Los estudios sobre la evolución del pensamiento de Marx en los últimos años de su vida están ayudando a conocerlo mejor, y a ello ha contribuido, sin duda, la publicación de nuevos documentos de ese periodo en la edición histórico-crítica en marcha de las obras completas de Marx (MEGA). En el comentario de Marx en los márgenes, de Kevin B. Anderson, en esta misma revista ya nos referíamos a ello[1] y mencionábamos entre esos trabajos el que lleva haciendo desde hace tiempo Marcello Musto, quien recientemente también ha editado la selección de textos El renacer de Marx. Nuevas interpretaciones y conceptos clave (Akal).
La obra que nos ocupa ahora es una buena muestra del (re)conocimiento de “el último Marx”. Además, Marcello Musto lo hace relacionando estrechamente la intensa actividad intelectual de Marx con su propia trayectoria vital y sus relaciones familiares y de amistad, en cuya correspondencia solía usar el apodo de Old Nick en lugar del más conocido de Moro. El autor recuerda los difíciles y duros momentos que vivió y sufrió, especialmente tras el fallecimiento de las dos Jenny, su compañera de vida y una de sus hijas, mientras seguía agravándose su propio estado de salud.
En el recorrido que hace este libro podemos seguir cómo Marx se va adentrando en nuevos horizontes de investigación a partir de su creciente interés por la antropología, junto a las matemáticas, como es bien conocido. Es así como podemos ir comprobando un reconocimiento de “las especificidades de las condiciones históricas” en los distintos casos que analiza, distanciándose así de la concepción unilineal de la historia, así como una mirada crítica, sin ambigüedad alguna, de las políticas coloniales europeas.
Paralelamente, esa tarea aparece estrechamente asociada a su condición de “ciudadano del mundo”, lo que le conduce a seguir de cerca los acontecimientos internacionales y a tomar posición ante ellos. Así ocurre con su preocupación por los conflictos entre trabajadores, relacionados con los diferentes procesos migratorios en Estados Unidos, al igual que ya lo había hecho respecto a Inglaterra en torno a la relación entre trabajadores ingleses e irlandeses, apelando siempre a construir la solidaridad de clase por encima de los diferentes orígenes nacionales.
Asimismo, vemos un Marx emplazado a precisar más sus ideas y propuestas por muchos de sus seguidores en torno a los objetivos por los que ha de aspirar el movimiento obrero, si bien se muestra siempre reticente a dar recetas universales. Uno de los ejemplos mencionados por Musto es la respuesta que da a la pregunta del holandés Nieuwenhuis[2] sobre cuál es su idea de la transición al comunismo, limitándose a sostener que eso no se puede definir sin tener en cuenta “las condiciones históricas en las que a cada uno le toca actuar”.
Sin embargo, tuvo que ser más concreto ante peticiones como la del socialista Jules Guesde, en mayo de 1880, para que contribuyera al programa electoral de los trabajadores franceses. En su aportación consideraba, por ejemplo, que en su preámbulo debía aparecer con claridad que “la emancipación de la clase productiva es la de todos los seres humanos, sin distinción de sexo y raza”, y en los objetivos a alcanzar incluía dentro del bloque de reivindicaciones la “supresión de la deuda pública” y “la anulación de todos los contratos de privatización de la propiedad pública (bancos, ferrocarriles, minas, etcétera)”.
Sin duda, como lamentaba su amigo Engels, ese interés por nuevos campos de investigación distrajo a Marx de su labor destinada a completar El Capital, su obra magna. Pero es que, como recuerda Musto, para Marx “la ley última del ser humano” es “¡la lucha!”, y esa tarea no podía ser ajena a su preocupación por influir en la evolución del movimiento obrero en distintas partes del mundo, especialmente en “España, Rusia, Inglaterra y Estados Unidos”, como manifestó en una entrevista en diciembre de 1878. En ella, por cierto, insistía en que había que elaborar programas adaptados a las dificultades específicas de cada país, ya que “el único punto en común es la meta final”[3].
Con todo, es la cuestión del desarrollo del capitalismo y el futuro de la comuna rural en Rusia, en torno a la que mostraba interés desde hacía tiempo (hasta el punto de aprender la lengua rusa), la que le continuó preocupando en su última etapa[4]. Lo hizo siempre en diálogo con el populismo ruso y sus principales obras (entre ellas, la de Chernishevski, por quien manifestaría una creciente admiración[5]), así como mediante la correspondencia que mantuvo con diferentes miembros de esa corriente, especialmente con Vera Zasúlich. La pregunta que ella le hizo sobre el papel que podría tener la obshchina en el camino hacia el socialismo en Rusia le obligaría a buscar una respuesta suficientemente fundamentada, siendo buena prueba de ello los sucesivos borradores que dedicó a esa tarea hasta acabar de dar con la versión, más breve, definitiva.
Marx aborda ese debate, frente a quienes como Mijailovski interpretan que pretende establecer una “teoría filosófico-histórica” general, sosteniendo que su análisis del desarrollo capitalista en Europa Occidental no tiene por qué ser extrapolable a otras regiones del mundo. Es desde ese enfoque como asume la hipótesis de que en el caso de que se abriera un proceso revolucionario en Rusia, que fuera acompañado de otro en Europa, la obshchina podría constituir una base de la nueva sociedad socialista. Su prefacio, junto con Engels, a la edición rusa de 1882 del Manifiesto del Partido Comunista sintetizaría en cierto modo esa respuesta cuando ambos sostienen que “si la revolución rusa da la señal para una revolución proletaria en Occidente, de modo que ambas se complementen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia podría servir de punto de partida a una evolución comunista”.
Esta hipótesis, como ya sabemos, no llegó a hacerse realidad, pero las reflexiones en torno a la misma sí permiten ver en el Marx tardío, como también comentábamos a propósito del libro antes mencionado de Kevin Anderson, su interés por la forma comuna en distintas sociedades no occidentales y su apuesta clara por una concepción multilineal de la historia, frente a la interpretación que ha perdurado en la ortodoxia dominante durante mucho tiempo, pero también entre muchos de sus críticos.
Con todo, y gracias a aportaciones como el muy documentado y riguroso trabajo de Manuel Corbera (La comuna rural rusa ¿Una vía campesina alternativa hacia el socialismo?, Sylone y viento sur), disponemos hoy de un mayor conocimiento de los orígenes y de la evolución de la obshchina o mir rusa. Corbera nos ofrece un análisis de sus fuerzas y sus debilidades, evitando tanto la mitificación como la demonización que sufrió, hasta que finalmente fuera eliminada definitivamente por Stalin en 1930 tras la colectivización forzosa del campo.
Más allá de esta controversia, el trabajo de Musto también ayuda a reconocer de nuevo la afinidad creciente que llegó a mantener Marx con el populismo ruso, no sólo en el plano teórico, sino incluso mostrando su solidaridad con la lucha de esta corriente contra el zarismo ruso. Una relación, por cierto, que, como reivindican en otra obra reciente Michael Löwy y Paul Guilibert (Marx Narodnik. Les populistes ruses, le communisme et l’avenir de la révolution), es una referencia a tener en cuenta para la necesaria reconsideración del papel de movimientos de defensa de la tierra, como los de las comunidades indígenas o los de organizaciones como el MST brasileño y Les soulévements de la terre en Francia, así como, ya desde una perspectiva histórica más general, de la forma-comuna en general, como lleva proponiendo Kristin Ross, en el marco de un proyecto ecosocialista, feminista y anticapitalista.
El 2 de diciembre de 1881 llegaría la muerte de la mujer que desde 1836 fue su compañera de vida, y al dolor por la soledad en la que se sentía Marx se uniría el empeoramiento progresivo de su salud. Fue ese motivo el que le llevó a su “último viaje” a Argel, en donde le llamó la atención el distinto tipo de relaciones sociales que observaba entre musulmanes, al mismo tiempo que denunciaba los violentos abusos de los occidentales, como lo hizo también frente a la invasión de Egipto por Gran Bretaña en 1882. Es en esa etapa cuando también manifiesta su interés por las cuestiones ambientales, en particular por los trabajos del socialista ucraniano Podolinski, quien le transmitiría su “intento de armonizar [el concepto de] plustrabajo con las actuales teorías físicas”. Un encuentro que no tendría continuidad y que para ecologistas como Martínez Alier, como recuerda Musto, fue “una ocasión fallida crucial en el diálogo entre marxismo y ecología”. Una cuestión, la de la ecología en Marx, que habría podido merecer más atención, pero que ya ha sido abordada en trabajos de otros autores, como Foster o Saïto, con puntos de vista diferentes. Fue entonces cuando también conoció el trabajo de Vasili Vorosilov, seguidor de la obra de Marx y defensor de la tesis del “privilegio del atraso”, que sería luego comentada críticamente por Rosa Luxemburg.
A comienzos de 1883, la muerte de su hija Jenny a los 38 años precedería a la de Marx el 14 de marzo de ese mismo año. Ese día, escribió su gran amigo Engels, “la humanidad se ha visto privada de una mente, la mente más importante que tenía hoy en día”.
Concluye así un trabajo que, acompañado de una cronología y de las muy necesarias notas, es de fácil lectura y cumple bien con su propósito de despertar interés en los que podemos considerar aspectos más relevantes en la vida y la obra del Marx tardío.
Jaime Pastor es politólogo y miembro de la redacción de viento sur
[1] “Descubrir la multidimensionalidad de Marx”, Jaime Pastor, viento sur, 21/05/2024,
[2]Sobre este antiguo pastor protestante, fundador de la Liga Socialdemócrata holandesa en 1878 y figura singular dentro de la Segunda Internacional que evolucionó luego hacia el anarco-comunismo me remito a mi artículo “El antimilitarismo en los orígenes del movimiento obrero. Domela Nieuwenhuis”, Archipiélago, 7, 1990.
[3] “Entrevista a Karl Marx”, en Gustave Tridon (ed.), Espiando a Marx, El Viejo Topo, 2006, pp. 75-87.
[4] Ya en la obra coordinada por Teodor Shanin pudimos leer una buena antología: El Marx tardío y la vía rusa. Marx y la periferia del capitalismo, Editorial Revolución, 1990.
[5] Algo que subrayó también Francisco Fernández Buey en Marx (sin ismos), El Viejo Topo, 1998, pp. 220-221.
Fuente: Viento Sur

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