La noche del 10 de mayo de 1933, en la plaza de la Ópera de Berlín, los estudiantes nazis que arrojaban libros al fuego acompañaban la ceremonia con invocaciones contra sus autores. Una de ellas señalaba expresamente a Carl von Ossietzky y Kurt Tucholsky, cuyos escritos debían desaparecer en nombre del respeto y la honra del pueblo alemán. El prólogo de esta antología comienza con aquella escena, que revela hasta qué punto una revista de circulación modesta había llegado a incomodar a quienes se atribuían el derecho de decidir qué podía pensar Alemania. Para los organizadores de la hoguera, destruir aquellos libros formaba parte de la conquista del país.
Acantilado recupera en Die Weltbühne. Semanario de política, arte y economía (1918-1933) una selección de aquella aventura intelectual, con edición, traducción, prólogo y notas de Francisco Uzcanga Meinecke. Sus páginas reúnen intervenciones políticas, críticas literarias, reflexiones sobre el cine, reportajes, poemas y discusiones acerca de la vida cotidiana. La amplitud del volumen permite aproximarse a una sociedad que ensayaba nuevas libertades mientras conservaba poderosas estructuras autoritarias. Permite también preguntarse por la capacidad del periodismo para reconocer una amenaza, explicarla y contribuir a detenerla. La edición de Acantilado devuelve esa discusión al lector español mediante una extraordinaria diversidad de voces.
El conocimiento del desenlace condiciona inevitablemente nuestra lectura. Sabemos qué sucedió después de aquellas polémicas, quiénes tuvieron que huir y qué instituciones acabarían al servicio del terror. Sin embargo, los colaboradores de la revista escribían dentro de un presente abierto, entre expectativas y temores que todavía podían tomar direcciones distintas. Leerlos exige devolverles esa incertidumbre: la historia de Weimar pierde buena parte de su significado cuando todos sus acontecimientos parecen simples preparativos de una catástrofe inevitable.
Del teatro a la responsabilidad pública
El nombre de la publicación contiene su primera declaración de intenciones. Die Schaubühne, la revista teatral fundada por Siegfried Jacobsohn, se convirtió el 4 de abril de 1918 en Die Weltbühne, «La escena mundial». La ampliación de sus intereses había comenzado antes, pero el nuevo título reconocía que la política, la economía y los conflictos sociales reclamaban una atención sostenida. La guerra se aproximaba a su desenlace y resultaba cada vez más urgente discutir qué país podría construirse después.
Tucholsky defendió ante Jacobsohn la necesidad de abrir la revista a los asuntos de la comunidad. La sensibilidad del crítico podía ejercerse sobre los gestos del poder, sus discursos y sus convenciones con la misma atención que sobre una representación teatral. Había, además, una continuidad entre ambos trabajos: tanto en el escenario como en la vida pública importaba distinguir la experiencia verdadera de la impostura, advertir qué ocultaban las palabras y reconocer las jerarquías que organizaban una situación.
Jacobsohn imaginaba un foro donde pudiera decirse aquello que otros lugares excluían por miedo o por necedad. La heterogeneidad de sus colaboradores respondía a esa voluntad. Convivían temperamentos, estilos y posiciones diferentes, dentro de una orientación emancipadora que no necesitaba resolver cada desacuerdo mediante una consigna. Tucholsky aportaba a ese proyecto una asombrosa variedad de registros y varios seudónimos, entre ellos Peter Panter, Ignaz Wrobel y Theobald Tiger. Su multiplicación literaria contribuía a dar a la revista una conversación interior, un movimiento que alejaba sus páginas de la solemnidad uniforme.
La exigencia de no aburrir formaba parte de aquella concepción del oficio. El humor, la precisión y la agilidad podían hacer visible una contradicción que un discurso doctrinal dejaba intacta. La sátira resultaba especialmente adecuada para una sociedad donde la obediencia y la respetabilidad seguían protegiendo comportamientos que merecían examen. Despertar la inteligencia del lector requería también encontrar la forma de retener su atención.
Las libertades que la República debía hacer reales
La revista observó con insistencia cuánto sobrevivía del viejo orden bajo las instituciones republicanas. La desaparición del káiser no había eliminado la autoridad social del Ejército, las inercias de la administración ni los hábitos de una ciudadanía educada en la subordinación. La nueva legalidad tenía que convivir con poderes y mentalidades que no compartían necesariamente sus principios.
En ese contexto adquirían importancia decisiva las denuncias del militarismo, la violencia ultranacionalista y el antisemitismo. La leyenda de la «puñalada por la espalda», que atribuía la derrota a una traición interior, ofrecía una explicación exculpatoria y señalaba enemigos sobre los que descargar la humillación. Combatirla suponía disputar una interpretación del pasado que estaba organizando los odios del presente. Del mismo modo, denunciar una justicia indulgente con la violencia de la derecha significaba preguntar hasta qué punto la ley protegía por igual a todos los ciudadanos.
El programa de emancipación llegaba también a la intimidad. La antología incorpora textos sobre el aborto, la prostitución, la homosexualidad y la posición de las mujeres, junto con alegatos contra la pena de muerte. Su presencia revela una idea amplia de la libertad, atenta a los mecanismos mediante los cuales una sociedad vigila, castiga o margina a quienes se apartan de sus convenciones.
El título de la contribución de Magnus Hirschfeld, «El nuevo artículo 175: una ley para chantajistas», condensa una cuestión fundamental: una norma represiva puede colocar la vida de una persona a merced de quien conoce su secreto. La discusión jurídica se convierte así en una discusión sobre el miedo y la dependencia. Algo semejante ocurre con los debates sobre la autonomía de las mujeres, cuya igualdad formal encontraba límites persistentes en las costumbres, el trabajo y la autoridad masculina.
Las colaboradoras de Die Weltbühne participaron en esos debates con voz propia y desde intereses diversos. Anna Siemsen, Hilde Walter, Gabriele Tergit, Else Lasker-Schüler o Maria Gleitke, entre otras firmas presentes en el volumen, contribuyen a ensanchar nuestra imagen de aquella vida intelectual. Reconocerlas exige atender a lo que escribieron y a los espacios de discusión que ocuparon, más allá de la habitual evocación de una modernidad berlinesa reducida a vestidos, cabarets y costumbres provocadoras.
La independencia de la revista descansaba, además, en un trabajo material que conviene recordar. El prólogo señala que su tirada nunca superó los quince mil ejemplares y que se sostenía mediante lectores y suscriptores, con escasa publicidad. Edith Jacobsohn aportó apoyo económico cuando fue necesario y aseguró la continuidad de la publicación después de la muerte de su marido. Su intervención permite comprender que una tribuna libre necesita personas capaces de mantenerla abierta, pagar sus costes y resistir su precariedad.
La cultura como ejercicio de atención
La amplitud artística de la antología impide encerrar la revista en la historia de sus combates políticos. En el índice aparecen Mahler, Kafka, Proust, Joyce, Chaplin, Käthe Kollwitz, la Bauhaus y el cine de Eisenstein. La convivencia de esos nombres muestra una curiosidad que atravesaba disciplinas y fronteras. Las novedades estéticas formaban parte de la experiencia de una sociedad que estaba transformando sus maneras de mirar, habitar, escuchar y representarse.
El cine ocupaba un lugar especialmente significativo en esa transformación. La presencia de El doctor Caligari, de Chaplin y de una reflexión de Eisenstein sobre el cine de masas permite reconocer la atención prestada a un lenguaje que modificaba la relación entre imágenes y público. La arquitectura de la Bauhaus, la experimentación escénica de Valeska Gert o el teatro de Piscator planteaban otras preguntas sobre los cuerpos, los espacios y las formas de participación. La revista encontraba en esas experiencias asuntos que merecían ser discutidos por sus contemporáneos.
También la literatura aparece mientras está convirtiéndose en el patrimonio que hoy conocemos. Max Brod escribe sobre el legado de Kafka en 1924, poco después de su muerte; otros colaboradores se ocupan de Proust, de La montaña mágica o de Ulises. La cercanía temporal devuelve a esas obras su condición de acontecimientos. Antes de quedar protegidas por la autoridad del canon, fueron libros que alguien tuvo que leer, interpretar y poner en relación con su época.
Esa atención cultural ayuda a entender lo que estaba en juego en la libertad defendida por el semanario. Una sociedad abierta necesita lectores capaces de tolerar la ambigüedad, reconocer una perspectiva ajena y revisar un juicio. La crítica artística puede ejercitar esas disposiciones sin convertirse por ello en una lección política. La variedad de géneros de Die Weltbühne preservaba precisamente esa amplitud de la experiencia: había lugar para la indignación, pero también para el asombro, la ironía, el placer y la observación de lo aparentemente menor.
El cosmopolitismo de la publicación extendía esa curiosidad fuera de Alemania. El índice incluye una intervención de Tucholsky titulada «Unamuno habla» y un artículo de Hans-Erich Kaminski sobre la República española. El prólogo recuerda asimismo su atención al fascismo italiano, a la represión estalinista, al colonialismo y al racismo estadounidense. Esa apertura situaba los conflictos alemanes dentro de un mundo donde las promesas de emancipación convivían con nuevas y viejas formas de dominio.
La verdad ante los tribunales
Con Carl von Ossietzky, que asumió la dirección tras la breve etapa de Tucholsky al frente de la revista después de la muerte de Jacobsohn, la denuncia de la militarización adquirió especial intensidad. El periodismo de investigación puso al descubierto actividades destinadas a eludir las restricciones de armamento impuestas por el Tratado de Versalles. La publicación de esas informaciones condujo a una condena y al encarcelamiento del director.
El episodio muestra una de las contradicciones más graves de la República: sus instituciones podían castigar a quien revelaba prácticas que contravenían los compromisos del Estado. El secreto militar se imponía al derecho de los ciudadanos a conocer actuaciones realizadas en su nombre. Para una revista empeñada en someter el poder a examen público, aquel proceso afectaba al fundamento mismo de su trabajo.
La antología recoge «¡Voy a la cárcel!», fechado el 10 de mayo de 1932. El título introduce en la sucesión de debates una consecuencia física e inmediata: quien escribe está a punto de perder su libertad. Poco después, Tucholsky publica «Para Carl von Ossietzky. La factura de los generales». La proximidad de ambas piezas en el volumen permite percibir cómo una comunidad de escritores y lectores vive el castigo infligido a uno de sus miembros.
Ese precio obliga a tomar en serio la palabra «compromiso». En este caso incluía la posibilidad de que una información verificable se volviera contra quien la publicaba. La independencia dejaba de ser una declaración de principios para convertirse en una decisión con efectos sobre la propia vida.
La incomodidad de criticar a los propios
El prólogo de Uzcanga introduce una controversia que concede al libro una profundidad adicional. Los detractores de Die Weltbühne han acusado a sus colaboradores de radicalismo de salón y rigorismo moral, y han sostenido que su crítica implacable contribuyó a debilitar la República. Sus defensores subrayan la honestidad, la valentía y la calidad de un periodismo que denunció amenazas reales cuando todavía era posible enfrentarse a ellas.
La objeción merece ser examinada porque plantea un problema que ninguna democracia resuelve definitivamente. Quien gobierna debe pactar, aceptar resultados insuficientes y actuar entre restricciones; quien escribe conserva la posibilidad de juzgar esas decisiones desde principios más exigentes. Entre ambas posiciones puede abrirse una distancia que convierta toda transacción en una claudicación y toda insuficiencia en una prueba de indignidad. Una crítica incapaz de graduar responsabilidades corre el riesgo de oscurecer diferencias políticas decisivas.
Pero la defensa de una democracia amenazada también puede utilizarse para reclamar indulgencia ante los abusos de sus instituciones. La existencia de enemigos más peligrosos no hacía desaparecer la parcialidad judicial, la autonomía del poder militar o la discriminación de las minorías. Silenciar esos problemas habría significado renunciar a una parte sustancial de la promesa republicana. La cuestión era cómo denunciar sus incumplimientos y, al mismo tiempo, reconocer el valor de las libertades que permitían hacerlo.
El desenlace de Weimar no basta para resolver ese debate ni autoriza a convertir una revista en responsable de la destrucción de la democracia. Conviene distinguir la discusión sobre la eficacia de una crítica del análisis de las fuerzas que hicieron posible la dictadura. La persecución posterior tampoco vuelve infalible cada juicio de sus colaboradores. Leerlos con respeto supone conservar la libertad de discutirlos, la misma que ellos ejercieron frente a las autoridades de su tiempo.
La ordenación cronológica del volumen hace visible la progresiva gravedad de aquella conversación. En 1924 aparece «Juicio a Hitler»; en octubre de 1930, Ernst Toller publica una pieza titulada «El canciller Hitler», más de dos años antes de su nombramiento. Esas fechas muestran que la amenaza tenía observadores atentos. También recuerdan que identificar un peligro y conseguir que una sociedad reaccione ante él son tareas distintas.
La última entrada de la antología está fechada el 7 de marzo de 1933. Después de recorrer sus páginas, el lector conoce algo de la vida intelectual que estaba siendo cercada: sus desacuerdos, su curiosidad, su humor y su deseo de ampliar las posibilidades de existencia. La hoguera con la que comienza el prólogo adquiere entonces un significado más preciso, porque podemos reconocer parte del mundo que sus organizadores querían destruir.
El valor de Die Weltbühne permanece en esa experiencia de lectura. Sus autores no consiguieron impedir la catástrofe, pero dejaron constancia de que hubo hechos investigados, mentiras combatidas y decisiones discutidas antes de que la violencia clausurara el debate. Volver a sus páginas permite comprender que la libertad pública depende también de quienes se empeñan en usarla cuando hacerlo empieza a resultar incómodo, costoso y peligroso.
Fuente: Fan Fan

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