lunes, 18 de enero de 2021

"LOS ORÍGENES", NUEVO LIBRO DEL ESCRITOR EX-YUGOSLAVO SASA STANISIC

Los orígenes
Sasa Stanisic
18,00€ P.V.P. 
Editorial AdN
ISBN: 978-84-1362-080-0
376 páginas
Año: 2020
Traductor: Belén Santana López
 Sinopsis: "Los orígenes" es un libro sobre la primera casualidad que marca nuestra biografía: nacer en un lugar determinado. Y sobre lo que viene después. "Los orígenes" es un libro sobre los lugares de donde vengo, tanto los recordados como los inventados. Un libro sobre el idioma, el trabajo clandestino, la carrera de relevos de la juventud y muchos veranos. El verano en que mi abuelo le dio tantos pisotones a mi abuela en mitad de un baile que yo por poco no nazco. El verano en que casi me ahogué. El verano en que las autoridades alemanas no cerraron las fronteras y se pareció a aquel otro verano en que tuve que huir a Alemania y cruzar muchas fronteras. "Los orígenes" es una despedida de mi abuela, que sufre demencia. Mientras yo colecciono recuerdos, ella pierde los suyos. "Los orígenes" es triste, porque para mí el origen tiene que ver con algo que ya no se puede tener. En "los orígenes"hablan los muertos y las serpientes, y mi tía abuela Zagorka se marcha a la Unión Soviética porque quiere ser cosmonauta. "Los orígenes" también son: un almadiero, un guardafrenos y una profesora de Marxismo que ha olvidado a Marx. Un policía bosnio encantado de que lo sobornen. Un soldado de la Wehrmacht al que le gusta la leche. Una escuela elemental para tres alumnos. Un nacionalismo. Un Yugo. Un Tito. Un Eichendorff. Un Sasa Stanisic.  

La impronta de la guerra en un territorio, la marca que deja en aquellos que se ven obligados a dejar su país es imborrable y, con la huida, el inexorable distanciamiento y disgregación de unos orígenes no enraizados completamente si esta se produce a edades tempranas. Porque es indudable que cualquier guerra deja una traza ineludible para aquellos que la sufrieron, ya sea de manera directa o porque les obligó a fugarse de su país justo antes de que estallara. Esto es lo que le ocurrió a Saša Stanišić, huyendo con su madre de su natal Višegrad (Bosnia) a la edad de catorce años, en verano de 1992, cuando empezaron a quemar casas de origen musulmán. Pero este libro no trata sobre la guerra, o al menos no de manera directa, sino que trata sobre los orígenes, sobre el sentimiento de pertenencia y la voluntad del autor de explicar su vida, décadas después, para reconectar con esos años de infancia y adolescencia marcados por la adaptación a un país extraño, a una lengua desconocida y a una vida abismalmente diferente a la que estaba acostumbrado. Y la necesidad, siempre imperiosa, de reencontrar, años después, sus orígenes.

El relato empieza con el autor contándonos su nacimiento en 1978, en Višegrad, en un lluvioso día de marzo. Nos habla del entorno donde se crio, con una madre que estudiaba y un padre que trabajaba. Y con una abuela, Kristina, que le puso el nombre y le cuidaba durante gran parte de la semana junto con su abuelo Pero, «comunista de corazón y de carné». Una abuela de quien afirma que «vivió las guerras en casa. La Segunda Guerra Mundial en Staniševac, el pueblo de su infancia, la guerra de Bosnia, en Višegrad». Así, a partir de fragmentos, el autor nos habla de su juventud, a pinceladas, a través de anécdotas, afirmando con nostalgia que «el país donde nací ya no existe» en una Yugoslavia desaparecida.

El estilo del autor es muy poético, cálido, sensible, pausado y próximo. Stanišić nos habla de su infancia en una tierra de pequeñas costumbres, de lugares atrapados en pueblos donde el tiempo no pasa ni pasa por ellos, de su abuela y su tía abuela con sueños de astronauta, alguien que «no quería seguir esperando otras épocas»; nos habla de los pueblos pequeños y sus vidas tan grandes que llenan el pueblo. Ese estilo tan rural que en ocasiones recuerda a Tokarczuk y sus pequeñas aldeas de Antaño, por su lenguaje terrenal y agreste, por unas costumbres arraigadas a vidas llenas de sacrifico y vacías de superfluidad; en otras ocasiones, también recuerda a la Lana Bastašić de «Atrapa la liebre», por el retrato tangencial de una guerra yugoslava que los marcó a todos y que les impulsa a hablar de ella años después. Al fin y al cabo, son los orígenes, es la antigua vida que uno busca cuando la cree ya olvidada. 

Así, el autor, partiendo el relato de su vuelta a Oskaruša, el pueblo de sus antepasados, en un viaje en 2009, nos pone rápidamente en situación para hablarnos de su pasado con la compañía de su abuela y de su amigo Gavrilo, visitando a la tumba de sus bisabuelos; una visita que abre un camino directo a su infancia. Ya el propio autor afirma que «la historia empezó con los recuerdos que se borran y con un pueblo a punto de desaparecer. Empezó en presencia de los muertos: en la tumba de mis bisabuelos»; unos abuelos que son parte esencial del relato, pues son las conversaciones con su abuela, afectada de demencia, las que impulsan al autor a querer llenar esos vacíos recordando su propia historia, buscando encontrar su origen y nutrirlo, completarlo, pues «esta historia empieza con el encendido del mundo sumándole historias». Porque su abuela es un personaje clave, es el enlace entre pasado y presente, el puente entre Yugoslavia y Alemania, entre origen y destino, entre un pasado marcado por la guerra y un presente marcado por la añoranza. Y, en esos recuerdos, la imperecedera permanencia de los sentimientos, testigos incuestionables que anclan los recuerdos a una época, a una familia, porque «yo digo que la tierra natal es aquello sobre lo que estoy escribiendo. La abuela», «el origen es la abuela. Mi madre, su abuela», «y lo es también la niña de la calle que solo la abuela ve. Mi origen es Gavrilo, que me dice adiós con la mano».  Porque, en el fondo, los orígenes no son el lugar donde nacimos; nuestro origen es el entorno, donde nos criamos, pero también las familias y sus gentes, sus costumbres, sus vidas, también los recuerdos de la infancia y la de todos aquellos enraizados a una tierra sometida a guerras que dividieron familias y pueblos.

Estilísticamente, la sensibilidad del autor es innegable, y se hace evidente en cada una de las páginas de este precioso libro, como cuando afirma que «por más vueltas que le demos, el origen continúa siendo un constructo. Una especie de vestido que tendrás que llevar para siempre una vez te lo hayan puesto». El estilo de Stanišić es arrebatadoramente bello, poético, nostálgico; es el estilo de quien siente dentro de sí mismo el transcurso de una historia que empezó en sus antepasados, en esos pueblos pequeños de vidas humildes donde parece que el tiempo no avance, pero sí las guerras que los cruzaron; nos habla de una tierra lejana en el tiempo, pero próxima dentro de uno mismo, que forma parte de su historia, de manera interna, como si siguiera creciendo dentro de él, como si la llevara incorporada, impregnada en su propio ser.  Y con ese estilo, el autor mezcla anécdotas personales, a menudo basadas en el mundo del deporte, para ubicarnos temporalmente y anclar esos recuerdos que a nivel personal le impactaron con lo que sucedía en el país; de esta manera el retrato personal del autor cobra un sentido, pues los sucesos se mezclan en la memoria y se afianzan a un estado de ánimo personal y social de manera inseparable.

Stanišić nos habla de los recuerdos y la memoria, en apariencia indisociables, aunque la memoria se va perdiendo mientras que los recuerdos se reconstruyen cada vez que acudimos a ellos o ellos aparecen de golpe. Y en esa memoria cabe una vida, la suya o la de un pueblo, y nos habla de guerras y un pasado marcado profundamente por la muerte de Tito, punto de inflexión en la historia de un país que partía de una unidad y se disolvía en partes más pequeñas y enemistadas; la grieta que se abrió después de su muerte y de cómo «el resentimiento étnico se utilizó para dar soporte a los esfuerzos por dividir, el resentimiento étnico era la respuesta. La política no hacía disminuir el miedo, sino que alimentaba las hostilidades». Dice el autor, hablando por primera vez con una chica que le gustaba, que «tendría que haber explicado algo sobre mí, pero sólo podía recordar la maldita guerra. Y de eso no quería hablarle». Y con esa frase, uno se da cuenta de cómo una vida puede quedar llena por un suceso, como los recuerdos son ocupados en su totalidad por la tragedia, aún y siendo vista desde la distancia, porque los orígenes no se dejan, los llevamos dentro, y lo que ocurre en ellos vive en nosotros porque «los orígenes es sobresaltarse cuando alguien te llama por el nombre en tu ciudad natal».

Con este estilo impregnado de emotivas palabras, la prosa del autor vuela y fluye, próxima y cercana al lector, en pequeñas pinceladas que marcan la silueta clara y nítida del cuadro sentimental que la obra destaca; el trazo es firme y decidido, pero, a la vez, delicado, apelando a los sentimientos. La belleza de la prosa del autor aparece en cada página para recordarnos que nuestro pasado está repleto de momentos que cobran importancia al paso del tiempo, al recordarlos, al revivirlos, al requerirlos. Ellos constituyen nuestra memoria y, por tanto, les debemos aquello que ahora somos. El propio autor declara, refiriéndose a su madre en que «lo que echa de menos hoy en día no lo llena de invenciones, como yo hago.» 

El estilo de Stanišić es pausado, pero no lento, tiene la cadencia propia de quien narra con la vista dirigida a un pasado que sigue muy presente, la mirada vuelta hacia unos orígenes que lleva dentro de sí y que marcaron su vida y su huida, descubriéndose a sí mismo en otra ciudad y otra lengua, otros rostros y otro entorno, pero no otra vida, sino una capa más que cubre y protege la que dejó atrás, aunque sólo físicamente. Stanišić recuerda que en su llegada a Alemania vivió en condiciones muy humildes, en casa pobladas de gente y muebles viejos y aprovechados. Con dos padres que abandonaron su profesión y trabajaron en lo que pudieron, la construcción él y la lavandería ella. Una vida precaria, donde «no valía la pena comprar nada porque podían ser deportados en cualquier momento», en una vida en la que uno se avergüenza de traer amigos a casa y que vean las condiciones en las que viven y la infancia en la nueva tierra de acogida, con nuevas amistades de distintas procedencias, pero con un mismo origen: el del migrante. Y, ante la duda de cómo reaccionar hacia ese nuevo entorno, con las amenazas y riesgos de caer en la marginalidad, la confianza en hacerlo de la manera más sabia posible: «mi rebeldía consistió en adaptarme». Una vida en Heidelberg, una ciudad sobre la que Stanišić afirma que tiene «sus fachadas de arenisca siempre delicadamente rojizas, avergonzadas de su propia belleza». 

Dice Stanišić que «no culpo la guerra ni la separación del distanciamiento de mi familia. Como ejercicio de acercamiento, fabrico historias que nos unen». Es evidente que su historia nos une a todos, al apelar a nuestra memoria y nuestros recuerdos, diferentes en cada uno, pero reclamados por motivos parecidos y, en ese proceso, tal y como dice el autor en un fragmento del libro, «las palabras me rondan, me desconciertan, me hacen feliz, tengo que seleccionar las adecuadas para esta historia». Y es evidente que el escritor ha cumplido con su propósito, pues ha encontrado, en cada una de ellas, la manera idónea de acceder a nuestros propios orígenes.

Fuente: Un libro al día
 
 

domingo, 17 de enero de 2021

"NO LO ESPERABAN", DE ILYA REPIN

 

No lo esperaban
Ilya Repin
1884-1888
Técnica: Oleo sorbe tela
160'5 x 167'5cm
Galería Tretyakov de Moscú (Rúsia) 

En la pintura podemos apreciar el retorno al hogar de un exiliado político y las diferentes formas de reaccionar de la familia ante la sorpresa de este suceso inesperado. La timidez e incluso el miedo de la niña que permanece sentada tras la mesa; la gran sorpresa que muestra la doncella que le ha abierto la puerta; la alegría transmitida por la sonrisa y la mirada que le dirigen el niño y la mujer del piano; y la gran sorpresa mezclada con una sensación de nerviosismo que desprender la figura de la madre, en el gesto que realiza al levantarse de la butaca.
 
La cara del hombre desterrado transmite incerteza y miedo, no sabe si volverá a ser aceptado en una sociedad de la cual a desaparecido durante todos estos años.

Se puede apreciar que esta escena transcurre en un espacio compartido de la vivienda, se encuentran todos los miembros de la familia en esta misma, cada uno realizando actividades diferentes.
 
La decoración de esta habitación es acogedora y nos permite hacernos una idea del ambiente intelectual que respira la familia. La luz natural abunda gracias al ventanal y esta pintada con colores muy cálidos.
 
En la pared podemos ver varios cuadros colgados, algunos son:  "Emperador Alexandre en el seu Fèretre" de Gòlgota, los retratos de Xevtxenko y Nekrasov que nos siben para explicar lo que ha pasado y ver en que contexto histórico debemos movernos.

Poco antes del asesinato del Emperador Alejandro II en 1881, Repin empezó a pintar una serie de cuadros relacionados con el movimiento revolucionario ruso; "Negativa a confesarse", "Arresto de un propagandista", "El encuentro de los revolucionarios" y por último "No lo esperaban", se trata de la pintura que estamos analizando. Esta destaca sobre las demás de la serie.
 
Fuente:  ADM - Imágenes con historia

sábado, 16 de enero de 2021

"LUMUMBA", DE RAOUL PECK, EN EL 60 ANIVERSARIO DEL ASESINATO DEL LÍDER AFRICANO

"Lumumba"
Título original: Lumumba
Año: 2000
Duración: 115 min.
País: Francia
Dirección: Raoul Peck
Guión: Raoul Peck, Pascal Bonitzer
Música: Jean-Claude Petit
Fotografía: Bernard Lutic
Reparto: Eriq Ebouaney, Alex Descas, Théophile Moussa Sowié, Maka Kotto, Dieudonné Kabongo, Pascal Nzonzi, André Debaar, Cheick Doukouré
Sinopsis: El 30 de junio de 1960 el Congo, al centro de África, deviene país independiente. Lumumba, un joven periodista autodidacta, es el primer jefe de gobierno del joven Estado. El filme relata un período violento y complejo de la historia africana. 
 
Reseña y análisis a partir de la película “Lumumba” (2000) del director Raoul Peck.

El director haitiano Raoul Peck vuelve en “Lumumba” sobre una de sus figuras históricas predilectas: el líder nacionalista congoleño Patrice Lumumba, quien ocupó el cargo de Primer Ministro en la República Democrática del Congo (ex Zaire) hasta la fecha de su derrocamiento y asesinato. Peck ya había visitado a este personaje en la década del 90 desde el género documental con “Lumumba: la muerte de un profeta”. El retorno será aquí desde la ficción, y desde una mirada más amplia que tratará, pero desbordará, las circunstancias específicas de su muerte.

Quizás el primer acierto, evidente, esté dado por la extraordinaria caracterización del líder congoleño por parte del actor Eriq Ebouaney, quién más allá de su parecido notable ha logrado recrear desde la gestualidad de sus manos hasta el timbre de su voz. Tarea más que ardua desde el momento en que la película se propone recrear escenas históricas de las que consta registro audiovisual, como aquel célebre discurso del 30 de junio de 1960 cuando fue proclamada la independencia del Congo frente al mismísimo Rey Balduino de Bélgica y el pleno de las autoridades coloniales. Otro acierto, que el director repetirá y ampliará en “I am not your negro”, su última producción documental del año 2016, será un hábil y minucioso manejo de recursos de archivo, como la poderosa síntesis fotográfica que propone al comienzo y que le ahorra mayores precisiones sobre la brutalidad de los tiempos coloniales desde el comienzo del reinado de Leopoldo II, quién hizo del Congo Belga (no confundir con el territorio bajo dominio francés) su propiedad personal y su reservado coto de caza.

La voluntad colonial de tutelar todo el proceso, de sostener plenamente el sometimiento económico y el control de instituciones belgas clave como el conjunto de la oficialidad de las fuerzas armadas, serían desafiadas en ese entonces por el discurso “no autorizado” de Lumumba, en el que será, previsiblemente, uno de los momentos más álgidos de la trama -la del film y la de la historia-. Frente a la defensa impertérrita del acto colonizador, presentado incluso como gesta civilizatoria, el líder congoleño planteó en ese entonces: 1) un ejercicio de memoria histórica anticolonial que no pretendía hacer tabula rasa con el pasado (“nuestras heridas están muy frescas y son demasiado dolorosas para ser olvidadas”); 2) el rechazo de las relaciones externas cuando estén “encaminadas a imponernos una política foránea”; 3) la voluntad de alcanzar una plena soberanía económica y política (“vigilaremos que las tierras de nuestro país nativo realmente beneficien a sus hijos”); 4) Una política de unidad y de reconciliación nacional, tribal e incluso inter-racial, bregando por el respeto y acogida de la población belga asentada en el país; y 5) Una temprana visión panafricanista, en tanto concibe a la independencia del Congo como un paso “hacia la liberación del continente africano entero”.

Respecto al contexto continental, es evidente que el espectro francés y la radicalización política del Frente y el Ejército de Liberación Argelinos hacen parte del trasfondo histórico de la película, y son el contrapunto visible o invisible de las estrategias e interlocuciones de los actores coloniales, tanto belgas como norteamericanos. El interés, neocolonial, será ante todo preservar el control de los recursos estratégicos del país. Al respecto la película pondrá en boca de Lumumba un breve pero significativo recuento de las políticas predatorias de las potencias europeas desde el Congreso de Berlín del año 1878: el comercio de esclavos, el comercio de marfil, la extracción del caucho, y en ese entonces, la preeminencia del diamante y los minerales como el cobre, el manganeso y el zinc.

Dos factores determinantes habían determinado la concreción de la independencia congoleña y el propio ascenso político de Lumumba, cuyo arribo a la política independentista no es del todo bien narrado por la película, apareciendo como algo brusco y discontinuo su tránsito desde su pasado como vendedor de cervezas hasta su conversión en preso político del régimen colonial. Estos factores serían el contexto internacional propiciado por el fin de la Segunda Guerra Mundial y los primeros estertores de la descolonización africana, notablemente con epicentro en el Norte de África, la guerra de liberación argelina y el gobierno de Nasser en Egipto. En este marco, el caso congeleño brindará pese a todo valiosos lecciones para los movimientos de liberación nacional de todo el continente y, más aún, del Tercer Mundo. La interrupción violenta de un proceso pacífico y pactado, y el asesinato de un popular líder nacionalista y democrático (pese a la remañida estrategia de presentarlo como un comunista pro-soviético) sembrará dudas legítimas sobre la conveniencia y viabilidad de lograr la autodeterminación nacional por vía institucional y al amparo de las potencias occidentales.

Si se nos permite la comparación, el Congo de Lumumba vendrá a ser para el África lo que el Chile de Allende para el contexto latino-caribeño, mientras que Argelia ocuparía en la comparación el sitio de Cuba (no tanto en cuanto a sus resultados como por sus métodos, perspectivas y políticas de solidaridad internacional). Las vías armadas y no armadas (no diremos democráticas, porque no creemos que la creación de organizaciones político-militares y las estrategias insurgentes excluyan la práctica democrática per se) tendrán aquí un interesantísimo contrapunto estratégico en el llamado “Diálogo de América” sostenido entre Salvador Allende y Fidel Castro en Chile en 1971. Allí, sostendrá el líder cubano en una tácita polémica entre las vías cubana y chilena al socialismo: «Nosotros consideramos que este continente tiene en su vientre una criatura que se llama Revolución, que viene en camino y que inexorablemente, por ley biológica, por ley social, por ley de la historia tiene que nacer. Y nacerá de una forma o de otra. El parto será institucional, en un hospital o será en una casa. Serán ilustres médicos o será la partera quien recoja la criatura. Pero de todas maneras, habrá parto.» Entre las opciones del parto institucional o el parto hogareño, el aborto forzoso de la criatura congoleña clausurará prácticamente todo un camino y abrirá pasó a la radicalización de prácticamente toda la extensión continental africana y al surgimiento de innumerables guerrillas. Paradójicamente, las presuntas derivas comunistas de los movimientos independentistas, leídas desde la paranoia colonial propia del contexto de la Guerra Fía, serán como una especie de profecía auto-cumplida.

Otro punto de interés abordado lateralmente por la película tiene ver con el rol de las poblaciones belgas colonialmente asentadas en territorio congoleño. Quedan en evidencia, así, el menos tres cosas: 1) el profético “no hemos olvidado” del aludido discurso de Lumumba, por el cual resulta evidente la continuidad de las tensiones coloniales y la acumulación de rencores por los agravios sufridos por las poblaciones locales; 2) la utilización de la seguridad de estas poblaciones como excusas para garantizar los presuntos derechos de intervención y tutela por parte de las potencias coloniales, un argumento que los Estados Unidos han refinado y llevado al paroxismo en el contexto hemisférico, si atendemos a que buena parte de las invasiones en nuestra región (República Dominicana en 1965, Granada en 1983, Panamá en 1989, por mencionar solo algunas de las más emblemáticas) han utilizado como pretexto la “seguridad” y la salvaguarda de las poblaciones coloniales en los países periféricos; 3) la victimización de los victimarios, y un recurso que muestra la aparente universalidad de lo que Angela Davis dió en llamar “el mito del violador negro”. La primera preocupación y asociación de los colonos belgas aparece en la película como la inculpación generalizada a los congoleños como presuntos violadores seriales de las mujeres blancas.

Hacia el final de la película, el director nos presenta de manera urticante una contradicción de importancia para pensar la compleja génesis de las naciones coloniales, y también la fundación de sus propias historiografías En otro punto de nuestra metáfora, Mobute Sese Seko, “hombre fuerte” del gobierno independentista, comenzará a escalar posiciones en el esquema interno de poder, azotado de forma invariable por contradicciones políticas (entre tendencias más moderadas y más radicales) pero también por contradicciones regionales y tribales (siendo especialmente dramática la de la provincia de Katanga que concentra hasta el día de hoy buena parte de las minas de cobre y cobalto), hasta el punto de que emergieran los primeros atisbos de guerra civil, claramente azuzada también por factores exógenos. En este contexto Mobutu será elegido por los belgas, la CIA y los Estados Unidos para comandar el golpe que debía desplazar a Lumumba y desactivar a tiempo una eventual aproximación del país a la órbita soviética. Mobutu será luego una pieza clave de la geopolítica africana, teniendo un rol destacado en el hostigamiento a otros procesos independentistas como los de Angola, por ese entonces colonia portuguesa. La escena en cuestión presenta, en un contrapunto, la consolidación del régimen de Mobutu y la celebración oficial del primer año de la “independencia” congoleña, mientras que intercala secuencias del secuestro y fusilamiento de Lumumba. Contra lo que cabría quizás imaginar, Mobutu, principal responsable local del magnicidio, va a presentar a Lumumba como el fundador de la nación y como el gran héroe civil de la flamante república.

Este caso, sin embargo, escapa a la ficción, y no resulta excepcional en nuestras naciones. En la Argentina, en Haití, en Colombia o en varias otras naciones latino-caribeñas, las políticas de la memoria y la fundación de la historiografía nacional han sido fundadas mediante la “estatuificación” de las grandes figuras precursoras. Puestas en mármol pero despojadas de osadías y programas, reducidas a una ética huera y a una performance escolar rutinaria, ha pasado con Lumumba en el Congo lo mismo que con las figuras de San Martín, Dessalines o Bolívar. Vencer será para los poderes coloniales y las nuevas élites nativas el hecho de ungir y consagrar figuras que denostaron y combatieron en vida, “enterrándolas históricamente” -la expresión es de Domingo Faustino Sarmiento-. En este marco, bienvenido sea el film de Raoul Peck como un necesario ejercicio de exhumación histórica de una figura que tampoco hemos olvidado.

Fuente: Todos los puentes

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viernes, 15 de enero de 2021

"UN REGALO PARA ROSA", HOMENAJE DEL ESCRITOR JOHN BERGER A ROSA LUXEMBURGO, EN EL 102 ANIVERSARIO DEL ASESINATO DE LA LÍDER ESPARTAQUISTA

 

Rosa Luxemburgo, ilustración de John Berger

Homenaje del escritor a la espartaquista

"UN REGALO PARA ROSA", DE JOHN BERGER

¡Rosa!, te conozco desde que era niño. Y ahora soy dos veces más grande que lo que eras tú en enero de 1919, cuando te apalearon a muerte, pocos meses después de que tú y Karl Liebknecht fundaran lo que habría de ser el Partido Comunista de Alemania.

Con frecuencia surges de alguna página que leo –y algunas veces surges de la página que intento escribir–, me saludas con la cabeza y una sonrisa, y nos reunimos. No hay página, ni celda alguna de las prisiones donde en repetidas ocasiones te pusieron, que pueda contenerte.

Quiero enviarte algo. Antes de que me fuera obsequiado, este objeto estaba en el pueblo de Zamosc, al sureste de Polonia. Es el pueblo donde tú naciste, y donde tu padre fue comerciante maderero. Pero el vínculo contigo no es tan simple.

El objeto perteneció a una amiga polaca llamada Janine. Ella vivía sola, no en la elegante plaza central donde tú habitaste durante los dos primeros años de tu vida, sino en una casita común en las afueras del poblado.

La casa de Janine y su diminuto jardín estaban llenos de plantas en macetas. Había macetas incluso en el piso de su dormitorio. Y cuando tenía visitas, no había nada que le gustara más que señalar, con sus dedos de vieja trabajadora, la particularidad de cada una de sus plantas. Ellas le hacían compañía. Janine hacía chistes, y contaba chismes, con ellas.

Aunque no hablo polaco, el país europeo donde me siento más como en casa es Polonia. Comparto con los polacos algo de su orden de prioridades. A la mayoría de ellos no les intriga el poder, porque han sobrevivido a toda la mierda del poder que se pueda concebir. Son expertos en darle la vuelta a los obstáculos. No paran de inventar tácticas para irla llevando. Respetan los secretos. Tienen recuerdos duraderos. Hacen sopa de acedera con acedera silvestre (Rumex acetosa. Conocida como agrella, vinagreira o romaza). Quieren ser alegres.

Tú dices algo semejante en una de tus enojadas cartas desde la prisión. Le respondías a la doliente carta que te enviaba alguna amistad, y la autocompasión siempre te hizo enojar. Ser un ser humano, decías, es la cuestión principal, por encima de todo. Y eso significa ser firmes y claros y alegres; sí, alegres, pese a todo y cualquier cosa, porque chillar es el negocio de los débiles. Ser seres humanos significa que, si es necesario, con alegría avientes tu vida entera a la gigante balanza del destino, y al mismo tiempo te regocijes en la brillantez de cada día y en la belleza de cada nube.

En años recientes, en Polonia se ha desarrollado un oficio nuevo. Todo aquel que lo practica es conocido como stacz, que significa ocupar el sitio. Uno paga a algún hombre o mujer para que haga alguna larga fila y le retoma su sitio cuando ya está casi hasta adelante. Son colas para la comida, para los utensilios de cocina, para algún tipo de licencia, para algún sello gubernamental en un documento, para conseguir azúcar o botas de hule.

Inventan muchas tácticas para irla llevando.

A principios de la década de 1970, mi amiga Janine decidió tomar un tren a Moscú, como varios de sus vecinos lo habían hecho. No fue una decisión fácil. Apenas uno o dos años antes, en 1970, había ocurrido la masacre de Dansk y otros puertos marinos: cientos de los trabajadores de los astilleros se habían ido a huelga y la policía y los soldados polacos los acribillaron a tiros por órdenes de Moscú.

Y tú lo anticipaste, Rosa. En tu comentario sobre la Revolución Rusa de 1918 tú anticipaste los peligros implícitos en el modo bolchevique de responder a todo razonamiento. “Una libertad sólo para los miembros del gobierno, sólo para los miembros del partido –aunque éstos sean bastante numerosos– no es, para nada, libertad. La libertad es siempre la libertad de aquéllos que piensan diferente. De esta característica esencial de la libertad política depende todo lo que es aleccionador, pleno y purificante, y no de algún fanático concepto de la justicia. Si la ‘libertad’ se vuelve un privilegio especial, sus efectos se desvanecen”.

Janine tomó el tren a Moscú para comprar oro. El oro valía allá una tercera parte de su costo en Polonia. Al dejar atrás la estación Bielorusski, eventualmente encontró los callejones donde los joyeros autorizados tenían anillos para vender. Siempre había una larga fila de otras mujeres extranjeras que esperaban comprar. En razón de la ley y el orden cada una de estas mujeres llevaba un número con gis en la palma de la mano, que indicaba su lugar en la cola. Un policía era quien dibujaba los números. Cuando por fin Janine llegó hasta el mostrador preparó sus rublos y compró tres anillos de oro.

De camino a la estación, le atrapó la mirada el objeto que quiero enviarte, Rosa. Le costó apenas 50 kopek. Lo compró en el vuelo del momento, porque le hizo ilusión. Éste podría conversar con sus plantas metidas en macetas.

Tuvo que esperar mucho tiempo en la estación para tomar el tren de regreso. Como lo supiste en tu época, estas estaciones rusas se volvieron campamentos para los pasajeros que esperaban largo tiempo. Janine se puso uno de sus anillos en el cuarto dedo de la mano izquierda, y los otros dos se los escondió en sus partes íntimas. Cuando el tren arribó y ella se trepó, un soldado le ofreció un asiento en un rincón. Suspiró con alivio –podría dormir un poco. No tuvo problemas en la frontera.

En Zamosc vendió los anillos por el doble de la suma que pagó por ellos, y aun así eran considerablemente más baratos que cualquiera que se pudiera comprar en una tienda polaca. Después de deducir el boleto del tren, Janine había logrado una ganancia inesperada.

El objeto que quiero enviarte, lo colocó en el quicio de la ventana de su cocina.

Este objeto tiene algo de enciclopédico. Diderot explicó así, en 1750, la enciclopedia que justo acababa de ayudar a concretar: El objetivo de una enciclopedia es ensamblar todo el conocimiento esparcido por la superficie de la Tierra, con el fin de demostrar el sistema general a la gente que vendrá después de nosotros, de tal modo que los esfuerzos de los siglos pasados no sean inútiles para los siglos venideros, para que nuestros descendientes se vuelvan más letrados, puedan ser más virtuosos y más felices...

Es una caja de cartón delgado, del tamaño de una cuartilla antigua [de las conocidas como quartos. Su medida es de 23x30 centímetros]. Impreso en su tapa está un grabado a color del pájaro conocido en Europa central como papamoscas collarino, y debajo hay dos palabras en cirílico ruso: pájaros cantores.

Abre la tapa. Adentro hay tres hileras de cajas de cerillos, seis cajas por hilera. Y cada caja tiene un etiqueta con el grabado en colores de un pájaro cantor diferente. Dieciocho cantores diferentes. Y debajo de cada grabado, en letra muy pequeña, está el nombre del pajarito en ruso. Tú que escribiste furiosamente en ruso, polaco y alemán habrías podido leerlos. Yo no puedo. Tengo que adivinar a partir de mi vaga memoria de cuando he observado pájaros alguna vez.

Es extraña la satisfacción de identificar un pájaro vivo mientras vuela o desaparece tras unos setos, ¿no crees? Implica una momentánea y peculiar intimidad, como si en ese momento de reconocimiento uno se dirigiera al pájaro –pese al estruendo o las confusiones de otros incontables eventos– por su particular apodo: ¡aguzanieves!, ¡aguzanieves!

De los 18 pájaros en las etiquetas, reconozco tal vez cinco.

Las cajas están llenas de cerillos con cabeza verde. Sesenta en cada caja. Lo mismo que los segundos en un minuto y los minutos en una hora. Cada uno es una flama potencial.

La moderna clase proletaria, escribiste, no desarrolla su lucha de acuerdo con el plan establecido en algún libro o teoría: la actual lucha de los trabajadores es parte de la historia, es parte del progreso social. Y en el centro de la historia, en el centro del progreso, en medio de la lucha, es que aprendemos cómo debemos luchar.

En el interior de la tapa de la caja de cartón hay una breve nota explicativa (era la URSS de la década de los 70) dirigida a los coleccionistas de cajas de cerillos (los filumenistas, como se les conoce).

La nota brinda la siguiente información: en términos evolucionarios los pájaros preceden a los animales. En el mundo actual existe un estimado de 5 mil especies de pájaros. En la Unión Soviética hay 400 especies de pájaros cantores. Por lo general son los pájaros machos los que cantan. Los pájaros cantores han desarrollado cuerdas vocales en el fondo de sus gargantas, por lo común anidan en los arbustos, en los árboles o en el suelo, y son de gran ayuda para la agricultura cerealera porque comen y, por ende, eliminan hordas de insectos. Recientemente se han identificado tres nuevas especies de gorriones cantores en áreas remotas de la Unión Soviética.

Janine guardaba su caja en el quicio de la ventana de la cocina. Le daba placer, y en el invierno le recordaba del canto de los pájaros.

Cuando te encarcelaron por oponerte con vehemencia a la Primera Guerra Mundial, escuchabas a un carbonero, un herrerillo azul que siempre se quedaba cerca de tu ventana. “Venía con los otros a ser alimentado, y diligente cantaba su graciosa cancioncita: tsii-tsii-bey. Sonaba como la broma traviesa de un niño y siempre me hacía reír y yo le contestaba con el mismo llamado. Luego el pájaro se desvaneció con los demás, a principios de este mes, sin duda para hacer nido en otra parte. No vi ni escuché nada por semanas. Pero ayer sus bien conocidas notas vinieron de repente del otro lado del muro que separa nuestro patio de otra sección de la prisión; había alterado su canto considerablemente porque ahora cantaba tres veces seguidas en rápida sucesión: tsii-tsii-bey, tsii-tsii-bey, tsii-tsii-bey y luego se quedaba callado. Y eso se me metió al corazón, porque era tanto lo que me transmitía en este apresurado canto desde la distancia –toda la historia de la vida de los pájaros”.

Tras varias semanas Janine decidió poner la caja en la alacena debajo de la escalera. Pensó que esta alacena sería una suerte de refugio, lo más cercano a una bodega, y en ella guardó lo que ella llamaba su reserva. La reserva consistía en una lata de sal, una lata de azúcar para cocinar, una lata más grande de harina, un paquete de kasha (sémola o gachas de trigo sarraceno, cebada, centeno o trigo) y cerillos. La mayoría de las amas de casa polacas mantenían un guardado como medio de supervivencia mínima para el día en que, repentinamente, las tiendas ya no tuvieran nada en sus estantes, debido a alguna crisis nacional.

Una crisis así llegó en 1980. De nuevo comenzó en Dansk, donde los trabajadores se fueron a la huelga en protesta contra el alza en el precio de los alimentos, y su acción hizo nacer el movimiento nacional conocido como Solidarnosc [Solidaridad] que derrocó al gobierno.

La moderna clase proletaria, escribiste, no desarrolla su lucha de acuerdo con el plan establecido en algún libro o teoría: la actual lucha de los trabajadores es parte de la historia, es parte del progreso social. Y en el centro de la historia, en el centro del progreso, en medio de la lucha, es que aprendemos cómo debemos luchar.

Cuando Janine murió en 2010, su hijo Witek encontró la caja en la alacena debajo de las escaleras y la trajo a París, donde ha estado trabajando como plomero y albañil. Un día me la trajo y me la dio. Somos viejos amigos. Nuestra amistad comenzó jugando cartas juntos, de tarde en tarde. Jugábamos un juego ruso y polaco conocido como Imbecile. En él gana el jugador que pierda primero todas sus cartas. Witek adivinó que la caja me dejaría pensando.

Uno de los pájaros de la segunda fila de cajas de cerillos lo reconocí como un pardillo, por su pico rosado y sus dos estrías blancas en la cola. ¡Tsuuiit. Tsuuiit! A veces varios de ellos lo cantan a coro desde las copas de los arbustos.

“El que más ha logrado restaurarme a la razón es un amiguito cuya imagen les mando en un sobre. Este camarada que sostiene su pico, con gallardía, con su frente en alto y ojos de saberlo todo es llamado Hippolais hippolais, que en lenguaje cotidiano es el zarcero común”.

Estás presa en Poznan en 1917 y continúas tu carta diciendo: “este pájaro es un bicho raro. No canta una sola canción o una sola melodía como los otros pájaros, sino que es un orador público por la gracia de Dios, y se echa para adelante para hacer sus discursos en el jardín y lo hace con voz muy fuerte y plena de emoción dramática, brincándose las transiciones, buscando pasajes hasta llegar al arrebato. Parece plantearnos cuestiones imposibles, y luego se apresura y se responde solo, con sinsentidos, haciendo las aseveraciones más audaces, refutando acalorado opiniones que nadie ha expresado, para salir volando por entre esas puertas abiertas de par en par y de repente exclama triunfal: ‘¿no te dije, no te dije?’ Y de inmediato le advierte a todos, lo quieran escuchar o no: ‘¡te lo dije, te lo dije!’ (Tiene el sagaz hábito de repetir cada uno de sus agudas observaciones dos veces.)”

La caja del zarcero, Rosa, está llena de cerillos.

Las masas, decías en 1900, en realidad son su propio líder, creando dialécticamente sus propios procedimientos de desarrollo.

Cómo te puedo enviar esta colección de cerillos a ti. Si los matones que te asesinaron tiraron tu cuerpo mutilado a un canal en Berlín. Lo encontraron en el agua estancada tres meses después. Algunos dudaron de que fuera tu cadáver.

Puedo enviártela escribiendo estas páginas en estos oscuros tiempos.

Yo fui, yo soy, yo seré, dijiste. Vives en tu ejemplo para nosotros, Rosa. Y aquí está, te la estoy enviando a tu ejemplo.

Traducción: Ramón Vera Herrera

Fuente: La Jornada

 

jueves, 14 de enero de 2021

"DETLEV ROHWEDDER, UN CRIMEN PERFECTO", EL MAGNICIDIO QUE MARCÓ LA REUNIFICACIÓN ALEMANA

Netflix estrena el documental del true crime más famoso de la Alemania contemporánea

 Fuente: Fuera de Series

VER TRAILER Y ENLACE A LA SERIE: https://www.netflix.com/es/title/81022994

miércoles, 13 de enero de 2021

RUBÉN RUIZ IBÁRRURI, HIJO DE LA PASIONARIA, HÉROE DE LA UNIÓN SOVIÉTICA

EL LUCHADOR ANTIFASCISTA, ÚNICO HIJO VARÓN DE DOLORES IBÁRRURI, HÉROE DE LA UNIÓN SOVIÉTICA

Cultura Bolchevique: Rubén Ruiz Ibárruri: el español que murió defendiendo  Stalingrado

 

 

 

 

 

 

Por Esteban Zúñiga.

“Es necesario hacer todavía mayores esfuerzos. La victoria solo podrá ser obtenida a costa de sacrificios y de abnegaciones. ¡Que no seáis vosotras las que retengáis a vuestros hijos y a vuestros maridos! Porque, si queréis velar por su vida, sabed que esta no se defiende quedándose en casa, sino luchando. Si el enemigo triunfase , sería implacable con nosotros.” (Mitin de Dolores Ibárruri).
 
La increíble vida de Ruben Ruíz Ibárruri
 
El 9 de enero de 1930 nacía en la localidad vizcaína de Somorrostro RUBÉN RUIZ IBÁRRURI, hijo de Dolores Ibárruri, que más tarde sería Secretaria General del Partido Comunista de España (PCE) y dirigente destacada de la Internacional Comunista, y de Julián Ruiz, minero socialista que sería uno de los fundadores de la Juventud Socialista en Vizcaya y más tarde uno de los fundadores, también, del PCE de Vizcaya. Rubén sería el único varón de la prole de la familia, teniendo cinco hermanas más, aunque sólo llegarían a una edad adulta él y su hermana Amaya, pues las otras cuatro hermanas: Esther, Amagoia, Azucena y Eva, fallecerían a edad temprana.
 
El mayor trauma de La Pasionaria: la aciaga muerte de su hijo frente a los  nazis en la Segunda Guerra Mundial

 
 
 
 
 
Con 13 años, tendría los primeros roces con la Guardia Civil por su participación en el reparto de propaganda subversiva. 
 
En 1935, después de que su madre fuera encarcelada, como otras 40.000 persona, tras la Revolución de Asturias de octubre de 1934, tanto él como su hermana Amaya serían enviados a la Unión Soviética, residiendo en Moscú y trabajando como aprendiz en una fábrica de automóviles ZIL.
 
Regreso a la España republicana
 
Tras el intento de golpe de Estado del 18 de julio de 1936, y con una guerra frontal ya presente, se enfrentaría al fascismo regresando a España, siguiendo el llamamiento que su madre Dolores Ibárruri había popularizado el 19 de julio de 1936:
“(…) Al grito de ¡el fascismo no pasará, no pasarán los verdugos de octubre!... los obreros y campesinos de distintas provincias de España se incorporan a la lucha contra los enemigos de la República alzados en armas. Los comunistas, los socialistas y anarquistas, los republicanos demócratas, los soldados y las fuerzas fieles a la República han infligido las primeras derrotas a los facciosos, que arrastran por el fango de la traición el honor militar de que tantas veces han alardeado.
 
Todo el país vibra de indignación ante esos desalmados que quieren hundir la España democrática y popular en un infierno de terror y de muerte.
 
Pero ¡NO PASARÁN!
 
España entera se dispone al combate. En Madrid el pueblo está en la calle, apoyando al gobierno y estimulándole con su decisión y espíritu de lucha para que llegue hasta el fin en el aplastamiento de los militares y fascistas sublevados.
 
¡Jóvenes, preparaos para la pelea! (…)” (Dolores Ibárruri. En nombre del PCE ante los micrófonos del Ministerio de Gobernación, el 19 de julio de 1936).
 
Con sólo 16 años ingresaría en el Ejército del Ebro, siendo destinado, en primera línea de combate, a un grupo de observación del batallón especial de Juan Modesto, donde alcanzaría el grado de sargento.
 
En febrero 1939, con la ya clara derrota republicana, cruzaría con otras unidades republicanas la frontera francesa, siendo internado por las autoridades francesas en el Campo de concentración de Argelès-sur- Mer, junto a miles de compatriotas republicanos españoles. Sin embargo, lograría evadirse y se refugiaría en la embajada soviética de París, regresando, en abril, a la Unión Soviética, para reunirse con su madre y su hermana. Residiría en Planiernaia hasta que marcharía a vivir, con su madre, a Kuntsevo donde residían los dirigentes del Komintern (o Internacional Comunista).
 
Teniente del Ejército Rojo
 
En el otoño de 1939, Rubén Ruiz, tras ser rechazado en la Escuela de Aviación de Stalingrado por razones médicas, ingresaría en la Academia Militar de Btzika, una escuela de infantería para cadetes que otorgaba el grado de teniente y radicada en Moscú. Siendo destinado a la 1ª División Motorizada de Moscú.
 
En los primeros días del mes de julio de 1941, ya combatía en un puente del Beresina, cerca de la ciudad de Borisov, en el frente de Bielorrusia, como teniente al mando de la 175ª Compañía de ametralladoras de la 1ª División proletaria de Moscú.
 
La última guardiana del legado de Dolores Ibárruri - Sputnik Mundo

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Las tropas nazis lanzarían un fortísimo y potente ataque a la posición, tras 48 horas de diversas escaramuzas, con medio centenar de tanques, dos batallones de motocicletas y artillería, apoyado por la aviación. Desde la superioridad soviética se le encomendaría al teniente Rubén Ruiz Ibárruri que su sección aguantara un mínimo de 6 horas para que otras unidades pudieran pasar por el puente y protegerlo. Así lo haría, pero su unidad tendría tres muertos y siete heridos, siendo él gravemente herido, y llevado a Moscú. 
 
El 18 de septiembre de 1941, sería condecorado con la Orden de la Bandera Roja por el propio Presidente soviético Mijail Kalinin.
 
Rubén Ruiz Ibárruri, una vida de lucha y compromiso

 
 
 
 
 
Cuando convalecía en Moscú, al ser evacuados los organismos oficiales de la capital, marcharía en tren, acompañado por su hermana Amaya, a Ufa, donde residía su madre Dolores con los cuadros de la Internacional Comunista.
 
Aunque no estaba totalmente recuperado y no tenía obligación de reincorporarse al frente pediría volver al frente, pero aunque los médicos denegarían su solicitud, su cabezonería haría, que tras numerosas solicitudes, fuera aceptado. Así en una carta enviada a su madre, Dolores Ibárruri, durante su convalecencia escribiría:
"Lo que realmente me perturba es que he sido forzado a abandonar el frente, desde lo cual tengo un gran deseo de destruir al enemigo. Estoy muy orgulloso por luchar junto al Ejército Rojo contra los opresores. Estoy seguro de que ellos se romperán los dientes aquí."
 
Stalingrado
 
Sería enviado a Stalingrado, a Vasovka dentro del 13º Regimiento, de la 35ª División de Fusileros de la Guardia, con la orden de defender la Estación Central de Kotluban. 
 
Corría el año 1942 cuando las tropas nazis intentaban llegar al río Volga, donde se estaba desarrollando una las batallas más violentas e importantes de la II Guerra Mundial, la batalla de Stalingrado y donde habría enorme bajas para ambos bandos.
 
En la noche del 23 de agosto, su unidad sería sometida a un fortísimo ataque de las fuerzas nazis, lo que provocaría muchas bajas entre los defensores soviéticos. Después de que el comandante de su batallón, el capitán Stoyarov, cayera muerto, Rubén asumiría el mando del defensa soviética. 
 
En uno de los múltiples ataques alemanes, su unidad sería aniquilada, cayendo Rubén Ruiz Ibárruri herido muy gravemente al recibir un disparo a bocajarro en el estómago que le ocasionaría graves heridas, pudiendo ser trasladado al hospital de campaña de Srednaia Ajtuwa, donde estaría 10 días debatiéndose entre la vida y la muerte, pero no se podría hacer nada ante la gravedad de sus heridas, falleciendo el 3 de septiembre de 1942. 
 
Tenía 22 años. Pero había sido uno de los que darían su vida para que la batalla de Stalingrado fuera la tumba del fascismo.
 
Su imborrable ejemplo
 
La muerte de Rubén significaría una gran tragedia para toda la familia, y que dejaría en su madre una huella imborrable y llena de desconsuelo. Así, su hermana e hija, Amaya recordaría:
“Para mi madre fue un golpe terrible. En pocos días se le llenó el pelo de canas. Pero lo sobrellevó con entereza, como siempre ha hecho... Siguió trabajando. […] Rubén quería mucho a la Unión Soviética, murió defendiéndola, pero siempre tenía presente a España.”
 
El 23 de septiembre de 1942, Dolores Ibárruri recibiría una carta, fechada en Moscú, de Gueorgui Dimitrov, a la sazón Secretario General de la Internacional Comunista o Komintern:
 
“Querida Dolores:
 
El golpe personal más trágico que la suerte pudiera asestarle es sin duda la muerte de su magnífico hijo.
 
La muerte de Rubén, admirable joven revolucionario español criado y educado por usted, es una gran pérdida para todos nosotros, para el Partido Comunista de España y para la Internacional Comunista.
 
Créame, estamos con el corazón y con el alma a su lado, acompañándola en su dolor. Pero el mejor consuelo para usted y para nosotros está en la conciencia y el orgullo de que Rubén cayó valientemente luchando contra los agresores fascistas alemanes y precisamente en la heroica defensa de la gloriosa ciudad de Stalingrado.
 
Su hijo-héroe ha sellado con su sangre los lazos de combate entre los pueblos soviético y español anudados durante la guerra antifascista española, cuyo mejor representante es usted, heroica madre de Rubén.
 
La muerte de Rubén, al igual que la de muchos miles de otros valientes defensores del país del socialismo, nos llama a todos nosotros a una lucha más intensa y sin cuartel contra los bandidos fascistas para su plena derrota.
 
No dudamos ni un instante que usted, querida Dolores, sabrá transformar su gran dolor en fuente de nuevas fuerzas, energías e implacabilidad hacia el odiado fascismo, para temor del fascismo y para bien del pueblo español y de toda la humanidad progresista.
 
Le estrecho fuerte, muy fuerte, la mano
 
J. Dimitrov.”
 
Por su heroísmo ante los fascistas, recibiría a título póstumo la Orden de Lenin y el reconocimiento la medalla al Héroe de la Unión Soviética, la mayor condecoración de la URSS.
 
Desde el 2 de noviembre de 1948, sus restos descansarían en la colina de Mamáyev Kurgán que había sido testigo de la cruenta batalla de Stalingrado, en unión de otros héroes que cayeron en defensa de la ciudad; y tiene un monumento dedicado en su honor en la sección denominada a “los héroes caídos”.
 
Dolores, siempre escondiendo su interioridad personal y sombreada por sus responsabilidades políticas en el seno del PCE, dedicaría unas palabras a este hecho en sus memorias en una forma de desgarro y desahogo personal:
“Era el dolor, el más hondo de todos los dolores, el de una madre que pierde a su hijo. Y era mi único hijo varón. Ya solo me quedaba Amaya, de los seis que traje al mundo.”
 
Fuente: Amistad Hispano-Soviética