España, Estado multinacional
Informe presentado por la camarada Dolores Ibárruri
ante el Pleno ampliado del Comité Central
del Partido Comunista de España
(Septiembre de 1970)
Camaradas:
Después de haber conocido, a través de la discusión
del informe del camarada Carrillo, lo que pudiéramos llamar torneo de
abnegación, de heroísmo, de combatividad y de inteligencia política que
ha representado la lucha de nuestros camaradas, de la clase obrera y de
los campesinos contra el régimen, y en la que permanentemente se
arriesga la libertad y aun la vida, como en Granada, me siento ante
vosotros un tanto perpleja y desconcertada.
Y me siento desconcertada y perpleja porque al
exponer en esta reunión, y en nombre del Comité Ejecutivo, el problema
nacional, os comprometo u obligo a añadir, a los múltiples motivos que
impulsan y animan nuestra lucha contra la dictadura, uno más: el de la
defensa del derecho de las nacionalidades existentes en nuestro país a
la autodeterminación, ya que, entre las cuestiones que en la lucha por
la democratización de España deberán ser resueltas con prioridad a otras
más generales, está el problema nacional, que es en substancia el
derecho de Cataluña, Euzkadi y Galicia a disponer libremente de sus
destinos.
Y ello no sólo porque es de justicia, sino porque la
correcta solución de esta exigencia nacional de [8] catalanes, vascos y
gallegos, hará más viable la solución de los múltiples problemas
políticos, económicos y sociales que han de surgir ante la clase obrera y
fuerzas democráticas al desaparecer la dictadura.
En España la cuestión nacional –que con la República
comenzó a abordarse– va indisolublemente unida a la lucha por la
democracia y el socialismo.
De aquí que la clase obrera de nuestro país, como la
clase más consecuentemente revolucionaria, y que lleva en sí misma el
futuro de una España socialista, debe ser la más interesada en la
defensa del derecho de estas nacionalidades a la autodeterminación.
Por dos razones: Primera, porque en la lucha contra
la reacción, que tiene la responsabilidad histórica de que este problema
siga aún sin resolver, el peso de la clase obrera puede ser decisivo. Y
segunda, porque sólo la participación de la clase obrera en esa lucha
puede asegurar la solución del problema nacional de acuerdo con los
intereses fundamentales del desarrollo democrático de nuestro país.
Por otro lado, es evidente que la solución del
problema nacional, de una manera popular y democrática, será uno de los
más serios golpes a la reacción oligárquica y monopolista, y permitirá
al mismo tiempo establecer nuevas formas de entendimiento y de
colaboración entre todos los pueblos de España.
Cuando, en 1939, el general Franco proclamaba su
voluntad «de imperio» en la España «una y grande», sólo en la oquedad
del Panteón del Escorial podía hallar eco y resonancia la histriónica
declaración del Caudillo, si los muertos fuesen capaces de reaccionar
ante los descomunales disparates de los vivos.
Frente al dictador, se levantaba la historia
multisecular de los pueblos peninsulares en lucha permanente por sus
derechos y libertades, defendidos y .mantenidos en el largo combatir
contra los invasores [9] extranjeros; se levantaba la realidad
multinacional de España que clamaba con la voz inextinguible de las
naciones y regiones vivas y actuantes: «fuimos, somos y seremos»...
La España «una, grande e imperial», que campea en las
banderas franquistas bajo símbolos medievales, como el yugo y las
flechas, arrancados de viejos escudos, que hablan de guerras y de luchas
fratricidas, no tiene nada de común con la verdadera España.
En su territorio peninsular e insular, España es
varia y múltiple en sus hombres y en sus pueblos, y nada ni nadie puede
borrar esta realidad. Un nexo común fundamental existe entre todos los
pueblos y regiones de España: la clase obrera. Ella es igual a sí misma
en todas las regiones y nacionalidades. Ella es hoy, y lo será aún más
mañana, el aglutinante humano y social del multinacional Estado español,
que habrá de estructurarse democráticamente al desaparecer la dictadura
franquista.
De aquí nuestra insistencia en que la clase obrera
haga suya, junto a todas las fuerzas nacionales democráticas y en
interés del desarrollo de nuestro país, la defensa del derecho de
Cataluña, Euzkadi y Galicia a la autodeterminación.
«Es necesario fundir –aconsejaba Lenin refiriéndose a
la lucha por el derecho de las nacionalidades– en un torrente
revolucionario único, el movimiento proletario y campesino y el
movimiento democrático de liberación nacional.»
Y en respuesta a algunos jóvenes camaradas que
preguntan ¿dónde está el origen de la estructuración centralista actual
del Estado español?, yo quiero responder aunque sea brevemente: Este
proceso centralizador, que es común al desarrollo de la burguesía en
todos los países, tiene en España características específicas. [10]
Iniciado por los Reyes Católicos, es continuado por
monarquías extranjeras que aplastan violentamente los fueros y
libertades de los pueblos y regiones peninsulares, mientras dejan
subsistiendo derechos y privilegios aristocráticos y feudales que han
pesado duramente sobre toda la vida española y frenado el desarrollo
político, económico y social de España.
Al analizar el nacimiento y desarrollo de la burguesía en el «Manifiesto del Partido Comunista», Marx y Engels dicen de ésta:
«Ha aglomerado la población, centralizado los medios
de producción y concentrado la propiedad en un pequeño número de manos.
La secuela obligada de ello ha sido la centralización política. Las
provincias independientes, ligadas entre sí casi únicamente por lazos
federales, teniendo intereses, leyes, gobiernos y tarifas aduaneras
distintas, fueron reunidas en una sola nación, bajo un solo Gobierno, una sola ley, un solo interés nacional de clase y una sola tarifa aduanera.»
Y así, el Estado centralizado y centralizador asumió
por sí y ante sí, en interés de las clases que representaba, que eran la
naciente burguesía y los grandes propietarios agrarios, todas las
prerrogativas que antes de su formación aparecían como de derecho
natural, tradicional e inalienable de las distintas entidades nacionales
o regionales, sometiendo a éstas a un rasero unificador que rechazaban y
que a la fuerza fueron obligadas a aceptar.
Siendo esto cierto en general –y Marx se apoyaba en
distintos ejemplos, y fundamentalmente en los de Inglaterra y Francia,
cuya burguesía hizo la revolución contra el feudalismo–, en nuestro país
se produjo de una manera distinta, lo que explica su atraso, la
diferencia en su desarrollo y la subsistencia del problema nacional, que
hoy discutimos. [11]
La ley, que la fuerza impuso, se hizo costumbre sin
que en los pueblos que eran enyugados al Estado centralizador
desapareciese el sentimiento de su idiosincrasia nacional. Sentimiento
que en las condiciones creadas en España continúa vivo y actuante y es
portador de una gran fuerza movilizadora y revolucionaria.
¿Se puede continuar aceptando el concepto tradicional
reaccionario uniformador impuesto por la violencia a los pueblos y
regiones de España por las oligarquías terratenientes, financieras y
monopolistas que la dictadura de Franco encarna?
No; no puede aceptarse, porque España es Cataluña, es
Euzkadi, es Galicia. España es Aragón, es Navarra, es Castilla, es
Asturias y León, es Extremadura y Andalucía, es Valencia, es Murcia y
Albacete. Es la España multinacional y multirregional.
Y si el concepto de la España «una» nunca fue
aceptado por los pueblos que se sentían oprimidos por el yugo
centralizador, hoy la repulsa a ese Estado y a esa situación abarca
incluso a fuerzas y clases sociales que en otros tiempos mantenían
opiniones distintas.
La dictadura franquista, con la que las tuerzas más
obtusas y reaccionarias creían haber asegurado por siglos su dominación
sobre unos pueblos capaces de inmolarse defendiendo su derecho a ser
libres –por su brutalidad, por su incompetencia, por su cínico
aprovechamiento de todas las riquezas nacionales en beneficio de la
camarilla gobernante–, ha radicalizado el proceso democrático y
descentralizador que hoy sacude hasta los cimientos del régimen.
Y si «París bien vale una misa», como dijo un rey
francés no católico, la transformación de nuestra vieja España en una
España democrática y progresiva, en la que las nacionalidades y regiones
tengan la posibilidad de desarrollarse, bien vale el esfuerzo de la
clase obrera, de los campesinos y fuerzas democráticas por lograr esa
transformación...
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Fuente: filosofia.org