martes, 19 de agosto de 2014

CONCIERTOS PARA PIANO Nº1 Y Nº2, DEL COMPOSITOR COMUNISTA DMITRI SHOSTAKOVICH


CONCIERTO Nº 1 PARA PIANO Y ORQUESTA EN DO MENOR, OP. 35


El piano estuvo siempre en la vida de Shostakovich, desde que se iniciara con Nicolaiev, bajo la tutela de Glazunov, en el conservatorio de Leningrado; y a él acudía cada vez que una crisis espiritual le apartaba de su faceta como compositor; de hecho, la duda sobre su verdadera vocación, compositor o pianista, le acompañó siempre. La primera crisis se produjo en el inicio de 1926, cuando el músico terminó su formación; su entrega al piano fue tal que llegó a ser uno de los aspirantes en el I Concurso Chopin, en 1927; Shostakovich se vuelca también en el estudio de Shönberg, Stravinsky, Krenek. Cuando, a finales de año, el autor vuelve a componer, lo hace con una obra para piano, la Sonata nº1 en un solo movimiento, pieza de pincelada espontánea, tan alejada de sus maneras de estudiante que parece escrita por otro compositor; por primera vez rompe con la tonalidad y los esquemas formales convencionales, mostrando una técnica pianística plenamente desarrollada. La obra fue considerada durante largo tiempo como un “formalismo experimental” sin el cual no habrían existido los posteriores Aforismos (1927). Años estos de radicalización política en la URSS, a partir de los cuales encontramos a un músico lleno de tensiones internas y dudas provocadas por el hecho de aceptar libremente su colaboración con el sistema político; sus declaraciones públicas son impredecibles. Y aparecen los Preludios (1933): el músico hace aquí una regresión y se aparta de su anterior música para piano, creando, conscientemente, un vínculo con el lenguaje de Chopin, Rachmaninov, Prokofiev o Scriabin. Tras ellos, y participando del mismo mundo sonoro —pero con rasgos mucho más personales—, aparece el Concierto para piano nº1, op. 35. Original en su combinación instrumental, la obra cuenta, además de con una orquesta de cuerda y un piano solista, con una trompeta de misión ambigua, entre concertante y acompañante; simpatizante del neoclasicismo europeo, el Concierto es fresco, franco, libre de pensamientos autocensurables; de tono juvenil, no hay en él prejuicios estilísticos, su música es noble y generosa, llena de humor.

La llamada grotesca con la que la trompeta abre el Allegretto se nos antoja cercana a ese grito final del Petruscka stravinskiano (también el piano percutido); la ironía rusa, tan bien descrita en la música de Shostakovich, el ritmo en forma de juego, tienen aquí un excelente botón de muestra; pero al mismo tiempo evocamos el talante serio, lírico, de Rachmaninov, dando lugar a una confrontación melódico-rítmica llena de ideas musicales. Lento de dulce melancolía, como un vals lento venido de otro mundo, que se va transformando en una meditación percutida del instrumento solista; íntimo, hondo, nos conecta con el segundo movimiento del Concierto para piano en sol mayor de Ravel; como dicho en primera persona, tal vez los terribles años treinta stalinianos aparezcan aquí, para replegarse de nuevo en su mundo nostálgico y evocador despedido por una trompeta que ahora ya no nos parece grotesca, sino melancólica y despojada de fuerza incisiva. Moderato-cadencia sin trompeta, interludio breve con una cadencia solista añadida por el compositor después de terminar el concierto, a instancias del pianista y amigo Lev Oborin, que prepara el cuarto, un Allegro con brio humorístico, de rasgos paródicos, virtuoso y rítmico, en el que juega con elementos estilísticos de muy diferentes mundos sonoros, y que nos transmite una intención banal por momentos, cerrando un concierto lleno de alegría de vivir que parece querer huir de la realidad vital de su autor. El Concierto fue estrenado en Leningrado, en 1933, con el autor (quien parece que tocó un Finale de arrebatadora velocidad) al piano, con gran éxito.




CONCIERTO Nº 2 PARA PIANO Y ORQUESTA EN FA MAYOR, OP. 102


Veinticuatro años separan el Primer Concierto del Concierto para piano nº 2, op 102; en los años precedentes a la muerte de Stalin el músico nos ha dejado una dramática y virtuosística Sonata nº 2 y sus 24 Preludios y Fugas, introspección en el mundo bachiano. En 1956, el año que simboliza el discretísimo comienzo del “deshielo” artístico en la URSS, Shostakovich cumple cincuenta años. Al año siguiente nos regala su Segundo Concierto; escrito para su hijo Maxim como regalo de cumpleaños, éste lo estrenó el 10 de mayo de 1957, el día en que cumplía diecinueve años, en el conservatorio de Moscú, en la primera actuación relevante del joven pianista, que luego centraría su carrera en la dirección de orquesta. Shostakovich escribe a Denissov, amigo por entonces, expresándose con ironía: «Todos los días hay tormentas, a veces muy fuertes. La lluvia cae en el tejado y los rayos cruzan el cielo. Truena, pero día a día prosigo mi “labor creadora”». Otra vez el conflicto se nos presenta aquí en forma de contraste: los dos Allegros son joviales, enérgicos, de carácter juguetón e idénticos mundos sonoros; desde el inicio del primero el guiño es evidente, abriendo paso a una orquestación formulada con maestría técnica y ritmo arriesgado, y un pianismo que recuerda a Prokofiev y resulta espectacular en la cadencia; la misma alegría e intención lúdica transmite el segundo, de brillante escritura y nervio preciso.

Frente a ellos, el Andante central, de desolada hondura, de llanto callado, de aceptación sombría, transparente, de romanticismo finamente trazado y lleno de inspiración; tanta melancolía, tanta nostalgia, tan sutil…
«Nos encontramos por segunda vez en marzo de 1968. Fui a verle a su casa con cierta antelación, por lo que estuve haciendo tiempo en la calle…A la hora convenida llamé a la puerta; apareció la joven esposa de Shostakovich, Irina, y, finalmente, llegó corriendo, literalmente corriendo, el dueño de la casa…no había cambiado físicamente, sólo su cabello era claramente más gris. Con gran sorpresa, me encontré un hombre completamente distinto: irradiaba alegría de vivir, estaba contento…Shostakovich irradiaba una grandeza y una bondad extrañas, como una especie de fuerza mágica irresistible…» (Krzysztof Meyer).
 Blanca Mª Calvo


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