La Conferencia de Zimmerwald se celebró clandestinamente entre los días 5 y 8 de septiembre de 1915 en Zimmerwald, (en la neutral Suiza). Allí se reunieron 38 delegados y delegadas, representantes de la minoría de izquierda socialista que se oponía a la I Guerra Mundial, considerándola una “guerra imperialista”. La Conferencia, tras intricados debates, aprobó como conclusión de su trabajo, el siguiente manifiesto, redactado por L. Trotsky:
Manifiesto de Zimmerwald
"¡Proletarios de Europa!
¡Hace más de un año que dura la guerra!
Millones de cadáveres cubren los campos de batalla. Millones de hombres
quedaran mutilados para el resto de sus días. Europa se ha convertido en un gigantesco matadero de hombres.
Toda la civilización, creada por el trabajo de muchas generaciones está
condenada a la destrucción. La barbarie más salvaje celebra hoy su
triunfo sobre todo aquello que hasta la fecha constituía el orgullo de
la humanidad.
Cualesquiera que sean los principales responsables directos del desencadenamiento de esta guerra, una cosa es cierta: la guerra que ha provocado todo este caos es producto del imperialismo.
Esta guerra ha surgido de la voluntad de las clases capitalistas de
cada nación de vivir de la explotación del trabajo humano y de las
riquezas naturales del planeta. De tal manera que las naciones
económicamente atrasadas o políticamente débiles caen bajo el yugo de
las grandes potencias que, con esta guerra, intentan rehacer el mapa del
mundo, a sangre y fuego, de acuerdo con sus intereses explotadores. Es
así como naciones y países enteros como Bélgica, Polonia, los estados de
los Balcanes y Armenia corren el riesgo de ser anexionados en todo o en
parte por el simple juego de las compensaciones.
Los objetivos de la guerra aparecen en
toda su desnudez a medida que los acontecimientos se desarrollan. Pieza a
pieza, caen los velos que han ocultado a la conciencia de los pueblos
el significado de esta catástrofe mundial.
Los capitalistas de todos los países, que acuñan con la sangre de los pueblos la moneda roja de los beneficios de guerra, afirman que la guerra va a servir para la defensa de la patria, de la democracia y de la liberación de los pueblos oprimidos. Mienten. La
verdad es que, de hecho, ellos entierran bajo los hogares destruidos,
la libertad de sus propios pueblos al mismo tiempo que la independencia
de las demás naciones. Lo que va a resultar de la guerra van a ser
nuevas cadenas y nuevas cargas y es el proletariado de todos los países,
vencedores o vencidos el que tendrá que soportarlas.
“Incremento del bienestar”, dijeron, al declararse la guerra.
Miseria y privaciones, desempleo y
aumento del coste la vida, enfermedades y epidemias, son los verdaderos
resultados de la guerra. Por décadas los gastos de guerra absorberán lo mejor de las fuerzas de los pueblos comprometiendo la conquista de mejoras sociales y dificultando todo progreso.
Colapso de la civilización, depresión
económica, reacción política; estos son los beneficiarios de este
terrible conflicto de pueblos.
La guerra revela así el verdadero
carácter del capitalismo moderno que se ha revelado incompatible no sólo
con los intereses de las clases trabajadoras sino tambien con las
condiciones elementales de existencia de la comunidad humana.
Las instituciones del régimen
capitalista que disponían de la suerte de los pueblos, los gobiernos
-monárquicos o republicanos- la diplomacia secreta, las poderosas
organizaciones patronales, los partidos burgueses, la prensa capitalista
y la Iglesia: sobre todas ellas pesa la responsabilidad de esta guerra
nacida de un orden social que los nutre, que ellos defienden y que no
sirve más que a sus intereses.
¡Trabajadores!
Vosotros, ayer explotados, desposeídos,
despreciados habéis sido llamados hermanos y camaradas cuando ha llegado
la hora de enviaros a la masacre y a la muerte. Y hoy que el
militarismo os ha mutilado, destrozado, humillado, aplastado, las clases
dominantes y los poderosos reclaman de vosotros además la abdicación
de vuestros intereses y la renuncia a vuestros ideales, en una palabra,
una sumisión de esclavos a la paz social. Os arrebatan la posibilidad de
expresar vuestras opiniones, vuestros sentimientos, vuestros
sufrimientos. Os prohíben formular vuestras reivindicaciones y
defenderlas. La prensa controlada, las libertades y los derechos
políticos pisoteados: es el reinado de la dictadura militarista con puño
de hierro.
Nosotros no podemos ni debemos permanecer inactivos ante esta situación que amenaza el porvenir de Europa y la Humanidad.
Durante muchos años el proletariado
socialista ha encabezado la lucha contra el militarismo; con una
creciente aprensión sus representantes se preocuparon en sus congresos
nacionales e internacionales del peligro de guerra que el imperialismo
hacía paso a paso más amenazante. En Stuttgart, en Copenhague, en
Basilea, los congresos socialistas internacionales trazaron la vía que
debía seguir el proletariado.
No obstante, partidos socialistas y
organizaciones obreras de varios países, pese a haber contribuido en su
día a la elaboración de estas decisiones, han olvidado y repudiado desde
el comienzo de la guerra las obligaciones que les imponían. Sus
representantes y dirigentes han llamado e inducido a los trabajadores a
abandonar la lucha de clases, el único medio posible y eficaz para la
emancipación proletaria. Han votado con sus clases dirigentes los
presupuestos de guerra; se han colocado a la disposición de sus
gobiernos para prestarles los más diversos servicios; han intentado a
través de su prensa y sus enviados ganar a los neutrales a la política
de sus gobiernos respectivos; han incorporado a los gobiernos “ministros socialistas” como rehenes para la preservación de la “Unión Ságrada”
y para ello han aceptado ante la clase obrera compartir con las clases
dirigentes las responsabilidades actuales y futuras de esta guerra, de
sus objetivos y de sus métodos. Y de la misma manera que ha ocurrido con
los partidos separadamente, el más alto organismo de las organizaciones
socialistas de todos los países, la Oficina Socialista Internacional,
tambien ha fallado y faltado a sus obligaciones.
Estas con las causas que explican que la
clase obrera que no había sucumbido al pánico nacional del primer
periodo de la guerra o que poco después se había liberado de él, no haya
encontrado aún en el segundo año de la matanza de pueblos los medios
para emprender en todos los países una lucha activa y simultanea por la
paz.
En esta situación intolerable, nosotros,
representantes de partidos socialistas, de sindicatos y de minorías de
estas organizaciones; alemanes, franceses, italianos, rusos, polacos,
letones, rumanos, búlgaros, suecos, noruegos, suizos, holandeses,
nosotros que no nos situamos en el terreno de la solidaridad nacional
con nuestros exploradores, sino que permanecemos fieles a la solidaridad
internacional del proletariado y a la lucha de clases, nos hemos
reunido aquí para reanudar los lazos rotos de las relaciones
internacionales, para llamar a la clase obrera a recobrar la conciencia
de sí misma y situarla en la lucha por la paz.
Esta lucha es la lucha por la libertad,
por la fraternidad de los pueblos, por el socialismo. Hay que emprender
esta lucha por la paz, por la paz sin anexiones ni indemnizaciones de
guerra. Pero una paz así no es posible más que con la condición de
condenar todo proyecto de violación de derechos y de libertades de los
pueblos. Esa paz no debe conducir ni a la ocupación de países enteros ni
a las anexiones parciales. Nada de anexiones, ni reconocidas ni ocultas
y mucho menos aún subordinaciones económicas que, en razón de la
perdida de autonomía política que entrañan, resultan todavía más
intolerables si cabe. El derecho de los pueblos a disponer de
ellos mismos debe ser el fundamento inquebrantable en el orden de las
relaciones de nación a nación.
¡Trabajadores!.
Desde que la guerra se desencadenó
habéis puesto todas vuestras fuerzas, todo vuestro valor y vuestra
capacidad de aguante al servicio de las clases poseedoras para mataros
los unos a los otros. Hoy en día es precisa que, permaneciendo sobre el
terreno de la lucha de clases irreductible, actuéis en beneficio de
vuestra propia causa por los fines sagrados del socialismo, por la
emancipación de los pueblos oprimidos y de las clases esclavizadas.
Es el deber y la tarea de los
socialistas de los estados beligerantes desarrollar esta lucha con toda
su energía. Es el deber y la tarea de los socialistas de los Estados
neutrales ayudar a sus hermanos, por todos los medios, en esta lucha
contra la barbarie sanguinaria.
Jamás en la historia del mundo ha habido
tarea más urgente, más elevada, más noble; su cumplimiento debe ser
nuestra obra común. Ningún sacrificio es demasiado grande, ninguna
carga demasiada pesada para conseguir este objetivo: el restablecimiento
de la paz entre los pueblos.
Obreros y obreras, padres y madres,
viudas y huérfanos, heridos y mutilados, a todos vosotros que estáis
sufriendo la guerra y por la guerra, nosotros os decimos: Por encima de
las fronteras, por encima de los campos de batalla, por encima de los
campos y las ciudades devastadas. ¡Proletarios de todos los países,
uníos!
Zimmerwald, septiembre de 1915
Por la delegación alemana: Georg Ledebour, Adolf Hoffmann.
Por la delegación francesa: A. Bourderon, A. Merrheim.
Por la delegación italiana: G. E. Modigliani, Constantino Lazzari.
Por la delegación rusa: N. Lenin, Paul Axelrod, M. Bobrov.
Por la delegación polaca: St. Lapinski, A . Varski, Cz. Hanecki.
En nombre de la delegación rumana: C. Racovski;
En nombre de la delegación búlgara: Vassil Kolarov.
Por la delegación sueca y noruega: Z. Hőglund, Ture Nerman.
Por la delegación holandesa: H. Roland Holst.
Por la delegación suiza: Robert Grimm, Charles Naine.
Fuente: https://ghescuela.blogspot.com

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