viernes, 16 de enero de 2026

SINFONÍA Nº 1, "SINFONÍA DE BERLÍN", DE KURT WEILL, EN EL 107 ANIVERSARIO DEL LEVANTAMIENTO ESPARTAQUISTA

El final del relativamente corto Imperio Alemán trajo mucha inestabilidad social a la nuevamente creada República de Weimar. Esta inestabilidad fue simbolizada en gran parte por el Levantamiento Espartaquista de los anarco-comunistas a principios de enero de 1919. Los obreros llamaron a una huelga general que terminó con una revuelta masiva en contra del gobierno, tratando erróneamente de recrear la situación causada por la Revolución de Octubre en Rusia. El levantamiento no tuvo éxito y fue reprimido por la policía y el ejército. Sin embargo, este suceso levanto muchas respuestas positivas en las bellas artes, de por si convulsas a causa de la 1GM. Johannes Robert Becher, un joven poeta y dramaturgo mayormente recordado por escribir las palabras del himno nacional de la futura RDA, fue inspirado en 1920 a escribir una obra épica titulada “Arbeiter Bauern Soldaten: Der Aufbruch eines Volkes zu Gott” (que podría traducirse como “Obreros, Campesinos, Soldados: El despertar de un pueblo hacia Dios”) y contrató a un joven músico llamado Kurt Weill para componer la música incidental ligada a la obra teatral. En ese entonces Weill solo era un jovencito lejos de ser el activista de izquierda que colaboraba con Berthold Brecht o la estrella de Brodway que sería más adelante. Kurt Weill nació en 1900 en una familia judía de clase media en Desau, Alta Sajonia. Su padre era un cantor de una sinagoga, lugar donde el joven Weill tuvo su primer contacto con la música. Su primer entrenamiento formal  lo tuvo a los 12 años y su primer obra fue una piece d’occasion para una boda judía, la cual compuso a los 13 años. Entró a la Berliner Hochschule für Musik cuando apenas tenía  18 años de edad, e incluso compuso un cuarteto de cuerdas. Las dificultades financieras que sufrió su familia después de la 1GM lo obligaron a abandonar sus estudios, pero siguió componiendo suites, poemas sinfónicos, sonatas, canciones, e incluso una ópera que aún sigue perdida. Cuando Becher lo llamó a componer música para su obra, Weill estaba muy emocionado. Lamentablemente, el estreno de la obra no se materializó y los bosquejos musicales fueron metidos en un cajón. No obstante, la situación financiera de la familia Weill mejoró un poco y Kurt pudo regresar a Berlin para estudiar con el gran profesor y compositor italiano Ferruccio Busoni.

En 1921, Weill fue inspirado por su maestro para escribir una sinfonía, su primera sinfonía. Para hacer esto, resucitó mucho del material que sería usado en la obra de Becher. La nueva obra también estaba inspirada por ideas socialistas y comunistas y de hecho, podría ser considerada la primera obra que seguía el ideal de Weill sobre la música que sirve al pueblo. Su Sinfonía No. 1 “Sinfonía de Berlín” está instrumentada para una orquesta relativamente pequeña, probablemente en concordancia con las tendencias modernistas del avant-garde neoclásico, compuesta de alientos dobles, dos cornos, una trompeta y un trombón, timbales, percusiones y cuerdas. Es una obra dividida en siete secciones que se tocan sin pausa; esta empieza con seis acordes compuestos de un mayor junto con su relativa menor, seguidos de golpes de timbal y luego por otro conjunto de acordes. Es el leitmotiv de la sinfonía, completamente disonante y desesperado, reflejando la inestabilidad social en Berlín al final de la 1GM. La atmósfera disonante se disipa por unos momentos, interrumpida por interpolaciones de los metales que se detienen abruptamente. Las cuerdas introducen una sección más calmada, acompañada por un punzante solo para violin, antes de que el leitmotiv aparezca de nuevo. El solo para violín recomienza en pianissimo, introduciendo una melodía lírica en las cuerdas y alientos. Una segunda sección comienza agitadamente en las cuerdas y los alientos, acompañada por metales distantes y lucha entre las familias instrumentales; incluso se escucha un veloz tam-tam. El Señor de la Guerra, el mismísimo Emperador quizás, ataca en una furia ciega. Es tiempo de una lucha para destronarlo. Figuras disonantes corren a través de las cuerdas y los alientos, sin abandonar muchas veces un esquema tonal. Un tema más valiente, comenzando en los alientos y luego en las cuerdas, pareciera marchar hacia la victoria, mientras los demás instrumentos se unen. Un motivo de fuga en las cuerdas graves se escucha en el fondo contra las cuerdas graves y metales. Repentinamente, el modo de batalla se esfuma y una escena lírica ocurre en las cuerdas y alientos. Una mujer anciana aparece y habla a los soldados; es la voz de la razón.  Ellos destruyen sus armas y municiones, después del discurso de la Razón en los alientos. La disonancia regresa junto con el leitmotiv, esta vez subrayado con redobles en el bombo. Una fanfarria cuasi heroica se escucha mientras que el sonido se disipa. Los niños comienzan una procesión sobre partes disonantes en las cuerdas que siguen un crescendo hacia la luz, hacia arriba donde ésta brilla, junto con los alientos. La procesión acelera el paso mientras los recuerdos de la guerra regresan en los metales. El violín en un solo disminuye la música en volumen hacia una sección mística en los alientos, englobada por una áurea tonalidad de Re mayor que evoca la melodía de Las Barras y las Estrellas: una visión etérea de la Tierra Prometida. ¿Podría tratarse asimismo de algo profético para Weill? Una sección aún más suave es entonada por los clarinetes y un suave solo de violonchelo. Es una visión de un Hombre Sagrado, un profeta sumido en sus pensamientos y profecías; el cual vaticina el fin de todas las guerras y los conflictos, recordados por el leitmotiv. La música se vuelve impresionista ya que un cromatismo disonante se escucha en contra de las percusiones. Una sección más veloz se oye en los alientos, culminando en un clímax majestuoso de disonancia pura. Los alientos y las cuerdas reintroducen el solo de violín y de violonchelo; mientras que la voz del Hombre Sagrado se escucha otra vez, aún más fuerte, predicando sobre el fin del conflicto. Un motivo de marcha en los chelos se escucha; uno que bien podría predecir la música de Shostakovich. Una nueva procesión, esta vez de obreros, campesiono y soldados marcha en los instrumentos evocando una fuga. Ésta se detiene mientas unas voces en los alientos se oyen a lo lejos, invocando al pastor sagrado a apaciguar la tierra. La marcha sigue su curso, más decidida y muchos otros instrumentos se unen a su andar, eventualmente guiado por las cuerdas y los alientos agudos. Las voces regresan una vez más, como un tutti orquestal enmarcado por redobles de timbal. Los cornos anuncian una sección más calmada y contemplativa; mientras que las voces se oyen de nuevo a través de la paleta orquestal, anunciando en gran medida el misticismo religioso de Messiaen, ya que estos corales siempre terminan en un acorde mayor. Dos violines en solo etéreo se escuchan al igual que campanas distantes en el tam-tam: El Adiós a las Armas se escucha. La congregación se reúne para orar junto con los violines, como un himno de acción de gracias. La multitud se reúne para marchar una vez más, el leitmotiv se transforma en una marcha masiva. El Señor de la Guerra y la Discordia es vencido, las espadas se convierten en arados, el leitmotiv disonante se convierte gradualmente en un luminoso acorde de Do mayor. La república ha sido establecida; la tierra prometida ha sido alcanzada. Un posludio silencioso se escucha en toda la orquesta, con sentimientos encontrados de alegría y desilusión, ya que la pieza termina en un flagrante Do menor. Desafortunadamente, Busoni pensó que la pieza no era lo suficientemente “neoclásica”, porque tanta pasión contenida en la música no correspondía a su visión. Le dijo a su estudiante “Regresa a estudiar Mozart y aprende lo que es una forma pura”. Sin embargo, a Busoni le encantaron los elementos fugales en la música de Weill. Tristemente, la sinfonía se quedó sin estrenar y se creyó perdida hasta 1956; año en que fue encontrada en un convento italiano. Recibió su estreno en 1957, siete años después de la muerte súbita del compositor.

La historia a veces puede ser cíclica. La república de Weimar no duraría mucho. Las condiciones aparentemente humillantes impuestas a Alemania en el tratado de Versalles alimentarían a una generación de jóvenes resentidos; situación que se agravó tras la crisis económica de 1929, dejando la escena lista para que brotaran movimientos revanchistas. Hitler y el partido Nazi aprovecharon la ocasión para nublar el sentido común del pueblo y tomar el poder. Los grupos de izquierda al igual que los judíos fueron perseguidos gradualmente; antes y después de que el control Nazi sobre el Reichstag fuera total. Weill hizo bien al escapar de Alemania hacia Francia y posteriormente a los Estados Unidos.  Su música, juzgada por el Tercer Reich como judía, izquierdista y modernista, estaba en contra de los cánones ultra-germánicos y ultra-optimistas del régimen Nazi. Por lo mismo fue puesta en la categoría de “música degenerada” y prohibida. Por el contrario, Hitler quería revivir los ideales pangermánicos contenidos en las obras de Wagner, incluso siendo ayudado por la nuera de Richard, Winifried Wagner (nacida en Inglaterra como Winifried Marjory Williams). Por si fuera poco, muchos distinguidos compositores y directores también fueron presa de la visión torcida de Hitler sobre un mundo germánico, pero esa es otra historia…

Sebastián Rodríguez Mayén.
 
Fuente: Musical Histories 

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