
En 1935 se funda el Comité de escritores para la
defensa de la cultura del que Tristan Tzara llega a ser secretario
general y que convoca en 1937 su segundo congreso en la ciudad de
Valencia. Allí se reúnen cerca de 80 intelectuales y artistas
provenientes de todo el mundo. Entre ellos como ponentes Bergamin y
Alberti.
El
primer Congreso había tenido lugar en París en junio de 1935. La
inauguración tuvo lugar en el Salón de Sesiones del ayuntamiento de
Valencia por parte del presidente republicano Juan Negrín. El congreso
se convirtió, por razones obvias, en un «acto de oposición a la barbarie
fascista». Tzara, situándose por encima de esta situación lee
uno de sus ensayos más importantes, titulado El individuo y la conciencia del escritor. Es
una defensa de la poesía como modo de vida y no como una mera profesión
u oficio literario. Lo que podría llamarse en términos existencialistas
como literatura comprometida.
"EL INDIVIDUO Y LA CONCIENCIA DEL ESCRITOR", DE TRISTAN TZARA
El debate de tipo intelectual que actualmente se plantea con mayor insistencia es el de la conciencia: la conciencia del escritor y la conciencia que el escritor debe despertar en el lector.
Estos dos aspectos o caras de un mismo y único problema, se confunden cuando son afrontados desde su ángulo actual,
porque, aunque la adquisición de conciencia ha sido el centro de todas
las preocupaciones de la razón desde que el hombre piensa, en los
diferentes estados de su desarrollo, no hay que identificar las cómodas
clasificaciones y las operaciones del espíritu destinadas a estudiar el
problema con los datos reales de su naturaleza, tal como los ofrece el
hombre actual en su raciocinio.
Es verdad que la mayoría de los
escritores, por sus orígenes y por su pertenencia al mundo de las ideas
en el que vivían, hasta ahora se mantuvieron apartados de las luchas
sociales.
En todo caso pudo influirles el carácter afectivo de
estas luchas. Pero en el instante en que esas luchas latentes se
transforman en luchas dinámicas, en ese instante revolucionario que hace
estallar las guerras, ante la conflagración general de todos los
elementos de una civilización, el escritor, si no quiere correr el
riesgo de desaparecer como tal, debe tomar postura. Incluso su silencio o
las preocupaciones aparentemente alejadas de la actualidad están
cargados de significado. Más o menos legible ese significado no puede
desaprovechar convertirse en una realidad histórica objetiva.
Hemos
visto,¡ay!, escritores que regresan a una torre de marfil que desde
hace mucho tiempo su razón ha abominado. Hemos visto, en nombre de
idéntica razón, a escritores refugiarse, si no en una indiferencia ante
los acontecimientos, sí, al menos en un estado de espíritu donde la
justicia y la humanidad no tienen nada que hacer y que, bajo la
insensibilidad de una balanza de tipo puramente mecánico, oculta su
horror ante cualquier participación activa. El avestruz que hunde su
cabeza en la arena para no saber lo que pasa ha vuelto a estar
especialmente de moda.
Cuando no se trata de dejadez o
inconsciencia, tenemos quehacer allí, con el espíritu de “no
intervención” adaptado a la forma afectiva del mundo de las ideas. Toda
la juventud, y por consecuencia el porvenir inmediato de la humanidad,
es unánime en condenar este falso espíritu. ¿Quiénes son hoy los
escritores que, basando su escepticismo sobre una ideología pacifista o
antimilitarista, aplican íntegramente los preceptos formulados en
régimen burgués, a un estado de cosas que precisamente representa la
voluntad de transformación de este régimen? Son los mismos que,
deteniendo, podríamos decir, en su carrera, una época revuelta, intentan
justificar como revolucionario lo que hace mucho ha dejado de serlo.
Nos
encontramos de nuevo en presencia de descontentos e insatisfechos que
aplican los mismos descontentos, las mismas insatisfacciones de una
época anterior a acontecimientos que han rebasado hace mucho sus
objetivos. Olvidan que el mundo es un incesante cambio, un movimiento
continuo. Lo propio de las épocas revolucionarias es que esos cambios
sean rápidos. La espontaneidad de estos cambios, su brusco movimiento,
abren las compuertas a razones inesperadas, a energías latentes.
El
reconocimiento de estos fenómenos sociales, ante los que el escritor no
puede permanecer indiferente, implica por su parte el reconocimiento de
una conciencia revolucionaria. Ésta se ubica,
en relación con la conciencia pacífica de las épocas
pre-revolucionarias, en un nivel superior. Nada podría destruir la
indivisibilidad del espíritu humano. Establecer en este terreno una
separación artificial sería ir contra la naturaleza de las cosas.
La razón humana es una e indivisible
y sus relaciones con la vida deben ser constantes. ¿Cuántas veces hemos
oído decir que la libertad de conciencia es un bien sagrado de la
humanidad y que se trata, en no importa qué circunstancias, de salvaguardarla? Sí, éste es nuestro deber, pero ¿de qué libertad se trata y de qué conciencia?
No
tenemos derecho a trasmutar el debate. ¿Acaso es la libertad, en nombre
de una abstracción generosa, pero abstracción al fin y al cabo, quien
socava los fundamentos de un porvenir cuyo sentido ya se adivina? ¿Acaso
no sabemos ya suficientemente que la libertad que usurpa la libertad de
otro individuo se denomina tiranía? ¿Acaso no es la peor tiranía la de
los instintos incontrolables que, según satisfacciones puntuales, pone
en juego el destino de esta misma libertad que exigimos para los
pueblos, para las comunidades, para los individuos?
Hay, pues, una gran confusión por desvelar entre aquellos que proclaman la libertad de conciencia a cualquier precio,
porque por un lado, la libertad no podría ser limitada por las
necesidades sociales del momento, siempre en transformación y por el
otro, la conciencia misma cambia de contenido en cada fase de la
historia.
Aunque permanece idéntico el fin por alcanzar, la
dignidad del hombre en libertad y conciencia, sería un crimen aplicar a
unas épocas revolucionarias no sé qué principios paradisíacos de
reivindicaciones inmediatas que la realidad de las cosas hace imposibles
o perniciosas.
Por esta razón la palabra puede convertirse en un
arma más terrible que los más potentes cañones. Sé hasta qué punto, para
un ser sensible, el conflicto puede llegar a ser agudo, entre la
conciencia del objetivo por alcanzar y el paso necesario para ese
objetivo. No se trata de menoscabar al hombre, de castrarlo, sino, al
contrario, de enriquecerlo, de conducirlo hacia la plenitud.
No se
trata de renuncias, se trata únicamente de hacer patente el triunfo en
dignidad de la persona humana. Yo he visto en los frentes de España,
campesinos que, en grado extremo, renunciaron a lo que tenían, y que,
habiendo adquirido ese minimum de conciencia de ser también
hombres, puesto que esto es lo que les fue negado durante siglos de
opresión, se sintieron suficientemente maduros para en adelante
sacrificar sus vidas impresas de esta nueva dignidad.
No nos
equivoquemos, la tarea que nos espera no es solamente de tipo teórico :
además de la adquisición de una conciencia revolucionaria en el
escritor, es preciso suscitar en las masas la conciencia de la cualidad
de hombre y el deseo de lograr la dignidad y hacer patente ante los
hombres el sentido de esa dignidad.
Las masas son fluctuantes, el papel del escritor es enorme en la batalla que debe librar para destruir su indiferencia.
El
poeta, ya lo dije, es un hombre de acción, hasta ahora ha rechazado su
deseo de acción y lo ha sublimado para crearse un mundo donde la
plenitud del hombre podía seguir su libre curso. Pero era un mundo
privado que presentaba pocas posibilidades de contacto con los restantes
mundos vecinos.
Tras los trágicos acontecimientos, pero cuán
plenos de esperanza, que surcan la tierra española y alzan el espíritu a
alturas de una inefable pureza, hemos visto a estos mismos poetas
identificarse con la lucha.
Esta pelea ha sido la solución a sus
conflictos internos. En lo sucesivo nada les impedirá luchar hasta la
victoria total, y esta victoria será una luz nueva que brillará en el
horizonte del mundo entero como una señal definitiva de todas las
victorias, se trata todavía de conseguir y también de merecer.
Traducción de Manuel Puertas
Fuente: Canibaal