Gabe Abrahams (Barcelona, 1966) es un marchador con
plusmarcas mundiales en caminatas Multiday, una especialidad de varios
días de duración. Desde 2020, su actividad deportiva va unida a la
literaria, publicando artículos y libros de temática deportiva. Acaba de
publicar su cuarto libro: Deporte soviético (Rebelión, 2026).
Entre
sus caminatas Multiday y la escritura, este barcelonés nos ha dejado un
magnífico libro dedicado al deporte de la Unión Soviética que merece
una reseña especial.
En 1991, la URSS finalizaba su recorrido
histórico, después de haber tomado forma con la Revolución Rusa de 1917 y
realizado un trayecto de más de setenta años.
Sobre la caída de
la URSS, se han escrito bastantes cosas. Hay quien llegó a afirmar que
su derrumbe suponía el inicio de una nueva Era del capitalismo. Algo así
como el final de la historia.Francis Fukuyama, quien lo dijo, obviamente se equivocó.
Como
consumado experto en deporte y en la temática soviética, Gabe Abrahams
no es ajeno a estos posicionamientos y ha querido mostrar la realidad de
lo que ocurrió en la URSS y en su deporte de competición en su obra Deporte soviético.
Así,
a través de sus páginas, Abrahams repasa el método de Marx y el sistema
marxista-leninista de Lenin, la historia de la URSS, biografías de
deportistas soviéticos y el recorrido de los equipos y clubs de la Unión
Soviética.
Explica con detalle cómo el sistema marxista-leninista
soviético le supuso a la URSS adaptarse a sus deportistas, cubrirles
las necesidades que tenían y a la vez dedicarse a la formación de su
voluntad. Una apuesta de los años treinta del siglo pasado que triunfó y
que estuvo vigente hasta el último aliento de la Unión Soviética. Una
cifra estratosférica de medallas olímpicas da testimonio de ello.
Gabe Abrahams reflexiona en el epílogo de su libro Deporte soviético sobre una cuestión que debería atraer la atención de todos. “¿Qué
hubiese ocurrido con la URSS si hubiese extendido a todo su Estado el
sistema marxista-leninista adaptado para el deporte, es decir la
conjunción de condiciones materiales más fuerza de voluntad?”, se pregunta.
Abrahams
considera que, de haberse extendido el sistema marxista-leninista
adaptado al deporte a todo el Estado soviético, la URSS no se hubiese
aburguesado en su última etapa, ni claudicado en 1991.
El libro Deporte soviético
está estructurado con un prólogo, una introducción, quince capítulos
repartidos en tres partes y un epílogo. En sus 140 páginas, atrapa desde
el principio por su dinamismo y los conocimientos y datos que aporta el
autor sobre cuestiones nucleares de la URSS y su sistema.
Gabe
Abrahams nos habla de Karl Marx, Friedrich Engels, Lenin, Stalin, León
Trotski, Mao Zedong, Nikita Jrushchov… Y también de Aleksandr Kérenski y
los suyos, es decir, de aquellos que fracasaron al intentar doblegar a
los bolcheviques y no pudieron evitar el nacimiento y desarrollo de la
URSS.
La novedad editorial Deporte soviético es muy recomendable para conocer exactamente lo ocurrido en la URSS y el sonoro éxito que consiguió su deporte.
Es
una obra clave que profundiza en las entrañas de la Unión Soviética,
mostrando que el sistema que empleó para su deporte de competición
supuso y supone una vía hacia la victoria.
Gabe Abrahams, aparte
del deporte y la escritura, ha tenido un interés intelectual desde su
juventud por la filosofía, siendo sus dos pensadores favoritos Baruch
Spinoza y Karl Marx. A estos los ha tenido siempre presentes, incluso en
las etapas en las que se dedicó exclusivamente al deporte y a sus
caminatas Multiday.
Deporte soviético ha sido publicado por Rebelión en marzo de este 2026 y se puede descargar en la sección Libros Libres del medio.
Vlade Divac y Drazen Petrovic eran los pilares de la selección yugoslava
de baloncesto que arrasaba en Europa a finales de siglo. Compartían
habitación y un amistad que parecía inquebrantable. Fueron al draft de
la NBA el mismo año para cuidar el uno del otro. Los triunfos y los
adjetivos se acababan para poderlos definir. Pero la guerra de
independencia entre Croacia y Serbia hundió su amistad para siempre.
Petrovic, croata y Divac, serbio, fueron tomados como símbolos
patrióticos". La querra civil, con amigos y familiares de los jugadores
luchando y muriendo en bandos opuestos parecía no tener fin. Un día
fatídico de 1993, Petrovic murió en un accidente
de automóvil, sin que ambos se hubieran reconciliado. Su funeral
congregó 100.000 personas en Zagreb. Pero Divac no pudo estar allí y esa
herida no se cerró para él. Después de 20 años, Divac vuelve a Zagreb
donde recibe todavía miradas de rencor, pero es allí donde conseguirá
curar su herida. Les veremos jugar y hablar con el resto de estrellas de
su equipo, con Magic Johnson, Larry Bird, Michael Jordan, Arvydas
Sabonis... Merece la pena haber escrito yo mismo sobre esta desgarradora
historia de amistad, de superación, de triunfo, de guerra, de odio, de
culpa y de redención
Exposición "Lev Borodulin. Predicting the Moment" en Moscú
Del 3 de agosto al 17 de noviembre de 2023, el Museo Judío y Centro de Tolerancia de Moscú alberga una exposición que celebra la vida y la carrera del legendario fotógrafo deportivo Lev Borodulin.
La exposición, que marca los 100 años desde el nacimiento de Borodulin, está dividida en cinco partes, cada una de las cuales cubre varios períodos de la obra de Lev Borodulin: desde sus primeros trabajos y el desarrollo de su estilo característico hasta fotografías deportivas icónicas y las fotografías documentales que tomó después de mudarse a Israel.
Fotógrafo de fama mundial y ganador de una medalla de oro olímpica por sus logros en la fotografía deportiva, Lev Borodulin realmente revolucionó su arte.Ingresó al Instituto Poligráfico de Moscú poco después de que estallara la Segunda Guerra Mundial;en 1941, después de haber estudiado solo un año, fue enviado al frente.Finalmente, recibió las medallas "Por la defensa de Moscú" y "Por la captura de Berlín" y completó sus estudios después de regresar de la guerra.Años más tarde, Borodulin se convirtió en uno de los principales fotógrafos de Ogonyok, la revista más influyente de la URSS.Su foto de los Juegos Olímpicos de Verano de 1960 que apareció en la portada de la revista fue criticada por el estadista soviético Mikhail Suslov.Titulada From a Platform, la fotografía muestra a una buceadora de espaldas mientras se sumerge en el agua.La foto fue criticada como indecente y carente de sustancia real.Borodulin fue acusado de formalismo;sin embargo, esa etiqueta le valió una reputación como artista de vanguardia, lo que ayudó a impulsar su carrera durante la era de Jruschov.
En 1973, Borodulin se mudó a Israel.Siguió tomando fotografías en eventos deportivos mientras también fotografiaba la vida cotidiana de Israel.Al igual que durante su vida en la Unión Soviética, Borodulin viajó mucho, capturando sus experiencias en una película.Lev Borodulin también fue uno de los primeros coleccionistas de fotografías.Su colección se considera una de las colecciones privadas más grandes de fotografía soviética, que contiene imágenes de artistas como Alexander Rodchenko, Boris Ignatovich, Yevgeny Khaldei y más.
El circo estatal de Moldavia Imagen: Gikü bajo una licencia CC a través de Wikimedia Commons
El circo estatal de Moldavia (1981)
Ala Kirichenko y Simion Shoyhet. Chișinău, Moldavia
En
su inauguración en 1981, el Circo Estatal de Moldavia era un lugar de
vanguardia con un diseño nunca antes visto, nuevos equipos y grandes
espacios de ensayo, que atraía a artistas de todo el mundo. El lugar fue
considerado el auditorio más grande del país, con su anillo de 40 pies
rodeado por 1,900 asientos. Siete años después de su inauguración, se
instaló una escultura de Matvey Levinson de dos payasos acrobáticos
sobre la entrada principal, saludando a las multitudes cuando entraban.
Pero los buenos tiempos no iban a durar. Moldavia se vio devastada por
la crisis económica y la rápida inflación tras el colapso de la Unión
Soviética, y el lugar fue abandonado en 2004. Una década más tarde, el
circo volvió a la vida gracias al Ministerio de Cultura y empresas
privadas, pero con un menor , Capacidad para 300 personas. Sin
embargo,el estado actual de la estructura sigue siendo relativamente
bueno, con solo trabajos de renovación menores en los elementos
decorativos y la fachada.
Complejo deportivo de San Petersburgo. Imagen: Monoklon con licencia CC 4.0 a través de Wikimedia Commons
Complejo deportivo de San Petersburgo (1979-80)
MI Chaiko NV Baranov VF Yakovlev NA Vladislaveva AP Morozov. San Petersburgo, Rusia
Conocido
durante la era soviética como el Complejo Deportivo y de Conciertos VI
Lenin, el Complejo Deportivo de San Petersburgo se encuentra en el
distrito Moscovsky de la ciudad, un área comercial que rodea la Avenida
Moscú, el Parque de la Victoria y el estadio deportivo en sí. La arena
circular atrae tanto a visitantes como a lugareños, y anteriormente
alberga conciertos, ferias, eventos y juegos. Hoy, sin embargo, el
estadio se encuentra en el centro de la controversia arquitectónica. La
Unión de Arquitectos de San Petersburgo y la Sociedad de Protección de
Monumentos habían hecho campaña para que la estructura fuera clasificada
como Patrimonio Cultural, pero el gobierno de la ciudad se negó. En
cambio, en 2019, se realizó una convocatoria abierta para la
reconstrucción de la arena, dejando abiertas las opciones para que los
concursantes demuelen, reconstruyan o renueven la estructura. Pero en
enero de 2020, el techo,junto con partes de las paredes del antiguo
estadio se derrumbaron cuando algunas partes del edificio fueron
desmanteladas, probablemente debido a trabajos ilegales que se estaban
realizando en el edificio.
Complejo Karen Demirchyan. Imagen: Viiolmysan bajo una licencia CC 4.0 a través de Wikimedia Commons
Complejo Karen Demirchyan (1983)
A. Tarkhanian, S. Khachikyan, G. Pogosyan y G. Mushegyan. Ereván, Armenia
El complejo deportivo y de conciertos Karen Demirchyan se encuentra en el oeste de Ereván. La
estructura del complejo se asemeja a un pájaro grande con las alas
extendidas, un diseño único que simboliza tanto la superioridad como la
libertad. El complejo
incluye una arena principal de hasta 8.800 asientos, una sala de
conciertos (1.900 asientos), un pabellón de deportes (2.000 asientos),
salas diplomáticas y un vestíbulo para exposiciones. Desde
sus inicios, el complejo ha albergado cientos de eventos y
conferencias, incluidos conciertos, campeonatos deportivos e
inauguraciones presidenciales.
El
complejo se abrió inicialmente al público en 1983, pero varios años
después se produjo un incendio que obligó a la dirección del edificio a
cerrar sus puertas hasta que fue completamente renovado en 1987. Entre
los otros elementos de diseño únicos de la estructura se encuentra una
escalera que conduce a la Tsitsernakaberd Hill, y una tribuna giratoria
utilizada para crear espacio adicional para los asientos, un concepto
que les valió a los arquitectos del proyecto el Premio Estatal de la
URSS.
En
construcción durante casi 20 años, este excéntrico edificio nació del
deseo de acercar el teatro al proletariado, dejando un legado exitoso de
más de 30 años de actividad cultural. Ubicado a orillas del río Volkov,
uno de los aspectos de diseño mejor logrados del edificio es su
relación con su propio contexto inmediato y el respeto por el patrimonio
local. Aunque a primera vista su forma brutalista es imponente y
aparentemente sin relación con su entorno, el diseño se planeó para
permanecer fuera de la vista de los principales miradores y paisajes
históricos de la ciudad. Mientras tanto, sus numerosas fachadas se
inspiraron en detalles de las iglesias ortodoxas locales o se crearon
para enmarcar cuidadosamente las mejores vistas hacia el río. El
exterior de hormigón pálido contrasta con el interior y sus elaboradas
formas orgánicas,donde se cubren techos con objetivos acústicos, así
como con detalles de pasamanos y balcones. Lo que una vez fue un
edificio símbolo del progreso, hoy se ha convertido en un monumento, un
hito de la nostalgia y los ideales de un estado extinto.
El Palacio de Deportes V. Lenin es un recinto deportivo multidisciplinario. Uno
de los elementos de diseño más reconocibles es la visibilidad de la
estructura en la fachada con el uso de vigas de celosía, que se expresan
en el atrio de la fachada principal, complementando la aparición
esporádica de esculturas deportivas.
Las
fachadas restantes tienen detalles geométricos en bajorrelieve que le
dan una textura única al hormigón, o albergan características como
escaleras de caracol. Las
áreas dentro de la estructura incluyen la explanada del área de
entrada, un auditorio con 3.000 asientos y un escenario, un ala
administrativa ortogonal al patio interior y una piscina equipada con
sauna y gimnasio.
El edificio todavía está en uso hoy en día y es más conocido como el Palacio de Deportes Kojomkul. También está en la lista de monumentos nacionales de Kirguistán .
Marc Bret y Nacho Morejón narran en un magnífico
libro medio siglo de baloncesto en la URSS. La Guerra Fría con EE UU,
Múnich 72, los duelos TSKA-Madrid, la muerte del héroe Belov, el castigo
a Tkachenko, la irrupción de Sabonis, la coronación en Seúl 88…
El gigante rojo, historia del baloncesto soviético,
es el título de un libro magnífico, muy minucioso y repleto de
testimonios, escrito por Marc Bret y Nacho Morejón y publicado por
Ediciones JC. La obra realiza un apasionante recorrido por el
deporte de la canasta en la extinta URSS durante la segunda mitad del
siglo XX, un país que llegó a convertirse en la segunda gran potencia
mundial solo por detrás de Estados Unidos. Un libro de baloncesto, pero también de historia, que narra la rivalidad deportiva y los planes soviéticos para vencer a los estadounidenses, especialmente en los Juegos Olímpicos, en plena Guerra Fría, con una figura fundamental, la del entrenador Alexander Gomelski,
que alcanzó en la cita olímpica de Seúl 88 el único título que le
faltaba y, a la postre, el último de la Unión Soviética antes de su
disolución.
Los dos autores, por cierto, tienen también una buena historia detrás cada uno. Marc Bret
nació en Barcelona en 1987 y creció en Badalona, ciudad de baloncesto,
se doctoró en física de partículas experimental en Londres y trabaja actualmente en la Organización Europea para la Investigación Nuclear, aunque sin perder de vista el mundillo de la canasta y donde ha colaborado en la web Basketme. En Londres conoció
a la que ahora es su mujer, una moscovita, que le llevó a empaparse de
la cultura eslava y también a aprender la lengua rusa.
Nacho Morejón, por su parte, nació en Huelva en 1972 y es ingeniero de telecomunicaciones
por la Universidad de Vigo y, actualmente, jefe de equipos de
automatización de redes en Telefónica UK (Reino Unido). Jugador federado
de baloncesto durante muchos años y autor de La mujer que visitaba su propia tumba, una historia de Manchukuo.
“El gigante rojo contiene información extensa y
fidedigna sobre la URSS y sus jugadores que antes era un misterio para
los extranjeros”, escribe en el prólogo Serguei Tarakanov,
alero del TSKA de Moscú y de la selección de la URSS en la década de
los 80. Un placer descubrir hechos desconocidos con una lectura a la vez
amena y didáctica, con multitud de anécdotas y situaciones no
desveladas en su día en una época marcada por el secretismo.
Un trabajo que abarca las competiciones internacionales desde 1947
(debut con título en el Eurobasket antes de encadenar ocho medallas de
oro seguidas entre 1957 y 1971) y el estreno olímpico de la URSS en 1952, que previamente había rechazado la cita olímpica por ser una competición de las élites.
La victoria ante la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial cambió
el panorama, los deportistas soviéticos se iban a convertir en
embajadores de la URSS, aunque con la intención de participar solo en
los eventos internacionales en los que se podía lograr la primera plaza.
“Si perdíamos, la prensa burguesa aprovecharía para criticar a
nuestra nación al completo y a nuestros atletas, lo que ya había
ocurrido anteriormente. Para que nos dieran permiso para
competir a nivel internacional tuve que mandar una carta especial a
Stalin garantizando la victoria. Así, uno se hacía responsable de los
resultados, y las consecuencias del fracaso eran muy serias”, aseguraba Nikolai Romanov, ministro de Deportes en aquellos años. Lo de las “consecuencias”, las purgas y los duros castigos tienen mucho de mito, como explican los autores.
La Guerra Fría baloncestística comenzó en Helsinki 52, con triunfo
estadounidense en la final, un éxito determinado, entre otras cosas, por
la superioridad de los interiores Kurland y Lovelette (en 1956 sería el
turno de un joven de 22 años llamado Bill Russell). Una desventaja
física que marcó a los dirigentes deportivos soviéticos, que debían
encontrar jugadores de gran tamaño que hicieran frente a su rival. Arrancaba la búsqueda de gigantes, legado que dejó la URSS al baloncesto con pívots como el checheno Akhtaev, de 2,32 m; el letón Krumins, de 2,20 y primer cinco soviético de nivel internacional; el ruso Andreiev, de 2,15; y, posteriormente el ruso-ucraniano Tkachenko y el lituano Sabonis, ambos de 2,20.
Todo se terminó en 1991 con la disolución de la URSS, cuyos restos (baloncestísticamente hablando) pervivieron hasta los Juegos de Barcelona 92,
donde parte del antiguo equipo soviético compitió bajo bandera de la
Comunidad de Estados Independientes alcanzando las semifinales. La
medalla de bronce se la arrebató Lituania en un duelo tan directo como
simbólico en ese momento.
Un cerrojazo a más de 40 años de baloncesto soviético, en los que el gigante rojo ganó 14 Eurobasket, tres Mundiales y dos Juegos Olímpicos. Casi medio siglo en el que sus clubes también llegaron a dominar el Viejo Continente. Lo hizo el TSKA de Moscú (“En los duelos frente al Real Madrid en los 60 era cuestión de Estado, nos pedían ganar o morir”,
recordaba el virtuoso base armenio Alachachian) y lo hizo antes el ASK
Riga, vencedor de las tres primeras ediciones de la Copa de Europa con
Gomelski en el banquillo. Otros dejaron huella a su manera, como el
Spartak de Leningrado (ahora San Petersburgo). Y dentro del capítulo
equipos, muy especial resultó la rivalidad liguera entre el TSKA y el
Zalgiris del gran Sabonis en los 80. Un boom de popularidad para el deporte de la canasta al otro lado del telón de acero.
La muerte del héroe de Múnich 72
La trágica historia del atlético pívot Alexander Belov,
autor de la acción ganadora en Múnich 72 en los polémicos tres segundos
finales que tumbaron por primera vez a EE UU en unos Juegos, y la de Vladimir Kondrashin, su entrenador en aquella selección y también en el Spartak de Leningrado, es muy emotiva y está muy bien investigada y narrada.
El técnico fue como un padre para el jugador, que perdió al suyo
prematuramente, y más tarde iba a ser el propio Belov quien falleciera
con solo 26 años debido a un sarcoma incurable, lo que conmocionó profundamente a compañeros y rivales en plena disputa del Mundial de Filipinas en 1978.
El otro Belov, Serguei, el escolta, el mejor jugador soviético de la historia hasta entonces
(y luego entrenador), fue el último portador de la antorcha en los
Juegos de Moscú 80, en el inicio de una década inolvidable que se
inauguró con un rotundo fracaso, ya que el oro fue para Yugoslavia en la
cita olímpica. De la decepción más absoluta al desquite en el
Mundial de Cali 82 con gran protagonismo de Myshkin y del recordado
Tkachenko, que faltó al Eurobasket de unos meses después en Francia como
castigo interno al ser descubierto con divisas y productos comprados en
el extranjero para vender dentro del país y así poder sacarse un dinero extra en rublos. Una práctica común que provocó múltiples reprimendas del KGB.
Los Juegos de 1988 en Seúl serían los de la coronación definitiva de una de las mejores selecciones de la historia, el canto del cisne de la URSS antes de la disolución y, asimismo, el requisito previo obligado para que jugadores como Marciulionis y Volkov obtuvieran el permiso para desembarcar en la NBA apenas un año más tarde, en 1989, mientras Sabonis lo hacía en nuestra ACB, en Valladolid.
Una gran historia la del baloncesto soviético que merece ser leída, sobre todo si está tan bien contada como en El gigante rojo.
Un
libro relata la incidencia que tuvo el fútbol en la Revolución rusa y
los cambios que originó la victoria bolchevique en este deporte
Selección de fútbol de la URSS en 1926. La foto fue coloreada posteriormente.Cedida por Txalaparta
Octavos de final del Mundial de 1986. La URSS se juega el pase contra Bélgica, que gana el encuentro con dos goles en claro fuera de juego. Durante el partido, harto de las decisiones arbitrales, un técnico soviético salta furioso del banquillo y grita fascista al asistente, el español Sánchez Arminio. El protagonista es Ruperto Sagasti,
uno de los 3.000 niños españoles exiliados en Rusia durante la Guerra
Civil. Sagasti desarrolló una brillante carrera en el Spartak de Moscú.
Tras retirarse prematuramente, se convirtió en docente del Instituto
Central de Cultura Física y ayudó a modernizar el fútbol soviético. No
obstante, los principales cambios se produjeron mucho antes, con la
Revolución rusa de 1917.
La llegada del fútbol a Rusia coincidió con el último periodo de
dominio zarista. A finales del siglo XIX, el Imperio experimentó un
notable desarrollo industrial que atrajo a multitud de foráneos,
especialmente británicos. El balompié supuso un soplo de aire fresco,
pero no se popularizó entre la población local hasta la revolución. La
guerra supondría un punto de inflexión. Tanto el Imperio zarista como
los bolcheviques lo veían con recelo, pero acabaron promocionándolo ante
la necesidad de disponer de una buena formación física en el campo de
batalla, primero en la Gran Guerra y luego en la contienda civil que
asoló Rusia durante seis años, señala el historiador Carles Viñas en Fútbol en el país de los soviets (Txalaparta).
Selección de fútbol de la URSS en 1923.Cedida por Txalaparta
“La recepción fue dual. Las élites del zarismo lo rechazaban al
considerarlo un deporte extranjero. Para ellos, el fútbol tenía
connotaciones políticas, suponía una injerencia. Rusia era entonces un
lugar muy hermético. Sin embargo, parte de la burguesía veía en él una
ventana a Europa, un signo de modernidad”, reconoce Viñas. Este profesor
de Historia en la Universidad de Barcelona explica que la idea de
escribir el libro surgió tras la ponencia que ofreció en un congreso
celebrado hace tres años para conmemorar el centenario de la Revolución rusa. “El objetivo era dar a conocer la historia desde un punto de vista diferente”, insiste el autor.
Auge deportivo
Las élites zaristas bascularon entre el interés apasionado y el
menosprecio del balompié. Al principio, fue un juego reservado a las
clases más pudientes. Para participar era necesario estar inscrito en
uno de los clubes existentes, que formaban parte de la cultura social y
de ocio asociada a la burguesía y a la aristocracia. La clase obrera
quedó excluida. Fueron los extranjeros que residían en las grandes
ciudades quienes fundaron los primeros clubes privados para practicar
fútbol, pero también otras disciplinas. El auge del deporte se
visibilizó gracias a la proliferación de nuevos clubes impulsados por
promotores industriales preocupados por ofrecer a sus empleados
actividades saludables y obtener, de esa manera, cierto prestigio
social.
Ruperto Sagasti, primero por la izquierda, junto a otros niños de la guerra en Odessa en 1937.
Los rusos se fueron incorporando poco a poco al fútbol. La mayoría
eran estudiantes, militares o empleados industriales. La caída de los
Romanov y el establecimiento del primer Estado socialista del mundo lo
convirtieron en un auténtico fenómeno de masas. La existencia de
diferentes fases evolutivas llevó al autor a estructurar el libro en
tres partes que titula con el nombre de las obras de juventud de León Tolstói: Infancia, Adolescencia y Juventud.
En sus casi 200 páginas, Viñas sostiene que el triunfo revolucionario
aceleró la nacionalización del fútbol. Aunque la guerra fratricida entre
rojos y blancos no finalizó hasta 1923, durante la contienda se esbozó
una profunda reestructuración del deporte, que quedó bajo el control del
Estado.
Si los bolcheviques consiguieron alzarse con la victoria fue gracias a la creación del Ejército Rojo, una milicia formada por obreros y campesinos
entre los que se promocionó el ejercicio físico para mejorar la
combatividad. Los bolcheviques pasaron de la repulsa de este deporte a
considerarlo una herramienta primordial para ganar la guerra. Al
finalizar el conflicto, el fútbol dejó de ser una actividad marginal
gracias a la incorporación de las clases populares. Los dirigentes
comunistas lo usaron para enaltecer las conquistas del socialismo, pero
eso no evitó que los clubes sufrieran los efectos del cambio.
Las nuevas autoridades obligaron a la disolución de algunos equipos y
el resto fue obligado a cambiar de nombre. La victoria bélica aumentó
la reputación del Ejército Rojo, que fundó su propio club: el CSKA de
Moscú. “Se democratizó el fútbol, pero había que afiliarse a un
sindicato para practicarlo”, aclara Viñas. De esa manera surgen el
Dinamo, vinculado al Ministerio del Interior; el Lokomotiv, a la
compañía ferroviaria; el Torpedo, al principal productor
automovilístico; y el Spartak, el equipo del pueblo. Y el de Sagasti,
que con el aperturismo de la Perestroika en los ochenta trajo a España,
su país natal, los primeros jugadores rusos: Dasaev, Karpin o Mostovoi.
St. Pauli. Otro fútbol es posible
Carles Viñas, Natxo Parra
Ed. Capitán Swing
ISBN: 978-84-946453-9-6
PVP: 18,5 €
304 páginas
Tamaño: 14x22 cm
En los años ochenta, gracias a los jóvenes vinculados al movimiento autónomo, al punk y al fenómeno de ocupación de viviendas, el St. Pauli se convirtió progresivamente en un club de culto. Desde entonces reconstruyó su identidad alrededor de unos parámetros completamente diferentes a los precedentes. A pesar de su escaso éxito deportivo, consiguió proyectarse como un equipo alternativo dada la serie de iniciativas de carácter social que emprendió una parte de su afición. Gracias a la identificación con ideas políticas de la izquierda, su escudo y sus estandartes han estado presentes en movilizaciones como Can Vies en Barcelona, Gamonal en Burgos o Gezi en Estambul (Turquía). Se ha convertido en un símbolo y suma más de 500 peñas repartidas por toda Europa, media docena de ellas en España.
El St. Pauli es la constatación de que otra forma de entender el mundo y el fútbol es posible. Es romanticismo en estado puro y es lo más similar al fútbol de barrio, a aquel fútbol popular que nuestros bisabuelos contemplaban desde las gradas cien años atrás. La forma de ser del FCSP ha hecho que personas de cualquier punto del mundo utilicen la bandera y el escudo en los movimientos sociales en los que participan. El año que viene seguirá en la Segunda División alemana, pero sus escudos estarán por toda Europa en primera línea de las protestas.
Cartel de Cristobal Arteche anunciador de la Olimpiada Popular.
Antes de que se organizara en Albacete la base nodriza de las Brigadas Internacionales, fueron no pocos los extranjeros que participaron de manera activa en los primeros días del golpe militar en defensa de la legalidad constituida, la II República Española (1931-1939).
Desde el momento en que se conocen las consecuencias de la sublevación militar y, provenientes de países como Italia o Alemania donde se sufría la persecución provocada por el el fascismo, llegan a España voluntarios a luchar junto al gobierno republicano. A muchos les sorprendió el golpe en nuestro país por motivos políticos, económicos o profesionales, y deciden unir sus fuerzas a la de la República. También se unieron a ella buena parte de los atletas que se encontraban en Barcelona con la intención de participar en la Olimpiada Popular, en los parajuegos olímpicos organizados por España entre los días 19 a 26 de julio de 1936.
La Olimpiada Popular, que estuvo financiada por el Gobierno español (250.000 pesetas), francés (600.000 pesetas) y la Generalidad de Cataluña (100.000 pesetas), con la implicación de partidos de izquierda y movimientos obreros, iba a tener a la ciudad mediterránea como escenario en el que habría de desarrollarse la protesta más contundente ante la celebración de los XI Juegos Olímpicos que tendrían lugar en el Berlín de Hitler desde el día 1 al 16 de agosto de 1936, y en el que estaban representados 49 países con 4.066 deportistas.
En el mes de mayo de 1931, antes de acceder Adolf Hitler al poder, Berlín había sido elegida por el Comité Olímpico Internacional, sede de los XI Juegos Olímpicos a celebrar en agosto de 1936. Aunque el ascenso de Hitler al poder hiciera que algunos países, como por ejemplo los EE UU, se plantearan renunciar a formar parte de los mismos, lo cierto es que al final decidieron estar junto al resto de los 48 países participantes. Muchos de estos países estuvieron inscritos en los dos juegos, los oficiales de Berlín y los parajuegos de Barcelona. Caso de Francia, presente en las dos citas, que por un lado presentaría a sus atletas a la oficial de Berlín y por el otro, concedería subvenciones a la Olimpiada Popular de Barcelona. España a su vez presentó también en Berlín a algunos deportistas como los que integraban el equipo de hockey, si bien la asistencia a la ciudad alemana dependía de lo que las propias federaciones decidieran, y en 1936 la gran mayoría de la ellas renunciaron a estar en Berlín, por lo que España apenas estuvo presente en los juegos olímpicos oficiales.
El 18 de julio de 1936 se encontraban los atletas en el estadio de Montjuic en Barcelona, ensayando sus actuaciones para el día siguiente en que se inaugurarían los juegos. Nerviosos todo el día por las noticias del levantamiento militar, intentaban los gimnastas prestar atención a los ejercicios, cuando una voz por megafonía les anuncia que se había producido un sabotaje fascista en las instalaciones eléctricas, hecho que obligó a suspender los ensayos. ¿Hubo relación entre el golpe militar que un sector del Ejército estaba llevando a cabo en otros puntos del País y ese sabotaje contra la red eléctrica, cuya autoría los responsables del estadio atribuían a sectores fascistas? Aunque por megafonía se anunciaba que todo estaría solucionado para el día siguiente, esa misma noche del 18 de julio quedaron suspendidos todos los actos del día 19 y por supuesto las Olimpiadas Populares, la afrenta más directa que se hizo al régimen nazi quedó anulada como consecuencia del levantamiento de una parte del Ejército.
Se suspendió la Olimpiada Popular y también la Olimpiada Cultural que se iba a celebrar en paralelo con la primera. A Pau Casals, el gran violonchelista, compositor y director de orquesta barcelonés, la noticia de la sublevación le llegó la tarde noche del 18 de julio. Junto a su orquesta interpretaba la Novena Sinfonía de Beethoven que, como figuraba en el programa, habrían de interpretar en el Teatro Griego de Montjuic el día 19 de julio en la inauguración de los juegos. Ante los acontecimientos que se desarrollaron y la anulación del concierto, en aquel momento decidió, entre lágrimas, continuar con el ensayo y dirigiéndose a los músicos les expresó su deseo de: “Volver a tocar de nuevo esta sinfonía cuando vuelva la paz”. Pau Casals nunca más volvió a tocar en tierra española, tampoco lo hizo en Rusia, Alemania o Italia en señal de lucha contra los totalitarismos y dictaduras. El exilio hizo que el compositor fuera mundialmente conocido, valorado y sobre todo disfrutado. España comenzaba a perder a un futuro intelectual y cultural del que aún hoy no nos hemos recuperado.
En estas paraolimpiadas que se conforman con una clara oposición al nazismo y en defensa de valores democráticos, se había logrado reunir en Barcelona, a 23 delegaciones de países y cientos de atletas. Las nacionalidades de los participantes eran: estadounidense, inglesa, francesa, belga, checa, suiza, polaca, danesa, noruega, alemana, italiana… Entre ellos había algunos judíos. Es lógico pensar que buena parte de los mismos participara en las luchas que tuvieron lugar en la ciudad de Barcelona desde el mismo día del golpe hasta que se produjo el retorno a sus respectivos países. Algunos deportistas no regresaron a sus ciudades y pasaron a formar parte de las milicias populares primero y, más tarde, una vez organizadas, de las Brigadas Internacionales.
Ciertamente es un hecho que en el tablero internacional el gran beneficiado de la oportuna sublevación militar en España, el mismo día que debían comenzar las Olimpiadas Populares en Barcelona, fue la Alemania de Hitler. Todo en ese país estaba preparado para volver a ocupar el protagonismo que desde la I Guerra Mundial había perdido. Para ello adornó la ciudad, construyó un nuevo estadio deportivo con capacidad para 100.000 personas, suavizó (enlató) su política y su mensaje fascista ante los extranjeros y la prensa, siendo retirados los mensajes antisemitas y los carteles de prohibición dirigidos a los judíos que habían empapelado Berlín en las fechas anteriores a la inauguración de loa Juegos Olímpicos. Limpió las calles de Berlín: más de 800 gitanos fueron recluidos bajo vigilancia policial en el gueto de Marzahn.
Desde el día 2 de julio hasta finalizado agosto dejo de exisitir la denominada “hora de la policía”, consistente en el cierre de los establecimientos de ocio durante la noche, por lo que muchos restaurantes, locales de baile y bares tuvieron que aumentar el personal de trabajo, y en muchos de ellos se lucieron rótulos que decían “ Saludamos a los huéspedes del mundo entero”. El Ministerio de Comunicaciones alemán instaló en Berlín y Postdam dos televisores con el fin de que pudieran seguirse las principales pruebas deportivas; 4.000 empleados de correos de diferentes regiones alemanas se concentraron en Berlín con el fin de ampliar y mejorar el servicio postal, telegráfico y telefónico, además de aumentar las líneas y las estafetas de correos. Las celebraciones que la diplomacia alemana organizó para agasajar a los participantes y personalidades de los países participantes surtió el efecto perseguido, no pocos embajadores quedaron absolutamente eclipsados por el boato de las fiestas que les fueron ofrecidas.
Juegos Olímpicos de Berlín, 1936.
Toda la parafernalia propagandística dio resultado. Al igual que en los recientes juegos chinos, la falta de libertades y el respeto a los derechos humanos quedaron ocultos por el oropel y el brillo de la excelencia y vistosidad organizativa. Alemania ganó medallas deportivas, fue el país que más premios obtuvo, y volvió a recuperar parte del prestigio internacional, y con ello un lugar que había perdido al finalizar la I Guerra Mundial.
¿Pudo la Olimpiada Popular de Barcelona ensombrecer la vuelta del gigante? ¿Lo hubiera permitido Hitler?
Si las paraolimpiadas de Barcelona, también llamadas contraolimpiadas, eran la protesta de las bases obreras y partidos de izquierda, la participación de los brigadistas internacionales fue la respuesta singular de obreros, intelectuales, parados, políticos, fotógrafos, periodistas, poetas, etc. que creían, luchaban y soñaban por un mundo mejor, fundamentalmente por un mundo antifascista. Mientras Hitler aprovechaba la ocasión y el trampolín deportivo de los Juegos, la condena al nazismo y al fascismo, así como el respeto a los conceptos de democracia y de libertad, quedaron sepultadas en el verano de 1936 entre el deporte y la declaración oficial de no-intervención en la Guerra Civil Española.
Título original: Victory
Dirección: John Huston
País: EE.UU.
Año: 1981
Duración: 116 min.
Guion: Evan Jones y Yabo Yablonsky
Música: Bill Conti
Fotografía: Gerry Fisher
Reparto: Michael Caine: Capitán John Colby, Sylvester Stallone: Capitán Robert Hatch, Max von Sydow: Major Karl von Steiner, Anton Diffring: Locutor de Radio, Julian Curry: Coronel Shurlock, Michael Wolf: Lang, Carole Laure: Renée, Gary Waldhorn: Mueller, Ferreux: Jean Paul y Clive Merrison: El falsificador
Sinopsis: La película está inspirada en un hecho real llamado El Partido de la Muerte. El 9 de agosto de 1942, el FC Start, un equipo de ex-jugadores del FC Dinamo de Kiev (en su mayor parte) se enfrentó al más potente equipo alemán, en la época en que Ucrania estaba ocupada por el III Reich. Los jugadores del FC Start, a pesar de ser advertidos de que, en caso de vencer, serían ejecutados, ganaron y humillaron a los alemanes para el delirio colectivo. Pocos días después las amenazas se cumplieron. A pesar de estar inspirada en este hecho real, la historia de la película varía un poco con respecto a la misma. La película está ambientada hacia 1943 en el campo de concentración de Gensdorff. Un oficial alemán visita el campo y ve a unos prisioneros jugar al fútbol, y, al recordar que había sido jugador antes de la guerra, se le ocurre organizar un encuentro entre una selección de futbolistas alemanes y los prisioneros.
Medio en broma, medio en serio, Osvaldo Ardiles llegó a afirmar un día, que aquel fue "el mejor partido de su vida". Metido en la piel del prisionero de guerra Carlos Rey, el exfutbolista argentino abanderó junto a un lesionado Pelé la reacción de la escuadra aliada frente a una selección alemana de la Wehrmacht en el que sigue siendo, para una inmensa legión de cinéfilos amantes del balón, el mayor tributo que el mundo del celuloide le ha hecho al balompié: 'Evasión o victoria' (Escape to Victory), dirigida en 1981 por el genial John Huston.
En la película el memorable duelo quedaba situado en la ciudad de París, pero el rodaje se realizó en Budapest, donde el equipo de producción encontró una réplica casi exacta del que fuera escenario de la final del Mundial de 1938: el Nándor Hidegkuti Stadion, propiedad del Magyar Testgyakorlók Köre (Club de la Juventud Magiar) o MTK, uno de los grandes clubes del fútbol húngaro.
No obstante, fue el rodaje de aquel épico encuentro que combinó estrellas cinematográficas (Michael Caine, Sylvester Stallone y Max von Sidow) con una ristra magnífica de jugadores/artistas (Pelé, Bobby Moore, además de Osvaldo Ardiles, John Wark, Kazimierz Denya, Paul Van Himst, Co Prins, Mike Summerbee, Russell Osman, Soren Lindsted o Gordon Banks, que asesoró a Stallone en su papel de portero), lo que acabó por darle al estadio relevancia universal por ser el lugar elegido para que, entre otros detalles, O'Rei ejecutara la más perfecta de las chilenas que haya podido ver el gran público a través de la gran pantalla.
Pero los días de vino y rosas de este pequeño estadio, levantado en 1912 en el octavo distrito de Budapest, el de Józsefváros, y reconstruído después de la Segunda Guerra Mundial, tocaron a su fin recientemente con la demolición de sus graderíos para llevar a cabo la construcción del nuevo hogar del MTK.
Aunque nunca será comparable al mítico penalti de Antonin Panenka a Sepp Maier que dio el triunfo a Checoslovaquia en el Europeo de 1976, a buen seguro que los cinéfilos más nostálgicos guardan como oro en paño en su disco duro la imagen del estrambótico Hutch 'el Masajista' (interpretado por el histriónico Sylvester Stallone) deteniendo en el descuento una pena máxima a la estrella alemana Baumann (Werner Roth), lo que mantuvo el 4-4 en el marcador y fue el detonante de la invasión final de aficionados que se llevaron en volandas a sus nuevos héroes camino de la libertad.
Sobre el hecho real que inspiró la obra del gran John Huston, la sinópsis de la película aclara que se basó en el llamado Partido de la Muerte. Así, el 9 de agosto de 1942, el FC Start, un equipo de exjugadores del FC Dinamo de Kiev (en su mayor parte) se enfrentó al más potente equipo alemán, en la época en que Ucrania estaba ocupada por el III Reich. Los jugadores del FC Start, a pesar de ser advertidos de que, en caso de vencer, serían ejecutados, ganaron y humillaron a los alemanes para el delirio colectivo.
Monumento a los jugadores del "Partido de la Muerte" Anatoly Kharechko 1981 Bronce Start Stadium, Kiev (Ucrania)
En 1941, durante la Segunda Guerra Mundial, Ucrania era una de las republicas socialistas soviéticas que formaban parte de la URSS. Kiev, la capital, fue ocupada por los nazis hasta el 6 de noviembre de 1943, y durante esos años la ciudad estuvo llena de refugiados de guerra que se les despojó de todos sus bienes y para los que sobrevivir a un nuevo día era toda una odisea.
Una de las cosas que suprimieron los alemanes fué el campeonato nacional de futbol, entre los más damnificados se encontraba el Dynamo de Kiev, pues estaba fundado por miembros de la policía comunista. Pero un panadero ucraniano de origen alemán llamado Josef Kordyk, y amante del futbol que había sido seguidor del prohibido equipo, reconoció enseguida en la calle a un mendigo ucraniano que no era otro que Nikolai Trusevich, portero y antigua estrella del Dynamo, su equipo favorito. Viendo su lamentable estado le ofreció trabajo para limpiar su panadería.
Disfrutando de las historias de los años dorados que le contaba el jugador de futbol, Kordyk tuvo el sueño de reunir a todos los antiguos jugadores de su equipo favorito y fundar un club de fútbol. Con la ayuda de Trusevich, localizó entre los mendigos al resto de caídas estrellas y les ofrecio trabajo para ocultarlos de los soldados nazis, pero no pudo completar del todo su equipo, de modo que también dio trabajo a algunos jugadores del Locomotiv, todos ellos recomendados por el guardameto Trusevich. La lista de jugadores estaba integrada por 8 jugadores del Dinamo Kiev (Nikolai Trusevich, Mikhail Svyridovskiy, Mykola Korotkykh, Oleksev Klimenko, Fedir Tyutchev, Mikhail Putistin, Ivan Kuzmenko y Makar Goncharenko) y 3 del Lokomotiv (Vladimir Balakin, Vasil Sukharev y Mikhail Mielnizhuk).
De manera clandestina, recuperaron la única pasión que podían tener, volver a jugar al fútbol, y para evitar el acoso nazi, cambiaron el nombre de Dynamo de Kiev. Así nació el FC Start, que jugaría contra los conjuntos que los alemanes habían formado en sus diferentes ejércitos.
Que los nazis contaran con los ucranianos para enfrentarse, era una política publicitaria sobre las dotes superiores de la raza aria y una forma de herir el orgullo del país invadido, ya que, al estar enfermos, soportar largas jornadas de trabajo y una deficiente alimentación los del Start eran carne de cañón para perder sus encuentros por goleada ante las mejor alimentadas escuadras alemanas. Hasta tres jugadores del Start habían sufrido neumonía y uno, Vladimir Balakin, llevaba dos semanas sin comer cuando fue reclutado por Trusevich . A los ucranianos les servía para obtener algún dinero, en tan desequilibrados partidos de fútbol. La liga la componían cinco equipos alemanes y el Start, formado por jugadores soviéticos. Pero los resultados empezaron a cambiar, pues los del Start gracias a su enorme calidad futbolistica comenzaron a ganar partidos.
El 7 de junio de 1942, el Start vapuleó por 7-2 al Rukh; días más tarde, derrotó por 6-2 a otro conjunto integrado por soldados alemanes y húngaros; después llegaría el 11-1 frente a un conjunto de soldados rumanos que apoyaban a los nazis. A los alemanes se les helaron las sonrisas displicentes del inicio, así que decidieron enfrentar al FC Start con el MSG de la ocupada Hungría. Era la mejor formación de cuantas había en las naciones ocupadas, pero volvieron a ganar por 5-1, haciendo que la fama del modesto equipo de panaderos corriera como la espuma.
Aquello supuso el principio del fin, a pesar de las restricciones informativas de los alemanes, los éxitos del Start corrían como la pólvora y elevaban la moral del pueblo y de los países limítrofes. Aquello se convirtió en una cuestión de Estado para las fuerzas invasoras, algunos nazis propusieron detener y fusilar a todos jugadores, pero los altos mandos sabían que aquello no haría más que aumentar la leyenda del modesto equipo, y decidieron antes de fusilarlos, organizar un partido oficial contra una selección compuesta por los mejores jugadores alemanes de las Luftwaffe (las fuerzas armadas nazis), así se confirmaría la supremacía alemana en el deporte, una obsesión del régimen, el equipo nazi fue denominado Flakelf, pese a ello, acabaron perdiendo 5-1 frente al Start.
El Flakelf muy ofendido y con los altos cargos alemanes muy enfadados pidió la revancha, y se preparó a conciencia sabiendo todo el prestigio que se jugaban, y llegó el gran día, el 16 de agosto de 1942, en el estadio Zenit, y con los palcos repletos de autoridades y mandos nazis, iba a comenzar un partido que desafiaría a todo el régimen de Hitler y sería conocido a partir de ese día como “El partido de la muerte”.
Anuncio del partido
Un oficial de las SS fue nombrado árbitro y en el vestuario aconsejó a los componentes del FC Start que perdieran el partido e impuso como condición esencial que el Start efectúe el saludo nazi. La respuesta de los ucranianos fue rotunda: se negaron a realizar el saludo nazi durante la presentación de los equipos, y nada mas empezar el partido, los jugadores saludan con la mano en el corazón ante el asombro de los presentes, en lugar de decir “!Heil Hitler¡”, gritaron “!Fizculthura¡”, un eslogan soviético que proclamaba la cultura física.
Con el pitido inicial, los alemanes empiezan de manera más que agresiva golpeando indiscriminadamente y sin disimulo a los jugadores del Start ante la impasividad del colegiado. Al descanso, los alemanes se adelantaron en el marcador, el gol nazi llegó después de que a Trusevich le hubieran dado una patada en la cabeza y se encontrara tendido en el césped, Kuzmenko y Goncharenko daban ventaja por 2-1 a los panaderos. El comandante de ocupación, Eberhardt, baja al vestuario local y tras decir a los jugadores del Star que Alemania nunca ha perdido en un territorio ocupado, advierte con su arma en la mano que ganar traerá consecuencias, pero eso no parece asustar al equipo que vuelve en el segundo tiempo con mas fuerza que nunca, y a pesar de las duras entradas, los ucranianos meterían 3 goles más. Hacia el final del partido, con el 5-3 en el marcador, Klimenko cogió el balón en la defensa y sorteó a cuantos nazis le salían al paso, incluido el portero. En la misma línea de gol, se paró, cambió la orientación y chutó al centro del campo mientras se reía de los alemanes, un gesto de desprecio que hizo que la delegación alemana se retirase. El destino estaba escrito.
Una semana después del partido, la mayoría de jugadores del FC Start fueron arrestados y torturados cruelmente por la Gestapo (policía secreta alemana), acusandoles de pertenecer a la policía comunista. Uno de los futbolistas, Mykola Korotkykh murio mientras era torturado. El resto del equipo fueron mandados al campo de concentracion de Syrets, cerca de Kiev. Alli fueron ejecutados Ivan Kuzmenko, Oleksev Klimenko y el guardameta Nikolai Trusevich, que murió con la camiseta puesta, en febrero de 1943.
Kiev fue liberado en noviembre de ese año, pero no fue hasta después de la caída de la antigua URSS, que esta historia no se divulgó. El 16 de noviembre de 1943, Izvestia fue el primer periódico en informar de la ejecución de los deportistas por los alemanes, aunque el partido en sí no fue mencionado. Solo tres, Fedir Tyutchev, Mikhail Sviridovskiy y Makar Goncharenko lograron sobrevivir para contar una historia que sigue viva en los aledaños del estadio Lobanovsky donde una estatua rinde homenaje a aquellos héroes del Start.
Hoy en día hay un monumento frente al estadio Zenit, rebautizado como estadio Start en 1981 en su honor. Los jugadores son considerados héroes, y su historia se enseña en los colegios. Los que conservan una entrada de aquel día tienen un pase especial para ver de por vida al Dynamo de Kiev.
La historia fue contada en el libro “El partido de la muerte”, y el cineasta John Huston se basó en dichas anécdotas para realizar “Evasión o Victoria”, que contaba con grandes interpretes como Sylvester Stallone, Michael Caine, Max Von Sydow, Pelé, Bobby Moore o Osvaldo Ardiles, aunque también hay tres películas soviéticas inspiradas en estos hechos: “Dos mitades llamadas infierno”, Tercer Tiempo y “El Partido de la Muerte”.
Título original: Red Army
Año: 2014
Duración: 85 min.
País: Rusia
Director: Gabe Polsky
Guión: Gabe Polsky
Música: Christophe Beck, Leo Birenberg
Fotografía: Peter Zeitlinger, Svetlana Cvetko
Sinopsis: Documental que narra los destinos cruzados de la Unión Soviética y del equipo de hockey sobre hielo conocido como "El ejército rojo": una dinastía única en la historia del deporte. El ex-capitán del equipo, Slava Fetisov, evoca su trayectoria fuera de lo común: primero adulado como un héroe nacional y luego condenado como enemigo político. Ese "Ejército rojo" es uno de los protagonistas de la historia social, cultural y política de su país: al igual que la URSS, pasa por una época de grandeza y luego llega la decadencia, y finalmente los cambios que trae la Rusia contemporánea. "Red Army", presentado por Werner Herzog y el productor Jerry Weintraub, cuenta la extraordinaria historia de la Guerra fría sobre el hielo y la vida de un hombre que se atrevió a enfrentarse al sistema soviético.
EJÉRCITO ROJO, LA PELÍCULA
Posiblemente muchos ya habríais oído hablar de ella, pero por si alguno se despista no está de más recordar el reciente estreno de Sony Pictures Classic, “Red Army”, la película. Como podéis apreciar en el cartel, no se trata de una película de cine bélico, sino de un documental deportivo, si bien, es necesario matizar que todos sus protagonistas, o la gran mayoría, son leales soldados del ejército soviético.
Jugadores de la selección nacional de hockey con su uniforme de gala.
Como todos sabéis en los países del bloque socialista el servicio militar era obligatorio, y allá en la URSS lo más granado de sus soldados formaba parte del club deportivo CSKA. La traducción de CSKA es “Club Deportivo Central del Ejército”, es decir el club del ejército rojo. No me voy a detener en traducir las siglas y el origen de los clubs deportivos rusos, porque seguramente muchos de vosotros acabaríais comprando la elástica del Spartak o del Torpedo de Moscú por el simbolismo soviético que las mismas pueden contener.
Fetisov con la elástica del CSKA antes de desertar.
Al caso, la película a pesar de ser un documental 100% americano en todos los sentidos, muestra con bastante detalle la que posiblemente fue la mejor selección nacional de Hockey de todos los tiempos. Con Fetisov, un jugador elevado a la categoría de leyenda, la selección soviética apenas conocería la derrota, 7 campeonatos del mundo y 2 oros olímpicos, en 12 años. Las imágenes no tienen precio, a lo largo del documental se pueden apreciar los entrenamientos de los jugadores, las escenas más emblemáticas de muchos de los partidos y nos guste o no, los testimonios aunque segados y seguramente manipulados de los propios protagonistas de la historia.
Componentes de la mejor selección de Hockey de la historia.
En los momentos finales del reportaje resulta interesante apreciar como la Perestroika empezó abriendo una puerta para que algunos jugadores jugaran en el extranjero y como esa puerta se acabó convirtiendo en un agujero negro que provocó la extinción de la élite deportiva del hockey soviético, deporte al que las autoridades soviéticas habían destinado tantos esfuerzos. Con la Perestroika de Gorbachov Fetisov y otros jugadores de aquella gloriosa selección de los años ochenta acabarían traicionando su patria por dinero, pero en ningún momento dejarían de demostrar que eran la élite mundial del Hockey consiguiendo también los más altos títulos en la famosa liga de hockey americano-canadiense, la NHL.
Muerta la URSS y finalizado el sueño americano Fetisov volvería a la Rusia de Putin para convertirse en político, llegando a desempeñar el cargo de Ministro de Deporte durante varios años y a presidir el CSKA. También sería capaz de ponerse la elástica del CSKA con 51 años para cubrir las bajas de los jugadores en los momentos más difíciles del club moscovita.
En resumidas cuentas, a pesar de ser una americanada merece la pena ver aquellos tiempos cada vez más lejanos en los que el deporte soviético no tenía rival.