Capitalismo como religión (en alemán Kapitalismus als Religion) es un escrito inconcluso de Walter Benjamin, escrita en 1921.
El texto indaga en la naturaleza religiosa e inhumana del capitalismo: la identificación del pecado y la culpa religiosa y la deuda impuesta por el capitalismo ―el término alemán utilizado en el escrito Schuld significa a la vez deuda y culpa―.
El texto póstumo de Walter Benjamin del año 1921 está incluido en sus Obras Completas, Volumen VI (Gesammelte Schriften Band VI 100-103). La traducción al español es la siguiente:
Capitalismo como religión
En el Capitalismo hay que ver una religión. Esto significa que el
Capitalismo sirve esencialmente para satisfacer las mismas necesidades,
tormentos o inquietudes a las que antaño daban respuesta las llamadas
religiones.
Esa estructura religiosa del Capitalismo no es sólo similar a “una imagen de estilo religioso” (así pensaba Max Weber),
sino “un fenómeno esencialmente religioso”. Pero si hoy intentáramos
dar la prueba de esa estructura religiosa del Capitalismo, acabaríamos
en el callejón sin salida de una polémica universal y desmesurada. No
podemos abarcar la red en la que estamos; pero más tarde nos daremos
cuenta.
No obstante, hoy ya es posible reconocer tres rasgos de esa estructura religiosa del Capitalismo:
a) En primer lugar el Capitalismo es una religión puramente de culto, quizá la más cúltica que ha existido nunca. No tiene una teología dogmática específica: en él todo cobra significado sólo a través de una referencia inmediata al culto. Desde esta óptica adquiere el utilitarismo toda su coloración religiosa.
b) Un segundo rasgo del Capitalismo relacionado también con esa
concreción cultural, es la duración permanente del culto: el capitalismo
es como la celebración de un culto “sans trêve et sans merci” (sin
tregua y sin piedad). No hay en él “días laborables”, no hay un solo día
que no sea “día de fiesta”, en el sentido terrible de una ceremonia sacra superdesarrollada: es como el despliegue máximo de aquello que se venera.
c) En tercer lugar, se trata de un culto culpabilizador. El Capitalismo es quizás el primer caso de un culto que no es expiatorio
sino culpabilizador. A partir de aquí, este sistema religioso se ubica
en la explosión de un movimiento monstruoso: una terrible conciencia de culpa/deuda (Schuld
en alemán significa a la vez culpa y deuda) que no sabe liberarse, echa
mano del culto no para expiar la culpa sino para hacerla universal,
para grabarse en nuestra conciencia y, por último y ante todo, inmiscuir
al mismo Dios en esa culpa para acabar interesándole en la expiación.
La expiación, por tanto, no hay que esperarla ni del mismo culto, ni de
la reforma de esa religión (que siempre debe apoyarse en algo más seguro
que ella) ni en la apostasía
de ella. Más bien pertenece a la esencia de ese movimiento religioso
que es el Capitalismo el aguantar hasta el final: hasta la completa
culpabilización final de Dios, hasta la situación mundial de desesperación que ya hemos conseguido y en la cual todavía seguimos esperando.
Ahí reside lo históricamente inaudito del Capitalismo: que la religión
ya no significa la reforma de la vida sino su destrucción, la
desesperación se transforma así en el estado religioso del mundo, del
cual hay que esperar la salvación. La trascendencia
de Dios ha desaparecido, pero Dios no ha muerto sino que se ha
incrustado en el destino humano. Todo este cruzar el planeta-hombre por
la morada de la desesperación, con la soledad más absoluta en su camino,
es una actitud que deriva de Nietzsche: ese hombre es el superhombre, el primero que conoce la religión capitalista y comienza a practicarla.
Un cuarto rasgo es que el Dios (del capitalismo) debe quedar escondido.
Sólo puede ser invocado en el zenit de su culpabilización. El culto es
celebrado por una divinidad inexperta; y cada pensamiento o cada
representación de ella, destroza el misterio de su madurez.
También la teoría de Freud tiene que ver con el señorío clerical de ese culto. Lo reprimido, la representación pecaminosa y condenada es con mucho la analogía más luminosa del Capital que cobra intereses del infierno del inconsciente.
La forma del pensamiento religioso capitalista se encuentra (también) magníficamente expresada en la filosofía de Nietzsche. La idea del superhombre empuja el salto apocalíptico no hacia la conversión, la expiación, purificación o penitencia,
sino hacia un crecimiento constante que en sus últimos tramos se vuelve
explosivo y discontinuo. Por eso, crecimiento y desarrollo resultan
inconciliables (en el sentido del adagio “Natura non facit saltus”): el
superhombre es el hombre histórico, construido sin arrepentimiento y que
atraviesa el cielo. Esa destrucción del cielo por el crecimiento de la
capacidad dominadora del hombre, ya fue juzgada por Nietzsche como una culpabilización (deuda) religiosa; y sigue siendo eso.
Y algo parecido en Marx: ese capitalismo incapaz de convertirse, se transforma en socialismo a través de los intereses simples y compuestos, que son una función de la deuda/culpa (¡atención a la ambigüedad demoníaca de este concepto!).
El capitalismo es una religión del mero culto, sin dogma. El capitalismo
se ha desarrollado en Occidente —como se puede demostrar no sólo en el calvinismo, sino en el resto de las orientaciones cristianas ortodoxas— parasitariamente respecto del cristianismo de modo tal que, al final, su historia es en lo esencial la de su parásito,
el capitalismo. -Comparación entre las imágenes de los santos de las
distintas religiones, por un lado, y los billetes de los distintos
Estados, por otro- El espíritu que se expresa en la ornamentación de los
billetes.
Las preocupaciones: una enfermedad del espíritu que es propia de la
época capitalista. Situación espiritual (no material) sin salida que
(deviene) en pobreza, vagabundeo, mendicidad,
monacato de la vagancia. Una situación así, que carece de salida, es
culpabilizante. Las “preocupaciones” son el índice de la consciencia de
culpabilidad de la situación sin salida. Las "preocupaciones" nacen por
el miedo de que no haya salida, no material e individual, sino,
comunitaria.
En tiempos de la Reforma
el cristianismo no favoreció el advenimiento del capitalismo, sino que
se transformó en él. Metódicamente habría que investigar, en primer
lugar, qué vinculos estableció en cada momento el dinero con el mito, hasta que pudo atraerse hacia sí, tantos elementos míticos del cristianismo para constituir ya, el propio mito.
El precio de la sangre. Thesaurus de las buenas obras. El salario que se le debe al sacerdote. Pluto como dios de la riqueza.
Vínculo del dogma de la naturaleza resolutoria del saber y el
capitalismo -propiedad para nosotros que lo hace, a la vez, redentor y
verdugo-: el balance como saber redentor y destructor.
Contribuye al conocimiento del capitalismo como una religión el hacer
presente que, originalmente, el paganismo originario concebía la
religión, no como un “elevado interés moral” "superior", sino, como el
más inmediatamente práctico. En otras palabras, el paganismo fue tan
poco consciente, como el capitalismo actual, de su naturaleza “ideal”,
“trascendente”, y la comunidad pagana consideraban a los individuos
irreligiosos o heterodoxos de su comunidad como incapaces, igual que la burguesía actual considera a sus miembros no productivos.
Marcha lenta para los honores fúnebres que deben rendirse en Federation
Field el 20 de septiembre de 1790 a los ciudadanos que murieron en el
incidente de Nancy.
La
lenta y prolongada caída de la monarquía francesa durante la Revolución
Francesa tuvo varios momentos clave, comenzando con la toma de la
Bastilla.
A
continuación, la Guardia Francesa se amotinó y la familia real fue
trasladada por la fuerza del palacio de Versalles a París. Todo esto
ocurrió en 1789. En 1790 surgieron más problemas y, el 31 de agosto, la
guarnición de Nancy, en Francia, se amotinó. Si bien los altos mandos
del ejército eran mayoritariamente leales, los soldados rasos se estaban
convirtiendo en revolucionarios.
En
Nancy había tres regimientos: el Regimiento del Rey, un regimiento de
mercenarios suizos y la caballería del campamento. El Regimiento del Rey
exigió una auditoría de sus cuentas y, finalmente, se apoderó del
intendente y la caja de paga de la unidad. El coronel y los demás
oficiales fueron confinados al cuartel. Los mercenarios suizos siguieron
el mismo camino, lo que preocupó a los oficiales, ya que se creía que
los regimientos mercenarios eran los más leales. Los oficiales
mercenarios suizos lograron sofocar la rebelión y castigaron a los
malhechores obligándolos a pasar por el pasillo, donde el prisionero
debía correr entre dos filas de soldados que podían golpearlo
libremente. Esta disciplina generó más problemas. Finalmente, la
Asamblea de París decidió que el motín debía ser sofocado y exigió la
liberación de los oficiales y la entrega de los cabecillas.
Desafortunadamente, el Regimiento del Rey había cargado un cañón y
apuntado a las tropas gubernamentales. Un oficial subalterno, Désilles,
se interpuso frente al cañón para intentar impedir el disparo, pero fue
alcanzado y el cañón se disparó, matando a unos 60 soldados leales. Tras
tres horas de combate, se estima que el número final de muertos
ascendió a unos 500 soldados y civiles.
La
acción de Antoine-Joseph-Marc Désilles fue inmortalizada en un cuadro
de Jean-Jacques-François Le Barbier en 1794, que muestra a las tropas
gubernamentales entrando por la puerta y a los amotinados enfrentándose
al oficial que manejaba el cañón. En la parte superior derecha del muro
se puede apreciar la presencia de civiles.
Mientras
tanto, en París, se había establecido una milicia popular bajo el mando
del marqués de Lafayette, quien se había labrado una reputación durante
la Revolución Americana. Esta Guardia Nacional incluía una banda de 45
músicos, que posteriormente estuvo bajo la dirección del compositor François-Joseph Gossec. Este compuso numerosos himnos y obras nacionalistas para la banda. El
20 de septiembre se celebró una fiesta revolucionaria en el Campo de la
Federación en honor a los amotinados. Gossec compuso esta marcha para
la ocasión, y la obra, notable por su «estruendoso tam-tam, metales y
tambores, alternados con silencios, conmovían el alma hasta la
desesperación». La obra siguió siendo una pieza destacada de la
Revolución y se interpretó en funerales importantes y en el nuevo
entierro de Voltaire en el Panteón el 11 de julio de 1791.
El título completo de la obra de Gossec, Marche
lugubre pour les honneurs funèbres qui doivent être rendus au Champ de
la Fédération le 20septembre 1790 aux mânes des citoyens morts dans
l'affaire de Nancy
[Marcha lenta para los honores fúnebres que deben rendirse en
Federation Field el 20 de septiembre de 1790 a los ciudadanos que
murieron en el asunto de Nancy], nos dice todo lo que necesitamos saber.
Le Barbier: Le Courage héroïque du jeune Désilles, le 31 de agosto de 1790, à l'affaire de Nancy , (1794) (Musée de la Révolution française)
Reportaje «El mundo del mañana en Rumanía» emitido originalmente en BBC One el 24 de octubre de 1974.
En esta edición especial de El Mundo del Mañana, Raymond Baxter visita la República Socialista de Rumanía. Nos informa sobre diversos proyectos de investigación científica y tecnológica en el país, incluyendo la bicicleta eléctrica Elmo, la conservación de frescos, la industria aeronáutica rumana y la industria vitivinícola.
También visita la región de Sadova-Corabia, sede de uno de los proyectos de irrigación más grandes del mundo, cuyo objetivo es utilizar el agua del Danubio para transformar los áridos suelos de la llanura de Oltenia en tierras agrícolas productivas.
El artista alemán Max Lingner trasladó su residencia a París después de
la I Guerra Mundial, siendo colaborador gráfico de la revista semanal
Monde, donde acabó haciéndose cargo de la dirección artística.
Al comenzar la Segunda Guerra Mundial, al tener nacionalidad alemana,
fue internado por la autoridad francesa en el campo de Gurs. Lingner huyó del campo de Gurs, viviendo en Francia en la ilegalidad con
el nombre Marcel Lantier. En 1943 entró en la resistencia francesa,
viviendo de nuevo en París al ser liberada la ciudad.
Tras la liberación pintó esta versión del “Baile del 14 de julio” de un evento de baile nocturno en el Día Nacional Francés en 1945/1946, ciertamente todavía bajo la impresión de la liberación de Francia del nacionalsocialismo en agosto de 1944. Las mujeres y los hombres que bailan alegremente bajo las lámparas están en tonos blanco y negro. No solo por su color, la imagen tiene las características típicas de los dibujos a la prensa de Lingner: el fuerte énfasis en el contorno y la representación tipificada de las personas y el espacio circundante, que se limita a unas pocas líneas concisas, se destacan. Lingner ciertamente había encontrado la liberación de la ciudad como una felicidad especial después de su internamiento forzado y su vida en la ilegalidad. Ahora pudo reanudar su trabajo como artista de prensa para la “L’Humanité”, en el contexto de la cual esta obra también pudo haber sido creada.
Volvió a Alemania
(RDA) en 1949, siendo catedrático de pintura contemporánea de la escuela
superior de arte en Weissensee.
Sinopsis
Poema cinematográfico cuyo sentido recae en el título, Nosotros, que representa al pueblo armenio dentro de la especificidad de su historia -genocidio, repatriación- y unifica los aspectos de la vida cotidiana en la tierra natal.
Perturbadoramente poética e intensamente humanista, Nosotros muestra el
sufrimiento y la tragedia vivida por el pueblo armenio durante siglos.
Pero Nosotros es, en un sentido más amplio, un documento sobre
la heroicidad del día a día y la habilidad humana de sobrevivir a pesar
de todas las dificultades. "Hablar del pueblo armenio es una oportunidad
para poder hablar sobre el mundo entero, sobre el carácter de la
naturaleza humana. El pueblo armenio es tan solo un 'nosotros' dentro de
un 'Nosotros' mucho mayor". Artavazd Pelechian.
El entierro que aparece en el cortometraje documental Nosotros corresponde principalmente al funeral del célebre actor armenio Vagram Papazyan, fallecido en 1968. Peleshyan utilizó esta ceremonia como columna vertebral visual y emotiva, entrelazándola además con material de archivo de los funerales de otras grandes figuras armenias, como el poeta Avetik Isahakyan (fallecido en 1957) y el actor Hrachia Nersisyan (fallecido en 1961). Mediante su técnica característica de montaje a distancia, el director logró crear una secuencia coral y atemporal que representa el dolor y la resiliencia colectiva de todo un pueblo.
Tratado de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua entre la República Popular China y la República Popular Democrática de Corea
El "Tratado de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua entre República Popular China
y la República Popular Democrática de Corea", conocido abreviadamente
como el "Tratado de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua China-Corea
del Norte", es un tratado firmado en 1961 entre la República Popular
China y la República Popular Democrática de Corea. Garantiza
principalmente que, cuando una de las partes contratantes se encuentre
en estado de guerra, la otra parte contratante le brindará asistencia
militar total y de otro tipo.
El
Tratado de Amistad y Asistencia Mutua China-Corea del Norte fue firmado
en Pekín el 11 de julio de 1961 por el Primer Ministro del Consejo de
Estado de la República Popular China, Zhou Enlai, y el Primer Ministro
del Gabinete de la República Popular Democrática de Corea, Kim Il-sung.
El 23 de agosto del mismo año, después de ser aprobado por el Comité
Permanente de la Asamblea Popular Suprema de la República Popular
Democrática de Corea, y el 30 de agosto, tras ser ratificado por el
entonces Presidente de la República Popular China, Liu Shaoqi, ambas
partes intercambiaron los instrumentos de ratificación en Pyongyang, la
capital de Corea del Norte, el 10 de septiembre de 1961. De acuerdo con
lo dispuesto en el Artículo 7 del Tratado de Amistad, Cooperación y
Asistencia Mutua China-Corea del Norte, el tratado entró en vigor el 10
de septiembre de 1961.
Texto completo del Tratado
El
Presidente de la República Popular China y el Comité Permanente de la
Asamblea Popular Suprema de la República Popular Democrática de Corea,
convencidos de que el desarrollo y el fortalecimiento de las relaciones
de amistad, cooperación y asistencia mutua entre los dos países no solo
corresponden a los intereses fundamentales de los pueblos de ambos
países, sino que también responden a los intereses de los pueblos de
todos los países del mundo, con este propósito, han decidido celebrar el
presente Tratado y han designado a sus plenipotenciarios respectivos de
la siguiente manera:
El
Presidente de la República Popular China ha designado especialmente al
Primer Ministro del Consejo de Estado de la República Popular China,
Zhou Enlai;
El
Comité Permanente de la Asamblea Popular Suprema de la República
Popular Democrática de Corea ha designado especialmente al Primer
Ministro del Gabinete de la República Popular Democrática de Corea, Kim
Il-sung.
Habiendo
examinado mutuamente sus plenos poderes y hallándolos en buena y debida
forma, los plenipotenciarios de ambas partes han acordado los
siguientes artículos:
Artículo Primero
Las
dos Partes Contratantes continuarán haciendo todos los esfuerzos
posibles para salvaguardar la paz en Asia y en el mundo y la seguridad
de los pueblos de todos los países.
Artículo Segundo
Las
dos Partes Contratantes se comprometen a adoptar conjuntamente todas
las medidas para prevenir la agresión de cualquier país contra
cualquiera de las dos Partes Contratantes. En caso de que una de las
Partes Contratantes sufra un ataque armado por parte de cualquier país o
de varios países en coalición, y por consiguiente se encuentre en
estado de guerra, la otra Parte Contratante le prestará inmediatamente
asistencia militar y de otro tipo con todos los medios a su alcance.
Artículo Tercero
Ninguna
de las dos Partes Contratantes concluirá ninguna alianza dirigida
contra la otra Parte Contratante, ni participará en ninguna agrupación,
acción o medida dirigida contra la otra Parte Contratante.
Artículo Cuatro
Las
dos Partes Contratantes continuarán consultándose sobre todos los
importantes problemas internacionales que conciernen a los intereses
comunes de ambos países.
Artículo Cinco
Las
dos Partes Contratantes continuarán, de conformidad con los principios
de respeto mutuo a la soberanía, no intervención en los asuntos
internos, igualdad y beneficio mutuo, y en el espíritu de la amistad y
la cooperación, prestándose toda la ayuda económica y técnica posible en
la causa de la construcción socialista de sus respectivos países;
continuarán consolidando y desarrollando la cooperación económica,
cultural, científica y técnica entre los dos países.
Artículo Seis
Las
dos Partes Contratantes consideran que la reunificación de Corea debe
realizarse sobre una base pacífica y democrática, y que tal solución
corresponde a los intereses nacionales del pueblo coreano y a los fines
de salvaguardar la paz en el Lejano Oriente.
Artículo Siete
El
presente Tratado está sujeto a ratificación y entrará en vigor en la
fecha del canje de los instrumentos de ratificación. El canje de los
instrumentos de ratificación tendrá lugar en Pyongyang.
El presente Tratado permanecerá en vigor mientras las dos Partes no lleguen a un acuerdo sobre su modificación o terminación.
Hecho
en Pekín el 11 de julio de 1961, en dos ejemplares, cada uno en los
idiomas chino y coreano, siendo ambos textos igualmente auténticos.
Por la República Popular China
Por la República Popular Democrática de Corea
Manifestación en Varsovia inspirada por los comunistas en 1920.
La Revolución Bolchevique y la Guerra con Polonia Blanca en Carteles
La guerra polaco-soviética o guerra ruso-polaca fue un conflicto armado que enfrentó a las repúblicas socialistas de Rusia y Ucrania de la aún no formada Unión Soviética con la Segunda República polaca y más tarde la República Popular Ucraniana desde el 14 de febrero de 1919 al 18 de marzo de 1921 cuando finalizó con el Tratado de Riga, repartiendo los territorios en disputa entre Polonia y la Rusia Soviética.
Aunque los problemas de armamento, equipo y entrenamiento del ejército
fueron decisivos para los continuos combates, el conflicto entre los
Estados también se reflejó en el nivel “psicológico”. En este capítulo,
estamos interesados en la dimensión propagandística expresada
visualmente en los carteles soviéticos.
El cartel 1 se titula el lema de que “El maestro del
mundo será el trabajo”; tiene un significado político y moral. Representa
un globo terráqueo con tierras, montañas y mares. En él se
coloca un martillo soviético con una hoz, que simboliza la alianza
obrero-campesina, bajo el lema “proletarios de todos los
países, uníos”. Sobre el globo, el sol brilla, que irradia a todos los
lados. Da una idea de un mundo feliz. A ambos lados del mundo hay
personajes masculinos. Uno de ellos es, sin duda, una persona instruida,
que escribe en papel. A la derecha, el trabajador. El mundo futuro será
un oasis de felicidad en el que todo el trabajo será satisfecho. El
mundo actual no da esa perspectiva. El objetivo es el trabajo y la
gente que trabaja en todo el mundo, y la Rusia soviética será la fuente
de este cambio.
El Póster 2 dice que la fuente del cambio será (en
el mundo de las ideas) el pensamiento de Karl Marx registrado en sus
obras. El cartel a continuación es un libro con la inscripción “Karl
Marx”, que se presenta como un “barco de rescate”
para todos aquellos sin esperanza. Sólo yendo con Marx en mente se puede
contar con una mejora en el destino. El mundo del futuro será el mundo
ahora excluido. El pensamiento de Marx sustituirá a la religión existente.
Su trabajo es una especie de "biblia" para un internacional comunista.
El cartel 3. ilustra la creencia de que el cambio en
el mundo tendrá lugar a través de las fuerzas del proletariado, que
bajo una bandera roja que simboliza la sangre de los trabajadores
cambiará las relaciones de clase predominantes. El cartel muestra
claramente una referencia a la teoría marxista de la lucha de clases.
Esto es entre los trabajadores y la burguesía pot los medios de
producción. Los eslóganes en el cartel dicen que "los trabajadores
ganarán el poder en Rusia", "los trabajadores ganarán poder en el
mundo". En la
esquina inferior derecha se pueden ver elegantemente vestidos
representantes de las clases del clero y de la burguesía, que huyen de
la manifestación proletaria. El mundo del futuro será privado de su
religión existente. El cartel hace referencia al legado del gran
"octubre".
El cartel 4 grita: “Al frente occidental. Todo por
la guerra. ¡Cualquier cosa por la victoria!” El cambio tendrá lugar en
el camino de la revolución, en el camino de la guerra. Aquí se puede ver
una gran figura de un trabajador que lleva balas enormes, en el fondo
un tren y muchos proletarios cargando bolsas y municiones en los
vagones. En un plano lejano, las chimeneas de las fábricas. Se puede
decir que toda la industria y las fuerzas humanas deben dedicarse a la guerra. El objetivo es el Frente Occidental. El objetivo
de la revolución es Occidente. El objetivo militar es de suma
importancia aquí.
Póster 5. “Alguien a tiempo”.El
cambio revolucionario es abrazar a Rusia y al mundo. En el cartel se puede ver a un campesino que, con
una cara claramente satisfecha, con una amplia guadaña, corta la cabeza del “amo polaco” y al General Wrangler.
Los enemigos de la revolución son, por lo tanto, los “blancos”
representados por el odiado aristócrata, el barón natal alemán báltico
Piotr Wrangl, y los caballeros polacos. El cartel expresa, por supuesto,
por un lado, la lucha de clases que tiene lugar en el marco de la
guerra civil.
Póster 6. “Wrangel sigue vivo. Mátalo sin piedad”.
Un cartel que pide una represión despiadada contra la contrarrevolución.
Particularmente expuestas fueron la figura golpeando con
fuerza y determinación, y la mano extendida del general “blanco”, que
debe cortarse.
Pósteres 7-8, prueba que el “Señor polaco” es el tema de muchos carteles del agitprop soviético.
La figura de un noble alcista, gordo y bigote, con un traje nacional
(aquí: en carmesí), con un sable y un cuchillo en sus manos se
representa casi como un aliado importante de la contrarrevolución. En el
cartel de abajo, está acompañado por un capitalista ruso y un
terrateniente. Los tres se representan sin simpatía. Junto a ellos, el
personaje principal del cartel es un desertor del ejército rojo, que
hace una impresión de estar aterrorizado. La inscripción en el cartel
dice: “El desertor abre el camino para el maestro polaco. El señor
polaco está detrás de él, un terrateniente ruso y un capitalista. Los
terratenientes y los capitalistas traen hambre y esclavitud a los
campesinos y a los trabajadores. Desertar, el enemigo de los obreros y
campesinos. El desertor que abre la "puerta a la casa" es un traidor
condenable, al igual que los terratenientes y los capitalistas. El
cartel junto a él también se refiere a la “traición”. Esta vez, sin
embargo, el compañero ruso está siguiendo al “amo polaco”. El campesino
no debe olvidar esto.
El cartel 9. desarrolla el motivo de la Polonia presentada como un cerdo doméstico rosa, que porta una tarjeta babeada con la inscripción “fronteras de 1772”. La inscripción en
la parte inferior es "un cerdo, entrenado en París", sostenido en sus
manos por "Francia". Polonia se presenta como un animal impuro
(babeando) siguiendo las órdenes de Francia. Polonia perteneciente a
Occidente es, como tal, condenable.
Carteles 10-11. “Entente bajo la máscara de la paz”.
La “paz” en el mundo es solo apariencia. La entente se representa
como un hombre físicamente vulgar, con colmillos depredadores, labios y
mejillas prominentes, ojos abultados. Debajo de la delicada máscara hay
quizás un "vampiro" burgués que bebe sangre proletaria. Junto a ella hay
un cartel que muestra un barco con una Francia contrarrevolucionaria y
su bandera en el mástil (?). Sin embargo, este barco debe estrellarse
contra una roca, que es la Rusia soviética, que es una “fortaleza
inmóvil”.
Cartel 12 ilustra la guerra contra la
“burguesía”, la Polonia “blanca” entrenada por el “Oeste”
(Francia), que resultó de la orden de la lucha de clases destinada a
llevar la revolución comunista a Occidente. El cartel llama a
los obreros y campesinos (los soviéticos) a apresurarse con la ayuda de
sus hermanos, los obreros y los campesinos. El “depredador
polaco” es visible aquí, es decir, el Águila Blanca, que simboliza a Polonia, colocado en su escudo de armas. Sus garras se pegan en el pecho expuesto de un soldado
soviético herido.
"De la construcción de la muralla china" es un célebre relato de Franz Kafka publicado póstumamente. No se trata de un relato histórico sobre la construcción real de la Gran Muralla, sino de una reflexión literaria en la que aborda la desmesurada y fragmentada construcción de la muralla como metáfora de un poder imperial inalcanzable, la incomunicación y el absurdo de las burocracias masivas, donde los obreros trabajan aislados sin conocer el propósito exacto de la colosal obra.
El relato se caracteriza por los siguientes elementos principales:
El método de construcción: En lugar de levantarse linealmente, la muralla se construye por tramos inconexos y aislados (desde el sureste y el suroeste). Esto se ideó para mantener la moral y el entusiasmo de los trabajadores, ya que los grupos veían cómo sus secciones avanzaban hasta unirse con otros equipos, dispersos a lo largo de distancias inmensas.
La figura del Emperador: Las órdenes provienen de una "Suprema Conducción". El Emperador es una figura lejana, casi mítica y abstracta; habita en el interior del palacio imperial y está desconectado de su pueblo, por lo que el mandato real llega como un testamento milenario.
El absurdo y la burocracia: La vastedad de la obra y el sistema fragmentado generan una gran duda: ¿tendrá la muralla huecos y discontinuidades? Esta incertidumbre nunca puede resolverse debido a la inmensidad del territorio, simbolizando la incapacidad del individuo para comprender la totalidad de un sistema o las decisiones de la autoridad.
La lealtad popular: El pueblo acata la construcción con una devoción casi religiosa, asumiendo que el sentido de sus vidas está ligado a proteger al Imperio, incluso si la muralla pudiera resultar inútil en la práctica.
De la construcción de la Muralla China
El extremo norte de la Muralla China ya está concluido. Dos secciones convergieron allí, del sureste y del suroeste. Ese sistema de construcción parcial fue
aplicado también en menor escala por los dos grandes ejércitos de
trabajadores, el oriental y el occidental. Este era el procedimiento: se
formaban grupos de unos veinte trabajadores, que tenían a su cargo una
extensión cercana a los quinientos metros, mientras otros grupos
edificaban un trozo de muralla de longitud igual que se encontraba con
el primero. Una vez producida la unión, no se seguía la construcción a
partir de los mil metros edificados: los dos grupos de obreros eran
destinados a otras regiones donde se repetía la operación. Naturalmente
que con ese procedimiento quedaron grandes espacios abiertos que
tardaron muchísimo en cerrarse: algunos lo fueron años después de
proclamarse oficialmente que la Muralla estaba concluida. Se afirma que hay espacios vacíos que nunca se edificaron; aseveración,
sin embargo, que es tal vez una de las tantas leyendas a que dio
origen la Muralla y que ningún hombre puede verificar con sus ojos, dada
la magnitud de la obra.
Se pensaría de antemano que hubiese sido
mejor en todo sentido construir la Muralla seguidamente o, por lo menos,
seguidamente dentro de las dos secciones principales. La Muralla, como
universalmente se proclamó y como nadie ignora, había sido concebida
como una defensa contra las naciones del Norte. Pero, ¿qué defensa puede ofrecer una muralla discontinua? Ninguna,
y la Muralla misma está en incesante peligro. Esos pedazos de muralla
abandonados en mitad del desierto podían ser fácilmente abatidos por los
nómadas, ya que esas tribus, alarmadas por los trabajos de
construcción, cambiaban de terruño como langostas, con increíble
velocidad y lograban tal vez una mejor visión general de los progresos
de la Muralla que nosotros los constructores. Sin embargo, la obra se
hizo del único modo posible. Para entenderlo así debemos considerar
que la Muralla tenía que ser una defensa para los siglos que vendrían,
de ahí que la edificación más escrupulosa, la aplicación de la
sabiduría arquitectónica de todas las épocas y de todos los pueblos y el
sentimiento perenne de la responsabilidad personal en los
constructores, eran indispensables para la obra. Es verdad que
para las tareas más subalternas podían emplearse obreros ignorantes
—hombres, mujeres, niños, llevados por el mero interés—, pero ya un
capataz de cuatro obreros debía ser un hombre versado en albañilería, un
hombre que en el fondo del corazón sintiera la importancia de la obra.
Cuanto más alto el cargo, mayor la exigencia. Y tales hombres existían,
quizá no todos los requeridos por la obra, pero sí muy numerosos. El
trabajo no había sido emprendido a la ligera. Medio siglo antes de
empezarlo, la arquitectura y la albañilería, en particular, habían sido
proclamadas en toda China (que se pensaba amurallar) las más importantes de las ciencias,
y las otras no eran reconocidas sino en cuanto se relacionaban con
ellas. Recuerdo todavía que nosotros, niños aún, nos agrupábamos en el
jardín del maestro para levantar con piedritas una especie de muro, y
que el maestro se remangaba la túnica, arremetía contra el muro, lo
hacía pedazos y vociferaba tan fuertes reproches acerca de la fragilidad
de la obra que nosotros huíamos llorando en busca de nuestros padres.
Un episodio mínimo, pero típico del espíritu de la época. Yo tuve la
suerte de que la iniciación de la obra coincidiera con mis veinte años y
con los últimos exámenes de la escuela primaria. Digo la suerte porque
muchos que ya habían completado sus estudios se pasaron la vida sin
poder aplicar sus conocimientos y vagaban sin rumbo, con la cabeza llena de vastos planes arquitectónicos, sin oportunidad ni esperanzas.
Pero aquellos otros que lograron puestos de capataces, siquiera en la
categoría inferior, eran en verdad dignos de su trabajo. Eran albañiles
que habían meditado muchísimo sobre la obra y que no cesaban de hacerlo:
hombres que desde la primera piedra que enterraron se sintieron parte
de la Muralla. Es natural que en tales albañiles alentara no sólo la
voluntad de trabajar concienzudamente sino la impaciencia de ver concluida la obra.
El obrero ignora esas impaciencias porque no le interesa más que el
salario. Los jefes superiores, y aun los intermedios, ven mucho del
crecimiento múltiple de la obra para mantener en alto el espíritu. Pero
con los subalternos, hombres espiritualmente superiores a sus tareas
aparentemente triviales, era preciso proceder de otro modo: imposible
tenerlos durante meses o tal vez durante años acumulando piedra sobre
piedra en una montaña desierta, a centenares de millas de su hogar; la
futilidad de un trabajo, que excedía el término natural de la vida de un
hombre, los hubiera incapacitado para la obra. Por eso fue elegido el
sistema de construcción parcial. Quinientos metros solían completarse en
cinco años; al cabo de ese tiempo los capataces quedaban exhaustos y
habían perdido la confianza en sí mismos, en la Muralla y en el mundo.
Entonces, en plena exaltación de las fiestas que celebraban los mil
metros ejecutados, los destinaban muy lejos. En la travesía divisaban
aquí y allá trozos de Muralla concluidos, pasaban por altas jefaturas
donde les entregaban premios honoríficos, escuchaban el júbilo de los
nuevos ejércitos laboriosos que llegaban de los confines del país, veían
bosques talados para apuntalar la Muralla, veían las montañas hechas
canteras y escuchaban los himnos de los fieles en los santuarios rogando
por la feliz culminación de la empresa. Todo eso aplacaba su impaciencia.
La vida tranquila de sus hogares, donde acostumbraban descansar un
tiempo, los fortalecía; el respeto que infundían, la credulidad piadosa
con que eran recibidas sus palabras, la fe de los humildes ciudadanos en
la pronta conclusión de la obra, todo eso retemplaba las fibras de su
alma. Como niños eternamente esperanzados decían adiós a sus hogares; el
anhelo de volver al trabajo colectivo era irresistible. Emprendían
viaje antes de lo necesario; media aldea los acompañaba un largo trecho.
En todos los caminos había grupos, arcos de triunfo, banderas; no
habían visto jamás que grande, rica, amable y hermosa era su patria. Cada compatriota era un hermano para el que levantaban una muralla protectora y que les agradecería toda su vida,
con todo lo que tenía y lo que era. ¡Unidad! ¡Unidad! Hombro contra
hombro, una cadena de hermanos, una sangre no ya encerrada en la
mezquina circulación del cuerpo, sino circulando con dulzura y sin
embargo regresando sin fin a través de la China infinita.
Se justifica así el sistema de
construcción parcial, pero también había otras razones. No es extraño
que me demore tanto en este punto; por trivial que parezca a primera
vista, se trata de un problema esencial de la edificación de la Muralla.
Para comunicar y hacer comprensibles las ideas y experiencias de
aquella época, nunca insistiré lo bastante en esta cuestión.
No hay que olvidar que en aquel tiempo se
realizaron cosas apenas inferiores a la erección de la Torre de Babel,
pero de la que diferían mucho —si nuestros cálculos humanos no yerran—
en lo que respecta a la aprobación divina. Digo esto, porque en los días
iniciales de la obra un letrado compuso un libro que desarrollaba
precisamente ese paralelo. Ese libro quería demostrar que el fracaso
de la Torre de Babel no se debía a las razones que generalmente se
aducen o mejor dicho, que esas conocidas razones no eran las esenciales.
Sus pruebas no sólo se apoyaban en informes y documentos: pretendía
haber hecho investigaciones en el sitio mismo y haber descubierto que la
Torre se malogró —y tenía que malograrse— a causa de lo débil de sus
cimientos. Pero en ese aspecto nuestro tiempo era muy superior a aquel
remoto pasado. Casi no había un contemporáneo educado que no fuera
albañil de profesión e infalible en materia de cimientos. No era esto,
sin embargo, lo que el escritor pretendía demostrar; su tesis era que la Gran Muralla ofrecería por primera vez en la historia una base segura para una nueva Torre de Babel.
Primero la Muralla, por consiguiente; luego la Torre. El libro estaba
en todas las manos, pero debo admitir que hasta el día de hoy no acabo
de comprender su concepción de la Torre. ¿Como entender que la Muralla,
que ni siquiera formaba un círculo, sino una especie de arco o
semicírculo, fuera la base de una torre? Claro está que todo eso puede
encerrar algún sentido simbólico. Pero entonces, ¿a qué levantar la
Muralla, que al fin y al cabo era algo concreto, que exigía la vida y la
labor de innumerables hombres? ¿Y a qué los plano de la torre —planos
un tanto nebulosos, en verdad— y los diversos proyectos para encauzar
las energías del Imperio en esa gigantesca empresa?
Había entonces —este libro es sólo un ejemplo— mucha confusión mental, quizás engendrada por el hecho de que tantos hombres persiguieran un mismo fin.
La naturaleza humana, esencialmente voluble, inestable como el viento,
no tolera que se la sujete; forcejea contra las ataduras que ella misma
se ha impuesto y acaba por romperlas a todas, a la muralla y a sí misma.
Es muy posible que esas consideraciones
adversas a la edificación de la Muralla no dejaran de influir en las
autoridades al optar estas por el sistema de contribución parcial.
Nosotros —ahora pretendo hablar en nombre de muchos— realmente no
sabíamos quiénes éramos haber estudiado los decretos de la Dirección y
habernos convencido de que sin ella nuestra sabiduría aprendida y
nuestro entendimiento natural hubieran sido insuficientes para las
humildes tareas que ejecutamos dentro de la vastísima obra. En el
despacho de la Dirección —dónde estaba y quiénes estaban, eso lo han
ignorado y lo ignoran cuántos he interrogado—, en ese despacho se
agitaban, sin duda, todos los pensamientos y todos los deseos humanos e
inversamente todas las metas y todas las plenitudes. Por la ventana
abierta caía un esplendor de mundos divinos sobre las manos que trazaban los planos.
Por consiguiente, el observador imparcial
debe admitir que la Dirección, si se hubiera empeñado en ello, hubiese
podido vencer las circunstancias que se oponían a un sistema de
construcción continua. Es decir; debemos admitir que la Dirección eligió
deliberadamente el sistema de construcción parcial. La construcción
parcial, sin embargo, era un mero expediente y, por lo tanto,
inadecuado. ¿Eligió entonces la Dirección un medio inadecuado? ¡Extraña
conclusión! Sin duda, pero desde cierto punto de vista puede
justificarse. Tal vez ahora lo podemos discutir sin peligro, en esos
días la máxima secreta de muchos, y aun de los mejores, era ésta: trata de comprender con todas tus fuerzas las órdenes de la Dirección, pero sólo hasta cierto punto; luego, deja de meditar. Una
máxima de lo más razonable, que se desarrolló en una parábola que logró
mucha difusión: Deja de meditar, pero no porque pueda perjudicarte, ya
que tampoco hay la seguridad de que pueda perjudicarte; las ideas de perjuicio y de no perjuicio nada tienen que ver con el asunto.
Te sucederá lo que al río en la primavera. El río crece, se hace más
caudaloso, alimenta la tierra de sus riberas, y guarda su propio
carácter hasta penetrar en el mar que lo recibe agradecido, trata de
comprender hasta ese punto las órdenes de la Dirección. Pero otras
veces el río anega sus riberas, pierde su forma, demora su curso, ensaya
contra su destino la formación de pequeños mares tierra adentro,
perjudica los campos, y, sin embargo, no puede mantener ese nivel y
acaba por volver a sus riberas para secarse miserablemente cuando llega
el verano. No quieras penetrar demasiado las órdenes de la Dirección.
Por acertada que fuera esa parábola
durante la construcción de la Muralla, sólo tiene un valor muy relativo
en el informe que preparo. Mi indagación es puramente histórica; ya se
han desvanecido los relámpagos de esa remota tempestad, y yo no me
propongo otra cosa que dar una explicación del sistema de construcción
parcial, una explicación más profunda que las que satisficieron
entonces. Los límites que me impone mi inteligencia son estrechos, pero la materia que deberé abarcar, infinita.
¿De quienes iba a resguardarnos la Gran
Muralla? De los pueblos del Norte. Yo vengo del Sureste de China. Ningún
pueblo del Norte nos amenaza. Leemos las historias antiguas, y las
crueldades que esos pueblos cometen siguiendo sus instintos nos hacen
suspirar bajo nuestros pacíficos árboles. En las auténticas figuras de
los pintores vemos esos rostros crueles, esas fauces abiertas, esas
mandíbulas ceñidas de dientes puntiagudos, esos ojitos entornados que
parecen buscar carne débil para el brillo de sus dientes. Cuando los
niños se portan mal les mostramos esas figuras y ellos se refugian en
nuestros brazos. Pero eso es todo lo que sabemos de esos hombres del
Norte. Nunca los hemos visto y si permanecemos en nuestra aldea no los
veremos nunca, aunque resolvieran precipitarse sobre nosotros al galope
tendido de sus caballos salvajes… demasiado vasta es la tierra y no los dejaría acercarse… su carrera se estrellaría en el vacío.
Entonces ¿por qué razón abandonamos
nuestros hogares, el río y los puentes, la madre y el padre, la mujer
deshecha en lágrimas, los niños sin amparo, y fuimos a la ciudad lejana a
estudiar y nuestros pensamientos aún más lejos, hasta la Muralla que
está en el Norte? ¿Por qué? La Dirección lo sabe. Nuestros jefes nos
conocen bien. Agitados por ansiedades gigantescas, lo saben todo acerca
de nosotros, conocen nuestros pequeños quehaceres, nos ven reunidos en
humildes cabañas y aprueban o desaprueban el rezo que el padre de
familia eleva en las tardes rodeado por los suyos. Si me fuera permitido
otro juicio sobre la Dirección, diría que es muy antigua y que no ha
sido congregada de golpe, como los grandes mandarines que se reúnen
movidos por un sueño y ya esa misma tarde sacan de sus camas al pueblo
redoblando tambores y lo arrean a una iluminación en honor de un dios
que ayer ha favorecido a sus Señorías y que mañana, apenas apagados los
faroles, será relegado a un oscuro rincón. Prefiero sospechar que la
Dirección no es menos antigua que el mundo y asimismo que la decisión de
hacer la Muralla. ¡Inconscientes pueblos del Norte que imaginaban ser el motivo! ¡Venerable,
inconsciente Emperador que imaginó haberlo decretado! Los constructores
de la Muralla conocemos la verdad y callamos.
Desde la construcción de la Muralla hasta
el día de hoy, me he entregado casi exclusivamente a la historia
comparativa de las naciones —hay determinados problemas que no es
posible penetrar sino por este método— y he llegado a la conclusión de
que los chinos estamos dotados de algunas instituciones sociales y
políticas cuya claridad es incomparable, y también de otras cuya
oscuridad es desmesurada. El deseo de investigar las causas de esos
fenómenos (especialmente los últimos) no me abandona nunca, ya que la
construcción de la Muralla guarda una relación esencial con esas
cuestiones.
La más oscura de nuestras instituciones es indudablemente el Imperio. Por
cierto que en Pekín, en la Corte, hay alguna claridad sobre esa
materia, pero esa misma claridad es más ilusoria que real. En las
universidades, los profesores de derecho y de historia afirman su
conocimiento exacto del tema y su capacidad de comunicarlo. A medida que
uno desciende a las escuelas elementales, van desapareciendo las dudas,
y una cultura superficial infla monstruosamente unos pocos preceptos
seculares, que a pesar de no haber perdido nada de su eterna verdad,
resultan indescifrables en ese polvo y en esa niebla.
Precisamente sobre el imperio convendría
que el pueblo fuera interrogado, ya que el Imperio tiene en el pueblo su
último sostén. Es verdad que sobre este punto yo sólo puedo hablar de
mi aldea. Descontadas las divinidades agrarias cuyas ceremonias ocupan
el año de un modo tan bello y variado, sólo pensamos en el Emperador. No
en el Emperador actual; para ello tendríamos que saber quién es o algo
determinado sobre él. Hemos tratado siempre —no tenemos otra curiosidad—
de conseguir algún dato, pero, por raro que parezca, nos ha resultado
casi imposible descubrir algo, tanto de los peregrinos, que han andado
por muchas tierras, como de las aldeas vecinas o remotas, o de los
marineros, que no sólo han remontado nuestros arroyos, sino los ríos
sagrados. Uno oye muchas cosas, es verdad, pero nada resulta seguro,
indiscutible.
Nuestra tierra es tan grande que no existe cuento de hadas que pueda encerrar su grandeza. El cielo mismo apenas la abarca, y Pekín es un punto y el palacio imperial es menos que un punto.
El Emperador, como tal, está sobre todas las jerarquías del mundo. Pero
el Emperador, individualmente, es un hombre como nosotros, que duerme
como un hombre en una cama que tal vez es amplísima, pero que tal vez es
corta y angosta. Como nosotros, a veces se acuesta y cuando está muy
cansado bosteza con su boca delicada. Pero nosotros, que habitamos al
Sur, a millares de leguas, casi en los contrafuertes de la meseta
tibetana, ¿qué podemos saber de todo eso? Además, aunque nos llegaran
noticias, nos llegarían atrasadas, absurdas. En torno del Emperador se
reúne una brillante y sin embargo oscura muchedumbre de cortesanos
—maldad y hostilidad disfrazadas de amigos y servidores—, el contrapeso
del poder imperial, perpetuamente dirigiendo al Emperador dardos
envenenados. El Imperio es eterno, pero el Emperador vacila y se
tambalea; dinastías enteras se derrumban y mueren en un solo estertor.
De esas batallas y esas luchas no sabrá nada el pueblo; es corno el retrasado forastero que no pasa del fondo de una atestada calle lateral, mientras en la plaza central están ejecutando al rey.
Hay una parábola que describe muy bien esa
relación. El emperador —así dicen— te ha enviado a ti, el solitario, el
más miserable de sus súbditos, la sombra que ha huido a la más distante
lejanía, microscópica ante el sol imperial ¡justamente a ti, el
Emperador te ha enviado un mensaje desde su lecho de muerte. Hizo
arrodillar al mensajero junto a su cama y le susurró el mensaje al oído;
tan importante le parecía, que se lo hizo repetir. Asintiendo con la
cabeza, corroboró la exactitud de la repetición. Y ante la muchedumbre
reunida para contemplar su muerte —todas las paredes que interceptaban
la vista habían sido derribadas, y sobre la amplia y alta curva de la
gran escalinata formaban un círculo los grandes del Imperio—, ante
todos, ordenó al mensajero que partiera. El mensajero partió en el acto;
un hombre robusto e, incansable; extendiendo primero un brazo, luego el
otro, se abre paso a través de la multitud; cuando encuentra un
obstáculo, se señala sobre el pecho el signo del sol; adelanta mucho más
fácilmente que ningún otro. Pero la multitud es muy grande; sus
alojamientos son infinitos. Si ante él se abriera el campo libre, como
volaría, que pronto oirías el glorioso sonido de sus puños contra tu
puerta. Pero, en cambio, qué vanos son sus esfuerzos; todavía está
abriéndose paso a través de las cámaras del palacio central; no acabará de atravesarlas nunca; y si terminara, no habría adelantado mucho;
todavía tendría que esforzarse para descender las escaleras; y si lo
consiguiera, no habría adelantado mucho; tendría que cruzar los patios: y
después de los patios el segundo palacio circundante; y nuevamente las
escaleras y los patios; y nuevamente un palacio: y así durante miles de
años; y cuando finalmente atravesara la última puerta —pero esto nunca,
nunca podría suceder todavía le faltaría cruzar la capital, el centro
del mundo, donde su escoria se amontona prodigiosamente. Nadie podría
abrirse paso a través de ella, y menos aún con el mensaje de un muerto.
Pero tú te sientas junto a tu ventana, y te lo imaginas cuando cae la
noche.
Así, de modo tan desesperado y tan
esperanzado a la vez, es como mira nuestro pueblo al Emperador. No sabe
que Emperador reina, y hasta el nombre de la dinastía está en duda. En
la escuela se enseñan en orden las dinastías, pero la incertidumbre
general es tan grande que hasta los mejores letrados se dejan arrastrar
por ella. Emperadores muertos hace siglos suben al trono en nuestras
aldeas y la proclamación de un emperador que sólo perdura en las
epopeyas fue leída frente al altar por un sacerdote. Batallas de la
historia más antigua son recientes para nosotros, y un vecino trae la
noticia con la cara encendida. Las mujeres de los emperadores, ociosas
entre sus almohadones de seda, desviadas de la noble tradición por
cortesanos viles, henchidas de ambición, violentas de codicia,
desaforadas de lujuria, repiten y vuelven a repetir sus abominaciones.
Cuanto más tiempo ha transcurrido, más terribles y vivos son los colores
y con temor nuestra aldea recibe la noticia de que una emperatriz (hace
miles de años) bebió la sangre del marido a grandes tragos.
Así están cerca de nuestro pueblo los emperadores antiguos, pero al que vive lo juzgan entre los muertos.
Si alguna vez, alguna rarísima vez, un funcionario imperial, que
recorre las provincias, cae por azar en nuestra aldea, y nos transmite
algunos decretos y examina las listas de los impuestos, preside los
exámenes, interroga al sacerdote, y antes de ascender a su litera,
dirige algunos reproches a los asistentes, entonces una sonrisa alegra
las caras, todos se miran a hurtadillas y la gente se inclina sobre los
niños, para que el funcionario no se de cuenta. “¿Cómo? —piensa — :
habla de un muerto como si aún estuviera vivo; ese Emperador ha muerto
hace tiempo, la dinastía se ha extinguido, el señor funcionario nos está
gastando una broma, pero no nos daremos por aludidos, -para no
ofenderlo. Pero realmente no acataremos sino al Emperador actual, porque
proceder de otro modo sería un desacato.” Y al desaparecer la litera
surge como señor del pueblo una sombra que arbitrariamente exaltamos y
que habitó, sin duda, una urna ya hecha cenizas.
Paralelamente nuestro pueblo suele
interesarse muy poco en las agitaciones civiles o en las guerras
contemporáneas. Recuerdo un incidente de mi juventud. Había estallado
una revuelta en una provincia limítrofe pero muy apartada. No recuerdo
las causas de la revuelta, ni éstas importan: ahora las causas sobran
cuando la gente es revoltosa. Un pordiosero que venía de esa provincia,
trajo a la casa de mi padre una proclama publicada por los rebeldes.
Casualmente era un día de fiesta, la casa estaba llena de invitados, el
sacerdote ocupaba el sitio de honor y miró la proclama. De golpe todos
se reían, en la confusión la hoja se hizo pedazos, el pordiosero que
había recibido abundantes limosnas fue expulsado a golpes, los huéspedes
salieron a gozar del hermoso día. ¿La razón? El dialecto de esa
provincia limítrofe difiere esencialmente del nuestro y esa disparidad
se manifiesta en algunas formas del idioma escrito que tienen un
carácter arcaico para nosotros. Apenas hubo leído el sacerdote un par de
líneas, nuestra decisión estaba tomada. Viejas cosas, contadas hace tiempo, hace tiempo cicatrizadas.
Y aunque —así me lo asegura el recuerdo— la actualidad hablaba
palmariamente por boca del pordiosero, todos movían la cabeza y reían y
rehusaban escuchar más. Tan inclinado está nuestro pueblo a ignorar el
presente.
Si de todos estos hechos se deduce que
carecemos de emperador, no se estará muy lejos de la verdad. Lo digo y
lo repito: no hay pueblo más fiel al Emperador que nuestro pueblo del
Sur, pero de nada le sirve al Emperador nuestra fidelidad. Es cierto que
el dragón sagrado está en su pedestal a la entrada de nuestra aldea, y
desde que los hombres son hombres ha dirigido hacia Pekín su aliento de
fuego, pero Pekín es más inconcebible para nosotros que la otra vida.
¿Existiría realmente una aldea de casas encimadas que cubre un espacio
superior al que domina nuestro cerro, y será posible que entre esas
casas haya hombres hacinados todo el día y toda la noche? Menos difícil
que figurarnos esa ciudad es pensar que Pekín y su Emperador son una
sola cosa: una tranquila nube, digamos, que gira eternamente cerca del
sol.
De semejantes opiniones resulta una vida
relativamente libre y despreocupada. De modo alguno una vida inmoral: no
he hallado en mis peregrinajes una pureza de costumbres como la de mi
aldea. Pero es una vida, con todo, que no sabe de leyes contemporáneas, y
sólo reconoce las exhortaciones y los avisos que vienen de tiempos
remotos.
No hago generalizaciones y no pretendo que
sucede lo mismo en las mil aldeas de nuestra provincia o en las
quinientas provincias del Imperio. El examen de muchos documentos,
corroborado por mis observaciones personales, las vastas muchedumbres
movilizadas para levantar la Muralla, daban a los hombres sensibles
ocasión de recorrer casi todas las provincias; esa examen —repito— me
permite afirmar que la concepción general del Emperador concuerda esencialmente con la que se tiene en mi aldea.
No afirmo que esa concepción sea una virtud: todo lo contrario. Es
indudable que la responsabilidad principal le incumbe al gobierno, que
en este Imperio —el más antiguo de la tierra— no ha conseguido o no ha
querido desarrollar las instituciones imperiales con la justeza
necesaria para que su influencia llegue directa e incesantemente a los
límites extremos del país. Por otra parte, el pueblo adolece de una
debilidad de imaginación o de fe que le impide levantar al Imperio de su
postración en Pekín y estrecharlo con amor contra su pecho leal, aunque
en el fondo no ambiciona otra cosa que sentir ese contacto y morir.
En consecuencia, nuestra concepción del
Emperador no es una virtud. Tanto más raro es que esa misma debilidad
sea una de las mayores fuerzas aglutinantes de nuestro pueblo;
constituye, si me permiten la expresión, el suelo que pisamos.
Declararlo un defecto esencial, importaría no sólo hacer vacilar las
conciencias, sino también los pies. Y por eso no deseo continuar
examinando este problema.
Dmitri Kabalevsky (1904-1987) nació el 30 de diciembre de 1904 en San Petersburgo.
Kabalevsky participa en la organización de la Unión de Compositores Soviéticos,
desde su fundación en 1932, en su sección de Moscú. Durante el mismo
año se convierte en profesor adjunto de composición en el Conservatorio
de Moscú.
Como comisionado por el Comité Soviético para la defensa de la paz,
Kabalevsky visita variados países, entre ellos la China, Finlandia,
Polonia, Hungría, Austria, Francia y la Gran Bretaña. Durante el verano
de 1966 realiza un viaje cultural a los Estados Unidos, dando clases,
entre otros lugares, en el National Music Camp de Interlochen en Michigan.
Durante su vida recibe diversas condecoraciones, entre ellas el Premio Lenin en 1972 y la Orden de los héroes del trabajo socialista en 1974.
Además fue secretario de la «Unión de Compositores de la URSS» (1940),
redactor de la revista «Soviétskaya Múzyka» (Música Soviética), premiado
en cuatro ediciones del Premio Stalin de Estado (1946, 1949, 1951, y
1966), Artista del Pueblo en 1963, Presidente del Consejo Científico de
Estética pedagógica en la «Academia de las Ciencias Pedagógicas de la
URSS» (1969) y Presidente de la «International Society of Musical
Association» (1972).
Kabalevsky murió en Moscú el 18 de febrero de 1987.
Militante del PCUS, acató las orientaciones de la política oficial en materia de creación artística
Siguiendo la línea del Realismo Socialista, en 1947 empieza la ópera "La Familia de Taras"Op.47, terminada y estrenada en Leningrado en 1950. Está basada en la novela corta "Los Invictos" escrita en 1944 por Boris Gorbatov (1908-1954), un corresponsal del diario Pravda, experimentado en las luchas partisanas y del Komsomol
en el norte de Rusia durante la invasión nazi. Una obra que rinde
tributo al heroísmo del pueblo ruso frente a los invasores nazis. El
personaje de Nastia, una joven heroica Komsomol tuvo una especial empatía con el compositor, utilizando varios de los temas dedicados a ella en su última sinfonía.
Una obra cuya acción transcurre en el tiempo en que
Ucrania se encontraba ocupada por los nazis. El abuelo Taras se queda en
la retaguardia al cargo de una familia sin padre. La primera desgracia
ocurre cuando una nuera sucumbe a los brutales métodos utilizados por
los alemanes. Luego un hijo prisionero de guerra se rinde al enemigo. El
odio de Taras por su cobardía lo fuerza a regresar al frente. Más tarde
el honor del viejo es defendido por su hija adolescente Nastia, que se
une a los partisanos y es ahorcada por los alemanes por participar en
actos terroristas.
El vídeo recoge las siguientes escenas seleccionadas:
En los años sesenta y setenta, una ola de revueltas recorrió el mundo en respuesta al creciente dominio de la mercancía y el Estado sobre todos los aspectos de la vida. El situacionismo fue decisivo en ese levantamiento, y su huella en Mayo del 68 marcó para siempre la crítica más radical a la condición moderna. Sus raíces no estaban en el movimiento obrero, sino en las vanguardias artísticas del siglo xx: el dadaísmo, el surrealismo, el letrismo, etc. Artistas disidentes, a medio camino entre la rebeldía y la transgresión, con un programa rupturista: rechazar las condiciones de vida impuestas al hombre moderno, tanto en las sociedades capitalistas avanzadas como en los regímenes que se consideraban comunistas, y experimentar formas de existencia verdaderamente nuevas.
Este libro analiza con rigor las raíces culturales de las teorías y prácticas situacionistas y rastrea su legado plural y contradictorio, entre los intelectuales posmodernos y el arte contemporáneo, entre los estrategas del poder neocapitalista y los movimientos de resistencia de nuestros días. Porque el situacionismo sigue siendo una de las críticas más lúcidas y perturbadoras de la modernidad.