Estancamiento y progreso del marxismo, por Rosa Luxemburg [1903]Este artículo fue escrito veinte años
después de la muerte de Marx. Rosa Luxemburg trata un problema que se
discute desde los días de la publicación de las obras de Karl Marx,
sobre todo en los círculos intelectuales: ¿es la teoría marxista de la
sociedad y del hombre algo tan rígido y dogmático que no deja margen
para la creatividad intelectual?
“Estancamiento y progreso del marxismo”
apareció en Karl Marx:Thinker and Revolutionist (Karl Marx: Pensador y
Revolucionario), simposio recopilado por David Riazanov (New York,
International Publishers, 1927). La presente versión es de la traducción
al inglés de Eden y Cedar Paul.
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En su argumentación, superficial pero a
ratos interesante, titulada Die soziale Bewegung in Frankreich und
Belgien [El movimiento socialista en Francia y Bélgica] Karl Grün1
señala con acierto que las teorías de Fourier y Saint Simón afectaron de
manera muy diversa a sus respectivos partidarios. Saint-Simón fue el
antepasado espiritual de toda una generación de brillantes escritores e
investigadores de distintos campos de la actividad intelectual; los1
seguidores de Fourier se limitaron a repetir como loros las palabras de
su maestro, incapaces de desarrollar sus enseñanzas. La explicación de
Grün es que Fourier entregó al mundo un sistema, acabado, en todos sus
detalles, mientras que Saint-Simon2 entregó a sus discípulos un saco
lleno de grandes ideas. Aunque me parece que Grün presta poca atención a
la diferencia profunda, esencial entre las teorías de estos dos
clásicos del socialismo utópico, pienso que su comentario es acertado.
No cabe duda de que un sistema de ideas esbozado en sus rasgos más
generales resulta mucho más estimulante que una estructura acabada y
simétrica que no deja nada que agregar ni ofrece terreno para los
esfuerzos independientes de una mente activa.
¿Explica esto el estancamiento de la
doctrina marxista que se ha visto durante varios años? Es un hecho que
—aparte de uno o dos aportes teóricos que señalan un avance— desde el
último tomo de El capital y los últimos escritos de Engels no han
aparecido más que unas cuantas popularizaciones y explicaciones
excelentes de la teoría marxista. La esencia de la teoría quedó donde la
dejaron los dos fundadores del socialismo científico.
¿Se debe ello a que el sistema marxista
ha impuesto un marco demasiado rígido a las actividades intelectuales?
Es innegable que Marx ha ejercido una influencia un tanto restrictiva
sobre el libre desarrollo teórico de muchos de sus discípulos. ¡Tanto
Marx como Engels se vieron obligados a negar toda responsabilidad por
las perogrulladas de muchos autotitulados marxistas! Los escrupulosos
esfuerzos dirigidos a mantenerse “dentro de los límites del marxismo”
han resultado tan desastrosos para la integridad del proceso intelectual
como el otro extremo, que repudia totalmente el enfoque marxista y
manifiesta la “independencia de pensamiento a toda costa”.
Pero es sólo en el terreno económico que
podemos hablar de un cuerpo más o menos acabado de doctrinas legadas por
Marx. La más valiosa de sus enseñanzas, la concepción materialista
dialéctica de la historia, no se nos presenta sino como un método de
investigación, unos cuantos pensamientos geniales que nos permiten
entrever un mundo totalmente nuevo, que nos abren perspectivas infinitas
para el pensamiento independiente, que le dan a nuestro espíritu alas
para volar audazmente hacia regiones inexploradas.
Sin embargo, incluso en este terreno la
herencia marxista, salvo pocas excepciones, no ha sido aprovechada. Esta
arma nueva y espléndida se herrumbra por falta de uso; la teoría del
materialismo histórico está tan incompleta y fragmentaria como nos la
dejaron sus creadores cuando la formularon por primera vez.
No puede afirmarse, pues, que la rigidez y
el acabado de la estructura marxista sean la explicación de que sus
herederos no hayan proseguido la edificación.
Se nos suele decir que nuestro movimiento
carece de personas de talento capaces de elaborar las teorías de Marx.
Esa carencia es de larga data; pero la carencia en sí exige una
explicación, y no puede plantearse como respuesta al interrogante
fundamental. Debemos recordar que cada época forma su propio material
humano; que si un periodo realmente exige exponentes teóricos, el
periodo mismo creará las fuerzas necesarias para la satisfacción de esa
exigencia.
¿Existe una verdadera necesidad, una real demanda de mayor elaboración de la teoría marxista?
En un artículo acerca de la controversia
entre las escuelas marxista y jevonsiana en Inglaterra, Bernard Shaw,3
hábil exponente del semisocialismo fabiano, fustiga a Hyndman50 por
afirmar que el primer tomo de El capital le permitió un entendimiento
total del marxismo, y que no había lagunas en la teoría marxista, a
pesar de que Federico Engels, en su prefacio al segundo tomo de El
capital, dijo que el primer tomo, con la teoría del valor,había dejado
sin solución un problema económico fundamental, solución que no
aparecería hasta la publicación del tercer tomo. Shaw realmente logró
que Hyndman quedara un poco en ridículo, aunque Hyndman podría
consolarse pensando que prácticamente todo el mundo socialista está en
la misma situación.
El tercer tomo de El capital, con la
solución del problema de la tasa de ganancia (el problema fundamental de
la economía marxista) apareció recién en 1894. Pero en Alemania, como
en otros países, se había utilizado para la agitación el material
incompleto del primer tomo, la doctrina marxista se había popularizado y
había encontrado aceptación sobre la base de este único tomo; la teoría
marxista incompleta había obtenido un éxito fenomenal; nadie había
advertido que había una laguna en la enseñanza.
Además, cuando el tercer tomo vio la luz,
aunque llamó un poco la atención en los círculos cerrados de los
expertos y suscitó algunos comentarios, en lo que concierne al
movimiento socialista en su conjunto el nuevo volumen casi no impresionó
en las grandes regiones donde las ideas expuestas en el primero se
habían impuesto. Las conclusiones teóricas del tercer tomo no provocaron
intento alguno de popularizarlas, ni lograron amplia difusión. Por el
contrario, entre los mismos socialdemócratas solemos sentir los ecos de
la “desilusión” que tanto expresan los economistas burgueses con
respecto al tercer volumen de El capital; estos socialdemócratas
demuestran así hasta qué punto habían aceptado la exposición
“incompleta” de la ley del valor del primer tomo.
¿Cómo explicar tan notable fenómeno?
Shaw, quien (para usar su propia expresión) gusta de “reírse
disimuladamente” de los demás, tiene un buen motivo para burlarse de
todo el movimiento socialista, ¡en la medida en que se basa en Marx!
Pero, de hacerlo, se “reiría solapadamente” de una manifestación muy
seria de nuestra vida social. La extraña suerte de los tomos segundo y
tercero de El capital es prueba terminante del destino general de la
investigación teórica en nuestro movimiento.
Desde el punto de vista científico, hay
que considerar que el tercer tomo de El capital completa la crítica de
Marx al capitalismo. Sin este tercer volumen no podemos comprender la
ley que rige la tasa de ganancia; ni la división de la plusvalía en
ganancia, interés y renta; ni la aplicación de la ley del valor al campo
de la competencia. Pero, y esto es lo principal, todos estos problemas,
por importantes que sean para la teoría pura, son relativamente poco
importantes desde el punto de vista de la lucha de clases. En lo que a
ésta concierne, el problema teórico fundamental es el origen de la
plusvalía, o sea la explicación científica de la explotación, junto con
la dilucidación de la tendencia hacia la socialización del proceso de
producción, es decir, la explicación científica de las bases objetivas
de la revolución socialista.
Ambos problemas encuentran solución en el
primer tomo de El capital, que deduce que la “expropiación de los
expropiadores” es el resultado inevitable y definitivo de la producción
de plusvalía y de la concentración progresiva del capital. Con ello
queda satisfecha, en cuanto a teoría, la necesidad esencial del
movimiento obrero. Los obreros, partícipes activos en la lucha de
clases, no tienen un interés directo en la forma en que la plusvalía se
distribuye entre los distintos grupos de explotadores; o cómo, en el
curso de esta distribución, la competencia provoca ajustes en el proceso
de producción.
Es por eso que, para la generalidad de
los socialistas, el tercer tomo de El capital sigue siendo un libro
cerrado. Pero en nuestro movimiento lo que vale para la doctrina
económica de Marx vale para la investigación teórica en general. Es
totalmente ilusorio pensar que la clase obrera, que lucha por elevarse,
puede adquirir por su cuenta gran capacidad creadora en el dominio de la
teoría. Es cierto que, como dijo Engels, hoy sólo la clase obrera ha
conservado interés por la teoría y la comprende. La sed de conocimientos
que demuestra la clase obrera es una de las manifestaciones culturales
más notables de la lucha de clases contemporánea. En un sentido moral,
la lucha de la clase obrera es también un índice de la renovación
cultural de la sociedad. Pero la participación activa de los
trabajadores en el avance de la ciencia está sujeta al cumplimiento de
condiciones sociales muy bien definidas.
En toda sociedad de clases, la cultura
intelectual (arte y ciencia) es una creación de la clase dominante; y el
objetivo de esta cultura es en parte asegurar la satisfacción directa
de las necesidades del proceso social, y en parte satisfacer las
necesidades intelectuales de la clase gobernante.
En la historia de luchas de clase
anteriores, la clase aspirante al poder (como el Tercer Estado en
tiempos recientes) podía anticipar su dominio político instaurando un
dominio intelectual, en la medida en que, siendo una clase dominada,
podía instaurar una nueva ciencia y un nuevo arte contra la cultura
obsoleta del periodo decadente.
El proletariado se halla en situación muy
distinta. En tanto que clase no poseedora, no puede crear
espontáneamente en el curso de su lucha una cultura intelectual propia, a
la vez que permanece en el marco de la sociedad burguesa. Dentro de
dicha sociedad mientras existan sus bases económicas, no puede haber
otra cultura que la cultura burguesa. Aunque ciertos profesores
“socialistas” proclamen que el hecho de que los proletarios vistan
corbata, utilicen tarjeta y manejen bicicletas son instancias notables
de la participación en el progreso cultural, la clase obrera en cuanto
tal permanece fuera de la cultura contemporánea. A pesar de que los
obreros crean con sus manos el sustrato social de esta cultura, sólo
tienen acceso a la misma en la medida en que dicho acceso sirve a la
realización satisfactoria de sus funciones en el proceso económico y
social de la sociedad capitalista.
La clase obrera no estará en condiciones
de crear una ciencia y un arte propios hasta que se haya emancipado de
su situación actual como clase. Lo más que puede hacer hoy es salvar a
la cultura burguesa del vandalismo de la reacción burguesa y crear las
condiciones sociales que son requisitos para un desarrollo libre de la
cultura. Incluso dentro de estos límites, los obreros, dentro de la
sociedad actual, pueden avanzar sólo en la medida en que creen las armas
intelectuales que necesitan en la lucha por su liberación.
Pero esta reserva le impone a la clase
obrera (mejor dicho, a los dirigentes intelectuales de la clase obrera)
márgenes muy estrechos en el campo de la actividad intelectual. Toda su
energía creadora está relegada a una rama específica de la ciencia, la
ciencia social. Porque, en tanto que “gracias a la vinculación peculiar
de la idea del Cuarto Estado con nuestra época histórica”, el
esclarecimiento relativo a las leyes del desarrollo social se ha vuelto
esencial para los obreros en la lucha de clases, esta vinculación ha
dado buenos frutos en la ciencia social y el monumento a la cultura
proletaria de nuestro tiempo es… la doctrina marxista.
Pero la creación de Marx, que como hazaña
científica es una totalidad gigantesca, trasciende las meras exigencias
de la lucha del proletariado para cuyos fines fue creada. Tanto en su
análisis detallado y exhaustivo de la economía capitalista, como en su
método de investigación histórica con su infinito campo de aplicación,
Marx nos ha dejado mucho más de lo que resulta directamente esencial
para la realización práctica de la lucha de clases.
Sólo en la proporción en que nuestro
movimiento avanza y exige la solución de nuevos problemas prácticos nos
internamos en el tesoro del pensamiento de Marx para extraer y utilizar
nuevos fragmentos de su doctrina. Pero como nuestro movimiento, como
todas las empresas de la vida real, tiende a seguir las viejas rutinas
del pensamiento, y aferrarse a principios que han dejado de ser válidos,
la utilización teórica del sistema marxista avanza muy lentamente.
Si, pues, detectamos un estancamiento en
nuestro movimiento en lo que hace a todas estas cuestiones teóricas,
ello no se debe a que la teoría marxista sobre la cual descansan sea
incapaz de desarrollarse o esté perimida. Por el contrario, se debe a
que aún no hemos aprendido a utilizar correctamente las armas
intelectuales más importantes que extrajimos del arsenal marxista en
virtud de nuestras necesidades apremiantes en las primeras etapas de
nuestra lucha. No es cierto que, en lo que hace a nuestra lucha
práctica, Marx esté perimido o lo hayamos superado. Por el contrario,
Marx, en su creación científica, nos ha sacado distancia como partido de
luchadores. No es cierto que Marx ya no satisface nuestras necesidades.
Por el contrario, nuestras necesidades todavía no se adecúan a la
utilización de las ideas de Marx.
Así, las condiciones sociales de la
existencia proletaria en la sociedad contemporánea, condiciones
desentrañadas por primera vez por Marx, se desquitan con la suerte que
le imponen a la propia teoría marxista. Aunque esa teoría es un
instrumento sin igual para la cultura intelectual no se la utiliza
porque, imposible de aplicar a la cultura burguesa, trasciende
enormemente las necesidades de la clase obrera en materia de armas para
la lucha diaria. Recién cuando la clase obrera se haya liberado de sus
condiciones actuales de existencia, el método de investigación marxista
será socializado junto con todos los demás medios de producción para
utilizarlo en beneficio de la humanidad en su conjunto y para poder
desarrollarlo en toda su capacidad funcional.
1. Kart Grün (1817-1887): predicador del
socialismo “verdadero”, tendencia reaccionaria que floreció en Alemania
en la década del 40 entre la intelligentsia pequeñoburguesa. Sustituían
la prédica del socialismo por la del amor y la hermandad, y negaban la
necesidad de la revolución democrático-burguesa.
2. Claude Henri Saint-Simón (1760-1825): socialista utópico francés.
49 George Bernard Shaw (1858-1950): dramaturgo irlandés; socialista fabiano; escribió Hombre y superhombre,
Pigmalión, Santa Juana, etcétera.
50 Henry Mayers Hyndman (1842-1921):
socialista inglés; uno de los fundadores, en 1884, de la Federación
Social Demócrata. Fue expulsado en 1916 del Partido Socialista británico
por apoyar la guerra.
Fuente: El Sudamericano