jueves, 15 de enero de 2009

90 ANIVERSARIO DEL ASESINATO DE ROSA LUXEMBURGO Y KARL LIEBKNECHT

Monumento a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, de Mies Van der Rohe, construido en Berlín en 1926 y destruido por los nazis en 1935.

MANIFIESTO DEL PARTIDO COMUNISTA DE ALEMANIA

A los obreros y obreras,

A los soldados revolucionarios de Alemania:

El Gobierno de Ebert y de Scheidemann ha hecho asesinar a Carlos Liebknecht y a Rosa Luxemburgo. Los relatos que publica con respecto a su asesinato no son más que mentiras descaradas. Carlos Liebknecht no ha sido muerto al tratar de huir, por la sencilla razón de que no se le pudo pasar por las mentes huir. Carlos Liebknecht ha sido asesinado por la soldadesca del Gobierno Ebert-Scheidemann, como lo fueron los obreros hechos prisioneros sin armas en el edificio del Vorwaerts, y cuyos cuerpos están tendidos en el patio del cuartel Alejandro. Rosa Luxemburgo ha sido muerta en el auto, de un tiro de revólver disparado por un desconocido, dice el informe mentiroso del Gobierno. Pero nadie creerá que cualquiera pueda montar en un automóvil en plena marcha y lleno de hombres armados, y elegir su victima entre todos los que se encuentran dentro. O bien, Rosa Luxemburgo ha sido transportada sin guardia, a fin de que un asesino pagado pudiera matarla mas fácilmente, o bien ha sido asesinada por la soldadesca de Ebert y Scheidemann. La desaparición de su cuerpo tuvo por objeto hacer desaparecer al mismo tiempo las huellas del asesinato.

Ante el proletariado alemán y el proletariado internacional, nosotros acusamos al Gobierno Ebert-Scheide­mann de ser responsable de este crimen. Ninguna frase de disculpa podrá lavarlo de esta acusación, pues si intentase hacer recaer la responsabilidad sobre los oficiales o los soldados, los obreros y obreras de Alemania, le responderían: "No sólo sois asesinos, sino que sois también cobardes, pues ¿quién confiere a los generales del káiser a los Märker, a los Lüttwitz y demás soldadotes de Guillermo, el poder de decidir de la vida y la muerte de los obreros de Berlín, sino el Gobierno de Ebert y Scheidemann? ¿Quién ha dejado impune el asesinato de los siete parlamentarios sin armas de la guarnición del Vorwaerts, concediendo así carta blanca para todos los asesinatos cometidos por una soldadesca excitada, sino el Gobierno de Ebert y Scheidemann? Después de haber aplastado y desarmado a los obreros de Berlín, con ayuda de la juventud dorada, de mercenarios pagados y de los generales, se proponía, asesinando a Carlos Liebknecht y a Rosa Luxemburgo, decapitar al proletariado alemán, para poder, sin peligro, venderlo a los capitalistas, a la Asamblea Nacional. ¡Obre­ros y obreras de Alemania! ¡Soldados revolucionarios!

Todas las palabras son demasiado débiles para expresar junto a los cuerpos aún calientes de nuestros grandes campeones de la Revolución proletaria, los sentimientos que llenan y desgarran nuestros corazones. Las quejas y maldiciones están de más aquí. Nuestros muertos vivirán para siempre en el corazón del proletariado alemán, del proletariado internacional, pues ellos son los que en la hora en que la democracia vendía a los obreros alemanes al Moloch de la guerra, alzaron valientemente la bandera de la revolución proletaria y, sin preocuparse de la cárcel ni del presidio, llamaron a los obreros revolucionarios a luchar para liberarse de las garras del capitalismo asesino. Sus nombres quedaran eternamente grabados en los anales de la Internacional, como los nombres de quienes, en medio de la matanza universal, empeñaron la lucha contra el capitalismo mundial, al grito de: ¡Proletarios de todos los países, uníos! En la hora actual no se trata de lamentarse, ni de querer vengar ciegamente, en la persona de los asesinos, el asesinato de nuestros grandes campeones. Se trata de jurar ante estos dos cuerpos ensangrentados, que nosotros llevaremos su obra hasta el fin, que izaremos la bandera de la revolución proletaria en la cima de la ciudadela del capitalismo, en el edificio del Gobierno social-traidor. La lucha será larga. En esta lucha debemos obedecer, no a sentimientos, sino a la fría razón. Comprendemos muy bien que muchos de vosotros querrán vengar en la persona de Scheidemann, de Ebert y de Noske, el cobarde asesinato de que ellos son responsables. Obreros, nosotros os ponemos en guardia con­tra atentados terroristas en la persona de los jefes de ese Gobierno de traidores. Vendría en seguida otro canalla a ocupar el lugar de ese canalla muerto; el capi­talismo alemán es suficientemente rico para comprar nuevos Judas, y explotará cualquier atentado contra las personas sagradas de los miembros de un Gobierno que le es devoto para hacer caer de nuevo sobre vuestras cabezas su espada nuevamente afilada, mientras vos­otros no estéis agrupados y organizados para la lucha decisiva. Y precisamente porque no ha llegado todavía el momento para esta lucha decisiva, es por lo que os ponemos en guardia contra toda acción prematura.

¡Obreros! La insurrección berlinesa del 6 al 12 de enero, que provocó el Gobierno de Ebert y Scheidemann, ha terminado con la derrota del proletariado. Es evidente que una gran parte de la clase obrera no se ha liberado aún de la influencia de los social-traidores. Solamente en una pequeña parte de Alemania los obre­ros han sabido transformar los Consejos de Obreros y Soldados en órganos de combate contra el Gobierno de lacayos del capital. Toda acción armada prematura no serviría más que para proporcionar al Gobierno de Ebert y Scheidemann la ocasión de destrozar a la vanguardia del proletariado, antes que el grueso del Ejército pueda acudir en su socorro.

Nuestra victoria es segura. El Gobierno, perro de presa del capital, no podrá contener el paro creciente. El Gobierno, tumbado a los pies del capital de la En­tente, no recibirá de él pan, sino tan solo puntapiés. No se atreverá a ir a buscar pan entre los que detentan la tierra y los campesinos ricos. Ha roto con Rusia, con la Rusia obrera, que nos ha ofrecido pan. El hambre y el paro traerán a nuestras filas a los obreros que van aún a la zaga de Scheidemann y Ebert. Más pronto de lo que ellos piensan serán agarrados de la nuca, por esta Revolución proletaria que creen vencida, desarmada, decapitada. ¡Obreros y obreras, soldados revolucionarios de Alemania!
Id de fábrica en fábrica, de taller en taller, enseñad los cadáveres de Carlos Liebknecht y Rosa Luxemburgo y decid: "Los que durante siglos nos han explotado y oprimido, los capitalistas, los latifundistas, los banqueros, los mercaderes, todos esos están bajo la protección del Gobierno de Ebert y Scheidemann y engordan con el producto de vuestro trabajo; pero Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht que durante toda una generación lucharon y sufrieron por la liberación del proletariado, yacen asesinados por los canallas del Go­bierno de Ebert y Scheidemann. ¿Lo soportaréis?

Los Bethmann, los Jagow, que nos lanzaron a la guerra, los Ludendorff, los Hindenburg, los Falkenhayn, los que nos hicieron asesinar durante la guerra, esos están libres, pueden emigrar al extranjero con la autorización del Gobierno de Ebert y Scheidemann. Es a ellos, a los Hindenburg, a los Märker, a los Lüttwtiz, a quien el Gobierno de Ebert y Scheidemann da hoy plenos poderes para decidir de vuestra vida y de vuestra muerte; pero Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht, que os cubrieron con sus cuerpos para defenderos contra el Moloch de la guerra, yacen asesinados por los cana­llas del Gobierno de Ebert y Scheidemann. ¿Lo soportaréis?

Si los sentimientos proletarios de los obreros y obre­ras de Alemania se revuelven contra eso, entonces decidles: ¡Es preciso luchar! El día en que lo que era mortal en Carlos Liebknecht y Rosa Luxemburgo, se devuelva a la tierra, que ningún obrero consciente se quede en el taller y trabaje para el capital! Todos los obreros por cuyas venas corra aún sangre, deberán lanzarse a la calle. Sin armas, pacíficamente, las masas proletarias deben desfilar a los gritos de:
¡Abajo el Gobierno de Ebert y Scheidemann, que protege a los capitalistas y asesina a los combatientes del proletariado!
¡Abajo todos los auxiliares, los generales y oficiales del káiser! ¡Abajo la guardia blanca de sus mercena­rios!
¡Basta ya de armamentos de la burguesía!
¡Abajo los consejos de obreros y soldados que sostienen a este Gobierno de asesinos de obreros!
¡Reelección de los consejos de obreros y soldados!
¡Abajo la Asamblea Nacional de la burguesía y de sus lacayos social-patriotas! ¡Todo el poder a los con­sejos de obreros y soldados revolucionarios!

Con los estandartes que lleven estas consignas de batalla a todos los rincones del mundo, cubriréis los cuer­pos de Carlos Liebknecht y de Rosa Luxemburgo, y cuando la tierra haya amortajado sus cuerpos, llevaréis esos gritos de guerra que eran los suyos a vuestros talleres y a vuestras casas, y no deberá cesar el clamor mientras los asesinos no sean derribados, mientras sus cadáveres, políticamente hablando, no sean arrojados, descompuestos, a los montones de inmundicias de la historia, mientras la liberación del proletariado no se haya realizado. Entonces, pueblo libre sobre una tierra libre, nosotros elevaremos a nuestros mártires un monumento más alto y más indestructible que las pirámides de Egipto: ¡La Republica soviética de Alemania!

El Comité Central del Partido Comunista de Alemania (Liga Spartakus)
Enero de 1919

Fuente: Ed. Grijalbo

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