sábado, 10 de octubre de 2026

"MARÍA (ELEGÍA CAMPESINA)", DOCUMENTAL DE ALEXANDER SOKUROV

Título: María. Elegia campesina
Dirección: Alexander Sokurov
Director de fotografía: Alexander Burov
Sonido: Mijail Podtakuy
Montaje: Leda Semenova
Producción: Estudio de Cine Documental de Leningrado (LDFS)
Año y país de producción: 1978-1988, Unión Soviética

Sokurov, el último poeta de la aldea

“Soy el último poeta de la aldea”; con este revelador verso comienza uno de los más bellos poemas escritos por Sergei Esenin, bautizado por muchos como el poeta esencialmente ruso, el más genuino representante lírico de la infinita, sentimental e insondable alma eslava. La aldea y la figura del campesino o “mujik” -el propio Esenin era uno de ellos-, y el inmenso  misterio que exhala, siempre fue un motivo de fascinación espiritual y creativa  para el arte, la literatura y el pensamiento ruso. Por lo tanto, no debe extrañarnos que Alexander Sokurov acudiera a la recóndita aldea  de Vedenino para filmar su primer documental (El último día de un verano lluvioso, 1978) y, transcurrida una década, retornara con el mismo equipo para retratar el vacío dibujado por el  trágico fallecimiento de María Voinova, la campesina donde volcó su mirada en el primer viaje. Así compuso su primera elegía: María, elegía campesina, 1978-88.

Los planos que abren el film nos muestran las manos y el rostro de María, en los que observamos cómo el ímprobo trabajo del campo ha esculpido profundas huellas en su piel. Se trata de un breve instante de descanso, pues inmediatamente continúa con la manipulación del cáñamo -podemos atisbar la tierra incrustada en sus uñas-, el labor de labrado realizado con un tractor, la recogida del heno con sus compañeras y la separación y almacenamiento de éste, utilizando una  maquinaria enormemente arcaica. Nos sorprende descubrir que este arduo esfuerzo es perpetrado únicamente por heroicas y robustas mujeres, ni rastro de ningún hombre. En referencia a este hecho, resulta iluminadora la escena nocturna en la que se celebra una reunión de la comunidad de la aldea- de la cual María es una de sus líderes-, y un solitario varón reconoce la dureza del trabajo, más adecuada para la fuerza masculina; igualmente escuchamos como una de las campesinas preconiza que  “no temen al trabajo, ni siquiera al más duro”. La significación de estas sencillas palabras se amplifica si tenemos en cuenta que la  concepción del mundo campesino desde el ámbito cultural y artístico en Rusia, siempre estuvo desnuda de cualquier manto idílico, y, por el contrario, se mostró transida por el padecimiento y el sacrificio del hombre que combate con la Naturaleza para sobrevivir. Esta idea está sembrada en la totalidad del metraje de esta obra y, de esta forma, sonará un quejumbroso canto folklórico ruso que nos recordará que “el sufrimiento, las pérdidas y los sacrificios son un enjambre de sueños horribles” (1). Asimismo, muchas de las películas más relevantes del documental contemporáneo realizado en los territorios de la antigua URSS están atravesadas por este desgarrador sacrificio del hombre enraizado a la tierra; cómo olvidar la titánica voluntad de los aldeanos de Bread Day (Sergei Dvortsevoy,1998) empujando hasta quedar exánimes el vagón que contiene el pan; o la ancestral lucha de los pastores armenios de Las Estaciones (Artavazd Pelechian, 1975) para transportar el ganado. Resulta en este punto perentoria la siguiente afirmación de Raymond Depardon: “Cuando veo películas eslavas, films soviéticos, encuentro que en todos ellos hay una especie de elogio al dolor… el Este ha generado así un encuadre doloroso” (2).

No obstante, en este registro de la melodía de la vida que trascurre en esta atmósfera pastoral, también hay lugar para el sosiego. Son especialmente bellas las imágenes de María y su familia contemplando plácidamente las serenas aguas del Mar Negro, y disfrutando del baño en éstas, durante sus vacaciones.

Nos encontramos en los meses de verano -la primera pieza está puntuada por las sucesión de los tres meses veraniegos-, y los colores verde y dorado refulgen vívidamente en la Naturaleza circundante, igualmente revestida por la humedad de los últimos días lluviosos del estío. En este mirar poético el cineasta queda conmovido por la voz de la Naturaleza. Parece que su finalidad creadora fuera -valga el juego de palabras- retratar el verdadero rostro de la Natura a través de la filmación del paisaje; y, con igual empeño, retratar el alma de las campesinas a través de la filmación del paisaje de sus rostros. Entre la infinidad de planos que dedica a las formas que integran la riqueza natural de la zona, nunca con un afán de simple reproducción sino más bien de revelación de sus misterios, destacamos la lenta panorámica sobre grúa que se inicia en la orilla de un pequeño lago, en el que se refleja la vegetación que lo custodia, y remonta hasta el cielo; este movimiento ascensional es una clara huella técnica del espíritu trascendental de su cine. Lo cierto es que este binomio estilístico de abrazar el paisaje con panorámicas interminables y  de acercar la cámara para obtener primeros planos de los protagonistas es también  un recurso consubstancial a la poética documental de los autores  procedentes del Este de Europa (este acto de contemplar el paisaje natural y humano en alternancia de  planos generales y planos más detallados, queda perfectamente ilustrado en el film Landscape de Sergei Loznitsa).

La luminosidad que irradia la primera parte sólo queda socavada en una ocasión: la visita de María a la tumba de su hijo fallecido por un fatídico atropello. La luz crepuscular se filtra entre la arboleda y atisbamos como algunas lágrimas perlan  el adusto rostro de María. Sokurov suele detener su mirada en el ocaso; este instante melancólico del día estará preñado de un gran simbolismo en su cine. En esta escena concreta, el pausado apagamiento de la luz diurna parece anticipar que la vida de María también se extingue lentamente.

Han pasado diez años desde esta mágica experiencia cinematográfica, y Sokurov regresa con el mismo equipo al pueblo de Venedino. Se suceden una serie de planos de carretera que inician esta segunda obra. El invierno ha llegado,  los yermos eriales aparecen enlutados por un manto de nieve, el sol ha desaparecido, y el blanco y negro sustituirá  la rica variedad cromática empleada en la anterior estancia (este paisaje de muerte será manifestado plenariamente en una sublime panorámica de 360 grados). El conjunto de estos elementos nos anuncian que María ha muerto, y con ella gran parte del espíritu de la comunidad. El cineasta ruso consigue, tras superar numerosas trabas impuestas por las autoridades locales, proyectar las imágenes que allí filmaron algunos años atrás. La “voice over” de Sokurov nombra a los conocidos campesinos mientras la cámara nos muestra sus rostros abismados por el visionado de esta obra que ellos protagonizan (reconocemos al marido de María y a su hija, llamada Tamara); será muy significativo escuchar como afirma que María “aún no ha llegado”, por lo que no debemos buscarla todavía. En estas palabras se aloja un profundo pensamiento de este director acerca del poder del cine para curar la ausencia que brota de cualquier muerte. El propio autor asevera en una entrevista que “María murió hace mucho tiempo, pero su vida sigue corriendo” (3), en las imágenes fílmicas que cristalizaron eternamente su presencia, añadimos nosotros. Una vez finalizada la proyección, tomaremos definitivamente conciencia del fallecimiento de María gracias a la sucesión de fotografías que nos descubren su sencillo entierro y, de un modo más abrumador, su rostro, en el que ya está impresa la muerte. El uso de la imagen fotográfica -recurso tan afín a la gramática cinematográfica sokuroviana- adquiere en este caso una elevada significación pues, como nos reveló Roland Barthes en La cámara lúcida, la fotografía tiene a la muerte o lo fúnebre como elemento connatural; sólo alcanza su sentido con el paso del tiempo y la desaparición del sujeto referente fotografiado.

En estas pocas secuencias emerge de las profundidades de este réquiem fílmico, la condición elegíaca del cine de Alexander Sokurov, y con ésta los fundamentos subyacentes en su obra venidera: la poética de la ausencia, la nostalgia, la melancolía, la caída inexorable del tiempo,  la sublimación del dolor y, por encima de todos, la muerte inextricablemente entrelazada con la vida, y desgajada de cualquier concepción mórbida.

Antes de finalizar este viaje acudimos a la tumba de María, que aparece velada por un conjunto de abedules embozados de nieve (4), y quedamos cautivados con una secuencia de enorme lirismo, casi engarzado con lo litúrgico. De nuevo sentimos las solemnes palabras del director ruso expresándonos su deseo de volver algún tiempo después, y comprobar que la vida ha continuado su curso. Esta esperanza queda corporeizada visualmente en el hermoso plano de Tamara con su hija -nieta de María-, y la imagen de un verdeante bosque, tornasolado nuevamente por la luminosidad estival, que completa el ciclo cósmico latente en la obra; a la muerte invernal le sigue la vida que mana de la primavera y el verano.

Así, la muerte y el canto a la vida quedan armoniosamente imbricados en María, o como escribió el poeta Rilke (en relación a su obra Las Elegías de Dunio): “En las Elegías, la afirmación de la vida y la muerte son una misma cosa” (5).

(1) Gran parte de la música que escuchamos en el film pertenece a la tradición folklórica rusa y, dentro de ésta, destacamos las composiciones de Mijail Glinka, conocido como el padre de la música rusa.
(2) Frase extraída del catalogo del Festival Punto de Vista (Festival Internacional de cine documental de Navarra), que en la edición del 2008 dedicó una retrospectiva al cine documental postsoviético.
(3) Elegías visuales; Maldoror ediciones; 2004.
(4) El abedul, omnipresente en el imaginario de Sokurov, constituye un símbolo fundacional en Rusia y confiere a esta secuencia la dimensión telúrica tan adherida al cine de este cineasta; suele invocar  la belleza, el amor a la patria y, sobre todo, la Tierra.
(5) Rainer Maria Rilke; Prólogo a las Elegías de Dunio; Alianza Editorial; 2004.

Maxi Gandul Galiano

Fuente: Blogs & Docs

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viernes, 9 de octubre de 2026

"LA SIGNIFICACIÓN DE LA CULTURA", DISCURSO DEL CHE GUEVARA DE 1959, EN EL 59 ANIVERSARIO DE SU MUERTE

 

Discurso que pronunció el Che el 7 de octubre de 1959 durante un acto público en el Parque Central de La Habana con motivo de la inauguración de una Feria auspiciada por del Ministerio de Educación. Versión taquigráfica.

Mis queridos compañeros:

Yo venía invitado por el Ministerio de Educación para dar una charla pequeña a un grupo de niños –aunque no veo niños por ningún lado– he subido a este estrado para tener un diálogo con escolares sobre algún tema de interés para ellos acerca de lo que podría ser la significación de la cultura en estos momentos revolucionarios. Como el público no es el que esperaba, desarrollaré el tema, pero con algunas palabras diferentes.

Evidentemente, el tema de la significación de la cultura es algo que debe interesar a todos los sectores de la vida de una nación, en los momentos en que la revolución ha cumplido su primera etapa de derrocamiento del régimen adverso. En esta etapa constructiva, consistente en el desarrollo y aplicación de sus leyes revolucionarias y, por ende, de afirmación revolucionaria, surge inmediatamente el conflicto entre las ganas de hacer, y la capacidad técnica o cultural de hacer.

En todos los sectores se ha visto este fenómeno. La reforma agraria avanza a pasos gigantescos, pero cada día tenemos menos técnicos que sepan desarrollar su labor, que cumplen un trabajo técnico pero que no pueden llenar todas las necesidades que en estos momentos la reforma demandada al pueblo de Cuba.

Asimismo, el desarrollo industrial del país, que empieza a dar sus primeras manifestaciones, adolece de la misma dificultad.

Tenemos que ponernos de acuerdo [acerca de] lo que es la técnica y sobre lo que es la cultura. Evidentemente no es lo mismo la cultura que la técnica. La cultura es un saber fundamental o esencial del ser humano, que le sirve para acomodarse a todas las condiciones de la vida y para su satisfacción personal. La técnica, es el instrumento de trabajo, pero al mismo tiempo, una parte que, en este mundo moderno, mecanizado, científico, ocupa un papel importante. Por eso, en el desarrollo de la cultura de un pueblo, tienen que correr parejos, la enseñanza integral del individuo en cuanto a sus conocimientos y relaciones sociales, espíritu científico, y al mismo tiempo, la capacitación técnica.

La tarea que tiene por delante el Ministerio de Educación es de las más titánicas de todos los esfuerzos que estamos realizando, aunque sea más callada y no tan visible –y, sobre todo, aunque sus realizaciones– no se vean hoy, ni mañana.

El Ministerio de Educación, a través de todas sus distintas ramas, tiene que trabajar extraordinariamente para el futuro; tiene que trabajar sobre la niñez que se inicia hoy, tiene que desarrollar la cultura general, para que, dentro de diez, quince o veinte años, el individuo técnico sea un revolucionario y tenga un conocimiento cabal de todo el panorama de la nación y de sus relaciones con la humanidad.

A eso va la educación integral, a hacer de cada uno de nosotros aun siendo sujetos técnicos, si me permiten la palabra, un individuo que comprende el porqué de su situación dentro de la sociedad; por qué vive y desarrolla un esfuerzo y obtiene resultados de ese esfuerzo, y cómo deben encaminarlo para que sea más beneficioso a la colectividad.

Al mismo tiempo, es muy importante también ir al rescate de la nacionalidad. Las naciones con cultura propia son pueblos que, sin desdeñar ninguna enseñanza en el mundo, las transforma y convierte en algo muy propio, con un sabor distinto, inconfundible.

La tarea de los poderes coloniales en todo el mundo ha sido siempre ahogar la cultura autóctona de la nación; destruir las creencias propias de un pueblo e inculcarle la cultura de su país de origen, sus costumbres, etc. Esa invasión la hemos sentido también en Cuba en todas las más diferentes ramas de la vida del país. Se pueden ver siempre las tentativas de los poderes coloniales por transformarlo todo, adaptan todo a su tipo mental, formas de vida y de organización.

Precisamente nuestro ejército ha estado constituido, hasta hace pocos días, en que hemos iniciado una reorganización total, exactamente como si fuera una filial del ejército norteamericano. Nuestras fuerzas armadas constituidas por grandes combatientes, con una alta moral, pero con conocimientos técnicos adaptados a nuestra estrategia guerrera se insertaron en la vieja organización, y esta fría, trazada por los Estados Unidos, que no podría vivir sin ella, ha hecho resaltar las diferencias fundamentales entre nuestra nación, con un ejército pequeño y esa potencia inmensa, que tiene que defender, no solo sus fronteras, sino sus colonias, directas o indirectas.

En estos momentos en que la Revolución ha roto todos los viejos frenos del pasado, nos ha sido fácil romper la estructura del viejo ejército, no solo en los hombres, sino en la estructuración, que será cubana, aceptando experiencias de todos los lugares del mundo en que un pueblo haya luchado en forma de guerrillas por su liberación.

En la cultura es mucho más difícil esa lucha porque las manifestaciones han sido más sutiles, porque no ha habido barrera fuerte que se opusiera a los conceptos culturales que los coloniales habían establecido como buenos, se permeabilizó la resistencia a la invasión cultural sin que apenas la gente se diera cuenta.

Vemos cómo todos nosotros, los revolucionarios, los hombres que hemos cambiado el panorama de Cuba junto con el pueblo, todavía, sin embargo, acatamos algunas excentricidades artísticas, que son expresiones de una decadencia del espíritu, y cómo, en vez de leer las grandes obras de la literatura universal, leemos aun novelas de pistoleros y muñequitos. Esa es una peligrosísima forma de infiltración que nos va encerrando en moldes estrechos, limitando nuestra capacidad de comprender en mundo que nos rodea.

Hasta la más nimia de las obras llevan en sí un mensaje, y en ese caso es diferente al nuestro, constructivo, porque nosotros elevamos en estos momentos, como estandarte en la lucha de un pueblo por la consecución de sus más altos ideales, la reforma agraria, la cultura, la industrialización de país. Los muñequitos nos muestran historietas de sangre y barbarie. Frente al gran estímulo colectivo que impulsa a todo el pueblo unificado en el empeño de llevar adelante la reforma agraria, y otras obras vitales de la revolución, surgen los ejemplos de esos seres superdotados que pueden hacer las cosas más estrafalarias con un solo esfuerzo.

Ese mensaje lleva la intención de fraccionar al pueblo y mantenerlo dividido, va contra el espíritu colectivo. Todos nosotros sabemos, el pueblo entero lo sabe, pero, sobre todo, los que hemos luchado en la Sierra, la fuerza que da la cohesión de un grupo que piensa de la misma manera y lucha con el mismo empuje por idéntico ideal.

Frente a esa tarea de rescate de los valores espirituales de un pueblo, se afirma la necesidad de la cultura nacional. Por eso la labor del Ministerio, apoyando todas las obras literarias que tiendan a revalorizar los viejos valores de nuestra intelectualidad, que tiendan a dar a conocer al pueblo las obras siempre frescas de un Martí, es elogiosa y plausible.

Creo que, si de la pequeña charla de esta noche surgen en algunos de ustedes la idea de volver a ver, con la mentalidad adulta de hoy, todas aquellas obras del pasado que alguna vez leyeron con otra mentalidad, se habrá cumplido el principio de la tarea formidable que afronta el Ministerio.

No importa que todos lo hagan, conque hoy uno o dos, mañana más, y pasado otros lo hagan, se inicia el esfuerzo y un día podrán encontrarse con que es mucho mayor la satisfacción intelectual que se logra leyendo la palabra maravillosa de Martí y de la epopeya de la independencia, que leyendo esas historietas vacías que no llevan en sí ningún contenido constructivo para nuestro pueblo, como mensaje de cultura o de utilidad práctica.

Podría contarles los muchos ejemplos de la importancia que el poder colonial da a la cultura como instrumento de infiltración.

Vengo de un recorrido por países que han sido objetivos de un largo período de opresión y hemos visto la falsedad de nuestra perspectiva americana, viciada por esa cultura prefabricada, que nos hacían pensar en todos aquellos pueblos, llamados bárbaros, como viviendo aparentemente del recuerdo de la grandeza de civilizaciones extinguidas hace muchos años. Conservan esos pueblos aun hoy, sin embargo, sus valores populares y esos valores, revitalizados apenas a cinco o diez años (lapso mínimo) de independencia en la vida de un país, han alcanzado un grado extraordinario, como en el caso de Indonesia, que es de los más extraordinarios, por la originalidad y la fuerza de su cultura, que fuera mucho tiempo oprimida por el poder colonial actuante, el que, en cientos de años no hizo una fábrica, ni una escuela, ni un centro donde el arte popular se desarrollara; y es el arte, parte fundamental de la cultura. Nadie puede llamarse culto, sin algún contacto con él. No quiero decir que tenga que ser un productor de obras artísticas, pero sí tener algún contacto con la música y la literatura u otra manifestación del arte. Todo lo que tienda a llevar a la masa del pueblo el mensaje de un espíritu sereno, sublime, constructivo, contribuye a elevar la personalidad humana y a forjar la cultura. Y cuando se hace con un espíritu nacional, se redondea la gran obra, la gran tarea final; tener una cultura y un arte propios. Y esto no viene aislado, porque en este mundo nada hay aislado.

Todo está íntimamente ligado, no se puede avanzar en las cosas del espíritu si no se avanza en las cosas materiales, en el desarrollo económico, en la independencia política. El día que esto suceda, podrá decir Cuba, no que es una pequeña gran nación, como hoy, sino una gran nación con todas las letras, para que ese día llegue pronto, vamos a trabajar, estudiar fraternalmente, contribuyendo a la gran obra del gobierno revolucionario.

Fuente: Sembrar ideas 

jueves, 8 de octubre de 2026

"CONCIERTO PARA PIANO Nº 3" OP. 50 "JUVENTUD", TERCERA OBRA DE LA TRILOGÍA DE DMITRI KABALEVSKY DEDICADA A LA JUVENTUD SOVIÉTICA

"Concierto para piano nº 3", Op. 50 "Juventud" (1952)

El Concierto para piano n.º 3 en re mayor, Op. 50, "Juventud" (1952) es una obra alegre y accesible compuesta por el músico ruso Dmitri Kabalevsky como parte de su trilogía dedicada a los jóvenes intérpretes de la Unión Soviética

Demuestra virtuosismo sin exceder los límites de la capacidad técnica de un estudiante. El concierto, al igual que gran parte de la obra de Kabalevsky, es bastante convencional y diatónico, y se ciñe generalmente a las prácticas compositivas tradicionales. 

El primer movimiento comienza con una fanfarria dramática, seguida de una melodía expositiva rebosante de alegría. A pesar de tal júbilo, la obra presenta secciones de profunda introspección que evocan el estilo de Rajmáninov. Una vertiginosa cadencia para piano se sitúa en el centro de la pieza, precediendo a la recapitulación.

El segundo movimiento, de tiempo lento, es considerablemente más contenido que el primero y el tercero. Las notas en "pizzicato" de las cuerdas se mueven con sigilo en torno a la sombría melodía del piano; esta melodía, interpretada a dos voces, aparece duplicada a la distancia de una octava. El ambiente cambia rápidamente de lo solemne a lo sereno cuando una melodía pastoral, en la tonalidad pura de do mayor, emerge de la penumbra. En esa misma sección, la melodía modula a través de las notas de un acorde aumentado y se desarrolla en diversas texturas, incluido un pasaje resplandeciente —similar al arpa— al llegar a la tonalidad de la bemol mayor. El movimiento concluye con un descenso al estilo de Tchaikovski. 

El tercer movimiento es, una vez más, muy veloz. Regresa el carácter alegre del primer movimiento, pero con mayor brío y agilidad. Este aire juguetón se ve interrumpido por una marcha estricta pero elegante. Antes de la coda, reaparece con gran pompa y solemnidad un tema exuberante del primer movimiento.

miércoles, 7 de octubre de 2026

77 AÑOS DE LA FUNDACIÓN DE LA RDA

 

Discurso pronunciado por Egon Krenz, secretario general del SED y presidente del Consejo de Estado de la RDA en el otoño de 1989, en el evento “75 años de la RDA” organizado por Junge Welt en el cine Babylon de Berlín

Queridos presentes:

Mi saludo se dirige a todos los amigos, a todos los camaradas y a todos los simpatizantes que han venido a conmemorar la fundación de la República Democrática Alemana.

Fue el juramento de Buchenwald: nunca más la guerra, nunca más el fascismo, el fundamento sobre el que se fundó la RDA el 7 de octubre de 1949.

Saludo a los representantes de todas las edades, especialmente a aquellos que, como yo, vivieron la RDA desde el principio hasta el fin, y a usted, que ha dado gran parte de su fuerza vital, convencido de que fortaleciendo la RDA, haría el bien en Alemania para servir.

Son muchos los que apoyan a la RDA a pesar de los intentos de deslegitimarla, de modo que el jefe del grupo de investigación llamado «Estado SED», que no es precisamente amigo nuestro, tiene que admitir que hasta la fecha no ha podido «sacar a la RDA del corazón de la gente».

Los mayores siempre decían que la RDA era “nuestra casa”. Saludo cordialmente a ustedes, los nacidos después, que, a pesar de las calumnias y las numerosas falsificaciones históricas que también se pueden encontrar en los libros de texto escolares, se interesan por el Estado obrero y campesino alemán y su política.

En esta sociedad se encuentran muchas mentiras sobre nuestro Estado, que ya no existe. Pero puedo asegurarles: nosotros, que estábamos allí con el corazón, queríamos cambiar el mundo y crear una Alemania mejor.

Para que ninguna madre vuelva a llorar por su hijo. Lamentablemente, por muchas razones, incluida nuestra propia complicidad, todavía no hemos logrado hacerlo. Quedan muchas cosas sin terminar. Y sin embargo pienso: fuimos como pioneros, plantamos las semillas.

Ciertamente no viviremos para volver a ver la cosecha. Pero espero que sean usted y sus pares, sus hijos y sus nietos quienes no olviden que durante 40 años hubo un Estado antifascista en el este de Alemania que había aprendido las lecciones de dos guerras mundiales y ofrecía una alternativa real al capitalismo.

Por eso mi petición: preservar lo que queda del legado de la RDA. No hay riquezas en cuentas secretas. Son los valores sociales como el respeto, la empatía y la justicia los que apoyan y mantienen unida una sociedad justa, una sociedad en la que a las personas no se les permite ser los lobos de los demás.

Hazlo mejor que nosotros. Pero: cuando hable de nuestras debilidades, recuerde también el poema de Brecht “A los nacidos después”: “Pero tú, cuando llegue el momento, Ese hombre es una ayuda para el hombre. Recuérdanos Con paciencia.»

Queridos presentes, Hay muchas razones para que nos guste la RDA. Y también algunos para criticar duramente sus carencias. Pero sobre todo está la palabra paz. La RDA nunca fue a la guerra.

Era el estado de paz alemán. En este contexto, quisiera recordarles el telegrama estatal de Moscú al Presidente Wilhelm Pieck y al Primer Ministro Otto Grotewohl sobre la fundación de la RDA.

Lo cito porque expresa sucintamente la misión histórica de la RDA: «La formación de la República Alemana Democrática y Amante de la Paz es un punto de inflexión en la historia de Europa.» Y además: «No hay duda de que la existencia de una Alemania democrática y amante de la paz junto con la existencia de una Unión Soviética amante de la paz excluye la posibilidad de nuevas guerras en Europa».

Mientras existió la Unión Soviética, a la que debemos -más que ningún otro- la liberación de Alemania del fascismo- y la RDA a su lado, hubo paz en Europa.

¡Qué contraste! Tan pronto como la URSS fue destruida, el 24 de marzo de 1999, sin mandato de la ONU y con participación alemana, la OTAN bombardeó la soberana Yugoslavia, que había sido ocupada por la fascista Wehrmacht alemana poco más de medio siglo antes.

El Ministro Federal de Asuntos Exteriores «verde», Joschka Fischer, no dudó en encubrir este ataque, que violaba el derecho internacional, con el argumento de que debía evitarse un segundo «Auschwitz».

Hasta el día de hoy, la mentira de una supuesta “política exterior humanitaria” sirve como justificación para que su sucesor, igualmente “verde”, suministre armas a Ucrania en una escala sin precedentes, en lugar de impulsar negociaciones con Rusia.

Lo hipócritas y unilaterales que son las políticas del actual gobierno federal también quedó demostrado recientemente en la Asamblea General de la ONU, que aprobó una resolución con una gran mayoría de 120 estados para mejorar la situación humanitaria en la Franja de Gaza y pidió un alto el fuego inmediato. , mientras que en la República Federal de Alemania se abstuvieron 45 estados federados.

Cuando se trataba de “guerra y paz”, nunca hubo neutralidad en la RDA. En la RDA se prohibieron la propaganda de guerra y el odio racial, incluida la rusofobia.

Nuestra doctrina estatal era: «La guerra nunca más debe originarse en suelo alemán». Fiel al himno de la RDA, cuyo segundo verso decía: “Que brille la luz de la paz para que ninguna madre vuelva a llorar por su hijo”.

En la RDA hubiera sido simplemente impensable pedir a la población que lo hiciera. ser «aptos para la guerra».

Para nosotros, especialmente a la hora de formar a los jóvenes, la educación para la paz era una prioridad. No fueron meras confesiones ni siquiera palabras vacías, como lo demostramos en el otoño de 1989, cuando la RDA garantizó la no violencia de los acontecimientos.

El llamado a las fuerzas armadas de la URSS a “permanecer en los cuarteles” no provino de Gorbachov, sino que fue una decisión soberana de la RDA, que los falsificadores de la historia nos disputan.

Pero entonces no imaginábamos que el gobierno federal llevaría sus relaciones con Rusia a su punto más bajo desde el final de la Segunda Guerra Mundial y declararía retrospectivamente que el ganador de 1945 sería el perdedor de hoy.

Estoy convencido de que muchos alemanes del este tuvieron algunos pensamientos similares antes de votar en las elecciones regionales.

Su elección no significa, como creen algunos comentaristas, que Alemania del Este se haya vuelto “marrón”.

Más bien, es una señal para todos los partidos establecidos: ¡por fin escúchennos! No queremos nuevos envíos de armas a Ucrania e Israel. ¡No necesitamos nuevos cohetes! ¡Queremos paz! Sólo así se podrá privar gravemente al AfD del agua que tanto tiempo ha estado buscando.

En un período de tiempo históricamente corto, los gobiernos federales alemanes destruyeron la confianza que se había creado entre los alemanes y los pueblos de la Unión Soviética en la zona de ocupación soviética y más tarde en la RDA.

Ahora los políticos y los medios alemanes están avivando el odio hacia Rusia, algo que experimenté por última vez cuando tenía ocho años en la fase final de la Segunda Guerra Mundial.

La vieja imagen del enemigo -que los «rusos» tienen la culpa de todo- y el mito de una Rusia peligrosa está reviviendo.

A la gente se le hace sentir miedo, como si sus tropas ya estuvieran al borde del Oder. Todo alemán razonablemente educado sabe que Alemania luchó en dos guerras mundiales contra Rusia y la Unión Soviética, respectivamente; pero Alemania nunca ha sido invadida por Rusia.

Sólo dos veces en la historia reciente los rusos o el Ejército Rojo vinieron a Alemania, una vez contra Napoleón y otra contra Hitler.

Es bien sabido cómo resultó eso. Estoy seguro de que si en los años 80 el Ministro de Asuntos Exteriores de la República Federal de Alemania hubiera dicho, como el actual titular, que estaban librando una «guerra contra Rusia» y que querían «arruinar a Rusia», le habrían disparado el lugar por un canciller como Helmut Schmidt. Willy Brandt, Herbert Wehner, Helmut Schmidt, Egon Bahr y otros son elogiados con razón por sus políticas de distensión.

Pero: eso es sólo la mitad de la verdad. Estas personalidades no crearon consigo mismas la política de distensión. Necesitaban socios para hacerlo, y eso incluía no sólo a la Unión Soviética sino también a la RDA.

Sin la política exterior pacífica de la RDA no habría podido haber una política de distensión por parte de Willy Brandt y otros. Estuvimos de acuerdo con ellos: sería mejor negociar entre nosotros cien veces que dispararnos una vez, como explicó varias veces Erich Honecker.

Cuando me reuní con Mikhail Gorbachev a principios de los años 1990 para informarle que el poder judicial alemán había abierto más de 100.000 investigaciones políticas contra ciudadanos de la RDA, me habló de una conversación con el canciller Kohl.

Le dije: “Mikhail Sergeyevich, nos hemos encontrado con un pueblo extraño allá en el este. Son completamente diferentes a nosotros”.

Ésa era y es la visión del mundo de las viejas elites políticas de Alemania Occidental y sus herederos, que hasta el día de hoy no permiten una visión históricamente correcta de la RDA. Para ellos, su capitalismo es lo único que los hace felices -la norma- y lo mejor que puedan imaginar.

El hecho de que en el Este hubiera personas a las que les parecía mejor vivir sin capitalismo, para quienes el codo no dominaba en las relaciones humanas, pero que vivían la convivencia social a diario, eso no quería ni quiere en absoluto. quieren entrar en la mente de los que odian a la RDA y dominan la corriente principal en la política y los medios de comunicación.

Al final de la RDA había alrededor de 16 millones de habitantes. Ahora somos menos.

Esto significa que hoy en día existen muchos millones de opiniones individuales sobre la RDA. Sin embargo, la soberanía de la interpretación basada en su propia experiencia debería dejarse exclusivamente en manos de estos propios ciudadanos y no en manos de una “industria procesadora” de los medios de comunicación o incluso del pastor Gauck, que equipara doce años de barbarie nazi con 45 años de posguerra en Alemania Oriental. o la RDA.

Si esta gente se saliera con la suya, la RDA permanecería en la memoria de la gente: sólo «un millón de criaturas controladas», encerradas detrás de un muro con una «economía de mierda», rodeadas de «cosas, moho y seguridad del Estado». No. ¡La RDA no era así!

Mientras quienes están en el poder no comprendan las raíces de los alemanes orientales, que muchos de los antiguos ciudadanos de la RDA simplemente no estén dispuestos a que Occidente les explique sus vidas y a aceptar que estaban en el lado equivocado de la historia. Es decir, mientras sus biografías sigan siendo arrastradas al barro, los partidos establecidos y sus ideólogos no podrán comprender el comportamiento electoral de muchos alemanes orientales.

A pesar de todo lo ocurrido en el centro de Europa, la RDA demostró que la vida sin capitalistas era posible incluso en la Alemania altamente industrializada.

Los pilares de nuestra política incluyeron conceptos como la reforma agraria, a través de la cual cientos de miles de refugiados y desplazados recibieron tierras y, por tanto, una base para la supervivencia.

Parte del legado de la RDA es que los nazis y los criminales de guerra fueron expropiados y sus medios de producción se convirtieron en propiedad pública, que después de la «reunificación» a menudo fue vendida por el Treuhand «por un centavo y un huevo».

Lo que también dejamos atrás son generaciones de nuevos profesores que inicialmente a veces escribían “flor” con “h”, y también los nuevos abogados que a menudo procedían de los llamados “profesiones simples”; generaciones de mujeres que pudieron vivir y trabajar en igualdad de condiciones y que no tuvieron que preguntar a sus maridos si podían buscar un trabajo o abrir una cuenta.

Recuerdo a muchos académicos cuyas carreras sólo fueron posibles rompiendo los privilegios de clases y educativos y que a menudo pudieron graduarse de las facultades de trabajadores y agricultores sin un diploma de escuela secundaria.

Lo que también dejamos atrás son miles de hogares, incluida la experiencia segura de que el espacio habitable y la tierra no están ahí para llenar los bolsillos de los especuladores y que tener un «techo sobre la cabeza» no es una misericordia, sino un derecho humano.

Sin embargo, no dejaremos atrás algunas de las cosas de las que mucha gente se queja hoy: en la RDA no hubo desempleados; incluso los menos trabajadores recibieron ayuda para obtener una cualificación profesional.

Los jóvenes se reunían en clubes juveniles y, con menos frecuencia, en gasolineras o estaciones de tren. No dejamos a los multimillonarios para la posteridad, pero tampoco dejamos a los mendigos y a los drogadictos. Y por último: quizá los neonazis existieran escondidos.

Pero sólo izaron sus banderas de guerra imperiales después de haberlas recibido de Occidente, y el nuevo poder estatal miró como impotente y aprobó las «libertades» que hasta entonces les habían sido negadas.

La RDA se derrumbó en la batalla de sistemas. Nuestro sueño de desarrollar el socialismo también se hizo añicos debido a nuestras propias debilidades: política de información inadecuada, falta de uso de los derechos democráticos garantizados constitucionalmente, lagunas en la provisión, burocracia y, a menudo, estrechez de miras.

La realidad se alejó cada vez más de los ideales que grandes sectores de la población ya no querían aceptar en 1989/90.

En retrospectiva, sabemos que desde que la RDA fracasó como correctivo social, la frialdad social ha aumentado. La brecha ya existente entre ricos y pobres es cada vez mayor, y ahora es francamente obscena.

Los clientes malversan las arcas del bien común. Pero la resistencia está creciendo. El interés social de casi todos los espectros de la sociedad obliga a los partidos burgueses a discutir los excesos más flagrantes.

¡Ojalá se llevaran a cabo con tanta energía como lo es el método de devaluación de las biografías de la RDA, incluido el odio generalizado contra los antiguos empleados de los órganos de seguridad de la RDA, con el que se canaliza el vapor de su propia cocina problemática! La RDA no es adecuada como la Cenicienta de la historia alemana.

 Qué fue la RDA, por qué se fundó, qué logros históricos le caracterizaron, qué posición ocupó a nivel internacional, cómo ambos estados alemanes estuvieron siempre al borde de una posible guerra nuclear en una guerra civil fría, cuáles fueron las razones de la derrota de la RDA y lo que quedará de ella -éstas son cuestiones fundamentales de la historia alemana de posguerra, sí, de la historia europea y mundial- y mucho, mucho más que una «nota a pie de página de la historia» y también mucho más que el «verde» flecha». Juzgar objetivamente Se me puede acusar de idealizar la RDA.

Podría ser. Pero en realidad simplemente defiendo algo que es evidente: que los científicos, políticos y profesionales de los medios de comunicación, la mayoría de los cuales se socializaron en la República Federal, finalmente puedan emitir un juicio objetivo e históricamente justo sobre la RDA. Seguimos vivos: los testigos contemporáneos.

Y cuando en algún momento ya no estemos allí, nuestras experiencias y vivencias seguirán estando en la memoria de nuestros hijos nacidos en la RDA. Y había muchos, porque la RDA también era un país amigo de los niños.

Pero no puedo ni quiero creer que este mundo de guerra y explotación no seguirá siendo como es hoy y que “el sol brillará más bellamente que nunca sobre Alemania”, como dice el himno de la RDA.

*Fue el último Secretario General del Partido Socialista Unificado de Alemania y Presidente de la República Democrática Alemana. 

Fuente: Nuestra Bandera

martes, 6 de octubre de 2026

INAUGURADO EN ESLOVAQUIA MONUMENTO AL MARISCAL KONEV, OBRA DEL ESCULTOR SLAVOMIR GIBEY

 

Monumento al Mariscal Konev inaugurado en Eslovaquia

En Eslovaquia, se inauguró un monumento al Mariscal soviético Ivan konev, quien comandó el 1 frente Ucraniano durante la operación cárpato-Duklin. El monumento está instalado en el" Valle de la muerte " en el territorio de la comunidad de Kruzhlov en el Condado de Svidnik, informa la agencia TASR.

En la ceremonia participaron el Ministro de Agricultura y Desarrollo Rural de Eslovaquia, Richard Takac, el eurodiputado luboš Blaga, el embajador de Rusia en Eslovaquia, Sergey Andreev, el presidente de la Unión Eslovaca de luchadores contra el fascismo, Yaroslav Demyan, y los residentes locales.

Takac dijo que estaba feliz de poder inaugurar un monumento a un hombre que participó en la liberación de Checoslovaquia. Según el ministro, ahora en Europa y en la propia Eslovaquia, se puede observar la tendencia opuesta, cuando los monumentos a las personas que lucharon hace más de 80 años se intentan desmantelar.

"Muchos de ellos han dado incluso lo más valioso — sus vidas, para que podamos vivir en un país libre, y creo que es lo correcto", dijo Takach.

Destacó que los eventos modernos no deben transferirse a la evaluación de lo que sucedió durante la segunda guerra mundial.

"No podemos relacionar lo que está sucediendo ahora con lo que sucedió hace más de ochenta años"- dijo el ministro.

Según él, los fondos para la creación del monumento fueron recolectados por residentes de diferentes regiones de Eslovaquia. Takac destacó que el monumento está dedicado no solo a Konev, sino también a miles de personas que murieron en las batallas por la liberación de la región.

La estatua fue creada por el escultor eslovaco Slavomir Gibey. Anteriormente, hizo un monumento simbólico al Mariscal Rodion Malinovsky en la comunidad de Stary Tekov.

El presidente de la Unión Eslovaca de luchadores contra el fascismo, Jaroslav Demian, dijo que la organización considera un honor perpetuar la memoria de Ivan konev precisamente en el lugar donde la liberación del país tuvo lugar durante las duras batallas y con numerosas víctimas.

El embajador ruso Sergei Andreev agradeció al primer ministro de Eslovaquia Robert Fico, quien, según él, hace dos años tomó la iniciativa de inmortalizar en la República la memoria del Mariscal soviético. En octubre, 2024, Fico, durante los eventos dedicados al aniversario de la operación de los Cárpatos-Duklin, declaró públicamente la necesidad de tal monumento.

En el otoño de 1944, Konev comandó el 1 Frente Ucraniano, que participó en la operación Cárpato-Duklin. Fue una de las etapas de la liberación de Checoslovaquia de la ocupación nazi.

La inauguración del monumento tuvo lugar en el día de los eventos dedicados al 82 aniversario de la operación. En las batallas en Dukla murieron cerca de 21 mil soldados del Ejército Rojo y cerca de 1,8 mil combatientes del cuerpo de Ejército Checoslovaco.

Ivan konev vivió entre 1897 y 1973. Después de la guerra, ocupó altos cargos de mando en el Ejército Soviético. En 1956, Konev participó en el liderazgo de las tropas soviéticas durante la represión del levantamiento en Hungría, y más tarde ocupó puestos de mando durante la segunda crisis de Berlín, que culminó con la construcción del muro de Berlín.

Fuente: Pravda España

lunes, 5 de octubre de 2026

SALUDO DE RAFAEL ALBERTI A SILVESTRE REVUELTAS EN 1937, EN EL 86 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL COMPOSITOR COMUNISTA MEXICANO


José Chávez Morado (segundo), José Mancisidor (tercero), Silvestre Revueltas (sexto), María Luisa Vera (séptima), Elena Garro (novena), José Carreño (décimo primero), Susana Steel (décimo tercera), Fernando Gamboa (décimo sexto), Rafael Alberti (décimo séptimo), en Barcelona, 1937.
 

AMIGOS. Un saludo, en Madrid, a Silvestre Revueltas. Músico muy mexicano y muy universal.

Por Rafael Alberti

Conocí a Revueltas en México. Un día, en medio de una calle, “Gran director de orquesta, gran compositor”, me dijeron. Durante mi estancia de siete meses en su país no tuve ocasión de oírle, de verle dirigir al frente de sus hombres, de comprobar aquella afirmación. Cuando nuestro Segundo Congreso de Escritores Antifascistas, en julio de este año, oí decir a alguien: entre la Delegación Mexicana viene también un músico, Silvestre Revueltas. Me acordé entonces de él, de nuestro encuentro, una tarde, creo que de agosto, en su ciudad: un hombre ancho, grueso, de cara y ojos bonachones, despechugado y sin corbata. El mismo, el exacto que volví a hallar en Valencia, que vi luego en Madrid. ¿Cómo será posible un músico tan grueso, un gran músico sobre todo? Esta pregunta, bastante tonta y frívola, que yo mismo me hacía, me tuvo algunos días inquieto, vigilante. Estaba deseando deshacerme de ella. Era idiota, lo confieso, y más aun sabiendo que muy grandes artistas alcanzaron físicamente en su vida las mismas proporciones que su obra: pienso más que nadie en Balzac.

Pero, por fin lo que tanto esperaba: el concierto, varias obras suyas para pequeña orquesta, dirigidas por él, en un salón de Los Amigos de México y en Madrid. ¡En Madrid! Colorines, Homenaje a García Lorca, El renacuajo paseador, Himno de los Mexicanos combatientes en España. Este era el programa. Luego, en el mitin del Teatro de la Comedia, dos obras grandes: Caminos y Janitzio. Bastaba. Casi demasiado para conocerlo. Con sólo el homenaje a Federico y el Renacuajo, me hubiera dado cuenta de lo que es este hombre. De su inmensa capacidad y talento, de lo mexicano y universal de su música. Muy mexicana su música, nada localista; popular pero sin transcripciones. Lo que Manuel de Falla hizo con lo andaluz, con lo español —más aún en su última época— logra Silvestre Revueltas con el acento de su país y de manera magistral. Toda esa atmósfera nocturna burlesca y triste de las “carpas” (los teatrillos arrabaleros de México). Todo ese latido poderoso y bárbaro de las pirámides, de los montes, de los grandes cielos y las flores inmensas, lo antiguo y permanente y hoy grave y esperanzado está en su música con una sabiduría y vigor ejemplares.  Octavio Paz, un jovensísimo poeta, para mí ya una realidad de la verdadera poesía mexicana, pronunció aquí, en Madrid, sobre su compatriota, palabras justas, valorizadoras. Una de las condiciones primordiales de Revueltas es su gracia, la burla sana y fuerte que corre de pronto por su música. Es ese colaborador ideal que tantas veces ha soñado uno para las farsas teatrales, para la sátira cruel y la patada en el trasero.

No creo que ninguno de nuestros músicos españoles recientes esté dotado de esa vena, tan rica y necesaria hoy. Oyendo a Silvestre Revueltas, saltándoseme los pies y las manos, me he sentido de súbito sobre la escena, la del alfilerazo y la pulla, persiguiendo a escobazos a nuestros enemigos, despertando a la vez en la gente la cólera y la risa revolucionarias. ¡Bienvenido a Madrid! A este hondo corazón de España, viejo y nuevo, y silvestre todavía, este Silvestre mexicano, hombre, artista, que en medio de nuestra tremenda lucha nos deja una profunda estela de optimismo, de potencia, de genio.

La Voz, 24 de septiembre, 1937.

 

domingo, 4 de octubre de 2026

"UNA NOCHE DE HUELGA", DE EUGENE LAERMANS

 
Una noche de huelga
Eugene Laermans
1893
Óleo sobre lienzo
106 x 115 cm
Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica (Bruselas)

La obra de Laermans representa a un grupo de trabajadores durante las protestas de la huelga general de 1893. 

La huelga general de 1893 fue una huelga general importante en Bélgica en abril de 1893 convocada por el Partido Laborista belga (POB-BWP) para presionar al gobierno de Auguste Beernaert para que introduzca el sufragio masculino universal en las elecciones. La huelga general fue la primera convocada en Bélgica y un momento decisivo para el naciente movimiento socialista en Bélgica. 

La huelga general fue convocada en la noche del 11 de abril de 1893 después de que los políticos de los partidos católicos y liberales se unieran para bloquear una propuesta para expandir el sufragio. Duró del 12 al 18 de abril. Los conservadores, encabezados por el primer ministro católico Auguste Beernaert, temían una revolución completa y estallaron enfrentamientos entre los huelguistas y los militares. Según Henri Pirenne, la huelga solo fue convocada bajo la presión de los mineros del Borinaje y su rápida propagación tomó por sorpresa al liderazgo de POB-BWP, bajo Emile Vandervelde. Entre 13 y 20 huelguistas murieron. En total, aproximadamente 200.000 trabajadores participaron en la huelga. Frente a la oposición decidida, el Parlamento cedió a las demandas socialistas e introdujo las reformas originales, aumentando el censo diez veces.

sábado, 3 de octubre de 2026

"LOS PALESTINOS", DOCUMENTAL DE 1975 DE JOHAN VAN DER KEUKEN PARA EL COMITÉ PALESTINO DE LOS PAÍSES PAJOS

Título: Los palestinos
Director: Johan van der Keuken
Año: 1975
Duración: 43 minutos
País: Holanda
Sinopsis: A través de imágenes documentales y materiales audiovisuales, esta sesión propone una aproximación histórica y política a la realidad palestina, explorando las experiencias de desplazamiento, resistencia e identidad desde distintas perspectivas cinematográficas. 

El dilema entre política y arte mantuvo a van der Keuken alejado del proyecto palestino mientras su mente se inclinaba más hacia proyectos individualistas y estéticamente orientados. Ahora parecía un desafío que ya no podía eludir. Produjo una declaración contundente y políticamente comprometida en apoyo del derecho de los palestinos a la autodeterminación, que era lo que el Comité Palestino de los Países Bajos reclamaba. Para van der Keuken, esto significó trabajar más a nivel de la experiencia, donde la exposición y la autoexpresión desempeñaron un papel más importante que el montaje caleidoscópico. Los palestinos desplazados que viven en campos en el Líbano se encuentran atrapados entre el sionismo y la clase dominante libanesa. El imperialismo trasciende la división judío-árabe, y la película responsabiliza directamente a las clases dominantes europeas que permitieron que florecieran el antisemitismo y el nazismo. La vida en los campos palestinos, los hospitales improvisados, el entrenamiento militar de niños y el funeral de aldeanos asesinados por los israelíes marcan esta historia. Se caracteriza por una profunda emoción e imágenes de la vida cotidiana, filmadas con la característica serenidad y la mirada perspicaz de van der Keuken. Comienza con una secuencia documental que muestra fotografías, acompañada de una voz neutral que narra la historia de Palestina desde finales del siglo XIX. La secuencia final muestra una animada clase en un campo de concentración, donde un maestro repasa estos mismos puntos con sus alumnos: hechos del pasado renovados por una realidad actual en la que el conocimiento de ellos, tanto a nivel personal como político, se convierte en una cuestión de vida o muerte.

“La diferencia crucial entre Los palestinos y las películas que hice antes es que con un tema como Los palestinos tu espacio de movimiento es mucho menor. En una película más pretenciosa hay un elemento lúdico, el juego entre el cineasta y cada espectador, que está mucho más en primer plano que el contenido documental en sí. En Los palestinos, el elemento lúdico está en un nivel menos poderoso que el elemento del discurso directo de las personas involucradas, y esa es una elección moral. Es importante hablar de la realidad en términos de relaciones y no solo de hechos. Normalmente serían relaciones formales, pero aquí la forma ha cambiado en cierto sentido hacia el contenido, de modo que se convierten en relaciones de contenido. Así que la película tiene que ofrecer al público un conjunto de relaciones que tengan sentido y creo que a ese nivel la película funciona. No se trata de decirle al público: así son las cosas. Cierto tono es más importante que lo que se dice exactamente. Porque creo que las listas de hechos —y esta es mi experiencia cuando veo documentales— son inútiles, difíciles de recordar. Pero una imagen general permanece. Ser capaz de comunicar qué si esto está sucediendo, hay que restarle importancia a los hechos para que la gente se dé cuenta de que están viendo una construcción; la construcción está ahí y, si el espectador está interesado o es consciente, verá las construcciones.

Johan van der Keuken

VER DOCUMENTAL CON SUBTITULOS EN CASTELLANO:

viernes, 2 de octubre de 2026

"ARTE Y SOCIALISMO", DE WILLIAM MORRIS, EN EL 130 ANIVERSARIO DE SU MUERTE

 

Amigos míos, quiero que consideréis la relación existente entre el arte y el comercio, utilizando esta última palabra para expresar lo que corrientemente indica, es decir, ese sistema de competencia en el mercado que es, en verdad, la única forma que la mayoría de la gente, en la actualidad, considera pueda tomar el comercio

Claro que así como ha habido épocas en la historia del mundo en que el arte mantenía su supremacía sobre el comercio, en que el arte era mucho y el comercio, tal como nosotros enten-demos la palabra, era muy poco, ahora, por el contrario, todos aceptaremos, imagino, que el comercio se ha convertido en algo de una importancia enorme, y el arte en algo de muy poca importancia. Digo que, en general, se aceptará esa idea, aunque personas diferentes mantengan opiniones diferentes no solo respecto a la bondad o maldad de ello, sino incluso respecto al significado de decir que el comercio se haya convertido en algo de importancia suprema y el arte se haya hundido hasta convertirse en asunto sin importancia

Permitidme que os dé mi opinión sobre lo que esto significa, lo cual me llevará a pediros que consideréis qué remedios deberán ser aplicados para curar los males que existen en las relaciones entre arte y comercio

Os voy a hablar con toda franqueza. Me parece que la supremacía del comercio (según entendemos esa palabra) es un mal, y un mal muy grave: y diría que es un mal sin mezcla alguna de bien, a no ser por esa extraña continuidad de la vida que fluye por todos los acontecimientos históricos y por cuyo medio hasta los mismos males de ciertos periodos tienden a abolirse por sí mismos,

Porque, en mi opinión, lo que quiere decir es esto: el mundo de la civilización moderna en su carrera para ganar una prosperidad material muy desigualmente repartida, ha suprimido enteramente el arte popular; o, en otras palabras, la mayor parte de la población no tiene ninguna participación en el arte, que, tal como están las cosas, debe ser conservado en las manos de unos pocos ricos o acomodados que, podemos decir honradamente, lo necesitan menos, y no más, que los esforzados trabajadores.

Pero no es ese todo el mal ni la parte peor de él, porque la causa de esta hambre de arte es que, si bien la gente trabaja en todo el mundo civilizado con el mismo ardor con que siempre lo hizo, ha perdido -al perder un arte que estaba hecho por y para el pueblo- el solaz natural de su trabajo, un solaz que en otro tiempo tuvieron y que siempre debieron haber tenido, la oportunidad de expresar a sus semejantes su propio pensamiento mediante ese mismo esfuerzo, mediante ese trabajo diario que la naturaleza o la costumbre inveterada -una segunda naturaleza- de hecho les exige, pero sin que signifique una carga repulsiva y sin recompensa

Sin embargo, debido a una extraña ceguera y a un extraño error de la civilización de los últimos tiempos, casi todo el trabajo, ese trabajo del cual alguna parte debiera haber sido compañero servicial de todos los hombres, ha llegado a convertirse en una carga tal que todos los hombres, si pudieran, se liberarían de ella. He dicho que la gente trabaja no menos laboriosamente que lo hizo en el pasado; pero creo que debiera haber dicho que trabajan más laboriosamente aun.

Esas máquinas maravillosas que en manos de hombres justos y previsores habrían sido utilizadas para aminorar el trabajo repulsivo y para conceder placer -o, en otras palabras, incremento de vida- a la raza humana, han sido usadas, por el contrario, de tal modo que han llevado a los hombres a una precipitación frenética y a la prisa, y con ello han destruido todo placer, es decir, toda vida, por todas partes; en vez de aligerar el esfuerzo de los trabajadores lo han intensificado, y con ello han añadido más cansancio aun a la carga que los pobres deben soportar.

Y no se puede argüir en defensa del sistema de la civilización moderna que sus solas ganancias materiales o corporales equilibran la perdida de placer que ella ha traído al mundo; porque, como antes sugerí, esas ganancias han sido divididas tan injustamente que el contraste entre ricos y pobres se ha visto enormemente intensificado, de modo que en todos los países civilizados, pero sobre todo en Inglaterra, se exhibe el terrible espectáculo de dos pueblos que viven en calles vecinas, en puertas vecinas, pueblos de la misma sangre, de la misma lengua y que viven, al menos teóricamente, bajo las mismas leyes y sin embargo, el uno es civilizado y el otro es incivilizado Todo esto, digo, es resultado del sistema que ha estrangulado el arte y exaltado el comercio hasta convertirlo en una religión sagrada; y parecería que está dispuesto, con esa terrible estupidez que es su característica primordial, a burlarse del noble consejo de aquel satírico romano, cambiándole el sentido, y así ahora se nos pide que, en nombre de la vida, destruyamos la razón de vivir

Y ahora, frente a esa estúpida tiranía, presento mi reivindicación en nombre del trabajo esclavizado por el comercio, reivindicación que sé que ninguna persona con dos dedos de frente podrán tachar de irracional; pero que si se llevara a cabo implicaría un cambio tal que derrocaría el comercio, es decir, que establecería la asociación en lugar de la competencia, el orden social en vez de la anarquía individualista.

A pesar de todo, he considerado esta reivindicación a la luz de la historia y de mi propia conciencia y me parece que, considerada de ese modo, es una reivindicación muy justa y que resistirse a ella quiere decir, ni más ni menos, negar toda esperanza a la civilización. Esta es, pues, mi reivindicación: Es justo y necesario que todo hombre trabaje en algo que valga la pena, que sea agradable de hacer por sí mismo y que se realice bajo unas condiciones que no lo hagan ni excesivamente fastidioso ni excesivamente angustioso.

Por más vueltas que le dé a esa reivindicación, por más que piense en ella, no puedo encontrar que sea una petición descabellada; sin embargo, repito que si la sociedad la admitiera (o pudiera admitirla) la faz del mundo cambiaria; el descontento, la lucha y la deshonestidad terminarían. ¡Sentir que estamos realizando un trabajo útil para los demás y agradable para nosotros, y que ese trabajo y su debida recompensa nunca nos faltaran! ¿Qué grave perjuicio podría ocurrirnos en tales circunstancias? Y el precio que deberíamos pagar para dar al mundo esa felicidad sería la revolución: socialismo en vez de laissez faire.

¿Cómo podemos nosotros, las clases medias, ayudar a que se realice ese estado de cosas, esa situación que sería, en la mayor medida posible, lo contrario del estado de cosas actual? Lo contrario, ni más ni menos. Porque, en primer lugar, el trabajo debe valer la pena: ¡Pensad en el cambio que ello implicaría en el mundo! Os digo que me siento aterrado al pensar en la inmensidad del trabajo que se lleva a cabo con el único objetivo de hacer cosas inútiles.

Para cualquiera de nosotros lo bastante fuerte para pasear por dos o tres calles principales de Londres, sería un día de trabajo instructivo anotar con detalle todo lo que se exhibe en los escaparates que resulta embarazoso o superfluo en la vida diaria de un hombre sensato. Más aun, la mayoría de esas cosas no hay nadie que las quiera en absoluto, sensato o insensato; tan solo una estúpida costumbre hace que hasta aquellos de mente más ligera supongan que las quieren, e incluso para muchos que las compran se convierten en auténticos estorbos para el trabajo, para el pensamiento y para el placer. Pero os ruego que penséis en la enorme cantidad de hombres que se ocupan de esos miserables cachivaches, desde los ingenieros que han tenido que hacer las máquinas para elaborarlos, hasta los míseros escribientes que pasan el día sentados, año tras año, en las horribles cuevas en que se lleva a cabo todo el intercambio, y los vendedores que los venden al por menor entre un sinfín de insultos que deberán escuchar sin ofenderse; y el público ocioso que no los quiere, pero que los compra para aburrirse y hartarse totalmente de ellos.

Estoy hablando de las cosas meramente inútiles; pero hay otros objetos que no sólo son totalmente inútiles, sino que son activamente destructivos y venenosos y obtienen buen precio en el mercado; por ejemplo, la comida y bebida adulteradas. Es ingente el número de esclavos que el comercio competitivo emplea para producir ruindades semejantes. Pero también a gran distancia de ello existe una enorme masa de trabajo que se desperdicia, simple y llanamente; muchos miles de hombres y de mujeres que no hacen nada, con esfuerzo terrible e inhumano que aniquila sus almas y acorta su misma vida animal

Todos estos son esclavos de lo que se llama el lujo, que en el sentido moderno de la palabra comprende una masa de riqueza falsa, invento del comercio competitivo y que esclaviza no solo a los pobres que están obligados a trabajar en su producción, sino también a los desventurados y bastante infelices que las compran para atormentarse con su estorbo.

Ahora bien, si queremos que exista el arte popular o simplemente el arte del tipo que sea, debemos liberarnos de una vez por todas de esos lujos; son los sustitutos, los falsarios del arte; y tanto es así que los que no conocen nada mejor han llegado a considerarlo arte, solaz divino del trabajo humano, emoción en la dura práctica diaria del difícil arte de vivir.

Pero digo que el arte no puede vivir en esta situación ni en ella puede haber estimación propia. El afeminamiento y la brutalidad son sus compañeros, a ambos lados. Y somos ante todo nosotros, las clases acomodadas, quienes debemos librarnos de todo ello si deseamos seriamente ese nuevo nacimiento del arte; y si no, entonces la corrupción está excavando ya una terrible fosa de perdición para la sociedad, de la cual podrá, ciertamente surgir tal vez ese nuevo nacimiento, pero con toda certeza lo hará entre el terror, la violencia y la miseria.

En realidad, ya sería algo que valdría la pena con tal de que nos desembarazara, a la gente acomodada, de esta montaña de escombros, de las cosas que todos sabemos que no tienen ninguna utilidad; los mismos capitalistas saben bien que no existe una demanda genuina y sana de ellas, y están obligados a ponerlas a hurtadillas en manos del público, avivando un deseo febril de excitación barata, cuya muestra externa se conoce con el nombre convencional de moda, un monstruo extraño nacido en la vacuidad de la vida de los ricos y de la ambición del comercio competitivo por sacar el mayor partido posible de la gran masa de trabajadores a los que adiestra, como meros instrumentos, para lo que se llamara "hacer dinero".

No creáis que es poca cosa resistir a ese monstruo de locura; pensar por vuestra propia cuenta en lo que realmente deseáis, no solo os convertirá en hombres y mujeres, sino que también os puede llevar a pensar en los deseos auténticos de los demás, puesto que pronto encontrareis, cuando lleguéis a conocer una obra de arte, que el trabajo de esclavos es indeseable Y aquí, además, se encuentra al menos un pequeño signo por el cual podemos distinguir entre un pingajo de la moda y una obra de arte: mientras que los juguetes de la moda, al perder el brillo, pierden en realidad todo valor, incluso para los frívolos, una obra de arte, por humilde que sea, siempre permanece; nunca nos cansamos de ella; mientras quede un fragmento, será valiosa e instructiva para cada nueva generación. Todas las obras de arte, en resumen, tienen la propiedad de hacerse venerables en medio de ruinas; y es razonable que así sea, porque desde el principio existió en ellas un alma, el pensamiento del hombre, que se hace visible mientras existe el cuerpo en el que fue injertada.

Y esta última frase me lleva a considerar el otro aspecto de la necesidad de que el trabajo se ocupe solamente de hacer objetos que valga la pena hacer. Hasta ahora hemos estado pensando en ello solamente desde el punto de vista del usuario; claro que, incluso considerado de ese modo, ya tenía bastante importancia; sin embargo, desde el otro punto de vista, desde el del productor, tiene aún mayor importancia.

Porque repito que, al comprar estas cosas, ¡son vidas humanas lo que compráis! ¿Seréis participes, debido tan solo a la locura e irreflexión, del crimen que cometen quienes obligan a sus hermanos a trabajar inútilmente? Porque cuando dije que era necesario que todas las cosas que se fabricaran valieran la pena, planteé esa reivindicación principalmente en nombre del trabajo, puesto que el despilfarro de hacer objetos inútiles aflige doblemente al trabajador. Como parte del público, se ve forzado a comprarlos, y la mayor parte de su mísero jornal es absorbida por una especie de sistema universal de trueque; como productor, esta forzado a hacerlo; y, así a perder el mismo fundamento de ese placer en el trabajo diario que es su derecho de nacimiento; está obligado a trabajar sin alegría fabricando el veneno que el sistema de trueque le obliga a comprar. Así que ese ingente número de hombres que se ven obligados por la locura y por la avaricia a fabricar cosas dañinas e inútiles, es sacrificado a la sociedad.

Mantengo que esto sería terrible e insoportable, aunque se sacrificara por el bien de la sociedad, si fuera posible; pero si se sacrifican, no por el bienestar de la sociedad, sino por su capricho, para aumentar su degradación, ¿qué aspecto tendrán entonces el lujo y la moda? Por una parte, despilfarro ruinoso y agotador que nos lleva de corrupción en corrupción hasta terminar en un cinismo completo y en la desintegración de toda sociedad; por otra parte, opresión implacable que destruye todo placer y toda esperanza de vida y que lleva.... ¿hacia dónde? He aquí, pues, una tarea para nosotros, las clases medias, antes de poder alisar el terreno para el nuevo nacimiento del arte, antes de poder limpiar nuestras propias conciencias de la culpa de esclavizar a los hombres mediante el trabajo. Algo es; y, si pudiéramos hacerlo, tal vez eso solo sería suficiente y de ahí se derivarían todos los otros cambios saludables; pero, ¿podemos hacerlo? ¿Podemos escapar de la corrupción de esta sociedad que nos amenaza? ¿Podemos nosotros, las clases medias, regenerarnos a nosotros mismos?

A primera vista se diría que un conjunto humano tan poderoso que ha levantado ese edificio gigantesco del comercio moderno, cuya ciencia, inventiva y energía ha subyugado las fuerzas de la naturaleza para hacerlas servir a sus propósitos cotidianos, y que guía la organización que mantiene subyugados esos poderes naturales de un modo casi milagroso; a primera vista se diría, sin miedo a equivocarse, que un grupo de hombres opulentos tan considerable podría hacer todo lo que quisiese.

Y, sin embargo, lo dudo; su propia creación, ese comercio del que esta tan orgulloso, se ha convertido en su amo; y todo lo que nosotros, las clases acomodadas -algunos con júbilo triunfante; otros con satisfacción estúpida, y algunos con tristeza de corazón-, estamos obligados a admitir es que el comercio no fue hecho para el hombre sino que el hombre fue hecho para el comercio.

Por todas partes estamos obligados a admitirlo. En la clase media inglesa actual, por ejemplo, se encuentran hombres de altas aspiraciones artísticas y de voluntad decidida, hombres que están profundamente convencidos de la necesidad de que la civilización rodee de belleza las vidas humanas; y muchos hombres de menor importancia, miles de ellos, me consta, refinados y cultivados, les siguen y alaban sus opiniones; pero tanto los dirigentes como los dirigidos son incapaces de salvar ni siquiera a media docena de hombres del pueblo de las garras del comercio inexorable; se hallan tan indefensos, pese a su cultura y a su talento, como si fueran todos ellos simples zapateros sobrecargados de trabajo; menos afortunados que el rey Midas, nuestros verdes campos y nuestras aguas claras e incluso el mismo aire que respiramos, se han convertido, no en oro (lo cual tal vez nos hubiera gustado a algunos durante cierto tiempo), sino en polvo; y, para hablar sin tapujos, sabemos con toda certeza que no es solo que bajo este evangelio actual del capital no haya esperanza alguna de mejora, sino que las cosas empeoran de año en año, de día en día. Comamos y bebamos, que mañana moriremos sofocados por la suciedad.

Dejadme que os ofrezca un ejemplo directo de la esclavitud del comercio competitivo en que vivimos nosotros, desventurados miembros de la clase media. Os he exhortado a dejar a un lado los lujos, a que os desnudéis de estorbos innecesarios, a la simplificación de la vida, y creo que estaréis totalmente de acuerdo conmigo en ello. Bien, he pensado muchas veces que una de las circunstancias más hirientes que se engarzan en nuestro sistema de clases actual es la relación que existe entre nosotros, los ricos, y nuestros criados; nosotros y nuestros criados vivimos juntos bajo el mismo techo, pero somos casi totalmente extraños los unos a los otros, pese a la afabilidad y buenos sentimientos que a menudo existen por ambas partes; no, extraños es una palabra suave; aunque seamos de la misma sangre y estemos ligados por las mismas leyes, vivimos juntos como personas de tribus diferentes. Ahora pensad en las consecuencias que ello tiene en el trabajo doméstico ordinario de cada día en un hogar y en si cabe la posibilidad de simplificar nuestras vidas mientras tal sistema perdure. Para no ir más lejos, las que seáis amas de casa sabéis muy bien (como me ocurre a mí, puesto que he aprendido el arte útil de hacer la comida) en qué manera se simplificaría el trabajo diario si las comidas más importantes pudieran tomarse en común; si no existiera doble comida, una en el piso principal y otra debajo. Y, evidentemente, nosotros, que pertenecemos a un siglo amante de la educación, no podemos ignorar el valor educativo que tendría para los miembros menos refinados de un hogar reunirse con los más refinados, una vez al día por lo menos; observar los modales elegantes de las señoras bien educadas, participar en la conversación de hombres de cultura y de viajes, de hombres de acción y de imaginación; creedme que aventajaría en mucho a la enseñanza primaria.

Más aun, este asunto se relaciona con nuestro tema del arte: porque observad, como muestras de esa estupidez de nuestra civilización de pacotilla, que nuestros hogares acomodados están obligados a ser estúpidas madrigueras de conejos en vez de estar planeados según el antiguo sistema racional utilizado desde la época de Homero hasta pasados los tiempos de Chaucer; una gran sala, digamos, y unas cuantas habitaciones unidas a ella para dormir o en las que encerrarse. No es extraño que nuestras casas sean complicadas e innobles, porque las vidas que en ellas se viven son también complicadas e innobles En ese caso, ¿por qué los que hemos pensado en ello, pues estoy seguro de que muchos de nosotros lo hemos hecho, no cambiamos esta costumbre mezquina y vulgar, simplificando nuestras vidas con ello y educando a nuestros amigos, a cuyos esfuerzos debemos tantas comodidades? ¿Por qué vosotros -y yo- no os ponéis a hacerlo mañana mismo?

Porque no podemos; porque nuestros siervos no lo aceptarían, sabiendo, como sabemos nosotros, que ambas partes serían, con ello, más desgraciadas. ¡La civilización del siglo XIX prohíbe compartir el refinamiento de un hogar a sus miembros! Así que, ya lo veis, si nosotros, la clase media pertenecemos a un pueblo poderoso -lo cual, en buena fe, es cierto-, no hacemos más que representar un papel que ya se ha interpretado muchas veces en la historia mundial; somos grandes, pero desdichados; somos gente importante y digna, pero moralmente aburrida; hemos comprado nuestro poder al precio de nuestra libertad y de nuestro placer De modo que, en respuesta a la pregunta de si podemos alejar de nosotros los lujos y vivir vidas sencillas y decentes, digo que solo podremos cuanto estemos libres de la esclavitud del comercio competitivo; antes no. Con certeza algunos de vosotros deseáis ser libres, habéis sido educados y sois refinados, y vivificasteis vuestra percepción de la belleza y del orden solo para que pudiera ser sacudida y lesionada en todo momento por la brutalidad del comercio competitivo; habéis sido tan perseguidos y acosados por él que, aunque gocéis de buena posición, incluso aunque quizás seáis ricos, no tenéis ahora nada que perder de la revolución social; el amor al arte, es decir, al placer auténtico de la vida, os ha llevado a tal punto que debéis compartir vuestra suerte con la de los esclavos asalariados del comercio competitivo; vosotros y ellos debéis ayudaros los unos a los otros, y tener una esperanza en común; de lo contrario, vosotros, en cualquier caso, viviréis y moriréis sin esperanza y sin ayuda. A vosotros, que deseáis ser liberados de la opresión de los buscones del dinero, os digo: ¡Esperad el día en que seréis obligados a ser libres! Mientras tanto, si por otro lado esa opresión apenas nos ha dejado algún trabajo que valga la pena hacer, una cosa al menos queda por la que luchar; la elevación del nivel de vida en aquellos casos en que se encuentra en su punto más bajo o en un punto bajo; eso pondrá alguna traba al comercio competitivo triunfante. Y no puedo concebir nada que tenga más probabilidades de elevar el nivel de vida que la labor de convencer a algunos millares de personas que viven de su esfuerzo, de la necesidad que tienen de apoyar la segunda parte de la reivindicación que he hecho en nombre del trabajo, es decir, que el trabajo sea agradable de por sí. Si pudiéramos simplemente convencerles de que esa extraña revolución del trabajo serí a de beneficios infinit os no solo para ellos, sino para todos los hombres, de que es tan perfectamente justo y natural que lo contrario, es decir, que la mayor parte del trabajo humano resulte penoso, es una mera monstruosidad de estos últimos tiempos, que debe, a largo plazo, acarrear ruina y confusión a la sociedad que lo permite; si tan solo pudiéramos convencerles, en ese caso, en efecto, existiría la oportunidad de que la frase arte del pueblo fuera algo más que meras palabras.

A primera vista, sin duda alguna, podrá parecer imposible conseguir que hombres nacidos bajo el actual sistema del comercio entiendan que el trabajo pueda ser para ellos una bendición; no en el sentido con que a veces les predican esa idea aquellos cuyo trabajo es ligero y de fácil evasión; tampoco como una tarea necesaria que la naturaleza impone a los pobres en beneficio de los ricos; tampoco solo como un opio que atonte su sentido del bien y del mal, que les haga estar sentados, sin protestar, bajo sus cargas, hasta el fin del tiempo, bendiciendo al señor y a su familia: podrían entender con bastante facilidad todas estas cosas, y algunas veces las escucharían con cierta muestra de complacencia, al menos en caso de pensar que pudieran sacar algo de nosotros con ello. Pero la doctrina auténtica de que el trabajo debe ser una bendición real y tangible, en sí misma, para el trabajador, un placer incluso como ahora lo son el sueño y las bebidas fuertes, podrá parecer muy difícil de entender, siendo, como es, tan diferente de todo lo que han encontrado que es el trabajo

Sin embargo, aunque la mayor parte del trabajo humano se soporta solamente como se soporta un mal necesario (la enfermedad, por ejemplo, mi experiencia al respecto es que, bien sea debido a un cierto carácter sagrado del trabajo manual que se injerta en él, incluso bajo las peores circunstancias, o bien porque el pobre, llevado por la necesidad a tratar de cosas terriblemente reales, cuando piensa -si es que lo hace- en tales asuntos lo hace menos convencionalmente que los ricos; sea lo que fuere, mi experiencia al respecto es que el trabajador encuentra más fácil de entender la doctrina de la reivindicación del placer en el trabajo que puedan encontrarlo los ricos o los de clase acomodada.

Dejando aparte cualquier palabra trivial que pueda añadir, me ha sorprendido encontrar, por ejemplo, en públicos de la clase trabajadora una admiración tan apasionada hacia John Rankin; pueden verlo como profeta, más que como el retórico fantástico que descubren en él los públicos de mayor finura. Es esto un buen augurio, me parece, de la educación de los tiempos venideros. Pero nosotros, a veces tan teñidos de cinismo, debido a nuestro desamparo en el mundo repugnante que nos rodea y nos oprime, ¿no podemos acaso levantar nuestras propias esperanzas, de algún modo, hasta el punto de pensar que la esperanza que pueda aun brillar en los millones de esclavos del comercio es algo mejor que una mera ilusión, que una falsa aurora de una noche encapotada contra la que solo lucha la luna? Recordemos que aún quedan en el mundo monumentos que nos muestran que no siempre fue todo el trabajo humano un pesar y una carga para los hombres. Pensemos en la hermosa y señorial arquitectura, por ejemplo, de la Europa medieval: en los edificios levantados antes de que el comercio hubiera puesto la piedra cimera del edificio de la tiranía al descubrir que la fantasía, la imaginación, el sentimiento, la alegría de la creación y la esperanza de un renombre justo son mercancías demasiado preciosas para que puedan comprarlas hombres sin dinero, simples artesanos y jornaleros. Recordemos que hubo un tiempo en que los hombres hallaban un placer en su trabajo diario, pero, sin embargo, respecto a otros asuntos ansiaban la luz y la libertad incluso tanto como ahora se desean: su tenue esperanza se hacía cada vez más brillante y veían que se iba acercando de día en día su realización aparente, y la contemplaban con tanta ansiedad que no se dieron cuenta de que el enemigo que siempre acecha, la opresión, había cambiado de forma y les estaba robando lo que ya habían conseguido en aquellos días en que la luz de su nueva esperanza no era sino débil destello; de este modo perdieron su vieja ganancia, y a falta de ella, esa nueva ganancia les fue cambiada y desperdiciada y se convirtió en algo que no era mucho mejor que lo que habían perdido Entre los días que ahora transcurren y el final de la Edad Media, Europa ha ganado libertad de pensamiento, aumento de conocimientos y gran talento para tratar con las fuerzas materiales de la naturaleza; junto con todo ello, una relativa libertad política y un respeto hacia las vidas de los hombres civilizados, y otros logros que acompañan a todo ello; sin embargo, digo deliberadamente que si la situación actual de la sociedad continúa, ella ha comprado esas ganancias a un precio demasiado alto; la pérdida del placer del trabajo diario que en otro tiempo proporcionó auténtico solaz en los temores y opresiones de una masa de hombres: la muerte del arte fue un precio demasiado alto que tuvimos que pagar a cambio de la prosperidad material de las clases medias

Doloroso fue, ciertamente, que no pudiéramos mantener nuestras manos llenas, que nos viéramos obligados a derramar con una mientras recogíamos con la otra; sin embargo, en mi opinión, aun es más grave ser inconscientes de la pérdida o, siendo escasamente conscientes de ella, tener que forzarnos a olvidarla y a proclamar en alta voz que todo va bien. Porque, aunque todo no vaya bien, sé que la naturaleza humana no ha cambiado tanto en tres siglos que nos permita decir a todos los milenios que les precedieron: "Os equivocasteis al amar el arte; ahora hemos descubierto que lo que todos los hombres necesitan es alimentos, ropas y cobijo, y un barniz de conocimientos sobre la forma material del universo. La creación no es ya una necesidad del alma humana; la mano derecha bien puede olvidar su instinto; el hombre no empeorara por ello

Trescientos años, un día en el transcurso del tiempo, no han cambiado la naturaleza del hombre irremisiblemente, podéis estar seguros; un día recobraremos el arte, es decir, el placer de la vida; devolveremos el arte a nuestro trabajo diario: ¿Dónde está, pues, la esperanza?, "nos podéis decir, "Mostrádnosla". La esperanza se encuentra precisamente en el mismo lugar en que la esperanza antigua nos defraudó. Abandonamos el arte por lo que creíamos ser luz y libertad, pero lo que compramos no fue, ni mucho menos, luz ni libertad: la luz mostró muchas cosas a que los de clase acomodada que se tomaron la molestia de buscarlas; la libertad dio a la clase media muchas posibilidades, si se preocupaban de utilizar esa libertad; pero estos eran, en el mejor de los casos, pocos; a la mayoría de los hombres la luz les mostró que ya no necesitaban andar en busca de una esperanza y que la libertad había otorgado a la mayoría de los hombres la libertad de aceptar, con un sueldo miserable, el trabajo de esclavos que se hallara más cercano o, por el contrario, verse obligados a morir de hambre.

Ahí está nuestra esperanza, os digo. Si el trato hubiera sido realmente justo, totalmente completo, entonces lo único que se podría hacer es enterrar el arte y olvidar la belleza de la vida; pero ahora la causa del arte puede apelar a algo más: nada menos que a la esperanza que la gente tiene en la vida feliz que aún no se les ha concedido. Ahí está nuestra esperanza: la causa del arte es la causa del pueblo

Pensad en un momento histórico, ¡y vuestra esperanza despertará! Hubo un tiempo en que el poder de Roma abarcaba, en abrazo envenenado, todo el mundo de la civilización. Todos los hombres -incluso los mejores, podéis ver en los mismos evangelios- pensaban que ese imperio estaba llamado a durar eternamente: los que en él vivían no podían imaginar que existiera en el mundo, fuera de él, nada digno de consideración; pero los días pasaron, y aunque nadie advirtiera los presagios del cambio que se avecinaba, el cambio, sin embargo, llegó, como llega un ladrón en la noche, y los bárbaros, ese mundo que se extendía fuera del dominio de Roma, cayeron sobre ella; y los hombres, ciegos de terror, lamentaron el cambio y consideraron que el mundo había sido destrozado por la furia del Norte.

Pero incluso esa furia trajo consigo ciertas cosas totalmente extrañas a Roma y que en otro tiempo habían sido el alimento que nutriera sus glorias: odio a la mentira, desprecio a las riquezas, menosprecio hacia la muerte, fe en la reputación honrada obtenida por el esfuerzo tenaz, amor honorable hacia las mujeres...., todas esas cosas trajo consigo la furia del Norte, como el torrente de la montaña transporta el oro, y así Roma se hundió y surgió Europa y la esperanza del mundo renació Para un espíritu sensible, esta historia del pasado servirá de parábola de los días que han de venir, del cambio que se nos avecina, ahora oculto en el seno de los bárbaros de la civilización, del proletariado; y a nosotros, las clases medias, sostén del sistema poderoso y monstruoso del comercio competitivo, atañe limpiar nuestras almas de avaricia y de cobardía y enfrentarnos con ese cambio que, otra vez, está en el camino; comprender la bondad y la esperanza que trae consigo, pese a todas las amenazas de violencia, pese a toda esa repugnancia, que no engendró él, sino que fue engendrado por el mismo sistema que está llamado a destruir.

Quiero decir, una vez más, que la mejor esperanza que tenemos nosotros, las personas acomodadas, los que amamos el arte, no como un juguete, sino como algo necesario para la vida del hombre, como muestra de su libertad y de su felicidad, es la de elevar el nivel de vida del pueblo; o, en otras palabras, conseguir la reivindicación que plantee en nombre del trabajo y que ahora expondré de modo diferente, para que intentemos ver cuál es el obstáculo mayor que nos impide hacer que esa reivindicación se cumpla y cuáles son los enemigos que debemos atacar. Así que voy a exponer de nuevo esa reivindicación:

El trabajo humano no deberá producir nada que no valga la pena, y ese trabajo no deberá ser degradante para los trabajadores.

Por sencilla que parezca esta proposición, y creo que os debe parecer tan cierta como me parece a mí, al meditar sobre este asunto veréis que es una amenaza de muerte directa contra el sistema actual de trabajo de los países civilizados. Este sistema, que he llamado comercio competitivo, es claramente un sistema de guerra; es decir, de despilfarro y de destrucción; o, si queréis, un juego de tahúres, cuyas reglas son que todo lo que un hombre puede ganar bajo ese sistema lo gana a costa de lo que otro pierde. Tal sistema no presta atención -ni puede prestarla- al problema de si vale o no la pena fabricar ciertos objetos; ni le preocupa una cosa, y una cosa sola, es decir, lo que llama obtener un beneficio, palabra que ha llegado a ser usada tan convencionalmente que debo explicaros lo que realmente significa, y es esto: ¡el despojo del débil por el fuerte! Y quiero añadir que este sistema es, por su propia naturaleza, destructor del arte, es decir, destructor de la felicidad de la vida. Toda consideración que pueda existir por la vida del pueblo en la actualidad, todo lo que se haga que tenga algún valor, se hace pese al sistema y en contra de sus máximas; y es muy cierto que todos nosotros, al menos tácitamente, admitimos que se opone a las aspiraciones más altas de la humanidad.

¿Es que acaso no sabemos cómo trabajan esos hombres de talento que son la sal de la tierra, sin los cuales la corrupción de la sociedad hace ya tiempo hubiera llegado a hacerse insoportable? Los poetas, los artistas, los científicos, ¿no es cierto que en sus días jóvenes y gloriosos, cuando alcanzan el cenit de su fe y de su entusiasmo, se ven constantemente frustrados por la guerra comercial con su irónica pregunta: "¿Dará dinero?". ¿No es cierto que cuando comienzan a obtener éxito mundial, cuando se hacen relativamente ricos, pese a nosotros, nos aparecen como tiznados por sus corrompidos contactos con el mundo comercial?

¿Necesito hablaros de los grandes proyectos arrinconados, de cosas cuya ejecución es tremendamente necesaria -así lo confiesan todos los hombres-, pero que nadie puede decididamente poner en marcha debido a la falta de dinero? Por el contrario, si se trata de crear o de estimular algún capricho vano en la mente del público, y si para satisfacerlo se obtiene algún beneficio, el dinero lloverá a toneladas.

Y aún hay más: bien sabéis que es muy vieja la historia de las guerras que engendra el comercio en búsqueda de nuevos mercados, que ni los estadistas mas pacíficos pueden resistir; es una vieja historia, pero parece eternamente nueva, y ahora se ha convertido en una especie de broma siniestra, de la cual, si pudiera evitarlo, no reiría, y sin embargo, me veo obligado a hacerlo desde mi alma repleta de ira,

Pues bien, ¿qué ha hecho por nosotros todo ese dominio sobre los poderes de la naturaleza que hemos conseguido en los últimos cien años, o en menos tiempo aun, bajo el sistema actual? En opinión de John Stuart Mil, era dudoso que todos los inventos mecánicos de la época moderna hubieran hecho algo para aligerar la carga del trabajo; y tened la certeza de que no fueron hechos con aquel objetivo, sino con el de obtener un beneficio. Esas máquinas casi milagrosas que, de haber sido tratadas con previsión ordenada, pudieran ahora ya estar extinguiendo a pasos agigantados todo el trabajo fastidioso e insensato, dándonos la libertad de elevar en nuestros trabajadores el nivel de habilidad manual y de energía de mente y producir de nuevo la belleza y el orden, que solo pueden producir manos humanas guiadas por su espíritu, ¿Qué es lo que en realidad han hecho por nosotros? El mundo civilizado está muy orgulloso de sus máquinas, sí, pero, ¿Tiene algún derecho a estar orgulloso del uso a que han sido destinadas por la guerra y el despilfarro comercial?

Me parece que no existe en ello motivo de júbilo: la guerra comercial ha obtenido un beneficio de estas maravillas; es decir, por sus medios ha engendrado millones de trabajadores infelices, máquinas sin inteligencia en lo que respecta a su trabajo diario, para obtener mano de obra barata, para mantener su juego apasionante, pero asesino, eternamente. Y es cierto que esa mano de obra hubiera sido tremendamente barata -barata para los generales de la guerra comercial, y mortalmente cara para el resto de nosotros- a no ser por las semillas de libertad que unos hombres valientes sembraron hace algún tiempo entre nosotros y que están brotando en nuestros propios días en forma de cartismo, sindicalismo y socialismo, en defensa del orden y de una vida decente. Nuestra propia esclavitud hubiera sido terrible -no solo la de las clases trabajadoras- a no ser por esos gérmenes del cambio que debe acontecer incluso tal como están las cosas, mediante ese amontonamiento de los obreros de las máquinas y de sus acólitos en las grandes ciudades y en los distritos industriales, ha mantenido nuestras vidas por los suelos y las mantiene por los suelos, a un nivel de vida miserablemente bajo; tan bajo, que cualquier plan de mejora llega a ser difícil de imaginar.

Por los medios de comunicación rápidos que ha creado, y que debieran haber elevado el nivel de vida al esparcir el conocimiento desde las ciudades al campo y al crear en todas partes centros modestos de libertad de pensamiento y de hábitos culturales, por el ferrocarril y lo que se le parezca, ha enganchado nuevos reclutas al ejército de reserva de competidores indigentes, del cual dependen en gran manera las ganancias de la especulación, desnudando al campo de su población y extinguiendo toda esperanza razonable y toda vida en las ciudades pequeñas. Como artista, no puedo dejar de pensar, ni relegar a un último término, en las consecuencias externas que nos ha acarreado este gobierno de la anarquía miserable que es la guerra comercial. Pensad en la ulcera de Londres, que se agranda, que devora de modo repugnante campos y bosques y brezales, despiadada y desesperadamente, burlándose de nuestros débiles esfuerzos para atajar algunos de sus males menores, y los cielos cargados de humos, los ríos infectos; pensad en el horror sombrío y en la indiferente suciedad de nuestros distritos industriales, tan terrible para los sentidos desacostumbrados a ello que llega a ser siniestro para el futuro de la raza el que haya hombres que puedan vivir sumidos en ella y manteniendo el buen humor; aun hay más; pensad en el mismo campo abierto en el que, para sustituirlas por miserables edificios de ladrillo y pizarra construidos apresuradamente, se echan a un lado esas viviendas sólidas y grises que aún se encuentran esparcidas a nuestro alrededor, emblemas apropiados, debido a su sencillez alegre y bella, de los campesinos libres del campo inglés, cuya destrucción a manos de la entonces joven guerra comercial lamentaron tan conmovedoramente el magnánimo More y el valeroso Latirme.

Por todas partes, en resumen, un cambio de lo viejo a lo nuevo implica, aun dudando de todo lo demás, una certeza: el empeoramiento del aspecto del país. Esta es la situación de Inglaterra: si, de Inglaterra, país del orden, de la paz y de la estabilidad, país del sentido común y del pragmatismo, país al que se dirigen las miradas de todos aquellos que esperan que el progreso moderno continúe y se perfeccione. Hay países europeos cuyo aspecto exterior no está tan arruinado, aunque tengan tal vez menos prosperidad material, aunque la riqueza de la clase media este menos extendida para así equilibrar la miseria y la desgracia que antes mencioné; pero si esos países son miembros del gran complot comercial tendrán que pasar por la misma puerta, a no ser que ocurra algo que detenga la marcha triunfal de la guerra comercial antes de que llegue a su fin.

Eso es lo que nos han legado tres siglos de comercio, la esperanza que surgió cuando el feudalismo comenzaba a hacerse pedazos. ¿Que podrá darnos el amanecer de una nueva esperanza? ¿Acaso podrá ser algo distinto a una revuelta general contra la tiranía de la guerra comercial? Los paliativos de que muchas personas de valor se ocupan son, en estos momentos, completamente inútiles, porque tan solo son revueltas parciales, desorganizadas, contra una organización vasta, insaciable, que recibirá todo intento de mejorar la condición de la vida de la gente con un nuevo ataque; nuevas máquinas, nuevos mercados, emigración masiva, renacimiento de supersticiones rastreras, prédica del ahorro a gentes que carecen de todo, de templanza a los miserables; cosas de este tipo frustraran en toda ocasión las revueltas parciales contra ese monstruo que nosotros, las clases medias, hemos creado para nuestra propia destrucción.

Hablaré con toda claridad de este asunto, aunque deba decir al final algo desagradable, si he de confesar todo lo que pienso. Lo único que debemos hacer es que todo el mundo piensa en todo momento en que es posible elevar el nivel de vida. Si os fijáis en ello veréis claramente que equivale a promover el descontento general.

Y ahora, para demostrar que vuelvo a mi reivindicación en favor del arte y del trabajo, para que pueda ocuparme de la tercera demanda, he aquí de nuevo la reivindicación completa:

Es justo y necesario que todos los hombres trabajen en algo:

1º El trabajo debe valer la pena

2º Debe ser agradable en sí mismo

3º Debe hacerse en tales condiciones que no resulte ni excesivamente fastidioso ni excesivamente angustioso Yo he procurado referirme a las dos primeras clausulas, que están muy relacionadas entre sí. Son, pudiéramos decir, el alma de la reivindicación de un trabajo justo; la tercera clausula es su cuerpo, sin el cual el alma no pueda existir. Así que voy a exponerla de esta forma y ella nos llevara a un terreno que en parte ya hemos cubierto.

Ninguna persona con ganas de trabajar deberá temer nunca la falta de empleo que cubra todas sus necesidades básicas de mente y de cuerpo.

"Todas las necesidades básicas", ¿y cuáles son esas necesidades básicas para todo buen ciudadano? En primer lugar, un trabajo decoroso y digno, lo cual implicaría dar la oportunidad de capacitarse para el trabajo mediante la educación debida; también, y ya que el trabajo debe ser digno de efectuarse y debe ser agradable, nos daremos cuenta de que para lograr este objetivo es necesario que la posición laboral este de tal modo asegurada que no se pueda obligar a un hombre a efectuar trabajos inútiles o trabajos en que no pueda hallar placer.

La segunda necesidad es que exista un ambiente decente, lo que implica:

a) Buenas viviendas

b) amplio espacio

c) orden y belleza general

Es decir:

a) nuestras casas deben estar bien construidas, deben ser limpias y saludables

b) debe existir abundante espacio verde en nuestras ciudades, y nuestras ciudades no deben devorar los campos y el aspecto natural del campo; más aún, pido incluso que se dejen espacios abiertos y tierras vírgenes salvajes; de lo contrario, el encanto y la poesía -es decir, el arte-, morirán entre nosotros; c) orden y belleza significan no solo que nuestras casas deben estar construidas de modo duradero y con propiedad, sino que deben también estar bien decoradas; que los campos que se dediquen al cultivo no se estropeen más de lo que se pueda estropear un jardín; por ejemplo, no se permitirá que nadie pueda talar, por mero beneficio personal, arboles cuya perdida perjudique un paisaje ni bajo ningún pretexto podrá nadie oscurecer la luz del día con humos, emponzoñar los ríos o degradar ningún lugar de la tierra con desperdicio inmundos o con ese desorden brutal y despilfarrador.

La tercera necesidad es tiempo libre. Comprenderéis que al utilizar esa expresión entiendo, en primer lugar, que todos los hombres deberán trabajar durante una parte del día y, en segundo lugar, que tienen el derecho positivo a exigir un descanso después de ese trabajo; el tiempo libre que tienen derecho a exigir debe ser lo bastante extenso para que les permita un descanso completo de la mente y del cuerpo; todo hombre debe tener tiempo para el pensamiento intelectual profundo, para la imaginación (incluso para soñar), o la raza humana, por el contrario, inevitablemente empeorara. Incluso respecto a ese trabajo decoroso y digno al que me he referido, que es la misma gloria, si está totalmente separado del trabajo forzado del sistema capitalista, no se le debe exigir a un hombre más de lo que en justicia le corresponda; si no, los hombres se desarrollarán desigualmente y seguirá habiendo en la sociedad algo corrompido.

Os he expuesto, pues, las condiciones bajo las cuales se puede realizar un trabajo que valga la pena y que no sea degradante: no se puede realizar bajo ninguna otra condición, y si el trabajo global del mundo no vale la pena y a la vez es degradante, será un contrasentido hablar de civilización.

Ahora bien, ¿pueden alcanzarse estas condiciones bajo el evangelio actual del capitalismo, cuyo lema es "salvarse quien pueda"?

Consideremos nuestra reivindicación de nuevo, expuesta en otras palabras:

En un estado social debidamente ordenado, todo hombre con ganas de trabajar deberá tener asegurados:

1º Un trabajo decoroso y digno

2º Una vivienda saludable y bella

3º Tiempo libre, disponible para el descanso de la mente y del cuerpo

Ahora bien, supongo que ninguno de los aquí presentes negará que sería deseable conseguir esta reivindicación; pero quiero que todos penséis que es necesario que se logre, que, mientras no hagamos todo lo posible para conseguirlo, seremos tan solo la parte esencial de una sociedad fundada en el robo y en la injusticia, condenada por las leyes del universo a destruirse a sí misma mediante sus propios esfuerzos para pervivir eternamente. Más aun, quiero que penséis que, si por una parte es posible lograr esta reivindicación, por otra es imposible lograrla bajo el sistema plutocrático actual, que nos prohibirá incluso todo intento serio de lograrlo: el comienzo de la revolución social debe ser el cimiento de la reconstrucción del arte del pueblo, es decir, del placer de la vida.

Debo decir ahora ciertas frases desagradables. ¿Sabemos que la mayor parte de los hombres de las sociedades civilizadas, son sucios, ignorantes, brutales, o en el mejor de los casos, ávidos del sustento de la semana que viene, que son, en pocas palabras, pobres? Y al pensar en su situación, bien sabemos que es injusta.

Dice un cuento viejo que aquellos hombres que se labran una fortuna por medios deshonrados y tiránicos, derrochan con liberalidad y en obras caritativas -como ellos dicen- sus ganancias mal obtenidas; pero el cuento no alaba a tales personas, sino que, por el contrario, cree que, pese a todo, el diablo los atrapa. Es una historia vieja, sí, pero yo os digo: "De que fabula". ¡De ti habla esa historia, tú eres el protagonista!

En mi opinión, las clases ricas y acomodadas estamos actuando diariamente del mismo modo: inconsciente o semiinconscientemente tal vez, amontonamos riquezas comerciando con las imperiosas necesidades de nuestros semejantes, y luego arrojamos unas monedas a aquellos que, de una u otra forma, nos chillan con más fuerza. Nuestras leyes de pobres, nuestras obras de caridad, organizadas y desorganizadas, no son más que débiles barreras para atajar un torrente, mero chantaje pagado a una injusticia renqueante, para que no pueda darnos alcance.

¿Cuándo llegara el día en que los hombres honrados y con claridad de ideas se harten de todo este caos de desperdicio, de este sistema que roba a Pedro para dárselo a Pablo, que es la esencia misma de la guerra comercial? ¿Cuándo nos uniremos todos para sustituir este sistema, cuyo lema es "Sálvese quien pueda", por otro sistema cuyo lema sea, realmente y sin ningún calificativo: "Todos para uno y uno para todos"?

¿Quién sabe? Tal vez ese día se avecine, pero, ¿Veremos nosotros, los que ahora vivimos, el comienzo de ese final que extinguirá el lujo y la pobreza, que fusionara las clases alta, media y baja en una sola clase, que vivirá alegremente una vida sencilla y feliz?

Muy larga resulta esa frase para describir el estado de cosas que os pido me ayudéis a conseguir: "la abolición de la esclavitud es una frase más corta y significa lo mismo. Tal vez, por una parte, podáis estar tentados de pensar que no vale la pena luchar por ese objetivo; o que, por otra, supongáis todos vosotros que ese objetivo se halla a tanta distancia que no se puede hacer nada importante para conseguirlo en nuestros días y que, por esa misma razón, bien puede uno cruzarse de brazos y no hacer nada.

Permitidme que os recuerde que, hace muy poco tiempo, muchos miles de hombres de nuestra misma condición dieron sus vidas en el campo de batalla para que concluyera felizmente un solo episodio en la lucha por la abolición de la esclavitud: son ellos hombres admirados y felices, porque les llegó su oportunidad, la aprovecharon e hicieron todo lo que pudieron, y el mundo se ha enriquecido con ello. Ahora bien, si se nos ofrece una oportunidad semejante, ¿La echaremos de lado para poder descansar con tranquilidad, mientras la duda, la enfermedad oprimen nuestra alma? Estos son días de combate: ¿Quien podrá dudarlo, si a nuestro alrededor se escuchan sonidos que presagian el descontento, la esperanza y el temor por doquier, sonidos del valor que despierta y de la conciencia que resurge? Estos, os digo, son días de combate, en los que no hay posibilidad de paz externa para un hombre honrado; en los que, por esa misma razón, es mas fácil conseguir la paz interna de una buena conciencia fundada en convicciones seguras, puesto que se nos está ofreciendo acción en defensa de la causa.

O bien, ¿diréis acaso que en este país de Inglaterra, tranquilo y gobernado constitucionalmente, no se nos ofrece ninguna oportunidad de acción? Si estuviéramos en la amordazada Austria, en Rusia, donde un par de palabras te pueden hacer aterrizar en Siberia o en la prisión y fortaleza de Pedro y Pablo...., claro, entonces con toda certeza...

¡Ay amigos míos! ¡Qué ofrenda más pobre podemos presentar ante las tumbas de los mártires de la libertad, si rehusamos tomar la antorcha de sus manos desfallecientes! ¿No fue acaso Goethe quien, al oír que alguien se iba a América a iniciar una nueva vida, le replicó: "América está aquí o no está en ninguna parte"? Del mismo modo yo os digo: "Aquí esta Rusia, o no está en ningún lado".

Decir que las clases gobernantes inglesas no se asustan de la libertad de expresión y que, por lo tanto, debemos abstenernos de hablar con libertad me suena a extraña paradoja. Ahondemos, por el contrario, esa brecha que nos abrieron hombres valientes; si nos echamos atrás, haremos que sus esfuerzos, sus sufrimientos, sus muertes, no tengan ningún valor.

Creedme, nos mostrarán que se trata de todo o de nada. ¿O acaso alguno de los aquí presentes querrá argüir que un mujik ruso se halla en una situación peor que la del sudoroso esclavo asalariado de la confección? No nos engañemos: la clase de las victimas existe tanto aquí como en Rusia. Pero, ¿existen menos aquí? Quizás; pero en ese caso se encuentran más indefensas y por ello tienen más necesidad de nuestra ayuda.

¿Y cómo podemos nosotros, las clases medias, nosotros, capitalistas y parásitos, ayudarles? Renunciando a nuestra clase, y siempre que exista un antagonismo entre las clases, poniéndonos al lado de las víctimas: al lado de los condenados a la falta de educación, de refinamiento, de placer y de reputación, en el mejor de los casos y en el peor, a una vida inferior a la de los salvajes más brutales, para que el sistema del comercio competitivo prevalezca.

No hay otro camino; y este, os lo digo sin tapujos, nos dará, a largo plazo, múltiples ocasiones de sacrificio personal, sin que para ello tengamos que ir a Rusia. Tengo la plena seguridad de que el auditorio, aquí hay gente que se siente llena de descontento hacia la anarquía miserable de este siglo del comercio; yo les ofrezco un medio de renunciar a su clase apoyando la propaganda socialista, alistándose a la Federación Democrática, que tengo el honor de representar ante vosotros y que me parece ser la única en este país que presenta como programa un socialismo constructivo.

Esta es mi opinión, una buena oportunidad para aquellos que estamos descontentos con el estado actual de las cosas y deseamos una oportunidad de renunciar a él; y es muy cierto que al aceptar esa oportunidad tendréis que sufrir, desde ese momento, algunos de los inconvenientes del martirio, sin obtener al mismo tiempo su dignidad. Al menos se burlaran y se reirán de vosotros esas personas cuya burla es muestra de honor para un hombre honrado; pero también , no lo dudo, os mirarán con frialdad muchas personas excelentes, y no todas ellas serán completamente estúpidas. Correréis el riesgo de perder vuestra posición, vuestra reputación, vuestra fortuna, vuestros amigos incluso: pérdidas que, en realidad, no son sino pellizcos comparados con el martirio genuino del que os he hablado; pero que, sin embargo, revelan de qué pasta está hecho un hombre, tanto más cuanto que es muy fácil escapar de ello sin ningún otro reproche de cobardía que el que vuestra conciencia os dicte.

Claro que tampoco puedo aseguraros que salgáis siempre impunes de los ataques de la tiranía abierta. Es cierto que en la actualidad la sociedad capitalista mira al socialismo en Inglaterra con sarcasmo. Pero recordad que ese grupo de personas que, por ejemplo, han devastado la India, han matado de hambre y han amordazado a Irlanda, han torturado a Egipto, tiene capacidad -últimamente ha mostrado síntomas de mal agüero- de representar abiertamente el papel de tirano no tan lejos de casa.

Así que, lo miremos por donde lo miremos, la posición que os ofrezco implica sacrificio: esa posición os daría vuestra "América" en casa y os daría la seguridad interna de que, al menos, sois de alguna utilidad para la causa; y por ello, a quienes estéis convencidos de la justicia de nuestra causa, os pido no titubeéis en participar activamente en la lucha que -con ayuda de quien sea, con oposición de quien sea-, debe, sin duda, culminar por fin ¡En la victoria!

Redacción: "Arte y socialismo" ("Art and Socialism") es el texto de una charla pronunciada ante la Sociedad Secular de Leicester (Inglaterra) el 23 de enero de 1884.
Historial de publicación: Se publicó por vez primera en forma de panfleto en Leek (Inglaterra) en 1884. Luego fue reeditado en The Collected Works of William Morris, tomo XXII, págs. 192-214.
Fuente de la versión en castellano: Omegalfa.es
Transcripción/html para marxists.org: Rodrigo Cisterna, febrero de 2014.