Por Anatoli Lunacharski [1]
Traducción: Alejandro Ariel González
Trotski
apareció en la historia de nuestro partido de una forma un poco
inesperada e inmediatamente brillante. Hasta donde oí, comenzó su
actividad socialista democrática, al igual que yo, apenas hubo terminado
el colegio, y parece que aún no tenía dieciocho años cuando fue
deportado.
Sin embargo,
eso sucedió bastante después de los primeros acontecimientos
revolucionarios de mi vida, dado que Trotski es cinco o seis años menor
que yo. Al parecer, huyó del destierro. En cualquier caso, me hablaron
por primera vez de él cuando apareció en el II Congreso del Partido, ese
donde se produjo la escisión[2].
Por lo visto, Trotski asombró al público extranjero con su elocuencia y
un aplomo y una formación notables para una persona joven. Se corría la
anécdota, seguramente falsa pero de todos modos significativa, de que
Vera Ivánovna Zasúlich[3],
con su habitual carácter expansivo, luego de conocerse con Trotski
exclamó en presencia de Plejánov: “Sin dudas, este muchacho es un
genio”, y que Plejánov, cuando se retiraba de la sesión, le dijo a
alguien: “Nunca le perdonaré eso a Trotski”. En efecto, Plejánov siempre
odió a Trotski; sin embargo, parece que la causa de ello no fue que la
buena de V. I. Zasúlich reconociera a Trotski como un genio, sino que
este lo atacara con inusual brío directamente en el II Congreso,
diciendo de él cosas bastantes irreverentes. En aquel tiempo, Plejánov
se consideraba una majestad absolutamente intocable en el medio
socialdemócrata; incluso los que no eran sus partidarios en la polémica
se acercaban a él con el sombrero entre las manos, y semejante
brusquedad por parte de Trotski debió sacarlo de quicio. Es probable que
en el Trotski de aquel tiempo hubiera mucho ardor infantil. Dicho con
propiedad, a Trotski no lo trataban con mucha seriedad debido a su
juventud, pero todos decididamente reconocían en él a un talentoso
orador y, por supuesto, sentían que no era un pollito, sino un
aguilucho.
Yo
me encontré con él relativamente más tarde, precisamente en 1905, luego
de los sucesos de enero. Entonces había llegado a Ginebra proveniente
no recuerdo de dónde, y debía intervenir junto conmigo en una gran mitin
convocado con motivo de esa catástrofe. Por entonces, Trotski era
inusualmente elegante, a diferencia de todos nosotros, y era muy guapo.
Esa elegancia, y sobre todo cierta manera desdeñosa y arrogante de
hablar con quien fuera, me sorprendieron muy desagradablemente. Yo
miraba con gran hostilidad a ese petimetre que, de piernas cruzadas,
tomaba notas con un lápiz para aquel impromptu que tenía que pronunciar
en el mitin. Pero Trotski habló muy bien. También intervino en el mitin
internacional en el que yo hablé por primera vez en mi vida en francés y
él en alemán; las lenguas extranjeras nos incomodaban a ambos, pero de
algún modo salimos bien parados de ese infortunio. Luego recuerdo que
fuimos nombrados –yo por parte de los bolcheviques y él de los
mencheviques- para cierta comisión encargada del reparto de ciertas
sumas generales, y allí también Trotski intervino con un tono seco y
arrogante. No volví a encontrarme con él hasta mi regreso a Rusia, luego
de la primera revolución. También fue poco lo que lo encontré durante
la revolución: se mantenía apartado no solo de nosotros, sino también de
los mencheviques. Su trabajo tenía lugar ante todo en el Consejo de los
diputados obreros, y junto con Parvus[4]
organizó un grupo aparte que publicaba un periódico pequeño y barato,
pero muy agudo y muy bien redactado. Recuerdo que alguien dijo en
presencia de Lenin: “La estrella de Jrustaliov[5]
se apaga, y ahora el hombre fuerte en el Consejo es Trotski”. Lenin
pareció afligirse por un instante y luego dijo: “¿Y qué?, Trotski ha
logrado eso con su labor incansable y su brillante trabajo de
agitación”.
De
los mencheviques, Trotski era en ese entonces el más próximo a
nosotros, pero no recuerdo si participó siquiera una sola vez en esas
conversaciones bastante extensas que se entablaron entre nosotros y los
mencheviques con el fin de llegar a un acuerdo. Para cuando se celebró
el Congreso de Estocolmo, ya había sido arrestado.
En ese
momento, su popularidad entre el proletariado de Petersburgo era ya muy
grande, y se agrandó aún más debido a su comportamiento inusualmente
pintoresco y heroico durante el juicio. Debo decir que, de todos los
líderes socialdemócratas de los años 1905-1906, Trotski sin dudas
resultó ser, a pesar de su juventud, el más preparado y el menos
afectado por ese dejo de relativa estrechez propio de los emigrados que,
como ya he dicho, en aquel tiempo afectaba incluso a Lenin; sentía
mejor que los demás qué significaba llevar adelante una lucha de escala
nacional. Y salió de la revolución con mayor popularidad aún; ni Lenin
ni Mártov ganaron en esencia nada. Plejánov perdió mucho como
consecuencia de la aparición en él de tendencias constitucionalistas
democráticas. Pero Trotski saltó a primera fila desde ese entonces.
Durante la
segunda emigración, Trotski se estableció en Viena, a consecuencia de lo
cual nuestros encuentros eran poco frecuentes.
Ya he
hablado del papel que desempeñó en Stuttgart: se mantuvo discreto y nos
llamó a hacer lo mismo, considerando que la reacción de 1906 nos había
doblegado y que, por tanto, éramos incapaces de infundir respeto al
congreso.
Luego
Trotski se entusiasmó con la línea conciliadora y con la idea de la
unidad del partido. Fue el que más gestiones hizo con motivo de ello en
las diferentes sesiones plenarias, y consagró dos terceras partes de su
periódico “Pravda” y de su grupo precisamente a realizar el infructuoso trabajo de unificación del partido.
El único éxito que consiguió en este sentido fue aquella sesión plenaria que expulsó del partido a los liquidadores[6], casi expulsó a los del grupo “Vperiod”[7]
e hilvanó una costura muy precaria y temporal entre los leninistas y
los martovianos. Ese Comité Central envió, dicho sea de paso, al
camarada Kámeniev (a propósito, su cuñado) en calidad de inspector
general de Trotski, pero entre Kámeniev y Trotski se produjo una ruptura
tan violenta que el primero regresó pronto a París. Aquí diré sin más
que a Trotski se le daba muy mal organizar no solo el partido, sino
también un grupo pequeño. Nunca tuvo partidarios directos; si lograba
imponer su criterio en el partido era exclusivamente gracias a su
personalidad, y el hecho de que no lograra encontrar una plaza entre los
mencheviques obligaba a estos a tratarlo como a un anarquista
practicante que les producía irritación: en aquel tiempo no podía ni
hablarse de una total aproximación a los bolcheviques. Trotski estaba
más cerca de los martovianos, y todo el tiempo se mantenía en esa
posición.
Su enorme
autoritarismo y cierta incapacidad o falta de deseo de mostrarse
siquiera algo amable y atento con las personas, la falta de ese encanto
que siempre ha envuelto a Lenin, condenó a Trotski a cierta soledad.
Solo basta con pensar que incluso algunos de sus amigos personales (me
refiero, por supuesto, a la esfera política) se terminaron convirtiendo
en sus enemigos jurados; así sucedió, por ejemplo, con su ayudante de
campo Siemkovski, y así sucedió después con su casi amado discípulo
Skóbeliev.
Para el
trabajo en grupos políticos Trotski era poco apto, pero en el océano de
los acontecimientos históricos, donde tales organizaciones no son para
nada importantes, aparecían en primer plano sus cualidades positivas.
Me
acerqué a Trotski durante el Congreso de Copenhague. Cuando apareció
allí, Trotski, por algún motivo, consideró necesario publicar en la
revista Vorwärts un artículo en que él, vituperando a mansalva
contra toda la delegación rusa, declaraba que esta última, en realidad,
no representaba más que a los emigrados. Eso enfureció a los
mencheviques y a los bolcheviques. Plejánov, que odiaba a Trotski con un
odio abrasador, aprovechó esa ocasión y armó una suerte de juicio
contra Trotski. Eso me pareció injusto, intervine bastante enérgicamente
a favor de Trotski y en general contribuí (junto con Riazánov) a que el
plan de Plejánov fracasara por completo… En parte por esto, en parte
quizás por causas más fortuitas, empezamos a encontrarnos a menudo con
Trotski durante el congreso: descansábamos juntos, conversábamos mucho
sobre cualquier tema, sobre todo político, y nos separamos en términos
bastante amenos.
Poco después
del Congreso de Copenhague organizamos nuestra segunda escuela
partidaria en Bolonia e invitamos a Trotski a que viniera a dar clases
prácticas sobre periodismo y a dictar un curso, si no me equivoco, sobre
la práctica parlamentaria de la socialdemocracia alemana y austríaca y,
creo, sobre la historia del partido socialdemócrata en Rusia. Trotski
accedió amablemente a esta propuesta y pasó en Bolonia casi un mes. Por
cierto, todo ese tiempo llevó adelante su línea e intentó que nuestros
estudiantes abandonaran su punto de vista de extrema izquierda y pasaran
al punto de vista conciliador y de centro, si bien consideraba a este
último bastante a la izquierda. Pero este juego político suyo no tuvo
ningún éxito; en compensación, sus lecciones extraordinariamente
talentosas gustaron mucho a los estudiantes, y en general durante toda
su estancia Trotski estuvo inusualmente alegre, brillante,
extraordinariamente leal con nosotros y dejó de sí los mejores
recuerdos. Fue uno de los trabajadores más fuertes de nuestra segunda
escuela.
Mis
últimos encuentros con Trotski fueron aún más prolongados y más
íntimos. Eso sucedió ya hacia 1915 en París. Trotski había ingresado,
como ya he dicho, en la redacción de “Nashe Slovo”, y eso, por
supuesto, no sucedió sin ciertas intrigas y disgustos: algunos estaban
asustados por tal ingreso, temían que una personalidad tan fuerte
terminara acaparando el periódico. Sin embargo, este costado del asunto
quedaba en un plano secundario. Mucho más relevantes eran las relaciones
entre Trotski y Mártov. Nosotros sincera y efectivamente queríamos,
sobre una nueva base internacionalista, organizar la unión completa de
todo nuestro frente, desde Lenin hasta Mártov. Yo peroraba por ello del
modo más enérgico y en cierta medida fui el que creó el lema: “¡Abajo
los defensistas, viva la unidad de todos los internacionalistas!”.
Trotski adhirió por completo a esta causa. Formaba parte de sus viejos
sueños y de algún modo justificaba toda su línea previa.
Con los
bolcheviques no tuvimos ningún desacuerdo, por lo menos ninguno
importante; pero con los mencheviques las cosas marcharon mal: Trotski
intentó por todos los medios convencer a Mártov de que rompiera con los
defensistas. Las reuniones de redacción se convertían en extensas
discusiones durante las cuales Mártov, con una admirable agilidad
intelectual, casi recurriendo a cierta astucia de sofista, evitaba dar
una respuesta directa a si rompería o no con los defensistas, por lo que
Trotski lo atacaba a veces muy encolerizado. Las cosas llegaron hasta
una ruptura casi absoluta entre Trotski y Mártov (al cual, por otra
parte, Trotski siempre había tratado con enorme respeto como intelecto
político) y, a la vez, entre los internacionalistas de izquierda y el
grupo martoviano.
Durante
ese período, entre Trotski y yo había tantos puntos políticos de
contacto que, quizás, fue cuando estuvimos más cerca el uno del otro;
cualquier conversación en nombre suyo, y con él en nombre de otros
redactores, tenía que llevarla adelante yo. Muy a menudo interveníamos
juntos en diferentes reuniones de estudiantes emigrados; juntos
redactábamos diferentes proclamas; en una palabra, manteníamos una
estrecha alianza. Y esa línea nos unió tanto que precisamente desde ese
entonces conservamos una amistosa relación. Aclararé, sin embargo, que
esta proximidad entre nosotros, de la que por supuesto estoy orgulloso,
se basaba y se basa exclusivamente en la identidad de nuestras
posiciones políticas y en el seductor y vasto talento de Trotski.
En cuanto a
los otros aspectos de la vida espiritual de Trotski, por el contrario,
no he podido encontrar ni la menor posibilidad de acercamiento; tiene un
trato frío hacia el arte; la filosofía la considera como algo de menor
importancia; las grandes cuestiones concernientes a la concepción del
mundo parece evitarlas y, por lo tanto, mucho de lo que para mí es
central nunca ha encontrando en él repercusión alguna. El tema de
nuestras conversaciones era casi exclusivamente la política. Y así sigue
siendo hasta hoy.
Siempre he
considerado a Trotski una persona importante. ¿Y quién podría dudar de
ello? En París ya lo había visto crecer rápidamente como hombre de
Estado, y en el futuro siguió creciendo aún más, no sé si porque lo
conocí mejor y él pudo mostrar mejor toda la medida de sus fuerzas en el
trabajo a gran escala que nos imponía la historia o si porque
efectivamente la prueba de la revolución y sus tareas realmente
terminaron de formarlo y aumentaron la amplitud de sus alas.
El
trabajo de agitación en la primavera de 1917 ya pertenece a la parte
esencial de mi libro, pero debo decir que bajo la influencia de su
enorme alcance y de su éxito deslumbrante, algunas personas cercanas a
Trotski incluso tendieron a ver en él al auténtico líder de la
revolución rusa. Así, el difunto M. S. Uritski, que tenía un gran
respeto por Trotski, me dijo una vez a mí y, creo, a Manuilski: “Ha
llegado la gran revolución, y parece que por más inteligente que sea
Lenin, su figura comienza a opacarse ante el genio de Trotski”. Esta
valoración era falsa no porque exagerara el talento y la potencia de
Trotski, sino porque en ese tiempo aún no estaban claras las dimensiones
del genio de Lenin al frente del Estado. Pero en efecto, en ese período
comprendido entre el primer éxito rutilante de su vuelta a Rusia y los
días de julio, Lenin un poco se apagó, no intervenía muy a menudo, no
escribía mucho y principalmente se dedicaba a dirigir el trabajo de
organización en las filas de los bolcheviques, mientras que Trotski
tronaba en los mitines de Petrogrado.
Las
virtudes más ostensibles de Trotski eran su don de orador y su talento
como escritor. Considero a Trotski probablemente el orador más grande de
nuestro tiempo. A lo largo de mi vida he oído a muchos tribunos
parlamentarios y populares del socialismo y a muchos oradores célebres
del mundo burgués, y me resultaría difícil mencionar a alguno de ellos,
con excepción de Jaurès (a Biébel lo oí cuando ya era anciano), que
pudiera poner a la altura de Trotski.
Su
apariencia impresionante, su gesticulación bella y expresiva, el potente
ritmo de su habla, su voz fuerte y jamás fatigada, su brillante
coherencia, el estilo literario de sus frases, la riqueza de sus
imágenes, su punzante ironía, su ardiente patetismo, su lógica
extraordinaria y verdaderamente de hierro por su claridad: he aquí las
virtudes de Trotski como orador. Puede hablar en forma lapidaria,
arrojar varios disparos inusualmente certeros y puede pronunciar esos
grandiosos discursos políticos que solo le he oído a Jaurès. He visto a
Trotski hablando entre dos horas y media y tres ante un auditorio en
completo silencio, de pie además, que oía como fascinado su enorme
tratado político. En la mayoría de los casos, lo que Trotski decía ya me
era conocido, y además es natural que un agitador tenga que repetir
muchas de sus ideas una y otra vez ante nuevas masas, pero Trotski
exponía cada vez la misma idea en forma diferente. No sé si ahora
Trotski habla mucho en su calidad de ministro de guerra de una gran
potencia; es muy probable que el trabajo de organización y los
infatigables viajes por todo el inmenso frente lo hayan apartado de la
oratoria, pero incluso así Trotski es ante todo un gran agitador. Sus
artículos y libros constituyen, por así decir, un discurso cristalizado:
es un literato en su oratoria y un orador en su literatura.
Por
eso se entiende que Trotski sea un destacado publicista, aunque, desde
luego, ese encanto que confiere a su habla un estilo espontáneo se
pierde en el escritor.
En lo que
respecta a sus cualidades internas como líder, Trotski, como ya he
dicho, en la pequeña escala de la organización partidaria –labor que se
mostró decisiva en el futuro, puesto que precisamente los resultados del
trabajo clandestino de personas tales como Lenin, Chernov y Mártov
dieron luego a sus partidos la posibilidad de disputar la hegemonía en
Rusia y en el mundo- era torpe y malhadado. No sé si en general Trotski
puede ser un buen organizador. Me parece que también en el papel de
ministro de guerra debe actuar más como agitador e intelecto político
que como organizador en el propio sentido de la palabra. Esta
condicionado por las limitaciones claramente definidas de su
personalidad.
Trotski es
un hombre mordaz, intolerante, autoritario, y me imagino, y a muy a
menudo sé, que esto provoca ahora no pocos roces y enfrentamientos que,
con un carácter más afable, podrían ser del todo evitados.
En cambio,
como hombre político del consejo, Trotski está a la misma altura que
como orador. Y no podía ser de otra forma: el orador más diestro cuyo
discurso no esté iluminado por el pensamiento no es más que un virtuoso
estéril, y toda su oratoria un címbalo tintineante. El amor con el que
habla el apóstol Pablo puede que no sea tan necesario para un orador, ya
que este último puede estar inspirado por el odio, pero el pensamiento
es indispensable. Solo un gran político puede ser un gran orador. Y dado
que Trotski es ante todo un orador político, es obvio que sus discursos
son la expresión del pensamiento político.
Me
parece que Trotski es incomparablemente más ortodoxo que Lenin, aunque a
muchos esto les parezca extraño; el camino político de Trotski parece
ser un poco sinuoso, no fue ni menchevique ni bolchevique, buscó caminos
intermedios, luego desembocó en la corriente bolchevique; y, sin
embargo, Trotski en realidad siempre se ha guiado, por así decir, por la
letra del marxismo revolucionario. Lenin se siente amo y señor en el
ámbito del pensamiento político, y muy a menudo proclamaba consignas
nuevas que nos dejaban a todos pasmados, nos parecían un disparate y
luego arrojaban sus fructíferos resultados. Trotski no se caracteriza
por esa audacia de pensamiento: él toma el marxismo revolucionario y
extrae de él todas las conclusiones aplicables a una situación dada; es
infinitamente audaz en su juicio contra el liberalismo, contra el
semisocialismo, pero en modo alguno es un innovador.
Por
su parte, Lenin es mucho más oportunista, en el sentido más profundo de
la palabra. Otra vez suena extraño, ¿acaso Trotski no estaba entre las
filas de los mencheviques, esos notorios oportunistas? Pero el
oportunismo de los mencheviques no es otra cosa que la flaccidez
política de un partido pequeñoburgués. No me refiero a este tipo de
oportunismo; me refiero al sentido de realidad que a veces obliga a
cambiar de táctica, a esa enorme sensibilidad por las demandas de la
época que en un momento lleva a Lenin a afilar los dos filos de su
espada y en otro momento a colocar esta en su vaina.
Trotski es
menos capaz de ello. Trotski traza su camino revolucionario en línea
recta. Estas particularidades distintivas se han reflejado en el famoso
enfrentamiento entre ambos líderes de la gran Revolución rusa con motivo
de la paz de Brest-Litovsk.
De Trotski
se estila decir que es ambicioso. Esto, por supuesto, es una absoluta
tontería. Recuerdo una frase muy significativa que dijo Trotski con
motivo de la aceptación por parte de Chernov de una cartera ministerial:
“Qué rastrera ambición, abandonar una posición en la historia por
aceptar una cartera en un momento no propicio”. Me parece que en esta
frase está todo Trotski. No tiene ni una gota de vanidad, no aprecia en
absoluto títulos y demostraciones de poder; lo que sí aprecia
infinitamente, y en esto reside su ambición, es su papel histórico. Aquí
quizás sea un poco interesado, como en su natural ambición de poder.
Lenin
tampoco es nada ambicioso, menos aún que Trotski; creo que Lenin nunca
mira en torno suyo, nunca se mira en el espejo de la historia, nunca
piensa siquiera en qué dirá de él la posteridad; simplemente hace su
trabajo. Y lo hace autoritariamente no porque el poder le resulte dulce,
sino porque está seguro de su razón y no puede tolerar que otro le
estropee su trabajo. Su ambición resulta de su enorme seguridad en la
rectitud de sus principios y, quizás, de la incapacidad (muy útil para
un líder político) de adoptar el punto de vista del adversario.
Para
él, una disputa nunca es simplemente una discusión; para él es un
enfrentamiento entre diferentes clases, entre diferentes grupos; por así
decir, entre diferentes especies humanas. Para él una disputa es
siempre una contienda que, en condiciones favorables, puede convertirse
en batalla. Lenin está dispuesto a saludar la transformación de la
contienda en batalla.
A diferencia
de él, Trotski, sin dudas, mira a menudo en torno suyo. Trotski valora
extraordinariamente su papel histórico y, probablemente, estaría
dispuesto a realizar cualquier sacrificio personal –sin excluir, por
supuesto, el más grave de ellos: el sacrificio de su propia vida- con
tal de quedar en la memoria de la humanidad con una aureola de líder
revolucionario trágico. Su ambición tiene el mismo carácter que la de
Lenin, con la diferencia de que él es más propenso a cometer errores, ya
que no posee el instinto casi infalible de Lenin y, dado que es un
hombre irascible y de temperamento colérico, es más propenso, por
supuesto –aunque solo temporalmente- a dejarse enceguecer por su pasión,
mientras que Lenin, siempre inmutable y dueño de sí mismo, difícilmente
pueda siquiera una vez dejarse llevar por la irritación.
No hay que
creer, sin embargo, que el segundo gran líder de la revolución rusa es
en todo inferior a su colega; hay aspectos en los cuales Trotski
indiscutiblemente lo supera: es más brillante, es más claro, es más
activo. Lenin es apto como ningún otro para, sentado en el sillón
presidencial del Consejo de Comisarios del Pueblo, dirigir en forma
genial la revolución mundial, pero, desde luego, no podría arreglárselas
con la tarea titánica que echó Trotski sobre sus espaldas, con esos
fulminantes viajes de un lado a otro, esos discursos abrasadores, esas
fanfarrias de órdenes dictadas con urgencia, ese papel de electrizador
constante de un ejército que flaquea bien allí, bien allá. En este
sentido, no hay persona que pueda reemplazar a Trotski.
Cuando
se produce una revolución verdaderamente grande, un gran pueblo siempre
encuentra para cada papel al actor adecuado, y uno de los indicios de
la grandeza de nuestra revolución es que el Partido Comunista ha
promovido de sus entrañas o ha tomado prestadas de otros partidos e
incorporado a su organismo a muchas personas notables que se ajustan
perfectamente a tal o cual función pública.
Pero los que más se funden con sus papeles son precisamente los dos más fuertes entre los fuertes: Lenin y Trotski.
Notas
[1] Publicado en el libro Siluetas revolucionarias, Moscú, 1923.
[2]
Lunacharski se refiere al congreso del Partido Obrero Socialdemócrata
Ruso celebrado en 1903, en el que se produjo la escisión entre
bolcheviques y mencheviques. [Nota del traductor]
[3]
Vera Ivánovna Zasúlich (1849-1919), escritora revolucionaria populista,
una de las líderes del menchevismo. [Nota del traductor]
[4]
Aleksandr Lvóvich Parvus (seudónimo de Izraíl Lázarievich Guélfand)
(1867-1924), socialista revolucionario de origen bielorruso, colaborador
del periódico “Iskra” y de la revista “Zariá”. [Nota del traductor]
[5]
Piotr Alekséievich Jrustaliov (seudónimo de Gueorgui Stepánovich Nosar)
(1877-1918), abogado menchevique que alcanzó notoriedad por su
capacidad retórica; contribuyó al levantamiento de los obreros urbanos
en 1905. [Nota del traductor]
[6]
Liquidadores: grupo socialista que propugnaba abandonar la actividad
clandestina y concentrarse en la labor parlamentaria. [Nota del
traductor]
[7]
El grupo “Vperiod” (“Adelante”) fue creado en 1909 y nucleaba a los
partidarios de la creación de una nueva cultura proletaria y el
desarrollo de una ciencia y filosofía proletarias. Proponía la unión del
marxismo con la religión y se oponía al marxismo revolucionario (A. V.
Lunacharski, A. A. Bogdánov, etc.). [Nota del traductor]
Fuente: Eslavia