Título original: The Assassination of Trotsky
Año: 1972
Duración: 103 min.
País: Reino Unido
Director: Joseph Losey
Guión: Nicholas Mosley, Masolino D'Amico
Música: Egisto Macchi
Fotografía: Pasqualino De Santis
Reparto: Richard Burton, Alain Delon, Romy Schneider, Valentina Cortese, Giorgio Albertazzi, Duilio Del Prete, Jean Desailly
Pepe Gutiérrez-Álvarez, en "Algunas notas sobre Trotsky y el cine", en Fundación Andreu Nin, en marzo de 2004, escribió:
[...] Es revelador que en uno de los pocos países donde la obra de Trotsky se ha podido editar –esto puede parecer un pequeño detalle, pero no lo es tanto cuando su nombre figura en todas las listas "malditas" proclamadas después de cualquier golpe militar-, como es el caso de Gran Bretaña, la censura del canal BBC prohibió a Loach la inclusión de una mera referencia a su nombre.
De ahí que no deje de ser sintomático que la primera y única película en la que Trotsky representa al protagonista de la trama tenga como título "El asesinato de Trotsky" ("The assesination of Trotsky"; Gran Bretaña, Francia, Italia, 1972). Su evocación pareció posible en medio del auge del cine comprometido abierto por el mayo del 68. Apareció esta prometedora producción que, si bien contribuyó a popularizar la historia, fue vista con indiferencia e incluso hostilidad (algún crítico estricto habló "literariamente" de un "segundo asesinato"). Esto no impidió que en ciertas circunstancias permitiera otras lecturas, como la reseñada en la época por el corresponsal del diario francés Le Monde en Bangkok, que contaba que los militares la habían permitido pensando que reforzaría la propaganda anticomunista; la retiraron del cartel cuando comenzaron a percatarse de que su público estaba compuesto primordialmente por estudiantes…
Basada en un ambicioso guión del escritor británico Nicholas Mosley (curiosamente, hijo de Leonard, el famoso líder del fascismo de los años treinta-cuarenta), producida por Josef Shaftel y Norman Priggen, con fotografía de Pasqualino De Santis, con un reputado cineasta detrás de la cámara: Joseph Losey (que también colaboró en el guión), un "black-listed" muy ligado al Brecht del exilio. Losey era uno de los pocos directores que se declaraban abiertamente marxistas, una óptica desde la que había realizado una serie de películas que habían entusiasmado a la izquierda crítica, como "The Servant" o "Accident". Sin embargo, su irregular filmografía denotaba una franca decadencia creativa que alcanzó su punto más bajo justamente en "Las rutas del sur", una blanda y conformista colaboración con Jorge Semprún sobre la Transición española. "El asesinato..." tenía muchas cartas para resultar un éxito, por más que era evidente que nunca podría estrenarse en los países del "socialismo real" (que habían cobijado e incluso premiado a su asesino). En España se estrenó después de la muerte de Franco.
El enfoque primordial de "El asesinato..." trata de establecer una relación dialéctica entre la víctima y el verdugo rehuyendo la lectura política. Está claro que a Losey no le interesaba mucho Trotsky, y de hecho rehuye los pormenores de la trama de fondo; la KGB no se explica, Stalin no aparece. De ahí que a pesar de que en el momento en que se rueda la película los datos básicos están ya más que contrastados, la historia resulta difuminada: Ramón Mercader desaparece en aras de Frank Jacson, uno de sus alias en la época. También desaparece Siqueiros. Silvia Ageloff no se prestó a dar su nombre (nunca más quiso volver a hablar del asunto, como resulta patente en "Asaltar los cielos"), de manera que aquí pasa a llamarse Gital Samuels (una bastante apagada Romy Schneider). El cerco infernal de la GPU no pasa de algunas citas misteriosas. Parece como si a Losey le molestara profundizar y buscara la abstracción. Esto que podría haber sido una posibilidad tendría que haberse sustentado sobre la solidez de los personajes, pero éste no es el caso. Richard Burton raramente estuvo peor. Su Trotsky se parece más a la figura pomposa de un museo de cera que al auténtico que fue capaz de seducir, de suscitar el "complejo de Cordelia" en un personaje tan irreverente y tan acervadamente crítico como André Breton. El Trotsky de Losey no es reconocible en el que describen los libros, ni tan siquiera alcanza la densidad dramática y la capacidad de ofrecer un panorama viviente como hará por fechas muy próximas Peter Weiss en su Trotsky en el exilio. Es un anciano concentrado que cuida sus cactus y que dicta unos discursos que hasta al espectador más advertido le suenan extraños. Por otro lado, Losey mira hacia otro lado con relación a los datos que conectan el asesinato con las maniobras criminales de Stalin, todavía parece postrado ante la idea de que esto podía contribuir a debilitar un régimen que, aunque imperfecto, todavía era la principal oposición a los poderosos del mundo. De espaldas a cualquier consideración sobre quién fue realmente Ramón Mercader, Alain Delon (Jacson) vuelve a componer un personaje calcado al de "samurai" que le encomendó el genio de Jean-Pierre Melville. La única excepción en este cuadro trivial izado y desenfocado la constituye el reparto que hace la magnífica veterana Valentina Cortese, quizás porque ella aparece más ligada a la cotidianidad y vive atenta a los más mínimos detalles, mientras que los demás parecen insertos en una trama más policíaca que política. Los demás personajes parecen monigotes...
VER PELICULA:
Una nueva perspectiva sobre lo nuevo y lo antiguo
El fotógrafo neozelandés, Amos Chapple, deseaba obtener una nueva perspectiva de la ciudad de San Petersburgo. Con escasos puntos de vista desde los que dominar la ciudad, decidió colocar su cámara en un drone para captar tanto los aspectos más antiguos como los más nuevos de la ciudad con resultados espectaculares.
Una ciudad de contrastes
«San Petersburgo es una ciudad de contrastes, donde puntos de vista claramente opuestos conviven en paralelo sin ningún tipo de problema, poniendo de manifiesto los últimos retazos de su convulsa historia», explica Amos.
«Cuando hice mi primera y esperada visita en 2012, fue un auténtico anticlímax. Esta gran ciudad del norte, con hermosas torres doradas y una increíble historia literaria, me había parecido un destino mucho más deseable que Moscú, donde ya había trabajado antes.
Pero en realidad, las calles que rodean los principales enclaves históricos de San Petersburgo parecían inacabadas y violentas, como si la Rusia zarista y comunista aún siguieran pugnando por imponerse.
El choque de dos eras enfrentadas de la historia rusa quedaba físicamente de manifiesto, a plena vista, y no siempre era agradable.
Cuando volví a la ciudad para llevar a cabo este proyecto, sabía lo que me esperaba. Además, esta vez, mi objetivo consistía en ilustrar el contraste de ambientes y hacer virtud de él».
La belleza de dos mundos enfrentados
«A pesar de que cada estilo arquitectónico representa un punto de vista totalmente opuesto, ambos coexisten sin problemas.
La combinación puede dejarnos perplejos, pero cada uno tiene su propia belleza y deseaba hacer justicia a ambos con mi cámara.
No resulta sencillo hacer que un bloque de apartamentos soviético se muestre hermoso en una fotografía, ni conseguir que una bonita iglesia parezca interesante, pero ese era el reto para mí.
A escasas manzanas de los populares palacios con aspecto de «nata montada» encontré uno de los suburbios más descarnados de la tierra.