.
El Póster 2 dice que la fuente del cambio será (en
el mundo de las ideas) el pensamiento de Karl Marx registrado en sus
obras. El cartel a continuación es un libro con la inscripción “Karl
Marx”, que se presenta como un “barco de rescate”
para todos aquellos sin esperanza. Sólo yendo con Marx en mente se puede
contar con una mejora en el destino. El mundo del futuro será el mundo
ahora excluido. El pensamiento de Marx sustituirá a la religión existente.
Su trabajo es una especie de "biblia" para un internacional comunista.
El cartel 3. ilustra la creencia de que el cambio en
el mundo tendrá lugar a través de las fuerzas del proletariado, que
bajo una bandera roja que simboliza la sangre de los trabajadores
cambiará las relaciones de clase predominantes. El cartel muestra
claramente una referencia a la teoría marxista de la lucha de clases.
Esto es entre los trabajadores y la burguesía pot los medios de
producción. Los eslóganes en el cartel dicen que "los trabajadores
ganarán el poder en Rusia", "los trabajadores ganarán poder en el
mundo". En la
esquina inferior derecha se pueden ver elegantemente vestidos
representantes de las clases del clero y de la burguesía, que huyen de
la manifestación proletaria. El mundo del futuro será privado de su
religión existente. El cartel hace referencia al legado del gran
"octubre".
El cartel 4 grita: “Al frente occidental. Todo por
la guerra. ¡Cualquier cosa por la victoria!” El cambio tendrá lugar en
el camino de la revolución, en el camino de la guerra. Aquí se puede ver
una gran figura de un trabajador que lleva balas enormes, en el fondo
un tren y muchos proletarios cargando bolsas y municiones en los
vagones. En un plano lejano, las chimeneas de las fábricas. Se puede
decir que toda la industria y las fuerzas humanas deben dedicarse a la guerra. El objetivo es el Frente Occidental. El objetivo
de la revolución es Occidente. El objetivo militar es de suma
importancia aquí.
Póster 5. “Alguien a tiempo”.El
cambio revolucionario es abrazar a Rusia y al mundo. En el cartel se puede ver a un campesino que, con
una cara claramente satisfecha, con una amplia guadaña, corta la cabeza del “amo polaco” y al General Wrangler.
Los enemigos de la revolución son, por lo tanto, los “blancos”
representados por el odiado aristócrata, el barón natal alemán báltico
Piotr Wrangl, y los caballeros polacos. El cartel expresa, por supuesto,
por un lado, la lucha de clases que tiene lugar en el marco de la
guerra civil.
Póster 6. “Wrangel sigue vivo. Mátalo sin piedad”.
Un cartel que pide una represión despiadada contra la contrarrevolución.
Particularmente expuestas fueron la figura golpeando con
fuerza y determinación, y la mano extendida del general “blanco”, que
debe cortarse.
Pósteres 7-8, prueba que el “Señor polaco” es el tema de muchos carteles del agitprop soviético.
La figura de un noble alcista, gordo y bigote, con un traje nacional
(aquí: en carmesí), con un sable y un cuchillo en sus manos se
representa casi como un aliado importante de la contrarrevolución. En el
cartel de abajo, está acompañado por un capitalista ruso y un
terrateniente. Los tres se representan sin simpatía. Junto a ellos, el
personaje principal del cartel es un desertor del ejército rojo, que
hace una impresión de estar aterrorizado. La inscripción en el cartel
dice: “El desertor abre el camino para el maestro polaco. El señor
polaco está detrás de él, un terrateniente ruso y un capitalista. Los
terratenientes y los capitalistas traen hambre y esclavitud a los
campesinos y a los trabajadores. Desertar, el enemigo de los obreros y
campesinos. El desertor que abre la "puerta a la casa" es un traidor
condenable, al igual que los terratenientes y los capitalistas. El
cartel junto a él también se refiere a la “traición”. Esta vez, sin
embargo, el compañero ruso está siguiendo al “amo polaco”. El campesino
no debe olvidar esto.
El cartel 9. desarrolla el motivo de la Polonia presentada como un cerdo doméstico rosa, que porta una tarjeta babeada con la inscripción “fronteras de 1772”. La inscripción en
la parte inferior es "un cerdo, entrenado en París", sostenido en sus
manos por "Francia". Polonia se presenta como un animal impuro
(babeando) siguiendo las órdenes de Francia. Polonia perteneciente a
Occidente es, como tal, condenable.
Carteles 10-11. “Entente bajo la máscara de la paz”.
La “paz” en el mundo es solo apariencia. La entente se representa
como un hombre físicamente vulgar, con colmillos depredadores, labios y
mejillas prominentes, ojos abultados. Debajo de la delicada máscara hay
quizás un "vampiro" burgués que bebe sangre proletaria. Junto a ella hay
un cartel que muestra un barco con una Francia contrarrevolucionaria y
su bandera en el mástil (?). Sin embargo, este barco debe estrellarse
contra una roca, que es la Rusia soviética, que es una “fortaleza
inmóvil”.
Cartel 12 ilustra la guerra contra la
“burguesía”, la Polonia “blanca” entrenada por el “Oeste”
(Francia), que resultó de la orden de la lucha de clases destinada a
llevar la revolución comunista a Occidente. El cartel llama a
los obreros y campesinos (los soviéticos) a apresurarse con la ayuda de
sus hermanos, los obreros y los campesinos. El “depredador
polaco” es visible aquí, es decir, el Águila Blanca, que simboliza a Polonia, colocado en su escudo de armas. Sus garras se pegan en el pecho expuesto de un soldado
soviético herido.
"De la construcción de la muralla china" es un célebre relato de Franz Kafka publicado póstumamente. No se trata de un relato histórico sobre la construcción real de la Gran Muralla, sino de una reflexión literaria en la que aborda la desmesurada y fragmentada construcción de la muralla como metáfora de un poder imperial inalcanzable, la incomunicación y el absurdo de las burocracias masivas, donde los obreros trabajan aislados sin conocer el propósito exacto de la colosal obra.
El relato se caracteriza por los siguientes elementos principales:
El método de construcción: En lugar de levantarse linealmente, la muralla se construye por tramos inconexos y aislados (desde el sureste y el suroeste). Esto se ideó para mantener la moral y el entusiasmo de los trabajadores, ya que los grupos veían cómo sus secciones avanzaban hasta unirse con otros equipos, dispersos a lo largo de distancias inmensas.
La figura del Emperador: Las órdenes provienen de una "Suprema Conducción". El Emperador es una figura lejana, casi mítica y abstracta; habita en el interior del palacio imperial y está desconectado de su pueblo, por lo que el mandato real llega como un testamento milenario.
El absurdo y la burocracia: La vastedad de la obra y el sistema fragmentado generan una gran duda: ¿tendrá la muralla huecos y discontinuidades? Esta incertidumbre nunca puede resolverse debido a la inmensidad del territorio, simbolizando la incapacidad del individuo para comprender la totalidad de un sistema o las decisiones de la autoridad.
La lealtad popular: El pueblo acata la construcción con una devoción casi religiosa, asumiendo que el sentido de sus vidas está ligado a proteger al Imperio, incluso si la muralla pudiera resultar inútil en la práctica.
De la construcción de la Muralla China
El extremo norte de la Muralla China ya está concluido. Dos secciones convergieron allí, del sureste y del suroeste. Ese sistema de construcción parcial fue
aplicado también en menor escala por los dos grandes ejércitos de
trabajadores, el oriental y el occidental. Este era el procedimiento: se
formaban grupos de unos veinte trabajadores, que tenían a su cargo una
extensión cercana a los quinientos metros, mientras otros grupos
edificaban un trozo de muralla de longitud igual que se encontraba con
el primero. Una vez producida la unión, no se seguía la construcción a
partir de los mil metros edificados: los dos grupos de obreros eran
destinados a otras regiones donde se repetía la operación. Naturalmente
que con ese procedimiento quedaron grandes espacios abiertos que
tardaron muchísimo en cerrarse: algunos lo fueron años después de
proclamarse oficialmente que la Muralla estaba concluida. Se afirma que hay espacios vacíos que nunca se edificaron; aseveración,
sin embargo, que es tal vez una de las tantas leyendas a que dio
origen la Muralla y que ningún hombre puede verificar con sus ojos, dada
la magnitud de la obra.
Se pensaría de antemano que hubiese sido
mejor en todo sentido construir la Muralla seguidamente o, por lo menos,
seguidamente dentro de las dos secciones principales. La Muralla, como
universalmente se proclamó y como nadie ignora, había sido concebida
como una defensa contra las naciones del Norte. Pero, ¿qué defensa puede ofrecer una muralla discontinua? Ninguna,
y la Muralla misma está en incesante peligro. Esos pedazos de muralla
abandonados en mitad del desierto podían ser fácilmente abatidos por los
nómadas, ya que esas tribus, alarmadas por los trabajos de
construcción, cambiaban de terruño como langostas, con increíble
velocidad y lograban tal vez una mejor visión general de los progresos
de la Muralla que nosotros los constructores. Sin embargo, la obra se
hizo del único modo posible. Para entenderlo así debemos considerar
que la Muralla tenía que ser una defensa para los siglos que vendrían,
de ahí que la edificación más escrupulosa, la aplicación de la
sabiduría arquitectónica de todas las épocas y de todos los pueblos y el
sentimiento perenne de la responsabilidad personal en los
constructores, eran indispensables para la obra. Es verdad que
para las tareas más subalternas podían emplearse obreros ignorantes
—hombres, mujeres, niños, llevados por el mero interés—, pero ya un
capataz de cuatro obreros debía ser un hombre versado en albañilería, un
hombre que en el fondo del corazón sintiera la importancia de la obra.
Cuanto más alto el cargo, mayor la exigencia. Y tales hombres existían,
quizá no todos los requeridos por la obra, pero sí muy numerosos. El
trabajo no había sido emprendido a la ligera. Medio siglo antes de
empezarlo, la arquitectura y la albañilería, en particular, habían sido
proclamadas en toda China (que se pensaba amurallar) las más importantes de las ciencias,
y las otras no eran reconocidas sino en cuanto se relacionaban con
ellas. Recuerdo todavía que nosotros, niños aún, nos agrupábamos en el
jardín del maestro para levantar con piedritas una especie de muro, y
que el maestro se remangaba la túnica, arremetía contra el muro, lo
hacía pedazos y vociferaba tan fuertes reproches acerca de la fragilidad
de la obra que nosotros huíamos llorando en busca de nuestros padres.
Un episodio mínimo, pero típico del espíritu de la época. Yo tuve la
suerte de que la iniciación de la obra coincidiera con mis veinte años y
con los últimos exámenes de la escuela primaria. Digo la suerte porque
muchos que ya habían completado sus estudios se pasaron la vida sin
poder aplicar sus conocimientos y vagaban sin rumbo, con la cabeza llena de vastos planes arquitectónicos, sin oportunidad ni esperanzas.
Pero aquellos otros que lograron puestos de capataces, siquiera en la
categoría inferior, eran en verdad dignos de su trabajo. Eran albañiles
que habían meditado muchísimo sobre la obra y que no cesaban de hacerlo:
hombres que desde la primera piedra que enterraron se sintieron parte
de la Muralla. Es natural que en tales albañiles alentara no sólo la
voluntad de trabajar concienzudamente sino la impaciencia de ver concluida la obra.
El obrero ignora esas impaciencias porque no le interesa más que el
salario. Los jefes superiores, y aun los intermedios, ven mucho del
crecimiento múltiple de la obra para mantener en alto el espíritu. Pero
con los subalternos, hombres espiritualmente superiores a sus tareas
aparentemente triviales, era preciso proceder de otro modo: imposible
tenerlos durante meses o tal vez durante años acumulando piedra sobre
piedra en una montaña desierta, a centenares de millas de su hogar; la
futilidad de un trabajo, que excedía el término natural de la vida de un
hombre, los hubiera incapacitado para la obra. Por eso fue elegido el
sistema de construcción parcial. Quinientos metros solían completarse en
cinco años; al cabo de ese tiempo los capataces quedaban exhaustos y
habían perdido la confianza en sí mismos, en la Muralla y en el mundo.
Entonces, en plena exaltación de las fiestas que celebraban los mil
metros ejecutados, los destinaban muy lejos. En la travesía divisaban
aquí y allá trozos de Muralla concluidos, pasaban por altas jefaturas
donde les entregaban premios honoríficos, escuchaban el júbilo de los
nuevos ejércitos laboriosos que llegaban de los confines del país, veían
bosques talados para apuntalar la Muralla, veían las montañas hechas
canteras y escuchaban los himnos de los fieles en los santuarios rogando
por la feliz culminación de la empresa. Todo eso aplacaba su impaciencia.
La vida tranquila de sus hogares, donde acostumbraban descansar un
tiempo, los fortalecía; el respeto que infundían, la credulidad piadosa
con que eran recibidas sus palabras, la fe de los humildes ciudadanos en
la pronta conclusión de la obra, todo eso retemplaba las fibras de su
alma. Como niños eternamente esperanzados decían adiós a sus hogares; el
anhelo de volver al trabajo colectivo era irresistible. Emprendían
viaje antes de lo necesario; media aldea los acompañaba un largo trecho.
En todos los caminos había grupos, arcos de triunfo, banderas; no
habían visto jamás que grande, rica, amable y hermosa era su patria. Cada compatriota era un hermano para el que levantaban una muralla protectora y que les agradecería toda su vida,
con todo lo que tenía y lo que era. ¡Unidad! ¡Unidad! Hombro contra
hombro, una cadena de hermanos, una sangre no ya encerrada en la
mezquina circulación del cuerpo, sino circulando con dulzura y sin
embargo regresando sin fin a través de la China infinita.
Se justifica así el sistema de
construcción parcial, pero también había otras razones. No es extraño
que me demore tanto en este punto; por trivial que parezca a primera
vista, se trata de un problema esencial de la edificación de la Muralla.
Para comunicar y hacer comprensibles las ideas y experiencias de
aquella época, nunca insistiré lo bastante en esta cuestión.
No hay que olvidar que en aquel tiempo se
realizaron cosas apenas inferiores a la erección de la Torre de Babel,
pero de la que diferían mucho —si nuestros cálculos humanos no yerran—
en lo que respecta a la aprobación divina. Digo esto, porque en los días
iniciales de la obra un letrado compuso un libro que desarrollaba
precisamente ese paralelo. Ese libro quería demostrar que el fracaso
de la Torre de Babel no se debía a las razones que generalmente se
aducen o mejor dicho, que esas conocidas razones no eran las esenciales.
Sus pruebas no sólo se apoyaban en informes y documentos: pretendía
haber hecho investigaciones en el sitio mismo y haber descubierto que la
Torre se malogró —y tenía que malograrse— a causa de lo débil de sus
cimientos. Pero en ese aspecto nuestro tiempo era muy superior a aquel
remoto pasado. Casi no había un contemporáneo educado que no fuera
albañil de profesión e infalible en materia de cimientos. No era esto,
sin embargo, lo que el escritor pretendía demostrar; su tesis era que la Gran Muralla ofrecería por primera vez en la historia una base segura para una nueva Torre de Babel.
Primero la Muralla, por consiguiente; luego la Torre. El libro estaba
en todas las manos, pero debo admitir que hasta el día de hoy no acabo
de comprender su concepción de la Torre. ¿Como entender que la Muralla,
que ni siquiera formaba un círculo, sino una especie de arco o
semicírculo, fuera la base de una torre? Claro está que todo eso puede
encerrar algún sentido simbólico. Pero entonces, ¿a qué levantar la
Muralla, que al fin y al cabo era algo concreto, que exigía la vida y la
labor de innumerables hombres? ¿Y a qué los plano de la torre —planos
un tanto nebulosos, en verdad— y los diversos proyectos para encauzar
las energías del Imperio en esa gigantesca empresa?
Había entonces —este libro es sólo un ejemplo— mucha confusión mental, quizás engendrada por el hecho de que tantos hombres persiguieran un mismo fin.
La naturaleza humana, esencialmente voluble, inestable como el viento,
no tolera que se la sujete; forcejea contra las ataduras que ella misma
se ha impuesto y acaba por romperlas a todas, a la muralla y a sí misma.
Es muy posible que esas consideraciones
adversas a la edificación de la Muralla no dejaran de influir en las
autoridades al optar estas por el sistema de contribución parcial.
Nosotros —ahora pretendo hablar en nombre de muchos— realmente no
sabíamos quiénes éramos haber estudiado los decretos de la Dirección y
habernos convencido de que sin ella nuestra sabiduría aprendida y
nuestro entendimiento natural hubieran sido insuficientes para las
humildes tareas que ejecutamos dentro de la vastísima obra. En el
despacho de la Dirección —dónde estaba y quiénes estaban, eso lo han
ignorado y lo ignoran cuántos he interrogado—, en ese despacho se
agitaban, sin duda, todos los pensamientos y todos los deseos humanos e
inversamente todas las metas y todas las plenitudes. Por la ventana
abierta caía un esplendor de mundos divinos sobre las manos que trazaban los planos.
Por consiguiente, el observador imparcial
debe admitir que la Dirección, si se hubiera empeñado en ello, hubiese
podido vencer las circunstancias que se oponían a un sistema de
construcción continua. Es decir; debemos admitir que la Dirección eligió
deliberadamente el sistema de construcción parcial. La construcción
parcial, sin embargo, era un mero expediente y, por lo tanto,
inadecuado. ¿Eligió entonces la Dirección un medio inadecuado? ¡Extraña
conclusión! Sin duda, pero desde cierto punto de vista puede
justificarse. Tal vez ahora lo podemos discutir sin peligro, en esos
días la máxima secreta de muchos, y aun de los mejores, era ésta: trata de comprender con todas tus fuerzas las órdenes de la Dirección, pero sólo hasta cierto punto; luego, deja de meditar. Una
máxima de lo más razonable, que se desarrolló en una parábola que logró
mucha difusión: Deja de meditar, pero no porque pueda perjudicarte, ya
que tampoco hay la seguridad de que pueda perjudicarte; las ideas de perjuicio y de no perjuicio nada tienen que ver con el asunto.
Te sucederá lo que al río en la primavera. El río crece, se hace más
caudaloso, alimenta la tierra de sus riberas, y guarda su propio
carácter hasta penetrar en el mar que lo recibe agradecido, trata de
comprender hasta ese punto las órdenes de la Dirección. Pero otras
veces el río anega sus riberas, pierde su forma, demora su curso, ensaya
contra su destino la formación de pequeños mares tierra adentro,
perjudica los campos, y, sin embargo, no puede mantener ese nivel y
acaba por volver a sus riberas para secarse miserablemente cuando llega
el verano. No quieras penetrar demasiado las órdenes de la Dirección.
Por acertada que fuera esa parábola
durante la construcción de la Muralla, sólo tiene un valor muy relativo
en el informe que preparo. Mi indagación es puramente histórica; ya se
han desvanecido los relámpagos de esa remota tempestad, y yo no me
propongo otra cosa que dar una explicación del sistema de construcción
parcial, una explicación más profunda que las que satisficieron
entonces. Los límites que me impone mi inteligencia son estrechos, pero la materia que deberé abarcar, infinita.
¿De quienes iba a resguardarnos la Gran
Muralla? De los pueblos del Norte. Yo vengo del Sureste de China. Ningún
pueblo del Norte nos amenaza. Leemos las historias antiguas, y las
crueldades que esos pueblos cometen siguiendo sus instintos nos hacen
suspirar bajo nuestros pacíficos árboles. En las auténticas figuras de
los pintores vemos esos rostros crueles, esas fauces abiertas, esas
mandíbulas ceñidas de dientes puntiagudos, esos ojitos entornados que
parecen buscar carne débil para el brillo de sus dientes. Cuando los
niños se portan mal les mostramos esas figuras y ellos se refugian en
nuestros brazos. Pero eso es todo lo que sabemos de esos hombres del
Norte. Nunca los hemos visto y si permanecemos en nuestra aldea no los
veremos nunca, aunque resolvieran precipitarse sobre nosotros al galope
tendido de sus caballos salvajes… demasiado vasta es la tierra y no los dejaría acercarse… su carrera se estrellaría en el vacío.
Entonces ¿por qué razón abandonamos
nuestros hogares, el río y los puentes, la madre y el padre, la mujer
deshecha en lágrimas, los niños sin amparo, y fuimos a la ciudad lejana a
estudiar y nuestros pensamientos aún más lejos, hasta la Muralla que
está en el Norte? ¿Por qué? La Dirección lo sabe. Nuestros jefes nos
conocen bien. Agitados por ansiedades gigantescas, lo saben todo acerca
de nosotros, conocen nuestros pequeños quehaceres, nos ven reunidos en
humildes cabañas y aprueban o desaprueban el rezo que el padre de
familia eleva en las tardes rodeado por los suyos. Si me fuera permitido
otro juicio sobre la Dirección, diría que es muy antigua y que no ha
sido congregada de golpe, como los grandes mandarines que se reúnen
movidos por un sueño y ya esa misma tarde sacan de sus camas al pueblo
redoblando tambores y lo arrean a una iluminación en honor de un dios
que ayer ha favorecido a sus Señorías y que mañana, apenas apagados los
faroles, será relegado a un oscuro rincón. Prefiero sospechar que la
Dirección no es menos antigua que el mundo y asimismo que la decisión de
hacer la Muralla. ¡Inconscientes pueblos del Norte que imaginaban ser el motivo! ¡Venerable,
inconsciente Emperador que imaginó haberlo decretado! Los constructores
de la Muralla conocemos la verdad y callamos.
Desde la construcción de la Muralla hasta
el día de hoy, me he entregado casi exclusivamente a la historia
comparativa de las naciones —hay determinados problemas que no es
posible penetrar sino por este método— y he llegado a la conclusión de
que los chinos estamos dotados de algunas instituciones sociales y
políticas cuya claridad es incomparable, y también de otras cuya
oscuridad es desmesurada. El deseo de investigar las causas de esos
fenómenos (especialmente los últimos) no me abandona nunca, ya que la
construcción de la Muralla guarda una relación esencial con esas
cuestiones.
La más oscura de nuestras instituciones es indudablemente el Imperio. Por
cierto que en Pekín, en la Corte, hay alguna claridad sobre esa
materia, pero esa misma claridad es más ilusoria que real. En las
universidades, los profesores de derecho y de historia afirman su
conocimiento exacto del tema y su capacidad de comunicarlo. A medida que
uno desciende a las escuelas elementales, van desapareciendo las dudas,
y una cultura superficial infla monstruosamente unos pocos preceptos
seculares, que a pesar de no haber perdido nada de su eterna verdad,
resultan indescifrables en ese polvo y en esa niebla.
Precisamente sobre el imperio convendría
que el pueblo fuera interrogado, ya que el Imperio tiene en el pueblo su
último sostén. Es verdad que sobre este punto yo sólo puedo hablar de
mi aldea. Descontadas las divinidades agrarias cuyas ceremonias ocupan
el año de un modo tan bello y variado, sólo pensamos en el Emperador. No
en el Emperador actual; para ello tendríamos que saber quién es o algo
determinado sobre él. Hemos tratado siempre —no tenemos otra curiosidad—
de conseguir algún dato, pero, por raro que parezca, nos ha resultado
casi imposible descubrir algo, tanto de los peregrinos, que han andado
por muchas tierras, como de las aldeas vecinas o remotas, o de los
marineros, que no sólo han remontado nuestros arroyos, sino los ríos
sagrados. Uno oye muchas cosas, es verdad, pero nada resulta seguro,
indiscutible.
Nuestra tierra es tan grande que no existe cuento de hadas que pueda encerrar su grandeza. El cielo mismo apenas la abarca, y Pekín es un punto y el palacio imperial es menos que un punto.
El Emperador, como tal, está sobre todas las jerarquías del mundo. Pero
el Emperador, individualmente, es un hombre como nosotros, que duerme
como un hombre en una cama que tal vez es amplísima, pero que tal vez es
corta y angosta. Como nosotros, a veces se acuesta y cuando está muy
cansado bosteza con su boca delicada. Pero nosotros, que habitamos al
Sur, a millares de leguas, casi en los contrafuertes de la meseta
tibetana, ¿qué podemos saber de todo eso? Además, aunque nos llegaran
noticias, nos llegarían atrasadas, absurdas. En torno del Emperador se
reúne una brillante y sin embargo oscura muchedumbre de cortesanos
—maldad y hostilidad disfrazadas de amigos y servidores—, el contrapeso
del poder imperial, perpetuamente dirigiendo al Emperador dardos
envenenados. El Imperio es eterno, pero el Emperador vacila y se
tambalea; dinastías enteras se derrumban y mueren en un solo estertor.
De esas batallas y esas luchas no sabrá nada el pueblo; es corno el retrasado forastero que no pasa del fondo de una atestada calle lateral, mientras en la plaza central están ejecutando al rey.
Hay una parábola que describe muy bien esa
relación. El emperador —así dicen— te ha enviado a ti, el solitario, el
más miserable de sus súbditos, la sombra que ha huido a la más distante
lejanía, microscópica ante el sol imperial ¡justamente a ti, el
Emperador te ha enviado un mensaje desde su lecho de muerte. Hizo
arrodillar al mensajero junto a su cama y le susurró el mensaje al oído;
tan importante le parecía, que se lo hizo repetir. Asintiendo con la
cabeza, corroboró la exactitud de la repetición. Y ante la muchedumbre
reunida para contemplar su muerte —todas las paredes que interceptaban
la vista habían sido derribadas, y sobre la amplia y alta curva de la
gran escalinata formaban un círculo los grandes del Imperio—, ante
todos, ordenó al mensajero que partiera. El mensajero partió en el acto;
un hombre robusto e, incansable; extendiendo primero un brazo, luego el
otro, se abre paso a través de la multitud; cuando encuentra un
obstáculo, se señala sobre el pecho el signo del sol; adelanta mucho más
fácilmente que ningún otro. Pero la multitud es muy grande; sus
alojamientos son infinitos. Si ante él se abriera el campo libre, como
volaría, que pronto oirías el glorioso sonido de sus puños contra tu
puerta. Pero, en cambio, qué vanos son sus esfuerzos; todavía está
abriéndose paso a través de las cámaras del palacio central; no acabará de atravesarlas nunca; y si terminara, no habría adelantado mucho;
todavía tendría que esforzarse para descender las escaleras; y si lo
consiguiera, no habría adelantado mucho; tendría que cruzar los patios: y
después de los patios el segundo palacio circundante; y nuevamente las
escaleras y los patios; y nuevamente un palacio: y así durante miles de
años; y cuando finalmente atravesara la última puerta —pero esto nunca,
nunca podría suceder todavía le faltaría cruzar la capital, el centro
del mundo, donde su escoria se amontona prodigiosamente. Nadie podría
abrirse paso a través de ella, y menos aún con el mensaje de un muerto.
Pero tú te sientas junto a tu ventana, y te lo imaginas cuando cae la
noche.
Así, de modo tan desesperado y tan
esperanzado a la vez, es como mira nuestro pueblo al Emperador. No sabe
que Emperador reina, y hasta el nombre de la dinastía está en duda. En
la escuela se enseñan en orden las dinastías, pero la incertidumbre
general es tan grande que hasta los mejores letrados se dejan arrastrar
por ella. Emperadores muertos hace siglos suben al trono en nuestras
aldeas y la proclamación de un emperador que sólo perdura en las
epopeyas fue leída frente al altar por un sacerdote. Batallas de la
historia más antigua son recientes para nosotros, y un vecino trae la
noticia con la cara encendida. Las mujeres de los emperadores, ociosas
entre sus almohadones de seda, desviadas de la noble tradición por
cortesanos viles, henchidas de ambición, violentas de codicia,
desaforadas de lujuria, repiten y vuelven a repetir sus abominaciones.
Cuanto más tiempo ha transcurrido, más terribles y vivos son los colores
y con temor nuestra aldea recibe la noticia de que una emperatriz (hace
miles de años) bebió la sangre del marido a grandes tragos.
Así están cerca de nuestro pueblo los emperadores antiguos, pero al que vive lo juzgan entre los muertos.
Si alguna vez, alguna rarísima vez, un funcionario imperial, que
recorre las provincias, cae por azar en nuestra aldea, y nos transmite
algunos decretos y examina las listas de los impuestos, preside los
exámenes, interroga al sacerdote, y antes de ascender a su litera,
dirige algunos reproches a los asistentes, entonces una sonrisa alegra
las caras, todos se miran a hurtadillas y la gente se inclina sobre los
niños, para que el funcionario no se de cuenta. “¿Cómo? —piensa — :
habla de un muerto como si aún estuviera vivo; ese Emperador ha muerto
hace tiempo, la dinastía se ha extinguido, el señor funcionario nos está
gastando una broma, pero no nos daremos por aludidos, -para no
ofenderlo. Pero realmente no acataremos sino al Emperador actual, porque
proceder de otro modo sería un desacato.” Y al desaparecer la litera
surge como señor del pueblo una sombra que arbitrariamente exaltamos y
que habitó, sin duda, una urna ya hecha cenizas.
Paralelamente nuestro pueblo suele
interesarse muy poco en las agitaciones civiles o en las guerras
contemporáneas. Recuerdo un incidente de mi juventud. Había estallado
una revuelta en una provincia limítrofe pero muy apartada. No recuerdo
las causas de la revuelta, ni éstas importan: ahora las causas sobran
cuando la gente es revoltosa. Un pordiosero que venía de esa provincia,
trajo a la casa de mi padre una proclama publicada por los rebeldes.
Casualmente era un día de fiesta, la casa estaba llena de invitados, el
sacerdote ocupaba el sitio de honor y miró la proclama. De golpe todos
se reían, en la confusión la hoja se hizo pedazos, el pordiosero que
había recibido abundantes limosnas fue expulsado a golpes, los huéspedes
salieron a gozar del hermoso día. ¿La razón? El dialecto de esa
provincia limítrofe difiere esencialmente del nuestro y esa disparidad
se manifiesta en algunas formas del idioma escrito que tienen un
carácter arcaico para nosotros. Apenas hubo leído el sacerdote un par de
líneas, nuestra decisión estaba tomada. Viejas cosas, contadas hace tiempo, hace tiempo cicatrizadas.
Y aunque —así me lo asegura el recuerdo— la actualidad hablaba
palmariamente por boca del pordiosero, todos movían la cabeza y reían y
rehusaban escuchar más. Tan inclinado está nuestro pueblo a ignorar el
presente.
Si de todos estos hechos se deduce que
carecemos de emperador, no se estará muy lejos de la verdad. Lo digo y
lo repito: no hay pueblo más fiel al Emperador que nuestro pueblo del
Sur, pero de nada le sirve al Emperador nuestra fidelidad. Es cierto que
el dragón sagrado está en su pedestal a la entrada de nuestra aldea, y
desde que los hombres son hombres ha dirigido hacia Pekín su aliento de
fuego, pero Pekín es más inconcebible para nosotros que la otra vida.
¿Existiría realmente una aldea de casas encimadas que cubre un espacio
superior al que domina nuestro cerro, y será posible que entre esas
casas haya hombres hacinados todo el día y toda la noche? Menos difícil
que figurarnos esa ciudad es pensar que Pekín y su Emperador son una
sola cosa: una tranquila nube, digamos, que gira eternamente cerca del
sol.
De semejantes opiniones resulta una vida
relativamente libre y despreocupada. De modo alguno una vida inmoral: no
he hallado en mis peregrinajes una pureza de costumbres como la de mi
aldea. Pero es una vida, con todo, que no sabe de leyes contemporáneas, y
sólo reconoce las exhortaciones y los avisos que vienen de tiempos
remotos.
No hago generalizaciones y no pretendo que
sucede lo mismo en las mil aldeas de nuestra provincia o en las
quinientas provincias del Imperio. El examen de muchos documentos,
corroborado por mis observaciones personales, las vastas muchedumbres
movilizadas para levantar la Muralla, daban a los hombres sensibles
ocasión de recorrer casi todas las provincias; esa examen —repito— me
permite afirmar que la concepción general del Emperador concuerda esencialmente con la que se tiene en mi aldea.
No afirmo que esa concepción sea una virtud: todo lo contrario. Es
indudable que la responsabilidad principal le incumbe al gobierno, que
en este Imperio —el más antiguo de la tierra— no ha conseguido o no ha
querido desarrollar las instituciones imperiales con la justeza
necesaria para que su influencia llegue directa e incesantemente a los
límites extremos del país. Por otra parte, el pueblo adolece de una
debilidad de imaginación o de fe que le impide levantar al Imperio de su
postración en Pekín y estrecharlo con amor contra su pecho leal, aunque
en el fondo no ambiciona otra cosa que sentir ese contacto y morir.
En consecuencia, nuestra concepción del
Emperador no es una virtud. Tanto más raro es que esa misma debilidad
sea una de las mayores fuerzas aglutinantes de nuestro pueblo;
constituye, si me permiten la expresión, el suelo que pisamos.
Declararlo un defecto esencial, importaría no sólo hacer vacilar las
conciencias, sino también los pies. Y por eso no deseo continuar
examinando este problema.
Dmitri Kabalevsky (1904-1987) nació el 30 de diciembre de 1904 en San Petersburgo.
Kabalevsky participa en la organización de la Unión de Compositores Soviéticos,
desde su fundación en 1932, en su sección de Moscú. Durante el mismo
año se convierte en profesor adjunto de composición en el Conservatorio
de Moscú.
Como comisionado por el Comité Soviético para la defensa de la paz,
Kabalevsky visita variados países, entre ellos la China, Finlandia,
Polonia, Hungría, Austria, Francia y la Gran Bretaña. Durante el verano
de 1966 realiza un viaje cultural a los Estados Unidos, dando clases,
entre otros lugares, en el National Music Camp de Interlochen en Michigan.
Durante su vida recibe diversas condecoraciones, entre ellas el Premio Lenin en 1972 y la Orden de los héroes del trabajo socialista en 1974.
Además fue secretario de la «Unión de Compositores de la URSS» (1940),
redactor de la revista «Soviétskaya Múzyka» (Música Soviética), premiado
en cuatro ediciones del Premio Stalin de Estado (1946, 1949, 1951, y
1966), Artista del Pueblo en 1963, Presidente del Consejo Científico de
Estética pedagógica en la «Academia de las Ciencias Pedagógicas de la
URSS» (1969) y Presidente de la «International Society of Musical
Association» (1972).
Kabalevsky murió en Moscú el 18 de febrero de 1987.
Militante del PCUS, acató las orientaciones de la política oficial en materia de creación artística
Siguiendo la línea del Realismo Socialista, en 1947 empieza la ópera "La Familia de Taras"Op.47, terminada y estrenada en Leningrado en 1950. Está basada en la novela corta "Los Invictos" escrita en 1944 por Boris Gorbatov (1908-1954), un corresponsal del diario Pravda, experimentado en las luchas partisanas y del Komsomol
en el norte de Rusia durante la invasión nazi. Una obra que rinde
tributo al heroísmo del pueblo ruso frente a los invasores nazis. El
personaje de Nastia, una joven heroica Komsomol tuvo una especial empatía con el compositor, utilizando varios de los temas dedicados a ella en su última sinfonía.
Una obra cuya acción transcurre en el tiempo en que
Ucrania se encontraba ocupada por los nazis. El abuelo Taras se queda en
la retaguardia al cargo de una familia sin padre. La primera desgracia
ocurre cuando una nuera sucumbe a los brutales métodos utilizados por
los alemanes. Luego un hijo prisionero de guerra se rinde al enemigo. El
odio de Taras por su cobardía lo fuerza a regresar al frente. Más tarde
el honor del viejo es defendido por su hija adolescente Nastia, que se
une a los partisanos y es ahorcada por los alemanes por participar en
actos terroristas.
El vídeo recoge las siguientes escenas seleccionadas:
En los años sesenta y setenta, una ola de revueltas recorrió el mundo en respuesta al creciente dominio de la mercancía y el Estado sobre todos los aspectos de la vida. El situacionismo fue decisivo en ese levantamiento, y su huella en Mayo del 68 marcó para siempre la crítica más radical a la condición moderna. Sus raíces no estaban en el movimiento obrero, sino en las vanguardias artísticas del siglo xx: el dadaísmo, el surrealismo, el letrismo, etc. Artistas disidentes, a medio camino entre la rebeldía y la transgresión, con un programa rupturista: rechazar las condiciones de vida impuestas al hombre moderno, tanto en las sociedades capitalistas avanzadas como en los regímenes que se consideraban comunistas, y experimentar formas de existencia verdaderamente nuevas.
Este libro analiza con rigor las raíces culturales de las teorías y prácticas situacionistas y rastrea su legado plural y contradictorio, entre los intelectuales posmodernos y el arte contemporáneo, entre los estrategas del poder neocapitalista y los movimientos de resistencia de nuestros días. Porque el situacionismo sigue siendo una de las críticas más lúcidas y perturbadoras de la modernidad.
En Bizkaia, a donde Luna llegó en julio de 1893, había visitado una
fábrica de fundición de hierro, que le había causado un terrible horro. Y
fue aquí donde encontró el lugar más propicio para poner sobre un
lienzo esos ambientes asfixiantes que conocía al menos desde hacía ya un
par de años y que tan hondamente le habían emocionado. En su capital,
Bilbao, trabó amistad con José María Martínez de las Rivas (1850-1916)
y, sobre todo, con Víctor Chávarri (1854-1900), dos personajes clave en
el proceso de industrialización vasca y padres de los Altos Hornos de
Vizcaya. Para la residencia del segundo, pero ocupándose de asuntos a
los que ambos le animaban, realizó dos grandes lienzos que representan La colada y Talleres de laminación,
ambientados en la Fundición "La Vizcaya", precisamente la gran
iniciativa empresarial ideada por Chávarri. En ellos, por deseo de su
mecenas, Luna convirtió en protagonistas a los obreros, en conexión con
la sensibilidad social con la que Chávarri quería identificarse
entonces. Así lo explicaba el propio Luna a su amigo el ministro
Balaguer en una carta fechada en julio de 1893: "Trabajo en la fundición
'La Vizcaya' en donde espero sacar partido del trabajo del capital y
del talento humano allí reunido". Relacionadas con esas dos grandes
pinturas se han recogido otras obras del pintor filipino, que pueden
considerarse, si no estudios preparatorios o bocetos para ellas, al
menos evidencias palpables de la proximidad de Luna hacia los
sacrificios de esa profesión, y que están fechadas durante su estancia
bilbaína. En la colección del economista filipino Bibiano L. Meer debió
de existir un dibujo a lápiz de los Altos Hornos de Bilbao y en la
colección de la nieta de Luna, en Nueva York, se consignaron cuatro
pequeños bocetos tomados también de los mismos Altos Hornos. A ese
caudal debe añadirse, por su contenido iconográfico, el cuadro
conservado en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.
Éste representa a
dos hombres en un obrador metalúrgico, afanados en colar el metal
fundido sobre su molde, por lo que su argumento coincide con el de uno
de los dos lienzos ideados para Chávarri y permite constatar la repetida
contemplación de esa actividad por parte de Luna. La composición,
además, recuerda en último término el gran lienzo de Adolf Menzel
(1815-1905) Moderne Cyklopen (Alte Nationalgalerie, Berlín),
realizado dos décadas antes y que gozó de una gran fama por toda Europa.
Sin embargo, entre la obra del maestro alemán y la del pintor filipino
media una diferencia sustancial. Mientras Menzel hizo una descripción
pormenorizada del industrioso entorno de los fundidores, Luna concentró
todo el interés de su cuadro en la acción física llevada a cabo por los
obreros, fiel a la atracción que sentía por ella. Realizado con la
economía de medios propia de un boceto, tanto la singular gestualidad de
las pinceladas del filipino como, sobre todo, la arbitrariedad de los
colores —que es el sello característico de la producción del pintor—,
sirven aquí para enfatizar la figura de los dos ferrones en acción,
dotándola además de una extraordinaria intensidad plástica. Ante un
fondo ennegrecido y sin referencias reconocibles, ambos operarios se
enfrentan a la crudeza de su labor, como protagonistas únicos de la
escena, abrasados por el calor que irradia de la colada incandescente,
semidesnudos y sin ninguna medida que asegure su integridad, exhibiendo
al mismo tiempo su heroísmo titánico y su completa vulnerabilidad. Las
encendidas pinceladas que iluminan el rostro y el cuerpo de ambos,
reflejos miméticos del resplandor del metal candente, así como los
ásperos colores pardos sobre los óxidos brillantes de las salpicaduras
del hierro que se derrama, son los únicos tonos discordantes frente al
negro que predomina en la escena, en una imagen concebida por Luna en
una clave todavía mucho más personal y reflexiva de lo que se permitió
en las grandes composiciones destinadas a los ricos salones burgueses de
Bilbao. (Carlos G. Navarro)
Un nuevo enfoque de la vida del famoso escritor Ernest Hemingway.
A partir del suicidio del escritor Ernest Hemingway (1899-1961), el documental Hemingway (1962) de Fausto Canel indaga en los orígenes del hombre aficionado a la caza y al mar para aproximar el espectador al literato. Estamos ante el hombre de mundo que concebiría una escritura a medio camino entre las exigencias o conquistas estético-formales y el remedo de lo vivencial.
En el filme se establece una clara cercanía con quien decidiera vivir por la escritura y de ella en suelo cubano. De ahí que la cámara, asistida por la vozde Carlos Fernández, ayude a recorrer la finca Vigía. Es un recorrido harto descriptivo de sus interiores. “Aquí creó hombres que ponen en función todas sus fuerzas para dominar violentamente al mundo. Aquí dijo que un hombre puede ser destruido muchas veces, pero nunca vencido”.
Cuando la cámara toma esta y otras residencias —o las presenta desde lejos mediante fotos fijas—, el narrador recuerda e insiste no solo en quién habitó esos espacios, sino cómo los vivió para el lugar extendido y apenas tasable que es la literatura.
Sobre imágenes seleccionadas de la Cuba prerrevolucionariase comparte una suerte de valoración sobre la obra del mejor cuentista que novelista, aunque la narración se empeñe en recordarnos que Hemingway escribiera o mejor, comenzara a escribir El viejo y el mar, su mejor obra, dicen algunos, en el Hotel Ambos Mundos. No obstante, se rememora la vida que pretendió y de hecho llevó para que, por suerte, deviniera un sujeto de pensamiento sobre y para el mundo.
Hemingway bebió, comió, cazó y deseó mucho. Amó vivir tanto en sus persecuciones y muertes de animales como en los jugueteos momentáneos en distintos lechos. Esto último no se dice ni siquiera,se sugiere porque el documental no es hagiográfico, aunque sí bastante benévolo. Lo importante es que el hombre aventurero, sin dejar de serlo, se impuso un rigor casi diario sobre cómo escribir —lo hacía de pie—. Lo que no supuso que lo hiciera mejor que sentado o que lograra más calidad de páginas que Faulkner. Mas Hemingway hizo lo suyo y el mundo lo reconoce.
Fausto Canel intenta que el espectador se interese en el ser humano antes que en el artífice de relatos reconocidos. Para ello tiende a la cifra de acontecimientos de determinadas etapas: los primeros años de vida de su protagonista, los años de la Primera Guerra Mundial, la década del 30 en Europa, sobre todo España. En su intento de condensar un tiempo a través de fotografías, imágenes de archivos en general y fragmentos de películas clásicas, el documental de 20 minutos se aleja a ratos de su centro. El director busca la atmósfera previa a la escritura de los libros y ella, con frecuencia, sombrea al hombre de letras. El escritor y la persona se funden con los pasajes elegidos, incluso aquellos que registran su imagen o voz.
Este es uno de los primeros acercamientos al Hemingway del Caribe, al simpatizante de izquierda y al aplatanado que cambió en Cuba e incluso antes: “Finalmente los tiempos lo penetraron y él dijo: ‘Un hombre solo no vale nada’ y se fue a luchar en la guerra española”. Cuando pareciera seguir un orden sucesivo, el audiovisual fluctúa otra vez entre pasado y presente. Es significativo que Cuba no se quedara detrás en ofrecer su retrato del escritor mundial.
En 1919 viajaba por los ferrocarriles de Italia. En los cuarteles
generales del partido le entregaron un trozo de hule escrito con lápiz
indeleble en donde se decía que se trataba de un camarada que en
Budapest había sido muy perseguido y castigado por los reaccionarios, y
al mismo tiempo se pedía a los camaradas que lo ayudasen en cualquier
forma. Lo usaba en vez de billete. Era muy tímido y muy joven y los
guardafrenos lo pasaban de una línea a otra. Como no tenía dinero, le
daban de comer detrás del mostrador de los restaurantes de las
estaciones.
Le encantaba Italia. Decía que era un país hermoso, de habitantes muy
cordiales. Estuvo en muchas ciudades. Anduvo mucho y vio muchos
cuadros. Compró reproducciones de Giotto, Masaccio y Piero della
Francesca, que llevaba envueltas en un ejemplar de Avanti. Mantegna no le gustaba.
Se me presentó en Bolonia y lo llevé conmigo a la Romana, donde yo
tenía que entrevistar a cierta personalidad. Hicimos un viaje agradable
en la época más propicia: los primeros días de septiembre. El muchacho
simpático era húngaro y era muy tímido. Los hombres de Horthy le habían
hecho algunas cosas desagradables, pero de eso habló poco. A pesar de lo
que sucedía en Hungría, creía con fervor en la revolución mundial.
—¿Y cómo marcha el movimiento en Italia? —me preguntó.
—Muy mal —le contesté.
—Pero mejorará —dijo—. Aquí tienen de todo. Es el único país que
ofrece cierta seguridad. Será el punto de partida de lo que va a venir.
No expresé mi opinión.
En Bolonia nos dijo adiós antes de tomar el tren para Milán y Aosta,
desde donde iba a atravesar solo el paso que lo llevaría a Suiza. Le
hablé de los cuadros de Mantegna que había en Milán.
—No —me respondió con su apocamiento característico—, Mantegna no me gusta.
En un papel le escribí la dirección de varios camaradas de Milán y la
de un sitio donde podría comer. Me agradeció muchísimo lo que hacía por
él, pero ya estaba pensando en la travesía del paso. Estaba ansioso por
llevarla a cabo mientras duraba el buen tiempo. Adoraba las montañas
durante el otoño. La última noticia que tuve de él fue que los suizos lo
encarcelaron cerca de Sion.
REPORTAJE "SOFÍA, BULGARIA" (1978), DE DIMITRI PAPADIMOS
Dimitri
Papadimos (1918–1994) fue un fotógrafo griego conocido sobre todo por
sus evocadoras imágenes que capturan los paisajes tradicionales, la
arquitectura y la vida cotidiana de Grecia, Chipre y Oriente Medio a
mediados del siglo XX.
Dimitri
Papadimos se adentró en la producción cinematográfica en la década de
1950 tras formarse en cinematografía en París a finales de la década de
1930. Aprovechó su experiencia fotográfica para desempeñar funciones
tras las cámaras tanto en el cine griego como en el internacional.
El
archivo de Dimitri Papadimos, una colección exhaustiva de la obra del
fotógrafo, fue donado al Archivo Literario e Histórico Helénico (ELIA),
perteneciente a la Fundación Cultural del Banco Nacional de Grecia
(MIET), en otoño de 1994, poco después de su fallecimiento. La donación
fue realizada por su viuda, Liana Papadimou, y su hijo, Ioannis D.
Papadimos (Yani), de acuerdo con los deseos de Papadimos, e incluyó no
solo su material fotográfico, sino también correspondencia personal con
artistas y escritores, así como documentos relacionados con su
participación en la producción cinematográfica.
El reportaje "Sofía, Bulgaria" fue rodado en film de super 8 mm en Diciembre de 1978 en la capital de la República Popular de Bulgaria. El reportaje nos lleva de paseo por Sofía y nos muestra sus principales atracciones: los edificios, museos, monumentos y plazas más importantes.
Entre los principales edificios y monumentos se puede contemplar, entre otros, el Teatro del Ejército Búlgaro, la Catedral de Alexander Nevski, la Casa del Partido, el Monumento al Ejército Soviético, el Edificio de la Asamblea Nacional, el Monumento a los libertadores en la plaza de la Asamblea Nacional, el Mausoleo de Georgi Dimitrov o el Edificio de la Presidencia de la República.
Los últimos años de Karl Marx. Una biografía intelectual, 1881-1883
Musto, Marcello
Editorial: Debate
ISBN: 9788410433540
Páginas: 272
Fecha de la edición: 2025
(Re)descubriendo al Marx tardío
Los estudios sobre la evolución del
pensamiento de Marx en los últimos años de su vida están ayudando a
conocerlo mejor, y a ello ha contribuido, sin duda, la publicación de
nuevos documentos de ese periodo en la edición histórico-crítica en
marcha de las obras completas de Marx (MEGA). En el comentario de Marx en los márgenes, de Kevin B. Anderson, en esta misma revista ya nos referíamos a ello[1]
y mencionábamos entre esos trabajos el que lleva haciendo desde hace
tiempo Marcello Musto, quien recientemente también ha editado la
selección de textos El renacer de Marx. Nuevas interpretaciones y conceptos clave (Akal).
La obra que nos ocupa ahora es una buena
muestra del (re)conocimiento de “el último Marx”. Además, Marcello Musto
lo hace relacionando estrechamente la intensa actividad intelectual de
Marx con su propia trayectoria vital y sus relaciones familiares y de
amistad, en cuya correspondencia solía usar el apodo de Old Nick en lugar del más conocido de Moro.
El autor recuerda los difíciles y duros momentos que vivió y sufrió,
especialmente tras el fallecimiento de las dos Jenny, su compañera de
vida y una de sus hijas, mientras seguía agravándose su propio estado de
salud.
En el recorrido que hace este libro podemos
seguir cómo Marx se va adentrando en nuevos horizontes de investigación
a partir de su creciente interés por la antropología, junto a las
matemáticas, como es bien conocido. Es así como podemos ir comprobando
un reconocimiento de “las especificidades de las condiciones históricas”
en los distintos casos que analiza, distanciándose así de la concepción
unilineal de la historia, así como una mirada crítica, sin ambigüedad
alguna, de las políticas coloniales europeas.
Paralelamente, esa tarea aparece
estrechamente asociada a su condición de “ciudadano del mundo”, lo que
le conduce a seguir de cerca los acontecimientos internacionales y a
tomar posición ante ellos. Así ocurre con su preocupación por los
conflictos entre trabajadores, relacionados con los diferentes procesos
migratorios en Estados Unidos, al igual que ya lo había hecho respecto a
Inglaterra en torno a la relación entre trabajadores ingleses e
irlandeses, apelando siempre a construir la solidaridad de clase por
encima de los diferentes orígenes nacionales.
Asimismo, vemos un Marx emplazado a
precisar más sus ideas y propuestas por muchos de sus seguidores en
torno a los objetivos por los que ha de aspirar el movimiento obrero, si
bien se muestra siempre reticente a dar recetas universales. Uno de los
ejemplos mencionados por Musto es la respuesta que da a la pregunta del
holandés Nieuwenhuis[2]
sobre cuál es su idea de la transición al comunismo, limitándose a
sostener que eso no se puede definir sin tener en cuenta “las
condiciones históricas en las que a cada uno le toca actuar”.
Sin embargo, tuvo que ser más concreto ante
peticiones como la del socialista Jules Guesde, en mayo de 1880, para
que contribuyera al programa electoral de los trabajadores franceses. En
su aportación consideraba, por ejemplo, que en su preámbulo debía
aparecer con claridad que “la emancipación de la clase productiva es la
de todos los seres humanos, sin distinción de sexo y raza”, y en los
objetivos a alcanzar incluía dentro del bloque de reivindicaciones la
“supresión de la deuda pública” y “la anulación de todos los contratos
de privatización de la propiedad pública (bancos, ferrocarriles, minas,
etcétera)”.
Sin duda, como lamentaba su amigo Engels,
ese interés por nuevos campos de investigación distrajo a Marx de su
labor destinada a completar El Capital, su obra magna. Pero es
que, como recuerda Musto, para Marx “la ley última del ser humano” es
“¡la lucha!”, y esa tarea no podía ser ajena a su preocupación por
influir en la evolución del movimiento obrero en distintas partes del
mundo, especialmente en “España, Rusia, Inglaterra y Estados Unidos”,
como manifestó en una entrevista en diciembre de 1878. En ella, por
cierto, insistía en que había que elaborar programas adaptados a las
dificultades específicas de cada país, ya que “el único punto en común
es la meta final”[3].
Con todo, es la cuestión del desarrollo del
capitalismo y el futuro de la comuna rural en Rusia, en torno a la que
mostraba interés desde hacía tiempo (hasta el punto de aprender la
lengua rusa), la que le continuó preocupando en su última etapa[4].
Lo hizo siempre en diálogo con el populismo ruso y sus principales
obras (entre ellas, la de Chernishevski, por quien manifestaría una
creciente admiración[5]),
así como mediante la correspondencia que mantuvo con diferentes
miembros de esa corriente, especialmente con Vera Zasúlich. La pregunta
que ella le hizo sobre el papel que podría tener la obshchina
en el camino hacia el socialismo en Rusia le obligaría a buscar una
respuesta suficientemente fundamentada, siendo buena prueba de ello los
sucesivos borradores que dedicó a esa tarea hasta acabar de dar con la
versión, más breve, definitiva.
Marx aborda ese debate, frente a quienes
como Mijailovski interpretan que pretende establecer una “teoría
filosófico-histórica” general, sosteniendo que su análisis del
desarrollo capitalista en Europa Occidental no tiene por qué ser
extrapolable a otras regiones del mundo. Es desde ese enfoque como asume
la hipótesis de que en el caso de que se abriera un proceso
revolucionario en Rusia, que fuera acompañado de otro en Europa, la obshchina podría constituir una base de la nueva sociedad socialista. Su prefacio, junto con Engels, a la edición rusa de 1882 del Manifiesto del Partido Comunista
sintetizaría en cierto modo esa respuesta cuando ambos sostienen que
“si la revolución rusa da la señal para una revolución proletaria en
Occidente, de modo que ambas se complementen, la actual propiedad común
de la tierra en Rusia podría servir de punto de partida a una evolución
comunista”.
Esta hipótesis, como ya sabemos, no llegó a
hacerse realidad, pero las reflexiones en torno a la misma sí permiten
ver en el Marx tardío, como también comentábamos a propósito del libro
antes mencionado de Kevin Anderson, su interés por la forma comuna en
distintas sociedades no occidentales y su apuesta clara por una
concepción multilineal de la historia, frente a la interpretación que ha
perdurado en la ortodoxia dominante durante mucho tiempo, pero también entre muchos de sus críticos.
Con todo, y gracias a aportaciones como el muy documentado y riguroso trabajo de Manuel Corbera (La comuna rural rusa ¿Una vía campesina alternativa hacia el socialismo?, Sylone y viento sur), disponemos hoy de un mayor conocimiento de los orígenes y de la evolución de la obshchina o mir
rusa. Corbera nos ofrece un análisis de sus fuerzas y sus debilidades,
evitando tanto la mitificación como la demonización que sufrió, hasta
que finalmente fuera eliminada definitivamente por Stalin en 1930 tras
la colectivización forzosa del campo.
Más allá de esta controversia, el trabajo
de Musto también ayuda a reconocer de nuevo la afinidad creciente que
llegó a mantener Marx con el populismo ruso, no sólo en el plano
teórico, sino incluso mostrando su solidaridad con la lucha de esta
corriente contra el zarismo ruso. Una relación, por cierto, que, como
reivindican en otra obra reciente Michael Löwy y Paul Guilibert (Marx Narodnik. Les populistes ruses, le communisme et l’avenir de la révolution),
es una referencia a tener en cuenta para la necesaria reconsideración
del papel de movimientos de defensa de la tierra, como los de las
comunidades indígenas o los de organizaciones como el MST brasileño y
Les soulévements de la terre en Francia, así como, ya desde una
perspectiva histórica más general, de la forma-comuna en general, como
lleva proponiendo Kristin Ross, en el marco de un proyecto
ecosocialista, feminista y anticapitalista.
El 2 de diciembre de 1881 llegaría la
muerte de la mujer que desde 1836 fue su compañera de vida, y al dolor
por la soledad en la que se sentía Marx se uniría el empeoramiento
progresivo de su salud. Fue ese motivo el que le llevó a su “último
viaje” a Argel, en donde le llamó la atención el distinto tipo de
relaciones sociales que observaba entre musulmanes, al mismo tiempo que
denunciaba los violentos abusos de los occidentales, como lo hizo
también frente a la invasión de Egipto por Gran Bretaña en 1882. Es en
esa etapa cuando también manifiesta su interés por las cuestiones
ambientales, en particular por los trabajos del socialista ucraniano
Podolinski, quien le transmitiría su “intento de armonizar [el concepto
de] plustrabajo con las actuales teorías físicas”. Un encuentro que no
tendría continuidad y que para ecologistas como Martínez Alier, como
recuerda Musto, fue “una ocasión fallida crucial en el diálogo entre
marxismo y ecología”. Una cuestión, la de la ecología en Marx, que
habría podido merecer más atención, pero que ya ha sido abordada en
trabajos de otros autores, como Foster o Saïto, con puntos de vista
diferentes. Fue entonces cuando también conoció el trabajo de Vasili
Vorosilov, seguidor de la obra de Marx y defensor de la tesis del
“privilegio del atraso”, que sería luego comentada críticamente por Rosa
Luxemburg.
A comienzos de 1883, la muerte de su hija
Jenny a los 38 años precedería a la de Marx el 14 de marzo de ese mismo
año. Ese día, escribió su gran amigo Engels, “la humanidad se ha visto
privada de una mente, la mente más importante que tenía hoy en día”.
Concluye así un trabajo que, acompañado de
una cronología y de las muy necesarias notas, es de fácil lectura y
cumple bien con su propósito de despertar interés en los que podemos
considerar aspectos más relevantes en la vida y la obra del Marx tardío.
Jaime Pastor es politólogo y miembro de la redacción de viento sur
[2]Sobre
este antiguo pastor protestante, fundador de la Liga Socialdemócrata
holandesa en 1878 y figura singular dentro de la Segunda Internacional
que evolucionó luego hacia el anarco-comunismo me remito a mi artículo
“El antimilitarismo en los orígenes del movimiento obrero. Domela
Nieuwenhuis”, Archipiélago, 7, 1990.
[3] “Entrevista a Karl Marx”, en Gustave Tridon (ed.), Espiando a Marx, El Viejo Topo, 2006, pp. 75-87.
[4] Ya en la obra coordinada por Teodor Shanin pudimos leer una buena antología: El Marx tardío y la vía rusa. Marx y la periferia del capitalismo, Editorial Revolución, 1990.
[5] Algo que subrayó también Francisco Fernández Buey en Marx (sin ismos), El Viejo Topo, 1998, pp. 220-221.
POEMA SINFÓNICO "EN NOMBRE DE LA PAZ", DE JOVDAT HAJIYEV
Ahmad Jovdat Ismayil oglu Hajiyev (18 de junio de 1917 - 18 de enero de 2002) fue un compositor y pedagogo azerbaiyano prominente durante la era soviética, conocido sobre todo por sus composiciones orquestales que integraban elementos folclóricos azerbaiyanos con estructuras sinfónicas. Uno de los pioneros de la música sinfónica en Azerbaiyán, fue autor de ocho sinfonías, y el poema sinfónico En nombre de la paz.
Bajo la influencia de las políticas culturales soviéticas, la obra de Hajiyev incluyó elementos temáticos alineados con las directrices estatales, como motivos patrióticos en sus sinfonías y el poema sinfónico En nombre de la paz (estrenado después de la Segunda Guerra Mundial), que abordaba narrativas sociopolíticas contemporáneas mediante una orquestación lírica. Si bien esta conformidad amplió el apoyo institucional a la música sinfónica —como lo demuestra su participación en conservatorios estatales y sus repetidos Premios Estatales de la URSS—, en ocasiones diluyó la expresión puramente nacional con matices ideológicos, como se observa en obras que enfatizan el heroísmo colectivista por encima de narrativas folclóricas puras.
Hajiyev fue galardonado con el Premio Estatal de la URSS en 1945 por la ópera Patria, compuesta en colaboración con Kara karayev, y recibió un segundo Premio Estatal de la URSS en 1952 por su poema sinfónico Por la paz. Estos honores reconocieron sus contribuciones a la música patriótica y sinfónica de la era soviética.
Posteriormente, Hajivev fue condecorado como Artista del Pueblo de la RSS de Azerbaiyán (1960).
El vídeo se corresponde con el concierto en conmemoración del 90 aniversario de Jovdat Hajiyev, dirigido por Rauf Abdullayev y la Baku Philharmonic Orchestra en 2007.