jueves, 5 de noviembre de 2026

130 AÑOS DEL ARTÍCULO DE JEAN JAURÈS "HECHO NUEVO", EN DEFENSA DEL PUEBLO ARMENIO

 

Jean Jaurès, «Fait nouveau» [Hecho nuevo], "La Dépêche", 7 de noviembre de 1896. [artículo publicado íntegramente] 

Durante veinte años, las Cámaras francesas se creyeron obligadas a mantener una extrema reserva, e incluso un silencio casi absoluto, sobre las cuestiones de política exterior. Bajo la impresión de las terribles derrotas de 1870, las Cámaras apenas se atrevían a formular tímidas preguntas sobre los acontecimientos internacionales. Por su parte, los gobernantes —encantados de amparar en ese silencio una tradición monárquica— apenas rendían cuentas al país de las decisiones que tomaban en su nombre. 

Esto ya no será así en adelante. Francia ha recobrado poco a poco la conciencia de su propia fuerza; tiene derecho a hablar libremente de los asuntos mundiales y a debatir la conducta de las naciones vecinas —del mismo modo que ellas debaten la suya—, sabiendo que hoy nadie se plantearía negarle tal libertad y tal derecho. En esto reside el interés de la sesión en la que se debatió la interpelación sobre los asuntos de Armenia. En ella se habló, con total franqueza e independencia, de la política exterior de Francia y de otros pueblos; cabe afirmar que, desde este momento, el papel de Francia en el exterior ha salido de la discreta penumbra en la que la diplomacia pretendía mantenerse. 

Ya no se permitirá a los dirigentes reservarse, bajo pretextos patrióticos, la dirección misteriosa y exclusiva de los grandes intereses de nuestro país. Por más que el señor Hanotaux haya vuelto a envolver su diplomacia en un velo de misterio, por más que se haya negado —y siga negándose durante un tiempo considerable— a facilitar la correspondencia que definió su actuación y que determinará sus responsabilidades, y por más que se haya limitado a una alusión enigmática a las conferencias franco-rusas sobre la cuestión de Armenia... Se verá obligado, cada día más, a revelar su secreto y a rendir cuentas. La democracia sigue una marcha irresistible: pretende regular soberanamente y a plena luz los intereses de Francia, tanto en el exterior como en el interior; no permitirá ya que nadie disponga de Francia sin contar con Francia. 

Y el primer deber de los representantes del país será no dejar que se pierda o se debilite —sino, por el contrario, desarrollar— esa fuerza de la democracia francesa en la conducción de Francia. El Partido Socialista no faltará a esta tarea. Y en la propia cuestión de Armenia, planteada ante la conciencia europea, el debate no está cerrado; a medida que se desarrollen los acontecimientos, se exigirán nuevas explicaciones. 

Resulta tanto más urgente que la democracia francesa —y en particular el proletariado socialista— intervenga en la marcha general de los asuntos europeos, cuanto que los gobiernos actuales han incumplido verdaderamente todos sus deberes y han demostrado la incapacidad fundamental de la Europa de hoy —monárquica, capitalista y burguesa— para cumplir su función. Más de cien mil seres humanos han sido masacrados, violados y torturados en los últimos dos años en un país al que Europa, mediante la firma más solemne, había prometido protección y seguridad hace dieciocho años. Y no ha habido un solo gobierno que haya querido o podido cumplir ese compromiso sagrado. Inglaterra quería intervenir, pero despertaba sospechas —debido a todas sus actuaciones en Chipre y Egipto— de albergar segundas intenciones egoístas y de tramar maniobras poco leales. Rusia, por desconfianza hacia Inglaterra, dejó que toda la población armenia se desangrara sistemáticamente; se opuso, mediante todo tipo de tácticas dilatorias, a cualquier medida que hubiera podido salvar vidas humanas. Ante la mayoría que se rebela contra cualquier crítica a la política rusa —como si Rusia fuera un ídolo—, solo he podido exponer los hechos principales; sin embargo, los detalles de la intriga rusa de los últimos tres años para impedir que llegara ayuda europea a una Armenia ultrajada y masacrada resultan singularmente lamentables y, a la vez, instructivos. Es mérito del partido socialista defender, frente a todos los prejuicios y todas las mentiras cómplices, el derecho supremo de la verdad: solo la verdad salva. 

Y mientras Rusia e Inglaterra, cada una a su manera, ponían en peligro la vida de cien mil armenios, y mientras la Francia del señor Hanotaux no daba a su embajador en Constantinopla, el señor Cambon, otra instrucción que la de seguir ciegamente al embajador ruso, el señor de Nelidov, Armenia estaba sometida a un régimen de atrocidades con el que no se sabe si cabe compararla siquiera con la violencia asiática de los propios mongoles. 

¿No ha llegado, pues, el momento de que el proletariado europeo ponga fin a las ambiciones, a los egoísmos mezquinos y a las rivalidades de los gobiernos de Europa, para imponerles una tarea común de humanidad? 

Sin duda, el proletariado tiene otra labor más inmediata y decisiva que llevar a cabo; debe trabajar ante todo por su propia emancipación y por la conquista del poder... 

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