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viernes, 11 de julio de 2025

MONUMENTO A LA AMISTAD ENTRE LA URSS Y LA REPÚBLICA POPULAR DE MONGOLIA, EN ERDENET (MONGOLIA)

 

La ciudad de Erdenet es fruto de la amistad entre la URSS y la República Popular de Mongolia. Fue construida con la ayuda y financiación soviéticas, por lo que un monumento que conmemora la relación entre ambos países es un hecho. Se pueden ver numerosas estatuas y monumentos dedicados a la amistad entre Rusia y Mongolia en todo el país, pero Erdenet es especialmente el ejemplo más representativo. Por ello, existen varios murales y estatuas con una fuerte influencia soviética, como el mural de Karl Marx y el mural de Lenin. El Monumento a la  Amistad en Erdenet se erigió en 1986 durante una conferencia entre las jóvenes generaciones de la URSS y la República Popular de Mongolia.

El Monumento a la Amistad en Erdenet conmemora los estrechos lazos entre la República Popular de Mongolia y la Unión Soviética, simbolizando su cooperación y economías planificadas. El monumento consiste en dos manos, una por cada país, sosteniendo un engranaje. Dado que Erdenet es una ciudad minera de carbón y se estableció precisamente gracias a este mineral, este engranaje representa la industrialización, como en muchos antiguos países socialistas.

Dentro del engranaje se puede encontrar un mosaico que presenta a dos mujeres, una representando a Mongolia y la otra a la Unión Soviética, unidas con sus trajes tradicionales, así como un grupo de mineros y paisajes industriales.   





lunes, 2 de junio de 2025

REPORTAJE FOTOGRÁFICO "ASÍ SALVÓ LA URSS A MONGOLIA DE JAPÓN"

Pictures From History/Universal Images Group via Getty Images Tropas soviéticas tras la victoria en Jaljin Gol.
Pictures From History/Universal Images Group via Getty Images
Agradecidos por haber salvado su país, los mongoles brindaron una enorme ayuda a la URSS en la lucha contra la Alemania nazi.

La primera amenaza para la República Popular de Mongolia surgió en 1932: ese año, los japoneses completaron la ocupación de Manchuria y crearon el estado títere de Manchukuo en su territorio.

Universal History Archive/Getty Images Tropas japonesas en Manchuria.
Universal History Archive/Getty Images

Pronto, los mongoles tuvieron disputas territoriales con el estado satélite japonés, lo que condujo a numerosos conflictos fronterizos menores. Tokio prácticamente no ocultaba sus planes de ocupar completamente el país y utilizarlo como plataforma de lanzamiento para un ataque contra la URSS.

Universal History Archive/Legion Media Soldados japoneses se arrastran delante de blindados soviéticos destrozados en Mongolia durante la batalla de Jaljin Gol.
Universal History Archive/Legion Media

Ulán Bator comprendía claramente que no podía resistir a Japón por sí sola, y se apresuró a establecer cooperación militar y política con la URSS. El 12 de marzo de 1936, ambas partes firmaron un protocolo de asistencia mutua por diez años. Así, las tropas soviéticas fueron desplegadas en Mongolia.

Pável Troshkin/Sputnik Soldados soviéticos durante la batalla de Jaljin Gol.
Pável Troshkin/Sputnik

Moscú dejó claro a Tokio que, en caso de agresión contra su aliado, defendería el territorio como propio. A pesar de ello, los japoneses continuaron “sondeando” activamente la frontera mongola, y para la primavera de 1939, el número de provocaciones allí había aumentado considerablemente. El imperio no se dejaba amedrentar por el hecho de que sus tropas ya estaban empantanadas en operaciones militares en China.

Pictures From History/Universal Images Group/Getty Images Tripulación japonesa de un tanque Tipo 89 I-Go conferenciando en Jaljin Gol.
Pictures From History/Universal Images Group/Getty Images

El 11 de mayo, un gran destacamento de caballería japonesa cruzó la frontera en la zona del río Jaljín Gol y atacó un puesto fronterizo mongol. Esto desató un conflicto militar a gran escala, que el mariscal Gueorgui Zhúkov llamó la “guerra no declarada”. Fue él quien, en junio, con el rango de comandante de división, dirigía el 57.º Cuerpo Especial del Ejército Rojo, estacionado en Mongolia.

Pictures From History/Universal Images Group/Getty Images Soldados del Ejército Revolucionario Popular de Mongolia en Jaljin Gol.
Pictures From History/Universal Images Group/Getty Images

A comienzos de julio, las tropas japonesas sufrieron una dura derrota en la batalla por el monte Bain Tsagan. “Los japoneses defendieron con desesperación ante nuestros ataques. Pero la amenazante avalancha de tanques, vehículos blindados e infantería avanzaba más y más, rompiendo y aplastando todo lo que caía bajo las orugas, el fuego de la artillería o los golpes de la infantería”, escribió Zhúkov en sus Memorias y reflexiones.

Víktor Temin/Sputnik Soldados del Ejército Rojo pasan a la ofensiva en Jaljin Gol con el apoyo del tanque BT-7.
Víktor Temin/Sputnik

El 20 de agosto, las tropas soviético-mongolas lanzaron una ofensiva a gran escala contra las posiciones del 6.º Ejército japonés, lo que tomó completamente por sorpresa al enemigo. Menos de una semana después, estaba completamente rodeado y todos los intentos de liberarlo fracasaron.

Pictures From History/Universal Images Group/Getty Images
Pictures From History/Universal Images Group/Getty Images

La derrota en Jaljín Gol fue una “ducha fría” para Japón. El imperio comenzó a observar con extrema cautela la perspectiva de una futura guerra contra la URSS y no se atrevió a invadir el territorio de su vecino del norte durante la Segunda Guerra Mundial.

Dominio público Soldado mongol entre los prisioneros japoneses.
Dominio público

Después de que Alemania atacara a la Unión Soviética, los agradecidos mongoles se convirtieron en uno de los aliados más leales de Moscú. Durante la guerra, transfirieron 500.000 caballos a la URSS, organizaron envíos regulares de carne, lana y piel de oveja, recolectaron donaciones de la población e incluso financiaron una columna de tanques y un escuadrón de cazas para el Ejército Rojo.

Dominio público
Dominio público

En agosto de 1945, tropas soviéticas y mongolas volvieron a luchar juntas, esta vez en la guerra contra Japón. Los Aliados lanzaron una rápida ofensiva en Manchuria, que terminó con la derrota del Ejército de Kwantung y fue una de las razones de la capitulación del “Imperio del Sol Naciente”.

Semión Raskin / Sputnik Encuentro de un oficial soviético y un soldado del Ejército Revolucionario Popular de Mongolia en el desierto de Gobi.
Semión Raskin / Sputnik
 
Fuente: Puerta a Rusia

viernes, 18 de octubre de 2024

"MEMORAL ZAISAN" EN ULAN BATOR (MONGOLIA)

 

El Memorial Zaisan (en mongol: Зайсан) es un monumento al sur de la capital de Mongolia, Ulán Bator,​ que honra a los soldados soviéticos y mongoles caídos en la Segunda Guerra Mundial. Situado en una colina al sur de la ciudad, el monumento consta de una estatua de 10 metros de un soldado soviético que sostiene una bandera y un cuadro conmemorativo circular que representa escenas de la amistad entre los pueblos de la Unión Soviética y Mongolia.

El mural representa escenas como el apoyo soviético para la declaración de la independencia de Mongolia en 1921, la derrota del Ejército de Kwantung japonés por los soviéticos en la batalla de Jaljin Gol en la frontera con Mongolia en 1939, la victoria sobre la Alemania nazi y los logros en tiempos de paz como los vuelos espaciales soviéticos, entre ellos el vuelo soviético Soyuz 39, que llevó al primer mongol al espacio.  




sábado, 14 de octubre de 2023

"BEHEMOTH", DOCUMENTAL DE ZHAO LIANG DE DENUNCIA SOCIAL DE LA INDUSTRIA MINERA DE MONGOLIA

Título original Bei xi mo shou (Behemoth)
Año 2015
Duración 95 min.
País China
Dirección Zhao Liang
Fotografía Zhao Liang
Sinopsis Según el Viejo Testamento, las montañas son el dominio de un monstruo llamado Behemot. Hoy en día, la industria minera ha ocupado el lugar del monstruo. Bajo la luz de la luna, las minas de hierro son iluminadas a través de la noche. Allí, la lucha de los trabajadores, contra las máquinas y contra sí mismos, resulta tortuosa.

Con Behemoth, el director se embarca en un viaje al infierno, al igual que hizo Dante antes que él en la Divina Comedia. El modelo literario proporciona la estructura para el viaje del documental a través del Infierno, el Purgatorio y el Paraíso (separados por pantallas de color rojo, gris y azul). De manera similar al viaje de Dante, el narrador va acompañado de un guía que, en el caso de Zhao, lo lleva a una mina de carbón en las praderas de Mongolia y, a medida que se aproximan al infierno, al interior de una fundición. El Purgatorio muestra a los trabajadores afectados por enfermedades causadas por su trabajo, esperando la cura o la muerte. Al llegar al Paraíso, el documental muestra con sarcasmo para qué ha servido todo ese sufrimiento humano y la explotación de los recursos naturales: crear ciudades fantasma llenas de modernos y desolados rascacielos, el resultado del estallido de la burbuja inmobiliaria. 

La película destaca por unos planos muy largos que muestran el paisaje en toda su amplitud y ponen de relieve el alcance de la destrucción, con el contraste entre la frondosa hierba verde de las praderas de Mongolia y las enormes y grises montañas de escombros de la mina. Behemoth, la bestia mística creada por Dios, se encuentra bajo diversas formas, como máquinas hechas por el hombre, en el trabajo. Las imágenes de la mina parecen sacadas de otro planeta, con las máquinas realizando su trabajo como si las guiara una mano mágica. En la oscuridad, el aire está lleno de nubes de polvo que hacen que las lucecitas rojas de las máquinas brillen aún más. Naturalmente, los colores rojos se hacen más intensos a medida que la película avanza por el túnel del infierno hacia los flujos anaranjados y brillantes del metal fundido. El descenso se percibe aún más intensamente gracias a la larga secuencia de un ascensor que lleva a los hombres a más y más profundidad en la mina. Cuanto más bajan, más ensordecedor es el sonido de las máquinas perforadoras y más ruidosas son las explosiones de la montaña al volar en pedazos. A cada escena audio-visualmente intensa la sigue un episodio tranquilo y silencioso en el que vemos a los trabajadores lavándose en sus casas, haciéndolos humanos otra vez. Los persistentes primeros planos de las caras sucias de los trabajadores finalmente les dan una presencia cinematográfica satisfactoria. Mientras que las imágenes de los trabajadores se presentan con un estilo más observacional, los episodios guiados por una voz narrativa introducen más efectos visuales, trabajando con la materialidad de la película y fraccionando las imágenes en la pantalla, como si el espectador estuviese mirando a través de un cristal roto.

Zhao Liang opta por dejar que las imágenes y los paisajes sonoros cuenten la historia de su viaje a la codicia de la civilización, ya que no hay ningún diálogo aparte de la intervención esporádica de la voz del narrador.

VER DOCUMENTAL CON SUBTITULOS EN CASTELLANO:

martes, 19 de septiembre de 2023

SINFONÍA Nº 1 "MI PATRIA", DEL COMPOSITOR LUVSANJAMBYN MURDORJ, ARTISTA DEL PUEBLO DE MONGOLIA EN 1975


Luvsanjambyn Murdorj nació el 15 de septiembre de 1919 en la actual ciudad de Ulán Bator (Mongolia). 
Entre 1936 y 1939 sirvió en el ejército. Mientras estaba en el ejército, en el 15º aniversario de la Revolución Popular, ganó el concurso nacional de música (a la edad de 16 años) con su música antigua y recibió el título de Músico de Honor del Estado (Trabajador de Honor de Mongolia). Mientras estuvo en el ejército actuó en obras de teatro y compuso canciones como "Partizan Choibalsan" (1937) y " Sukhbaatar " (1938).
En 1941, cuando se estableció el Conjunto de Danza y Canto Militar Revolucionario del Pueblo de Mongolia, fue nombrado primer director y dirigió el primer concierto.

En 1950 compuso, junto con Bilegiin Damdinsüren (1919-1991), el himno nacional de la República Popular de Mongolia, actualmente vigente salvo cambios en una estrofa..

Entre 1951-1956 estudió en la Universidad de Música de Moscú, componiendo la sinfonía "Mi Patria" como trabajo de graduación.

En 1975 recibió el título de Artista del Pueblo.

Murdorj muere en 1996.

La “Sinfonía Nº 1" (Manai Ekh Oron) (Madre Patria) fue compuesta en 1955, siendo la primera obra de este género compuesta en Mongolia. Está escrita en un solo movimiento en el que alternan secciones líricas lentas con marchas heroicas.
Después de un toque de trompeta de carácter heroico se presenta el tema principal de la obra, una melodía folclórica de raíces orientales. El tema se desarrolla mediante diversas orquestaciones. En la parte central aparece un nuevo tema lento con una melodía menos definida. Un solo del piano nos conduce a la siguiente sección que toma la forma de una gloriosa marcha al estilo chino. Una breve pausa da paso a un tema de carácter lírico. La sección final empieza con una animada danza, terminando con otro tema folclórico característico.
Fuente: Historia de la Sinfonía

sábado, 9 de septiembre de 2023

DOCUMENTAL "MONGOLIA AMISTOSA" SOBRE LA REPÚBLICA POPULAR DE MONGOLIA (1987)

Título original: Mongolia - Friendly Mongolia
Director: R. Vasudevan
País: India
Año: 1987
Duración: 30 minutos
Fotografía: Sunil Virmani 
Música: H. Tserensodnom

Un equipo de tres miembros de la División de Cine del Gobierno de la India visitó Mongolia en julio de 1986 para producir un documental sobre la República Popular de Mongolia. Esta película presenta el progreso y el desarrollo alcanzado por los trabajadores de Mongolia. Durante siglos, Mongolia estuvo oprimida por los señores feudales y los conquistadores manchurianos. Sukhebator, el fundador del Partido Revolucionario del Pueblo de Mongolia, dirigió una revolución popular. El 11 de julio de 1921 Mongolia fue liberada. El equipo cinematográfico de FD participó en el 65º aniversario de la revolución seguido del Festival de Naadam. He aquí una historia de éxito de los trabajadores de Mongolia en todas las esferas de la vida. Mongolia es uno de los países antiguos de Asia Central y limita con la Unión Soviética al norte y con China al sur. También es conocida como la tierra de los cielos azules.

VER DOCUMENTAL CON SUBTTULOS EN CASTELLANO (ACTIVAR SUBTITULOS EN YOUTUBE):

sábado, 28 de diciembre de 2019

"URGA", PELÍCULA SOVIÉTICA DIRIGIDA POR NIKITA MIKHALKOV

Título original: Urga
Año: 1991
Duración: 118 min.
País: Unión Soviética (URSS)
Dirección: Nikita Mikhalkov
Guión: Nikita Mikhalkov, Rustam Ibragimbekov
Música: Eduard Artemyev
Fotografía: Vilen Kaluta
Reparto: Badema, Bayaertu, Vladimir Gostyukhin, Baoyinhexige, Larisa Kuznetsova, Babushka, Jon Bochinski, Yongyan Bao, Wurinile
Sinopsis: La amistad entre un pastor mongol y un camionero ruso, perdido en la estepa asiática a causa de una avería, sirve de pretexto para mostrar el abismo cultural y económico entre el campo y la ciudad.

Este Filme cuenta la vida de una familia nómada y de origen mongol de la estepa china, cercana a la frontera con Rusia y Mongolia, y su relación con un camionero ruso, que casualmente alojan en su tienda. De alguna manera, el sentimiento que despierta en el ruso (ex soldado, por añadidura) tener contacto con esa familia, representa el que parece querer despertar Mikhalkov en los espectadores, que es de suponer sean mayormente occidentales.

En un principio hay un contraste cultural que se aborda en forma políticamente correcta. La vida de la familia es retratada con cierto tono documental y la llegada del camionero pone el acento, a través de su mirada asombrada, en aquellas cosas que pueden resultar curiosas para alguien que procede de otra cultura. Este recurso hace que también la mirada sugerida sea parecida a la que tenemos ante documentales de pueblos y personas que nos pueden parecer lejanos, recargada sobre el asombro ante el otro.

En un segundo momento la mirada cambia de ángulo. Gombo, el padre de familia, va a la ciudad y se enfrenta a su desconocimiento. Se establece un paralelo entre la extrañeza que le despiertan cosas muy sencillas, con la que anteriormente había experimentado “nuestro representante”. También queda de manifiesto la indiferencia y hasta crueldad con la que la ciudad y sus habitantes reciben a Gombo, aparejada pero distinta a la indiferencia con la que el paisaje recibe al ruso y contrastada con la cordialidad con la que lo tratan sus habitantes, habitantes del paisaje.

En un tercer momento, el proceso de comprender las diferencias a fuerza de su propia manifestación hace que el ruso, como nosotros, vea en la familia de Gombo algo más que personajes de un documental de National Geographic. La universal diferencia de la mirada y la infinita ternura que genera el afecto, se plasma en una escena que queda para el spoiler. El proceso de la película es llevado, desde la narrativa, en forma sutil y pausada, logrando involucrar sensiblemente al espectador, que idealmente vivencia el film más que lo analiza. Para esto ayuda mucho la fotografía, dedicada a dar un marco impresionante a la estepa, cuya belleza también contrasta con la fealdad gris y polvorienta de la ciudad.

Fuente: EcuRed

VER PELICULA:

viernes, 3 de marzo de 2017

MUSEO LENIN DE ULAN BATOR (MONGOLIA)

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Museo Lenin de Mongolia (1980)

En 1974 se inició la construcción de un museo dedicado a Vladimir Lenin en Ulan Bator, la capital de Mongolia. El proyecto fueencargado por el Ministerio de Cultura y el Partido del Pueblo de Mongolia que se sumaron así a una iniciativa soviética de 1970, que creó numerosos Museos Lenin por toda la URSS con motivo del centenario del nacimiento del revolucionario ruso.

Terminado en 1980, se trata de una edificación enmarcada en la curiosa arquitectura futurista soviética de los años 70 y 80. El conjunto estaba adornado con grandes medallones escultóricos que mostraban diferentes imágenes revolucionarias y socialistas de Mongolia. El museo tenía algunos guiños a la arquitectura nacional, como la cúpula de la entrada que parecia imitar la de los antiguos templos mongoles.

Diferentes salas mostraban la vida de Lenin y los avances mundiales del socialismo. El museo contaba con un pequeño auditorio y una sala memorial donde depositar flores.

Contexto histórico:

Mongolia fue un aliado fiel de la Unión Soviética. Aun siendo una nación completamente independiente, mantuvo una relación cordial y leal con Moscu, muy diferente a la de otros aliados como Polonia o Hungria.

Esto le hacía parecer de facto una república soviética más. Lo que se veía en numerosos guiños urbanísticos y monumentales, como el museo Lenin que levantó en pleno centro de la capital del país, en un momento de auge maoista en la vecina China.

El Museo Lenin es un buen exponente de la historia post comunista de Mongolia. Durante la transición que abandonó el socialismo, el lugar fue escogido para mítines y manifestaciones en favor de la democracia. Más tarde con la llegada del capitalismo el lugar se convirtió en un bizarro centro comercial con cine incorporado.

El lugar vivirá un nuevo cambio de estatus al haber sido escogido para acoger un museo dedicado a la historia de los dinosaurios.

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Interior del edificio, sala memorial

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Manifestaciones democráticas a las puertas del Museo Lenin

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El edificio en los años 80

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El edificio en 2009 como Cine

Fuente: Leninland

domingo, 24 de julio de 2016

"MONUMENTO AL MARISCAL ZHUKOV", EN MONGOLIA


Monumento al Mariscal Zhukov
Autor desconocido
1979
Ulan Bator (Mongolia)

Para celebrar el 40 aniversario de la Batalla de Jaljin Gol, en la que tropas de Mongolia y la URSS se enfrentaron al imperio japonés, se construyó un monumento y un museo dedicados a la memoria del Mariscal Zhukov, uno de los mayores héroes de la historia militar rusa y el hombre que había liderado al Ejército Rojo en la citada batalla.

El monumento fue situado en un parque y un complejo de viviendas para trabajadores junto al Museo Zhukov, en una de las principales calles de la capital de Mongolia,.

Un busto de grandes dimensiones muestra el rostro de Zhukov vestido de gala con todas sus condecoraciones, mientras que a su espalda se alza un muro de granito rojo decorado con una estrella que hace recordar la bandera soviética.

La leyenda del Mariscal Zhukov, el militar más condecorado de la historia rusa, se empezó a forjar en el lejano Rio Jalja, en la frontera de Mongolia con China. Fue ahí donde un incidente territorial entre unidades de caballería mongolas y japonesas acabaría provocando una batalla en la que se vieron implicados cerca de 100.000 hombres y 700 tanques, en un antecedente de lo que tendría que venir durante la II Guerra Mundial.

Stalin mandó a Zhukov liderar el Ejército Rojo para proteger Mongolia de los ataques japoneses. Se trataba de una zona fronteriza que no solo afectaba a un fiel aliado soviético, si no que además colindaba con la propia Rusia. Lo que empezó como un rifirrafe terminó en toda una batalla que los soviéticos acabarían ganando gracias a la superioridad material.

Zhukov se convirtió en un héroe en Mongolia, un papel que repitió contra los nazis en Moscú, Kursk, Stalingrado o Berlín.

Fuente: Leninland

lunes, 14 de julio de 2014

110 AÑOS DEL NACIMIENTO DEL POETA COMUNISTA PABLO NERUDA

UN POETA EN EL TRANSIBERIANO

El gran escritor chileno cruzó Siberia hasta Mongolia para terminar en China en el legendario expreso Transiberiano. Sus impresiones sobre las inmensidades de la estepa siberiana, la vida nómada y las multitudes uniformadas de Pekín se cuentan en su libro de memorias Confieso que he vivido.


Salimos hacia China por el tren Transiberiano. Meterme dentro de ese tren legendario era como entrar en un barco que navegara por tierra en el infinito y misterioso espacio. Todo era amarillo a mi alrededor, por leguas y leguas, a cada lado de las ventanillas. Promediaba el otoño siberiano y no se veían sino plateados abedules de pétalos amarillos. A continuación, la pradera inabarcable, tundra o taiga. De cuando en cuando, estaciones que correspondían a las nuevas ciudades. Bajábamos con Ehrenburg para desentumecernos. En las estaciones los campesinos esperaban el tren con envoltorios y maletas, hacinados en las salas de espera.

Apenas nos alcanzaba el tiempo para dar algunos pasos por esos pueblos. Todos eran iguales y todos tenían una estatua de Stalin, de cemento. A veces estaba pintada de plata, otras veces era dorada. De las docenas que vimos, matemáticamente iguales, no sé cuáles eran más feas, si las plateadas o las áureas. De vuelta al tren, y por una semana, Ehrenburg me entretenía con su conversación escéptica y chispeante. Aunque profundamente patriótico y soviético, Ehrenburg me comentaba en forma sonriente y desdeñosa muchos de los aspectos de la vida de aquella época.

Ehrenburg había llegado hasta Berlín con el Ejército Rojo. Fue, sin duda, el más brillante de los corresponsales de guerra entre cuantos han existido. Los soldados rojos querían mucho a este hombre excéntrico y huraño. Me había mostrado poco antes en Moscú dos regalos que esos soldados le habían hecho, tras desentrañarlos de las ruinas alemanas. Era un rifle construido por armeros belgas para Napoleón Bonaparte, y dos tomos minúsculos de las obras de Ronsard, impresos en Francia en 1650. Los pequeños volúmenes estaban chamuscados y manchados de lluvia o sangre.

Ehrenburg cedió a los museos franceses el bello rifle de Napoleón. ¿Para qué lo quiero?, me decía, acariciando el labrado cañón y la bruñida culata. En cuanto a los libritos de Ronsard, los guardó celosamente para sí. (...)

ALMORZABAMOS UN DIA en el coche comedor cuando me llamó la atención una mesa ocupada por un soldado. Estaba borrachísimo. Era un joven rubicundo y sonriente. A cada momento pedía huevos crudos al camarero, los quebraba y con gran alborozo los dejaba caer en el plato. De inmediato pedía otro par de huevos. Cada vez se sentía más feliz, a juzgar por su sonrisa extasiada y sus ojos azules de niño. Debía ya llevar mucho tiempo en eso, porque las yemas y las claras comenzaban peligrosamente a resbalar del plato y a caer en el piso del vagón.

–¡Tovarich! –llamaba con entusiasmo el soldado al camarero y le pedía nuevos huevos para aumentar su tesoro.

Yo observaba con entusiasmo esta escena de un surrealismo tan inocente, y tan inesperado en aquel marco de oceánica soledad siberiana.

Hasta que el camarero alarmado llamó a un miliciano. El policía fuertemente armado miró desde su gran altura con severidad al soldado. Este no le prestó ninguna atención y siguió en su tarea de romper y romper huevos.

Supuse que la autoridad iba a sacar violentamente de su ensueño al despilfarrador. Pero me quedé asombrado. El hercúleo policía se sentó junto a él, le pasó con ternura la mano por la cabeza rubia y comenzó a hablarle a media voz, sonriéndole y convenciéndole. Hasta que de pronto lo levantó con suavidad de su asiento y lo condujo del brazo, como un hermano mayor, hasta la salida del vagón, hacia la estación, hacia las calles del pueblo.

Pensé con amargura en lo que le sucedería a un pobre indiecito borracho que se pusiera a romper huevos en un tren ecuatoriano.

DURANTE AQUELLOS DIAS transiberianos se oía por la mañana y por la tarde cómo Ehrenburg golpeaba con energía las teclas de su máquina de escribir. Allí terminó La nueva ola, su última novela antes de El deshielo. Por mi parte, escribía sólo a ratos algunos de Los versos del capitán, poemas de amor para Matilde que publicaría más tarde en Nápoles en forma anónima.

Dejamos el tren en Irkutz. Antes de tomar el avión hacia Mongolia, nos fuimos a pasear por el lago, el famoso lago Baikal, en los confines de Siberia, que significó durante el zarismo la puerta de la libertad. Hacia ese lago iban los pensamientos y los sueños de los exiliados y de los prisioneros. Era el único camino posible para la evasión. “¡Baikal! ¡Baikal!”, repiten aún ahora las roncas voces rusas, cantando las antiguas baladas.

El Instituto de Investigación Lacustre nos invitó a almorzar. Los sabios nos revelaron sus secretos científicos. Nunca se ha podido precisar la profundidad de aquel lago, hijo y ojo de los Montes Urales. A dos mil metros de hondura se recogen peces extraños, peces ciegos, sacados de su abismo nocturno. De inmediato se me despertó el apetito y logré que los investigadores me trajeran a la mesa un par de aquellos extraños pescados. Soy una de las pocas personas en el mundo que han comido peces abisales, regados con buen vodka siberiano.

De allí volamos a Mongolia. Guardo un recuerdo brumoso de aquella tierra lunaria donde los habitantes viven aún en tiendas nómadas, mientras crean sus primeras imprentas, sus primeras universidades. Alrededor de Ulan Bator se abre una aridez redonda, infinita, parecida al desierto de Atacama en mi patria, interrumpida sólo por grupos de camellos que hacen más arcaica la soledad. Por cierto que probé en tazas de plata, pasmosamente labradas, el whisky de los mongoles. Cada pueblo hace su alcohol de lo que puede. Este era de leche de camello fermentada. Todavía me corren escalofríos cuando recuerdo su sabor. Pero ¡qué maravilla es haber estado en Ulan Bator! Más para mí que vivo en los bellos nombres. Vivo en ellos como en mansiones de sueño que me estuvieran destinadas. Así he vivido, gozado de cada sílaba, en el nombre de Singapur, en el de Samatkarida. Deseo que cuando me muera me entierren en un nombre, en un sonoro nombre bien escogido, para que sus sílabas canten sobre mis huesos, cerca del mar.

EL PUEBLO CHINO es uno de los más sonrientes del mundo. A través del implacable colonialismo, de revoluciones, de hambrunas, de masacres, sonríe como ningún otro pueblo sabe sonreír. La sonrisa de los niños chinos es la más bella cosecha de arroz que desgrana la gran muchedumbre.

Pero hay dos clases de sonrisas chinas. Hay una natural que ilumina los rostros color de trigo. Es la de los campesinos y la del vasto pueblo. La otra es una sonrisa de quita y pon, postiza, que se pega y despega bajo la nariz. Es la sonrisa de los funcionarios.

Nos costó distinguir entre ambas sonrisas cuando con Ehrenburg llegamos por primera vez al aeropuerto de Pekín. Las verdaderas y mejores nos acompañaron por muchos días. Eran las de nuestros compañeros escritores chinos, novelistas y poetas que nos acogieron con noble hospitalidad. Así conocimos a Tieng Ling, novelista, Premio Stalin, presidente de la Unión de Escritores, a Mao Dung, a Emi Siao y al encantador Ai Ching, viejo comunista y príncipe de los poetas chinos. Ellos hablaban francés o inglés. A todos los sepultó la Revolución Cultural, años después. Pero en aquel entonces, a nuestra llegada, eran las personalidades esenciales de la literatura.

Al día siguiente, después de la ceremonia de entrega del Premio Lenin, llamado entonces Premio Stalin, comimos en la embajada soviética. Allí estaban, además de la laureada, Chu En Lao, el viejo mariscal Chu Teh, y unos pocos más. El embajador era un héroe de Stalingrado, típico militar soviético, que cantaba y brindaba repetidamente. A mí me tocó sentarme junto a Sung Sin Ling, muy digna y todavía bella. Era la figura femenina más respetada de la época.

Cada uno de nosotros tenía a su disposición una pequeña botella de cristal llena de vodka. Los gambé estallaban con profusión. Este brindis chino obligaba a apurar la copa al seco, sin dejar una gota. El viejo mariscal Chu Teh, frente a mí, se llenaba su copita con frecuencia y con su gran sonrisa campesina me incitaba a cada momento a un nuevo brindis. Al final de la comida aproveché un momento de distracción del antiguo estratega para probar un trago de su botella de vodka. Mis sospechas se confirmaron al comprobar que el mariscal había tomado agua pura durante la comida, mientras yo me echaba al coleto grandes cantidades de fuego líquido.

En el hotel nos servían la pésima comida inglesa que dejaron como herencia en China los sistemas coloniales. Yo, que soy gran admirador de la cocina china, le dije a mi joven intérprete que ardía en deseos de disfrutar del afamado arte culinario pekinés. Me respondió que lo consultaría (...)

Al día siguiente se nos acercó un miembro importante del comité de acogida. Después de colocarse correctamente en el rostro su sonrisa, nos preguntó si efectivamente queríamos comer comida china. Ehrenburg le dijo rotundamente que sí. Yo agregué que conocía desde mis años mozos la comida cantonesa y que ansiaba paladear la celebérrima sazón de Pekín.

–El asunto es difícil –dijo el compañero chino, preocupado.

Silencio, meneo de cabeza, y luego resumió:

–Casi imposible.

Ehrenburg sonrió, con su sonrisa amarga de escéptico contumaz. Yo, en cambio, me enfurecí.

–Compañero –le dije–. Haga el favor de arreglarme mis papeles de regreso a París. Si no puedo comer comida china en China, la comeré en el Barrio Latino, donde no es ningún problema.

Ni a sol ni a sombra.

Mi violento alegato tuvo éxito. Cuatro horas más tarde, precedidos de nuestra profusa comitiva, llegamos a un famoso restaurante donde desde hace quinientos años se prepara el pato a la laca. Un plato exquisito, memorable.

El restaurante, abierto día y noche, distaba apenas trescientos metros de nuestro hotelz

* Confieso que he vivido. Editorial Losada. 1974.

Fuente: Página/12