El final del relativamente corto Imperio Alemán trajo mucha
inestabilidad social a la nuevamente creada República de Weimar. Esta
inestabilidad fue simbolizada en gran parte por el Levantamiento Espartaquista
de los anarco-comunistas a principios de enero de 1919. Los obreros llamaron a
una huelga general que terminó con una revuelta masiva en contra del gobierno,
tratando erróneamente de recrear la situación causada por la Revolución de
Octubre en Rusia. El levantamiento no tuvo éxito y fue reprimido por la policía
y el ejército. Sin embargo, este suceso levanto muchas respuestas positivas en
las bellas artes, de por si convulsas a causa de la 1GM. Johannes Robert
Becher, un joven poeta y dramaturgo mayormente recordado por escribir las
palabras del himno nacional de la futura RDA, fue inspirado en 1920 a escribir
una obra épica titulada “Arbeiter Bauern Soldaten: Der Aufbruch eines Volkes zu
Gott” (que podría traducirse como “Obreros, Campesinos, Soldados: El despertar
de un pueblo hacia Dios”) y contrató a un joven músico llamado Kurt Weill para
componer la música incidental ligada a la obra teatral. En ese entonces Weill
solo era un jovencito lejos de ser el activista de izquierda que colaboraba con
Berthold Brecht o la estrella de Brodway que sería más adelante. Kurt Weill
nació en 1900 en una familia judía de clase media en Desau, Alta Sajonia. Su
padre era un cantor de una sinagoga, lugar donde el joven Weill tuvo su primer
contacto con la música. Su primer entrenamiento formal lo tuvo a los 12 años y su primer obra fue
una piece d’occasion para una boda
judía, la cual compuso a los 13 años. Entró a la Berliner Hochschule für Musik
cuando apenas tenía 18 años de edad, e
incluso compuso un cuarteto de cuerdas. Las dificultades financieras que sufrió
su familia después de la 1GM lo obligaron a abandonar sus estudios, pero siguió
componiendo suites, poemas sinfónicos, sonatas, canciones, e incluso una ópera
que aún sigue perdida. Cuando Becher lo llamó a componer música para su obra,
Weill estaba muy emocionado. Lamentablemente, el estreno de la obra no se
materializó y los bosquejos musicales fueron metidos en un cajón. No obstante,
la situación financiera de la familia Weill mejoró un poco y Kurt pudo regresar
a Berlin para estudiar con el gran profesor y compositor italiano Ferruccio
Busoni.
En 1921, Weill fue inspirado por su maestro para escribir
una sinfonía, su primera sinfonía. Para hacer esto, resucitó mucho del material
que sería usado en la obra de Becher. La nueva obra también estaba inspirada
por ideas socialistas y comunistas y de hecho, podría ser considerada la
primera obra que seguía el ideal de Weill sobre la música que sirve al pueblo.
Su Sinfonía No. 1 “Sinfonía de Berlín” está instrumentada para una orquesta
relativamente pequeña, probablemente en concordancia con las tendencias
modernistas del avant-garde neoclásico, compuesta de alientos dobles, dos
cornos, una trompeta y un trombón, timbales, percusiones y cuerdas. Es una obra
dividida en siete secciones que se tocan sin pausa; esta empieza con seis
acordes compuestos de un mayor junto con su relativa menor, seguidos de golpes
de timbal y luego por otro conjunto de acordes. Es el leitmotiv de la sinfonía,
completamente disonante y desesperado, reflejando la inestabilidad social en
Berlín al final de la 1GM. La atmósfera disonante se disipa por unos momentos,
interrumpida por interpolaciones de los metales que se detienen abruptamente.
Las cuerdas introducen una sección más calmada, acompañada por un punzante solo
para violin, antes de que el leitmotiv aparezca de nuevo. El solo para violín
recomienza en pianissimo, introduciendo una melodía lírica en las cuerdas y
alientos. Una segunda sección comienza agitadamente en las cuerdas y los
alientos, acompañada por metales distantes y lucha entre las familias
instrumentales; incluso se escucha un veloz tam-tam. El Señor de la Guerra, el
mismísimo Emperador quizás, ataca en una furia ciega. Es tiempo de una lucha
para destronarlo. Figuras disonantes corren a través de las cuerdas y los
alientos, sin abandonar muchas veces un esquema tonal. Un tema más valiente,
comenzando en los alientos y luego en las cuerdas, pareciera marchar hacia la
victoria, mientras los demás instrumentos se unen. Un motivo de fuga en las
cuerdas graves se escucha en el fondo contra las cuerdas graves y metales. Repentinamente,
el modo de batalla se esfuma y una escena lírica ocurre en las cuerdas y
alientos. Una mujer anciana aparece y habla a los soldados; es la voz de la
razón. Ellos destruyen sus armas y
municiones, después del discurso de la Razón en los alientos. La disonancia
regresa junto con el leitmotiv, esta vez subrayado con redobles en el bombo.
Una fanfarria cuasi heroica se escucha mientras que el sonido se disipa. Los
niños comienzan una procesión sobre partes disonantes en las cuerdas que siguen
un crescendo hacia la luz, hacia arriba donde ésta brilla, junto con los
alientos. La procesión acelera el paso mientras los recuerdos de la guerra
regresan en los metales. El violín en un solo disminuye la música en volumen
hacia una sección mística en los alientos, englobada por una áurea tonalidad de
Re mayor que evoca la melodía de Las
Barras y las Estrellas: una visión etérea de la Tierra Prometida. ¿Podría
tratarse asimismo de algo profético para Weill? Una sección aún más suave es
entonada por los clarinetes y un suave solo de violonchelo. Es una visión de un
Hombre Sagrado, un profeta sumido en sus pensamientos y profecías; el cual
vaticina el fin de todas las guerras y los conflictos, recordados por el
leitmotiv. La música se vuelve impresionista ya que un cromatismo disonante se
escucha en contra de las percusiones. Una sección más veloz se oye en los
alientos, culminando en un clímax majestuoso de disonancia pura. Los alientos y
las cuerdas reintroducen el solo de violín y de violonchelo; mientras que la
voz del Hombre Sagrado se escucha otra vez, aún más fuerte, predicando sobre el
fin del conflicto. Un motivo de marcha en los chelos se escucha; uno que bien
podría predecir la música de Shostakovich. Una nueva procesión, esta vez de
obreros, campesiono y soldados marcha en los instrumentos evocando una fuga.
Ésta se detiene mientas unas voces en los alientos se oyen a lo lejos,
invocando al pastor sagrado a apaciguar la tierra. La marcha sigue su curso,
más decidida y muchos otros instrumentos se unen a su andar, eventualmente
guiado por las cuerdas y los alientos agudos. Las voces regresan una vez más,
como un tutti orquestal enmarcado por redobles de timbal. Los cornos anuncian
una sección más calmada y contemplativa; mientras que las voces se oyen de
nuevo a través de la paleta orquestal, anunciando en gran medida el misticismo
religioso de Messiaen, ya que estos corales siempre terminan en un acorde
mayor. Dos violines en solo etéreo se escuchan al igual que campanas distantes
en el tam-tam: El Adiós a las Armas se escucha. La congregación se reúne para
orar junto con los violines, como un himno de acción de gracias. La multitud se
reúne para marchar una vez más, el leitmotiv se transforma en una marcha
masiva. El Señor de la Guerra y la Discordia es vencido, las espadas se
convierten en arados, el leitmotiv disonante se convierte gradualmente en un
luminoso acorde de Do mayor. La república ha sido establecida; la tierra
prometida ha sido alcanzada. Un posludio silencioso se escucha en toda la orquesta,
con sentimientos encontrados de alegría y desilusión, ya que la pieza termina
en un flagrante Do menor. Desafortunadamente, Busoni pensó que la pieza no era
lo suficientemente “neoclásica”, porque tanta pasión contenida en la música no
correspondía a su visión. Le dijo a su estudiante “Regresa a estudiar Mozart y
aprende lo que es una forma pura”. Sin embargo, a Busoni le encantaron los
elementos fugales en la música de Weill. Tristemente, la sinfonía se quedó sin
estrenar y se creyó perdida hasta 1956; año en que fue encontrada en un
convento italiano. Recibió su estreno en 1957, siete años después de la muerte
súbita del compositor.
La historia a veces puede ser cíclica. La república de
Weimar no duraría mucho. Las condiciones aparentemente humillantes impuestas a
Alemania en el tratado de Versalles alimentarían a una generación de jóvenes
resentidos; situación que se agravó tras la crisis económica de 1929, dejando
la escena lista para que brotaran movimientos revanchistas. Hitler y el partido
Nazi aprovecharon la ocasión para nublar el sentido común del pueblo y tomar el
poder. Los grupos de izquierda al igual que los judíos fueron perseguidos
gradualmente; antes y después de que el control Nazi sobre el Reichstag fuera
total. Weill hizo bien al escapar de Alemania hacia Francia y posteriormente a
los Estados Unidos. Su música, juzgada
por el Tercer Reich como judía, izquierdista y modernista, estaba en contra de
los cánones ultra-germánicos y ultra-optimistas del régimen Nazi. Por lo mismo
fue puesta en la categoría de “música degenerada” y prohibida. Por el
contrario, Hitler quería revivir los ideales pangermánicos contenidos en las
obras de Wagner, incluso siendo ayudado por la nuera de Richard, Winifried
Wagner (nacida en Inglaterra como Winifried Marjory Williams). Por si fuera
poco, muchos distinguidos compositores y directores también fueron presa de la
visión torcida de Hitler sobre un mundo germánico, pero esa es otra historia…
Sebastián Rodríguez Mayén.
Fuente: Musical Histories
No hay comentarios:
Publicar un comentario