miércoles, 8 de marzo de 2017

DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER TRABAJADORA, COINCIDIENDO CON EL 65 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE LA DIRIGENTE COMUNISTA ALEXANDRA KOLLONTAI


EXTRACTOS DE "LOS FUNDAMENTOS SOCIALES DE LA CUESTIÓN FEMENINA", DE ALEXANDRA KOLLONTAI

Dejando a los estudiosos burgueses absortos en el debate de la cuestión de la superioridad de un sexo sobre el otro, o en el peso de los cerebros y en la comparación de la estructura psicológica de hombres y mujeres, los seguidores del materialismo histórico aceptan plenamente las particularidades naturales de cada sexo y demandan sólo que cada persona, sea hombre o mujer, tenga una oportunidad real para su más completa y libre autodeterminación, y la mayor capacidad para el desarrollo y aplicación de todas sus aptitudes naturales. Los seguidores del materialismo histórico rechazan la existencia de una cuestión de la mujer específica separada de la cuestión social general de nuestros días. Tras la subordinación de la mujer se esconden factores económicos específicos, las características naturales han sido un factor secundario en este proceso. Sólo la desaparición completa de estos factores, sólo la evolución de aquellas fuerzas que en algún momento del pasado dieron lugar a la subordinación de la mujer, serán
capaces de influir y de hacer que cambie la posición social que ocupa actualmente de forma fundamental. En otras palabras, las mujeres pueden llegar a ser verdaderamente libres e iguales sólo en un mundo organizado mediante nuevas líneas sociales y productivas.
Sin embargo, esto no significa que la mejora parcial de la vida de la mujer dentro del marco del sistema actual no sea posible. La solución radical de la cuestión de los trabajadores sólo es posible con la completa reconstrucción de las relaciones productivas modernas. Pero, ¿debe esto impedirnos trabajar por reformas que sirvan para satisfacer los intereses más urgentes del proletariado? Por el contrario, cada nuevo objetivo de la clase trabajadora representa un paso que conduce a la humanidad hacia el reino de la libertad y la igualdad social: cada derecho que gana la mujer le acerca a la meta fijada de su emancipación total…
La socialdemocracia fue la primera en incluir en su programa la demanda de la igualdad de derechos de las mujeres con los de los hombres. El partido demanda siempre y en todas partes, en los discursos y en la prensa, la retirada de las limitaciones que afectan a las mujeres, es sólo la influencia del partido lo que ha forzado a otros partidos y gobiernos a llevar a cabo reformas en favor de las mujeres. Y, en Rusia, este partido no es sólo el defensor de las mujeres en relación a su posición teórica, sino que siempre y en todos lados se adhiere al principio de igualdad de la mujer.
¿Qué impide a nuestras defensoras de los “derechos de igualdad”, en este caso, aceptar el apoyo de este partido fuerte y experimentado? El hecho es que por “radicales” que pudieran ser las igualitaristas, siguen siendo fieles a su propia clase burguesa. Por el momento, la libertad política es un requisito previo esencial para el crecimiento y el poder de la burguesía rusa. Sin ella resultará que todo su bienestar económico se ha construido sobre arena. La demanda de igualdad política es una necesidad para las mujeres que surge de la vida en sí misma.
La consigna de “acceso a las profesiones” ha dejado de ser suficiente, y sólo la participación directa en el gobierno del país promete contribuir a mejorar la situación económica de la mujer. De ahí el deseo apasionado de las mujeres de la mediana burguesía por obtener el derecho al voto, y por lo tanto, su hostilidad hacia el sistema burocrático moderno.
Sin embargo, en sus demandas de igualdad política nuestras feministas son como sus hermanas extranjeras, los amplios horizontes abiertos por el aprendizaje socialdemócrata permanecen ajenos e incomprensibles para ellas. Las feministas buscan la igualdad en el marco de la sociedad de clases existente, de ninguna manera atacan la base de esta sociedad. Luchan por privilegios para ellas mismas, sin poner en entredicho las prerrogativas y privilegios existentes. No acusamos a las representantes del movimiento de mujeres burgués de no entender el asunto, su visión de las cosas mana inevitablemente de su posición de clase…

La lucha por la independencia económica


En primer lugar debemos preguntarnos si un movimiento unitario sólo de mujeres es posible en una sociedad basada en las contradicciones de clase. El hecho de que las mujeres que participan en el movimiento de liberación no representan a una masa homogénea es evidente para cualquier observador imparcial.
El mundo de las mujeres está dividido —al igual que lo está el de los hombres— en dos bandos. Los intereses y aspiraciones de un grupo de mujeres les acercan a la clase burguesa, mientras que el otro grupo tiene estrechas conexiones con el proletariado, y sus demandas de liberación abarcan una solución completa a la cuestión de la mujer. Así, aunque ambos bandos siguen el lema general de la “liberación de la mujer”, sus objetivos e intereses son diferentes. Cada uno de los grupos inconscientemente parte de los intereses de su propia clase, lo que da un colorido específico de clase a los objetivos y tareas que se fija para sí mismo…
A pesar de lo aparentemente radical de las demandas de las feministas, uno no debe perder de vista el hecho de que las feministas no pueden, en razón de su posición de clase, luchar por aquella transformación fundamental de la estructura económica y social contemporánea de la sociedad sin la cual la liberación de las mujeres no puede completarse.
Si en determinadas circunstancias las tareas a corto plazo de las mujeres de todas las clases coinciden los objetivos finales de los dos bandos, que a largo plazo determinan la dirección del movimiento y las estrategias a seguir, difieren mucho. Mientras que para las feministas la consecución de la igualdad de derechos con los hombres en el marco del mundo capitalista actual representa un fin lo suficientemente concreto en sí mismo, la igualdad de derechos en el momento actual para las mujeres proletarias, es sólo un medio para avanzar en la lucha contra la esclavitud económica de la clase trabajadora. Las feministas ven a los hombres como el principal enemigo, por los hombres que se han apropiado injustamente de todos los derechos y privilegios para sí mismos, dejando a las mujeres solamente cadenas y obligaciones. Para ellas, la victoria se gana cuando un privilegio que antes disfrutaba exclusivamente el sexo masculino se concede al “sexo débil”. Las mujeres trabajadoras tienen una postura diferente. Ellas
no ven a los hombres como el enemigo y el opresor, por el contrario, piensan en los hombres como sus compañeros, que comparten con ellas la monotonía de la rutina diaria y luchan con ellas por un futuro mejor. La mujer y su compañero masculino son esclavizados por las mismas condiciones sociales, las mismas odiadas cadenas del capitalismo oprimen su voluntad y les privan de los placeres y encantos de la vida. Es cierto que varios aspectos específicos del sistema contemporáneo yacen con un doble peso sobre las mujeres, como también es cierto que las condiciones de trabajo asalariado, a veces, convierten a las mujeres trabajadoras en competidoras y rivales de los hombres. Pero en estas situaciones desfavorables, la clase trabajadora sabe quién es el culpable…
La mujer trabajadora, no menos que su hermano en la adversidad, odia a ese monstruo insaciable de fauces doradas que, preocupado solamente en extraer toda la savia de sus víctimas y de crecer a expensas de millones de vidas humanas, se abalanza con igual codicia sobre hombres, mujeres y niños. Miles de hilos la acercan al hombre de clase trabajadora. Las aspiraciones de la mujer burguesa, por otro lado, parecen extrañas e incomprensibles. No simpatizan con el corazón del proletariado, no prometen a la mujer proletaria ese futuro brillante hacia el que se tornan los ojos de toda la humanidad explotada…
El objetivo final de las mujeres proletarias no evita, por supuesto, el deseo que tienen de mejorar su situación incluso dentro del marco del sistema burgués actual. Pero la realización de estos deseos está constantemente dificultada por los obstáculos que derivan de la naturaleza misma del capitalismo. Una mujer puede tener igualdad de derechos y ser verdaderamente libre sólo en un mundo de trabajo socializado, de armonía y justicia. Las feministas no están dispuestas a comprender esto y son incapaces de hacerlo. Les parece que cuando la igualdad sea formalmente aceptada por la letra de la ley serán capaces de conseguir un lugar cómodo para ellas en el viejo mundo de la opresión, la esclavitud y la servidumbre, de las lágrimas y las dificultades. Y esto es verdad hasta cierto punto. Para la mayoría de las mujeres del proletariado, la igualdad de derechos con los hombres significaría sólo una parte igual de la desigualdad, pero para las “pocas elegidas”, para las mujeres burguesas, de hecho, abriría las puertas a derechos y privilegios nuevos y sin precedentes que hasta ahora han sido sólo disfrutados por los hombres de clase burguesa. Pero, cada nueva concesión que consiga la mujer burguesa sería otra arma con la que explotar a su hermana menor y continuaría aumentando la división entre las mujeres de los dos campos sociales opuestos. Sus intereses se verían más claramente en conflicto, sus aspiraciones más evidentemente en contradicción.
¿Dónde, entonces, está la “cuestión femenina” general? ¿Dónde está la unidad de tareas y aspiraciones acerca de las cuales las feministas tienen tanto que decir? Una mirada fría a la realidad muestra que esa unidad no existe y no puede existir. En vano, las feministas tratan de convencerse a sí mismas de que la “cuestión femenina” no tiene nada que ver con aquella del partido político y que “su solución sólo es posible con la participación de todos los partidos y de todas las mujeres”. Como ha dicho una de las feministas radicales de Alemania, la lógica de los hechos nos obliga a rechazar esta ilusión reconfortante de las feministas…
Las condiciones y las formas de producción han subyugado a las mujeres durante toda la historia de la humanidad, y las han relegado gradualmente a la posición de opresión y dependencia en la que la mayoría de ellas ha permanecido hasta ahora.
Sería necesario un cataclismo colosal de toda la estructura social y económica antes de que las mujeres pudieran comenzar a recuperar la importancia y la independencia que han perdido. Las inanimadas pero todopoderosas condiciones de producción han resuelto los problemas que en un tiempo parecieron demasiado difíciles para los pensadores más destacados. Las mismas fuerzas que durante miles de años esclavizaron a las mujeres ahora, en una etapa posterior de desarrollo, las está conduciendo por el camino hacia la libertad y la independencia…
La cuestión de la mujer adquirió importancia para las mujeres de las clases burguesas aproximadamente en la mitad del siglo XIX: un tiempo considerable después de que la mujer proletaria hubiera llegado al campo del trabajo. Bajo el impacto de los monstruosos éxitos del capitalismo, las clases medias de la población fueron golpeadas por olas de necesidad. Los cambios económicos hicieron que la situación financiera de la pequeña y mediana burguesía se volviera inestable, y que las mujeres burguesas se enfrentaran a un dilema de proporciones alarmantes, o bien aceptar la pobreza o conseguir el derecho al trabajo. Las esposas y las hijas de estos grupos sociales comenzaron a golpear a las puertas de las universidades, los salones de arte, las casas editoriales, las oficinas, inundando las profesiones que estaban abiertas para ellas. El deseo de las mujeres burguesas de conseguir el acceso a la ciencia y los mayores beneficios de la cultura no fue el resultado de una necesidad repentina, madura, sino que provino de esa misma cuestión del “pan de cada día”.
Las mujeres de la burguesía se encontraron, desde el primer momento, con una dura resistencia por parte de los hombres. Se libró una batalla tenaz entre los hombres profesionales, apegados a sus “pequeños y cómodos puestos de trabajo”, y las mujeres que eran novatas en el asunto de ganarse su pan diario. Esta lucha dio lugar al “feminismo”: el intento de las mujeres burguesas de permanecer unidas y medir su fuerza común contra el enemigo, contra los hombres. Cuando estas mujeres entraron en el mundo laboral se referían a sí mismas con orgullo como la “vanguardia del movimiento de las mujeres”. Se olvidaron de que en este asunto de la conquista de la independencia económica, como en otros ámbitos, fueron recorriendo los pasos de sus hermanas menores y recogiendo los frutos de los esfuerzos de sus manos llenas de ampollas.
Entonces, ¿es realmente posible hablar de las feministas como las pioneras en el camino hacia el trabajo de las mujeres, cuando en cada país cientos de miles de mujeres proletarias habían inundado las fábricas y los talleres, apoderándose de una rama de la industria tras otra, antes de que el movimiento de las mujeres burguesas ni siquiera hubiera nacido? Sólo gracias al reconocimiento del trabajo de las mujeres trabajadoras en el mercado mundial las mujeres burguesas han podido ocupar la posición independiente en la sociedad de la que las feministas se enorgullecen tanto…
Nos resulta difícil señalar un solo hecho en la historia de la lucha de las mujeres proletarias por mejorar sus condiciones materiales en el que el movimiento feminista, en general, haya contribuido significativamente. Cualquiera que sea lo que las mujeres proletarias hayan conseguido para mejorar sus niveles de vida es el resultado de los esfuerzos de la clase trabajadora en general, y de ellas mismas en particular. La historia de la lucha de las mujeres trabajadoras por mejorar sus condiciones laborales y por una vida más digna es la historia de la lucha del proletariado por su liberación.
¿Qué fuerza a los propietarios de las fábricas a aumentar el precio del trabajo, a reducir horas e introducir mejores condiciones de trabajo, si no el temor a una grave explosión de insatisfacción del proletariado? ¿Qué, si no el miedo a los “conflictos laborales”, persuade al gobierno de establecer una legislación para limitar la explotación del trabajo por el capital?…
No hay un solo partido en el mundo que haya asumido la defensa de las mujeres como lo ha hecho la socialdemocracia. La mujer trabajadora es ante todo un miembro de la clase trabajadora, y cuanto más satisfactoria sea la posición y el bienestar general de cada miembro de la familia proletaria, mayor será el beneficio a largo plazo para el conjunto de la clase trabajadora…
En vista a las crecientes dificultades sociales, la devota luchadora por la causa debe pararse en triste desconcierto. Ella no puede si no ver lo poco que el movimiento general de las mujeres ha hecho por las mujeres proletarias, lo incapaz que es de mejorar las condiciones laborales y de vida de la clase trabajadora. El futuro de la humanidad debe parecer gris, apagado e incierto a aquellas mujeres que están luchando por la igualdad pero que aun no han adoptado la perspectiva mundial del proletariado o no han desarrollado una fe firme en la llegada de un sistema social más perfecto. Mientras el mundo capitalista actual permanezca inalterado, la liberación debe parecerles incompleta e imparcial. Que desesperación deben abrazar las más pensativas y sensibles de estas mujeres. Sólo la clase obrera es capaz de mantener la moral en el mundo moderno con sus relaciones sociales distorsionadas. Con paso firme y acompasado avanza firmemente hacia su objetivo. Atrae a las mujeres trabajadoras a sus filas. La mujer proletaria inicia valientemente el espinoso camino del trabajo asalariado. Sus piernas flaquean, su cuerpo se desgarra. Hay peligrosos precipicios a lo largo del camino, y los crueles predadores están acechando.
Pero sólo tomando este camino la mujer es capaz de lograr ese lejano pero atractivo objetivo: su verdadera liberación en un nuevo mundo del trabajo. Durante este difícil paso hacia el brillante futuro la mujer trabajadora, hasta hace poco una humillada, oprimida esclava sin derechos, aprende a desprenderse de la mentalidad de esclava a la que se ha aferrado, paso a paso se transforma a sí misma en una trabajadora independiente, una personalidad independiente, libre en el amor. Es ella, luchando en las filas del proletariado, quien consigue para las mujeres el derecho a trabajar, es ella, la “hermana menor”, quien prepara el terreno para la mujer “libre” e “igual” del futuro.
¿Por qué razón, entonces, debe la mujer trabajadora buscar una unión con las feministas burguesas? ¿Quién, en realidad, se beneficiaría en el caso de tal alianza? Ciertamente no la mujer trabajadora. Ella es su propia salvadora, su futuro está en sus propias manos. La mujer trabajadora protege sus intereses de clase y no se deja engañar por los grandes discursos sobre el “mundo que comparten todas las mujeres”. La mujer trabajadora no debe olvidar y no olvida que si bien el objetivo de las mujeres burguesas es asegurar su propio bienestar en el marco de una sociedad antagónica a nosotras, nuestro objetivo es construir, en el lugar del mundo viejo, obsoleto, un brillante templo de trabajo universal, solidaridad fraternal y alegre libertad…

El matrimonio y el problema de la familia


Dirijamos la atención a otro aspecto de la cuestión femenina, el problema de la familia. Es bien conocida la importancia que tiene para la auténtica emancipación de la mujer la solución de este problema ardiente y complejo. La aspiración de las mujeres a la igualdad de derechos no puede verse plenamente satisfecha mediante la lucha por la emancipación política, la obtención de un doctorado u otros títulos académicos, o un salario igual ante el mismo trabajo. Para llegar a ser verdaderamente libre, la mujer debe desprenderse de las cadenas que le arroja encima la forma actual, trasnochada y opresiva, de la familia. Para la mujer, la solución del problema familiar no es menos importante que la conquista de la igualdad política y el establecimiento de su plena independencia económica.
Las formas actuales, establecidas por la ley y la costumbre, de la estructura familiar hacen que la mujer esté oprimida no sólo como persona sino también como esposa y como madre. En la mayor parte de los países civilizados, el código civil coloca a la mujer en una situación de mayor o menor dependencia del hombre, y concede al marido, además del derecho de disponer de los bienes de su mujer, el de reinar sobre ella moral y físicamente…
Y allí donde acaba la esclavitud familiar oficial, legalizada, empieza la llamada “opinión pública” a ejercer sus derechos sobre la mujer. Esta opinión pública es creada y mantenida por la burguesía con el fin de proteger la “institución sagrada de la propiedad”. Sirve para reafirmar una hipócrita “doble moral”. La sociedad burguesa encierra a la mujer en un intolerable cepo económico, pagándole un salario ridículo por su trabajo. La mujer se ve privada del derecho que posee todo ciudadano de alzar su voz para defender sus intereses pisoteados, y tiene la inmensa bondad de ofrecerle esta alternativa: o bien el yugo conyugal, o bien las asfixias de la prostitución, abiertamente menospreciada y condenada, pero secretamente apoyada y sostenida.
¿Será preciso insistir acerca de los sombríos aspectos de la vida conyugal de hoy, acerca de los sufrimientos de la mujer que se ligan estrechamente a las actuales estructuras familiares. Ya se ha escrito y se ha dicho mucho sobre este tema. La literatura está llena de negros cuadros que pintan nuestro desorden conyugal y familiar. En este campo, ¡cuántas tragedias psicológicas, cuántas vidas mutiladas, cuántas existencias envenenadas! Por ahora, sólo nos importa resaltar que la estructura actual de la familia oprime a las mujeres de todas las clases y condiciones sociales. Las costumbres y las tradiciones persiguen a la madre soltera de idéntico modo, cualquiera que sea el sector de la población a la que pertenezca, las leyes colocan bajo la tutela del marido tanto a la burguesa como a la proletaria y a la campesina.
¿No hemos descubierto por fin ese aspecto de la cuestión femenina sobre el cual las mujeres de todas las clases pueden unirse? ¿No pueden luchar conjuntamente contra las condiciones que las oprimen? ¿Acaso los sufrimientos comunes, el dolor común borran el abismo del antagonismo de clases y crean una comunidad de aspiraciones y de tareas para las mujeres de diferentes planos? ¿Acaso es realizable, en cuanto a los deseos y objetivos comunes, una colaboración de burguesas y proletarias? Después de todo, las feministas luchan a la vez por conseguir formas más libres de matrimonio y por el “derecho a la maternidad”, levantan su voz en defensa de la prostituta a la que todo el mundo acosa. Observad cómo la literatura feminista es rica en búsquedas de nuevos estilos de unión del hombre y la mujer y de audaces esfuerzos encaminados a la “igualdad moral” entre los sexos. ¿No es cierto que, mientras en el terreno de la liberación económica las burguesas se sitúan en la cola del ejército de millones de proletarias que allanan la senda a la “mujer nueva”, en la lucha por resolver el problema de la familia los reconocimientos son para las feministas?
Aquí en Rusia, las mujeres de la mediana burguesía —es decir, este ejército de mujeres que, poseedoras de una situación independiente, se encontraron de golpe, en la década de 1860, arrojadas al mercado de trabajo— han resuelto en la práctica, a título individual, multitud de aspectos embarazosos de la cuestión matrimonial, saltando valientemente por encima del matrimonio religioso tradicional y reemplazando la forma consolidada de la familia por una unión fácil de romper, que se corresponde mejor con las necesidades de esa capa intelectual, móvil, de la población. Pero las soluciones individuales, subjetivas, de esta cuestión no cambian la situación y no mitigan el triste panorama general de la vida familiar. Si alguna fuerza está destruyendo la forma actual de familia, no es el titánico esfuerzo de los individuos más o menos fuertes por separado, sino las fuerzas inanimadas y poderosas de la producción, que están intransigentemente construyendo vida, sobre nuevos cimientos…
La heroica lucha de las jóvenes mujeres individuales del mundo burgués, que arrojan el guante y demandan de la sociedad el derecho a “atreverse a amar” sin órdenes ni cadenas, debe servir como ejemplo a todas las mujeres que languidecen bajo el peso de las cadenas familiares: esto es lo que predican las feministas extranjeras más emancipadas y también nuestras modernas defensoras de la igualdad aquí. En otros términos, según el espíritu que anima a las feministas, la cuestión del matrimonio se resolverá independientemente de las condiciones ambientales, independientemente de un cambio en la estructura económica de la sociedad, sencillamente merced a los esfuerzos heroicos individuales y aislados. Basta con que la mujer “se atreva”, y el problema del matrimonio caerá por su propia inercia.
Pero las mujeres menos heroicas mueven la cabeza con aire dubitativo: “está todo muy bien para las heroínas de las novelas que un previsor autor ha dotado de una cómoda renta, así como de amigos desinteresados y de un extraordinario encanto. Pero, ¿qué pueden hacer quienes carecen de rentas, de salario suficiente, de amigos, de atractivo extraordinario?” Y, en cuanto al problema de la maternidad, que se alza ante la ansiosa mirada de la mujer sedienta de libertad, ¿qué hay? El “amor libre”, ¿es posible, realizable no como hecho aislado y excepcional, sino como hecho normal en la estructura económica de la sociedad de hoy, es decir, como norma imperante y reconocida por todos? ¿Puede ser ignorado el elemento que determina la actual forma del matrimonio y de la familia, la propiedad privada? ¿Se puede, en este mundo individualista, abolir por entero la reglamentación del matrimonio sin que padezcan por ello los intereses de la mujer? ¿Puede abolirse la única garantía que posee de que no todo el peso de la maternidad caerá sobre ella? En caso de llevar a efecto tal abolición, ¿no ocurriría con la mujer lo que ha ocurrido con los obreros? La supresión de las trabas causadas por los reglamentos corporativos, sin que nuevas obligaciones hayan sido instituidas para los patronos, ha dejado a los obreros a merced del poder incontrolado capitalista, y la seductora consigna de “libre asociación del capital y del trabajo” se ha trocado en una forma desvergonzada de explotación del trabajo a manos del capital. El “amor libre”, introducido sistemáticamente en la sociedad de clases actual, en lugar de liberar a la mujer de las penurias de la vida familiar, ¿no la lastrará seguramente con una nueva carga: la tarea de cuidar, sola y sin ayuda, de sus hijos?
Únicamente una serie de reformas radicales en el ámbito de las relaciones sociales, reformas mediante las cuales las obligaciones de la familia recaerían sobre la sociedad y el Estado, crearía la situación favorable para que el principio del “amor libre” pudiera en cierta medida realizarse. Pero, ¿podemos contar seriamente con que el Estado clasista actual, por muy democrática que sea su forma, esté dispuesto a asumir todas las obligaciones referentes a la madre y, a la joven generación, es decir, aquellas obligaciones que atañen de momento a la familia en cuanto célula individualista? Tan sólo una transformación radical de las relaciones productivas puede crear las condiciones sociales indispensables para proteger a la mujer de los aspectos negativos derivados de la elástica fórmula del “amor libre”. ¿Realmente no vemos qué confusión y qué desórdenes de las costumbres sexuales se esconden, en las actuales circunstancias, a menudo en semejante fórmula? Observad a todos esos señores, empresarios y administradores de sociedades industriales: ¿no se aprovechan frecuentemente a su manera del “amor libre” al obligar a obreras, empleadas y criadas a someterse a sus caprichos sexuales, bajo la amenaza de despido? Esos patronos que envilecen a su doncella y después la ponen en la calle cuando ha quedado embarazada, ¿acaso no están aplicando ya la fórmula del “amor libre”?
“Pero no estamos hablando de ese tipo de “libertad”, objetan las defensoras de la unión libre. Por el contrario, exigimos la instauración de una “moral única”, igualmente obligatoria para el hombre y la mujer. Nos oponemos al desorden de las costumbres sexuales de hoy, proclamamos que sólo es pura una unión libre fundamentada sobre un amor verdadero”. Pero, ¿no pensáis, queridas amigas, que vuestro ideal de “unión libre “, llevado a la práctica en la situación económica y social actual, corre el riesgo de dar resultados que difieren muy poco de la forma distorsionada de la libertad sexual? El principio del “amor libre” no podrá entrar en vigor sin traer nuevos sufrimientos a la mujer más que cuando ella se haya librado de las cadenas materiales que hoy la hacen doblemente dependiente: del capital y de su marido. El acceso de las mujeres a un trabajo independiente y a la autonomía económica ha hecho aparecer una cierta posibilidad de “amor libre”, sobre todo para las intelectuales que ejercen las profesiones mejor retribuidas. Pero la dependencia de la mujer con respecto al capital sigue ahí, e incluso se agrava a medida que crece el número de mujeres de proletarios empujadas a vender su fuerza de trabajo. La consigna del “amor libre” ¿puede mejorar la triste suerte de estas mujeres que ganan justo lo mínimo para no morir de hambre? Y, además, el amor libre ¿no se practica ya ampliamente en la clase obrera, hasta tal punto que más de una vez la burguesía ha elevado la voz de alarma y ha denunciado la «depravación» y la «inmoralidad» del proletariado? Cabe señalar que cuando las feministas hablan con entusiasmo de nuevas formas de unión extramatrimoniales para las burguesas emancipadas, les dan el bonito nombre de “amor libre”. Pero cuando se trata de la clase obrera, esas mismas uniones extramatrimoniales son vituperadas con el término despectivo de “relaciones sexuales desordenadas”. Es bastante característico.
No obstante, para la proletaria, habida cuenta de las condiciones actuales, las consecuencias de la vida en común, ya sea ésta de origen libre o consagrada por la Iglesia, siguen siendo siempre igual de penosas. Para la esposa y la madre proletarias, la clave del problema conyugal y familiar no reside en sus formas exteriores, rituales o civiles, sino en las condiciones económicas y sociales que determinan esas complejas relaciones familiares a las que debe hacer frente la mujer de clase obrera. Por supuesto, también para ella es importante conocer si su marido puede disponer del salario que ella ha ganado, si como marido posee el derecho de obligarla a vivir con él aun en contra de su voluntad, si le puede quitar a los hijos por la fuerza, etc. Pero no son tales párrafos del código civil los que determinan la situación real de la mujer en la familia, y tampoco se resolverá en ellos el difícil problema familiar. Sea legalizada la unión ante notario, consagrada por la Iglesia o fundamentada en el principio de libre consentimiento, la cuestión del matrimonio llegaría a perder su relevancia para la mayoría de las mujeres si —y únicamente si tal ocurre— la sociedad les descargara de las mezquinas preocupaciones caseras, inevitables hoy en este sistema de economías domésticas individuales y dispersas. Es decir, si la sociedad asumiera el cuidado de la generación más joven, si estuviese capacitada para proteger la maternidad y dar una madre a cada niño, al menos durante los primeros meses.
Las feministas luchan contra un fetiche: el matrimonio legalizado y consagrado por la Iglesia. Las mujeres proletarias, por el contrario, arriman el hombro contra las causas que han ocasionado la forma actual del matrimonio y de la familia, y cuando se esfuerzan en cambiar estas condiciones de vida, saben que también están ayudando, por ende, a reformar las relaciones entre los sexos. Ahí es donde estriba la principal diferencia entre el enfoque de la burguesía y el del proletariado al abordar el complejo problema familiar.
Al creer ingenuamente en la posibilidad de crear nuevas formas de relaciones conyugales y familiares sobre el sombrío telón de fondo de la sociedad de clases contemporánea, las feministas y los reformadores sociales pertenecientes a la burguesía buscan penosamente tales formas nuevas. Y, puesto que la vida misma aún no las ha suscitado, precisan inventarlas a toda costa. Deberían ser, a su juicio, formas modernas de relaciones sexuales que sean capaces de resolver el complejo problema de la familia bajo el sistema social actual. Y los ideólogos del mundo burgués —periodistas, escritores, y destacadas mujeres que luchan por la emancipación— proponen, cada cual por su lado, su “panacea familiar”, su nueva “fórmula de matrimonio”.
¡Qué utópicas suenan estas fórmulas de matrimonio! ¡Qué débiles estos paliativos, cuando se considera a la luz de la penosa realidad de nuestra estructura moderna de familia! ¡La “unión libre”, el “amor libre”! Para que tales fórmulas puedan nacer, es preciso proceder a una reforma radical de todas las relaciones sociales entre las personas. Aún más, es preciso que las normas de la moral sexual, y con ellas toda la psicología humana, sufran una profunda evolución, una evolución fundamental. ¿Acaso la psicología humana actual está realmente dispuesta a admitir el principio del “amor libre”? ¿Y los celos, que consumen incluso a las mejores almas humanas? ¿Y ese sentimiento, tan hondamente enraizado, del derecho de propiedad no sólo sobre el cuerpo, sino también sobre el alma del compañero? ¿Y la incapacidad de inclinarse con simpatía ante una manifestación de la individualidad de la otra persona, la costumbre bien de “dominar” al ser amado o bien de hacerse su “esclavo”? ¿Y ese sentimiento amargo, mortalmente amargo, de abandono y de infinita soledad que se apodera de uno cuando el ser amado ya no nos quiere y nos deja? ¿Dónde puede encontrar consuelo la persona solitaria, individualista? La “colectividad”, en el mejor de los casos, es “un objetivo” hacia el cual dirigir las fuerzas morales e intelectuales. Pero, ¿es capaz la persona de hoy de comulgar con esa colectividad hasta el punto de sentir las influencias de interacción mutuamente? ¿La vida colectiva puede por sí sola sustituir las pequeñas alegrías personales del individuo? Sin un alma que esté cerca, una “única” alma gemela, incluso un socialista, incluso un colectivista está infinitamente solo en nuestro mundo hostil, y únicamente en la clase obrera podemos vislumbrar el pálido resplandor que anuncia nuevas relaciones, más armoniosas y de espíritu más social, entre las personas. El problema de la familia es tan complejo, embrollado y múltiple como la vida misma, y no será nuestro sistema social quien permita resolverlo.
Otras fórmulas de matrimonio se han propuesto. Varias mujeres progresistas y pensadores sociales consideran la unión matrimonial sólo como un método de producir descendencia. El matrimonio en sí mismo, sostienen, no tiene ningún valor especial para la mujer: la maternidad es su propósito, su objetivo sagrado, su misión en la vida. Gracias a tales inspiradas defensoras como Ruth Bray y Ellen Key, el ideal burgués que reconoce a la mujer como hembra antes que como persona ha adquirido una aureola especial de progresismo. La literatura extranjera ha aceptado con entusiasmo el lema propuesto por estas mujeres modernas. E incluso aquí, en Rusia, en el período anterior a la tormenta política (de 1905), antes de que los valores sociales fueron objeto de revisión, la cuestión de la maternidad había atraído la atención de la prensa diaria. El lema “el derecho a la maternidad” no puede evitar producir una viva respuesta en los círculos más amplios de la población femenina. Así, a pesar del hecho de que todas las propuestas de las feministas en este contexto fueran de índole utópico, el problema era demasiado importante y de actualidad como para no atraer a las mujeres.
El “derecho a la maternidad” es el tipo de cuestión que afecta no sólo a las mujeres de la clase burguesa, sino también, en mayor medida aún, a las mujeres proletarias. El derecho a ser madre -estas son bellas palabras que van directamente al “corazón de cualquier mujer” y que hacen que le lata más rápido. El derecho a alimentar al “propio” hijo con su leche, y asistir a las primeras señales del despertar de su conciencia, el derecho a cuidar su diminuto cuerpo y a proteger su delicada alma tierna de las espinas y los sufrimientos de los primeros pasos en la vida: ¿Qué madre no apoyaría estas demandas?
Parece que nos hemos topado de nuevo con un problema que podría servir como un momento de unidad entre mujeres de diferentes estratos sociales: podría parecer que hemos encontrado, por fin, el puente de unión entre las mujeres de los dos mundos hostiles. Echemos un vistazo más minucioso, para descubrir lo que las mujeres burguesas progresistas entienden como “el derecho a la maternidad”. Entonces podremos ver si las mujeres proletarias, de hecho, pueden estar de acuerdo con las soluciones al problema de la maternidad previstas por las igualitaristas burguesas. A los ojos de sus entusiastas apologistas, la maternidad tiene un carácter casi sagrado. Luchando por romper los falsos prejuicios que marcan a una mujer por dedicarse a una actividad natural —el dar a luz a un hijo— porque la actividad no ha sido santificada por la ley, las luchadoras por el derecho a la maternidad han doblado el palo en la otra dirección: para ellas, la maternidad se ha convertido en el objetivo de la vida de una mujer…
La devoción de Ellen Key por las obligaciones de la maternidad y la familia le obliga a ofrecer una garantía de que la unidad familiar aislada seguirá existiendo incluso en una sociedad transformada en términos socialistas. El único cambio, tal y como ella lo ve, será que todos los elementos accesorios que supongan una ventaja o un beneficio material serán excluidos de la unión matrimonial, que se celebrará conforme a las inclinaciones mutuas, sin ceremonias ni formalidades: el amor y el matrimonio serán verdaderamente equivalentes. Sin embargo, la célula familiar aislada es el resultado del mundo individualista moderno, con su lucha por la supervivencia, sus presiones, su soledad, la familia es un producto del monstruoso sistema capitalista. ¡Y Key espera legarle la familia a la sociedad socialista! La sangre y los lazos de parentesco en la actualidad sirven a menudo, es cierto, como el único sostén en la vida, como el único refugio en tiempos de penuria y desgracia. ¿Pero será moral o socialmente necesaria en el futuro? Key no responde a esta pregunta. Ella tiene demasiado en consideración a la “familia ideal”, esta unidad egoísta de la burguesía media a la que los devotos de la estructura burguesa de la sociedad miran con tal admiración.
Pero la talentosa aunque imprevisible Ellen Key no es la única que pierde el norte en las contradicciones sociales. Probablemente no haya otra cuestión como la del matrimonio y la familia sobre la que haya tan poco de acuerdo entre los socialistas. Si organizásemos una encuesta entre los socialistas, los resultados probablemente serían muy curiosos. ¿Se marchita la familia? ¿O hay motivos para creer que los problemas de la familia en la actualidad son sólo una crisis transitoria? ¿Se conservaría la forma actual de la familia en la futura sociedad, o será enterrada junto con el sistema capitalista moderno? Estas son preguntas que bien podrían recibir respuestas muy diferentes…
El paso de la función educativa desde la familia a la sociedad hará desaparecer los últimos lazos que mantenían unida la célula familiar aislada. La vieja familia burguesa empezará a desintegrarse aún más rápidamente y, en la atmósfera de cambio, veremos dibujarse con una nitidez cada vez mayor las siluetas todavía indefinidas de las futuras relaciones conyugales. ¿Qué siluetas confusas son esas, aún sumergidas en las brumas de las influencias actuales?
¿Hace falta repetir que la forma opresiva actual del matrimonio dejará sitio a la unión libre de individuos que se aman? El ideal del amor libre, que se presenta a la hambrienta imaginación de las mujeres que luchan por su emancipación, se corresponde sin duda hasta cierto punto con la pauta de relaciones entre los sexos que instaurará la sociedad colectivista. Sin embargo, las influencias sociales son tan complejas y sus interacciones tan diversas, que ahora mismo es imposible imaginar con precisión cómo serán las relaciones del futuro, cuando se haya cambiado todo el sistema radicalmente. Pero la lenta evolución de las relaciones entre los sexos que tiene lugar ante nuestros ojos atestigua claramente que el ritual del matrimonio y la familia cerrada y constrictiva están abocados a la desaparición.

La lucha por los derechos políticos


Las feministas responden a nuestras críticas diciendo: incluso si os parecen equivocados los argumentos que están detrás de nuestra defensa de los derechos políticos de las mujeres, ¿puede rebajarse la importancia de la demanda en sí, que es igual de urgente para las feministas y para las representantes de la clase trabajadora? ¿No pueden las mujeres de ambos bandos sociales, por el bien de sus aspiraciones políticas comunes, superar las barreras del antagonismo de clase que las separan? ¿No serán capaces seguramente de librar una lucha común contra las fuerzas hostiles que los las rodean? La división entre la burguesía y el proletariado es tan inevitable como otras cuestiones que nos atañen, pero en el caso de este asunto particular las feministas creen que las mujeres de las distintas clases sociales no tienen diferencias.
Las feministas continúan volviendo a estos argumentos con amargura y desconcierto, viendo nociones preconcebidas de lealtad partidista en la negativa de las representantes de la clase trabajadora a unir sus fuerzas con ellas en la lucha por los derechos políticos de las mujeres. ¿Es realmente éste el caso? ¿Existe una identificación total de las aspiraciones políticas o, en este caso, al igual que en todos los demás, el antagonismo la creación de un ejército de mujeres indivisible, por encima de las clases? Tenemos que responder a esta cuestión antes de que podamos definir las tácticas que las mujeres proletarias utilizarán para obtener derechos políticos para su sexo.
Las feministas declaran estar del lado de la reforma social, y algunas de ellas incluso dicen estar a favor del socialismo —en un futuro lejano, por supuesto— pero no tienen la intención de luchar entre las filas de la clase obrera para conseguir estos objetivos. Las mejores de ellas creen, con ingenua sinceridad, que una vez que los asientos de los diputados estén a su alcance serán capaces de curar las llagas sociales que se han formado, en su opinión, debido a que los hombres, con su egoísmo inherente, han sido los dueños de la situación. A pesar de las buenas intenciones de grupos individuales de feministas hacia el proletariado, siempre que se ha planteado la cuestión de la lucha de clases han dejado el campo de batalla con temor. Reconocen que no quieren interferir en causas ajenas, y prefieren retirarse a su liberalismo burgués que les es tan cómodamente familiar.
Por mucho que las feministas burguesas traten de reprimir el verdadero objetivo de sus deseos políticos, por mucho que aseguren a sus hermanas menores que la participación en la vida política promete beneficios inconmensurables para las mujeres de clase trabajadora, el espíritu burgués que impregna todo el movimiento feminista da un colorido de clase incluso a la demanda de igualdad de derechos políticos con los hombres, que podría parecer una demanda general de las mujeres. Diferentes objetivos e interpretaciones de cómo deben usarse los derechos políticos crea un abismo insalvable entre las mujeres burguesas y las proletarias. Esto no contradice el hecho de que las tareas inmediatas de los dos grupos de mujeres coincidan en cierta medida, puesto que los representantes de todas las clases que han accedido al poder político se esfuerzan sobre todo en lograr una revisión del Código Civil, que en cada país, en mayor o menor medida, discrimina a las mujeres. Las mujeres presionan por conseguir cambios legales que creen condiciones laborales más favorables para ellas, se mantienen unidas contra las regulaciones que legalizan la prostitución, etc. Sin embargo, la coincidencia de estas tareas inmediatas es de carácter puramente formal. Así, el interés de clase determina que la actitud de los dos grupos hacia estas reformas sea profundamente contradictoria…
El instinto de clase —digan lo que digan las feministas— siempre demuestra ser más poderoso que el noble entusiasmo de las políticas “por encima de las clases”. En tanto que las mujeres burguesas y sus “hermanas menores” son iguales en su desigualdad, las primeras pueden, con total sinceridad, hacer grandes esfuerzos en defender los intereses generales de las mujeres. Pero, una vez que se hayan superado estas barreras y las mujeres burguesas hayan accedido a la actividad política, las actuales defensoras de los “derechos de todas las mujeres” se convertirán en defensoras entusiastas de los privilegios de su clase, se contentarán con dejar a las hermanas menores sin ningún derecho. Así, cuando las feministas hablan con las mujeres trabajadoras acerca de la necesidad de una lucha común para conseguir algún principio “general de las mujeres”, las mujeres de la clase trabajadora están naturalmente recelosas.

Escrito en o antes de 1907.
Historial de publicación: Publicado por vez primera en 1907.
Traducción al castellano: Traducida por María Teresa García Banús en 1931, y revisada por Tamara Ruiz en 2011, para En Lucha.
Fuente de la presente versión: Tomado de la edición digital de Alexandra Kollontai: Los fundamentos sociales de la cuestión femenina y otros escritos, Tamara Ruiz (ed.). En Lucha: España, 2011. http://www.enlucha.org/site/?q=node/15895
Esta edición: Marxists Internet Archive, mayo de 2011.

martes, 7 de marzo de 2017

ESTRENO DE "1917" DE MANUEL ROMERO, FLAMENCO EN REVOLUCIÓN



Tras cinco meses de trabajo ya se pone fecha al estreno del recital flamenco 1917 de Manuel Romero. Tendrá lugar los días 29 y 30 de marzo en el Teatro Duque de Sevilla (Plaza del Duque). Todas las reservas se centralizan en el correo atrapasuenos@gmail.com y en el tlf. 653 510 310 (también con WhatsApp). El precio de la entrada anticipada es 8€ y 10€ en taquilla.

No es un disco que pretender innovar ni revolucionar el flamenco. Y ni hace falta. Hoy es complicado romper la barrera de lo nuevo cuando este arte sigue sumido en cánones comerciales, en el mayor y más exitoso de los casos, y en decadente folclore o más básico exponente en el más cercano. Hay que seguir reivindicando el flamenco para sí, Iberia y la Humanidad. Por eso el cantaor Manuel Romero no pretender hacer historia, esa es la verdad, solamente hacer uso de la libertad que le brinda nuestra música más popular (del pueblo) para hacer un disco libre y diferente. y que pueda llegar al pueblo también otras letras, otras ideas…otras literaturas.

El cantaor Manuel Romero, de fuerte raigambre andaluza que ha mamado las luchas jornaleras en su Pedrera natal, nos muestra la fuerza de una cifra, 1917, y del impacto sobre el mundo. En este trabajo que verá la luz en marzo del año próximo el cantaor rompe el silencio de los discos flamencos alzando la voz de poetas que siguen cantando con total actualidad como Javier Egea o Bertolt Brecht, entre otros. Y de poetas que nunca se llevaron a la fértil tierra del flamenco. Así descubriremos a Ho Chi Minh, que sin saber quién es el autor, cualquier aficionado u oyente pensaría que la historia que cuenta el revolucionario vietnamita aunque aparezca un tigre, lo podría haber escrito cualquier andaluz de Jerez. Y esta altitud universal del cantaor le hace atrapar las melodías de un compañero como Quintín Cabrera, que no podía escaparse de un disco titulado 1917(s), como homenaje a este revolucionario amigo que nos dejó temprano .Y entre todos esos cantes suena con fuerza la letra de campanillero de Paco Moyano, Militante. Con esta letra llena de fuerza el disco hace un reconocimiento a este maestro tan comprometido con la clase trabajadora.

Con este trabajo la cooperativa Atrapasueños hemos querido mostrar nuestra admiración a una fecha que cambió el rumbo del mundo, 1917, en el centenario de la revolución rusa. Acontecimiento histórico que levantó un movimiento mundial por la igualdad entre todos los seres humanos. Una inspiración para revolucionarios de todos los continentes. Por eso 1917 tiene plural, un colectivo histórico que durante 100 años ha propagado el ideal de aquellos rusos, donde destacó sin duda Vladimir Ilich Lenin. A 1917 y sus revoluciones le hacemos este disco lleno de rebeldía y dignidad con poemas rusos de Maiakovski o del mismo Lenin, cuyo único poema que se ha conservado ha sido adaptado por el profesor Felipe Alcaraz. Un disco para acercarnos a literatos rusos y a la impronta que dejó en el mundo la Revolución de 1917.

lunes, 6 de marzo de 2017

MAEVA EDITA "PESADILLA", DE HANS FALLADA, EN EL 70 ANIVERSARIO DE SU MUERTE


RESEÑA DE IÑAKI URDANIBIA: LA "PESADILLA" DE HANS FALLADA

El pasado día 6 de febrero se cumplían setenta años de la muerte del escritor germano; coincidiendo con tal aniversario se publican algunas obras suyas



Rudolf Wilhem Friedrich Ditzen, que más tarde adoptaría el nombre por el que se le conoce en el mundo de las letras, nombre tomado de algunos personajes de los hermanos Grimm, era de esos seres a los que hay que dar de comer aparte, y ello en diferentes aspectos de la vida. Una existencia problemática debido a sus adicciones (alcohol y morfina) que le condujeron, entre otras cosas, a ser encarcelado por disparar contra su esposa, del mismo modo que fue condenado por algún que otro desfalco, motivado por su necesidad de comprar drogas; todo esto daba como resultado que su persona no fuese considerada ejemplar por los gobiernos de diferente signo: es decir, ni por la República de Weimar, ni por el III Reich. En lo que hace al campo de la literatura él siempre avanzó a su bola, generalmente contracorriente, conservando una absoluta singularidad: así, entre 1924 y 1933, mientras que en su país dominaba una moda intelectual conocida como “Nueva Objetividad “, que señalaba cierto horizonte ante la desorientación originada tras la guerra, y que ponía el acento en el elogio de la técnica y su absorta admiración a América , lo que dio como resultado la realización de numerosos reportajes industriales, reivindicándose de la imparcialidad y la objetividad , y del apoliticismo, postulados rechazados tanto por Siegfred Kracauer que venía a defender que la realidad, reflejada en tales documentales, eran pura construcción, como por Walter Benjamin que consideraba la corriente de la que hablo como una descarada « estrategia elusiva de las circunstancias políticas », lo que venía a suponer-siempre según Benjamin- que las pretendidas novelas-reportaje no servían más que para echar balones fuera, centrándose en distraer y divertir a los lectores, esta tendencia provocaba un vacío que propiciaba alguna corriente política que volviese a poner en valor precisamente los valores abandonados como nación, patria, pueblo…papel que asumió con energía el fascismo. ..Fallada como digo iba por su particular camino.

Pues bien, en este panorama Hans Fallada, sin seguir –como digo- esta senda dominante, publica sus primeros libros entre los que cabe destacar ¿ Y ahora qué hombrecito ? ( 1932), que narra el proceso de proletarización de un empleado en aquellos difíciles tiempos de profunda crisis económica, al reaccionar el protagonista, Johannes Pinneberg con miedo y desconcierto, hace que no logre solidaridad de ningún tipo, debiéndose, así, comerse el marrón él solito con el único apoyo del amor y su vida familiar; se privatizan así los problemas generales. La misma tendencia a mostrar su propia experiencia individual-en un registro casi transparentemente autobiográfico- se puede observar prácticamente en todas sus novelas, así en las posteriores El hombre que quería llegar lejos o En mi país desconocido. Diario de la cárcel, 1944, o El bebedor , en las que describe su agitada existencia , tanto en los tiempos de principios de siglo al llegar a Berlín, como en los de los años cuarenta. Ejemplos de sinceridad con la que narra su soledad, casi siempre con el escenario de Berlín. Hacía honor el escritor a la adopción de su seudónimo, en el que se hacía referencia a un asno que sigue diciendo la verdad hasta después de muerto. (http://www.2014.kaosenlared.net/territorios/53789-hans-fallada-un-escritor-recuperado )

Esta impronta ntemanete individual , casi transparente, es absolutamente explicable si en cuenta se tiene el aislamiento que el sujeto padecía con respecto a sus contemporáneos, sus dificultades en el trato, incrementadas por sus enormes ingestas de diferentes sustancias que le hacía estar volado las más de las veces, le reducían a las fronteras de su propio yo, lo cual no quita-dicho sea al pasar- que sus particulares padecimientos descritos, eran los suyos mas eran igualmente ampliables a cantidad de ciudadanos en aquellos oscuros años. Si lo que digo es así, también es verdad que en sus últimos años, sus escritos testimonian, o tratan de hacerlo, los hechos que sacudieron a su país, y por extensión al Viejo Continente en su totalidad; este ejercicio de llevar a cabo una recuperación / valoración de los tiempos recién pasados, de la “ hierbecita de los hechos” hablaba Ernst Bloch, puede verse, con todos los peros y particularidades que se quieran (nada que ver desde luego con el crudo verismo de los Hauser o Remarque), en las novelas últimas del escritor. Entre estas puede destacarse Solo en Berlín (basado en unos materiales que Fallada tomó de los archivos de la Gestapo), considerado por Primo Levi como « el libro más importante jamás escrito sobre la resistencia alemana», y el que ahora acaba de sacar a la luz la misma editorial, Maeva, que lleva cinco títulos publicados del autor y que anuncia la publicación, en breve, de una versión gráfica de su obra El bebedor. El libro al que me refiero es Pesadilla, del que el propio escritor comenta en su Prólogo que « el libro ha quedado, en lo esencial, como el informe de una enfermedad, la historia de esta apatía que acometió la mayor parte – y sobre todo la más decente -del pueblo alemán en abril del año 1945, apatía de la que muchos todavía no han conseguido liberarse en la actualidad » . 

La novela, póstuma, publicada en 1947, el mismo año del fallecimiento del escritor, siendo escrita a lo largo del año anterior (entre febrero y agosto, durante sus estancias en hospitales y psiquiátricos), y en ella, en una combinación marca de la casa, Fallada da cuerpo a una historia tomando pie en su experiencia personal: finalizada la guerra, en 1945, él asumió el puesto de alcalde de una pequeña ciudad, nombrado por el Ejército Rojo. 

La novela relata cómo tras el final de la segunda guerra mundial, los soviéticos en su avance hacia el oeste habían ocupado la pequeña ciudad de Prenzlau. Allá habitaban el doctor Doll y su familia. Inicialmente, se sienten liberados, al haberse librado de la bota parda del nacionalsocialismo, mas no tarda en adueñarse de ellos un hondo desasosiego provocado por los remordimientos de la culpa debido a las responsabilidades contraídas, por activa o por pasiva , en los tiempos pasados. La primera sensación de alivio se traduce en el caso del doctor Doll, al ser nombrado alcalde de la localidad, lo que le hizo pensar que iba a limpiar la ciudad, dirimiendo las responsabilidades de todos los implicados con el antiguo régimen, de la huella nazi . La práctica se le va antojando menos fácil de lo que suponía, ya que se mire por donde se mire , la presencia en puestos de responsabilidad de ex-nazis es apabullante, y así ante lo ímprobo, e irrealizable, de la tarea, cunde el desánimo y el doctor, con su familia, se marcha a Berlín, en donde el escenario no es que sea, tampoco, como para echar cohetes, lo que empuja a la esposa, Alma, y al propio doctor a calmar su creciente desasosiego con el recurso a la morfina. La ficción deudora de la realidad en un vivido retrato…como la vida misma.

Nadie se aburrirá con la lectura de esta novela, que se balancea entre medio verdad y medio ficción, que avanza saltarina como la realidad y como la propia mente del escritor, que a la sazón, por cierto, había recaído en su adicción a la morfina. Los cambios de opinión y de dirección de las historias, se muestran acordes con los estados de ánimo que se daban en el seno del pueblo alemán, y más en concreto en la mente desnortada de Fallada, que veía estas sensaciones disparadas hasta las cartolas por el uso de las cantidades de alcohol, además de la mentada morfina, que tragaba sin cesar….y la pesadilla personal que padecía el escritor, y su alter-ego Doll, se desliza a la generalidad del pueblo alemán que se veía acosado por la omnipresente y atosigante culpa , a la que trataban de hallar solución: unos agarrándose a la verdad del movimiento pasado, otros -los más probos y lúcidos- asumiendo sus responsabilidades y tratando de encontrar una salida que hiciese que reinase la paz entre las naciones, y que hasta en la propia Alemania se lograse respirar un aire realmente nuevo, libre del atosigante gregarismo vivido.

No es el mérito menor de la novela, cosa por otra parte habitual en la escritura falladiana, que la intensidad de lo narrado case a las mil maravillas con las situaciones visitadas y con una escritura cercana que hace que quien se acerque a su lectura se sienta tocado por la creciente asfixia de los protagonistas que no son seres de una pieza, sino que viven en medio de las ideas cambiantes, en medio de los titubeos y dudas, ante el escenario que se muestra ante sus ojos, que a veces parece invitar a la ilusión para en un breve lapsus devenir en profunda desilusión …en medio de las ruinas y de la propia ruina del protagonista que ve cómo su salud se quiebra a pasos agigantados debido a la insalubre morfina, como forma de huida hacia ficticias ensoñaciones que no hacen sino chocar frontalmente con la realidad de los hechos. Aspecto que, en honor a la verdad, y una vez más demostrando el amplio grado de sinceridad del autor , sirve a éste para auto-criticarse por su propio comportamiento. 

En lo que uno alcanza, y alcanza en todo lo que de Hans Fallada se ha publicado en castellano, es además de una suerte, digno de aplauso, que se esté recuperando la obra de este escritor, uno de los más destacables del panorama germano, que padeció las pesadillas de la sucursal del infierno que le tocó vivir, y que sufrió – en vida y tras el cese de ésta- la ausencia propia del limbo de las letras. 

Fuente: Kaos en la red

domingo, 5 de marzo de 2017

"MONUMENTO A LOS GRUPOS DE COMBATE DE LA CLASE TRABAJADORA", DE GERHARD ROMMEL




Monumento a los Grupos de combate de la clase trabajadora
Gerhard Rommel
1983
Bronce
Museo de Pankow y Museo Histórico Alemán de Berlín.

Dedicado a los Kampfgruppen der Arbeiterklasse (Grupos de combate de la clase trabajadora), los cuales fueron fundados después del levantamiento del 17 de junio de 1953, un monumento en su honor fue erigido en la entrada del Volkspark del distrito de Prenzlauer Berg en Berlín para conmemorar el 30 aniversario de la creación de estas milicias populares de trabajadores.

De izquierda a derecha, consistía en un relieve de un grupo de combate con un joven llevándole un ramo de flores, a continuación una escultura con dos figuras de trabajadores y un miembro de los Kampfgruppen entre ellos, y finalmente y un triple relieve que hacía referencia a la amistad germano-soviética, a los Luchadores del Frente Rojo (de la República de Weimar) y a la Guerra de los Campesinos alemanes de 1524/25.

El monumento fue inaugurado el 15 de septiembre de 1983 y desmantelado el 28 de febrero de 1992, trasladándose la figura del joven y una paloma al Museo del Distrito de Pankow y las otras partes del monumento como préstamo permanente en el Museo Histórico Alemán de Berlín.



sábado, 4 de marzo de 2017

"À BIENTÔT, J´ESPÈRE" (ESPERO VERTE PRONTO), DOCUMENTAL DE CHRIS MARKER

Título original: À bientôt, j'espère
Año: 1968
Duración: 55 min.
País: Francia
Director: Chris Marker, Mario Marret
Guión: Chris Marker
Productora: Iskra / Societe pour le Lancement des Oeuvres Nouvelles (SLON)

Sinopsis

Desde 1967 (y hasta 1976), Chris Marker era un miembro de SLON ("Sociedad para el Lanzamiento de Obras Nuevas"), uno de los varios grupos que surgieron en los años en que los cineastas, militantes y otros se reunieron en una base de cooperación. SLON se basó en la idea de que el cine no se debe pensar únicamente en términos de comercio. Ese año también estalló una importante huelga en Rhodiaceta, una fábrica textil propiedad de la compañía Rhone-Poulenc en la ciudad de Besançon, Francia. La huelga fue inusual en las formas, porque los trabajadores se negaron a disociar el conflicto laboral a partir de una agenda social y cultural. Las demandas de los trabajadores en cuestión no era sólo cuestión de salarios y seguridad laboral, sino también del estilo de vida que les impone la sociedad. Chris Marker, junto con otros técnicos y miembros de SLON, visitó Besançon para documentar la huelga, las vidas y las actitudes de los trabajadores. Ellos creen que la clase obrera está cada vez más a merced de un sistema que no les da ningún poder, y sus demandas se convirtieron en preguntas sobre el sistema político más amplio. Los huelguistas finalmente regresaron a trabajar con pocas ganancias, pero se habían dado cuenta su verdadero poder, lo que ayudó a sentar las bases de Mayo del 68, cuando Francia se vió sacudida por las protestas revolucionarias.

VER DOCUMENTAL CON SUBTÍTULOS EN CASTELLANO:

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viernes, 3 de marzo de 2017

MUSEO LENIN DE ULAN BATOR (MONGOLIA)

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Museo Lenin de Mongolia (1980)

En 1974 se inició la construcción de un museo dedicado a Vladimir Lenin en Ulan Bator, la capital de Mongolia. El proyecto fueencargado por el Ministerio de Cultura y el Partido del Pueblo de Mongolia que se sumaron así a una iniciativa soviética de 1970, que creó numerosos Museos Lenin por toda la URSS con motivo del centenario del nacimiento del revolucionario ruso.

Terminado en 1980, se trata de una edificación enmarcada en la curiosa arquitectura futurista soviética de los años 70 y 80. El conjunto estaba adornado con grandes medallones escultóricos que mostraban diferentes imágenes revolucionarias y socialistas de Mongolia. El museo tenía algunos guiños a la arquitectura nacional, como la cúpula de la entrada que parecia imitar la de los antiguos templos mongoles.

Diferentes salas mostraban la vida de Lenin y los avances mundiales del socialismo. El museo contaba con un pequeño auditorio y una sala memorial donde depositar flores.

Contexto histórico:

Mongolia fue un aliado fiel de la Unión Soviética. Aun siendo una nación completamente independiente, mantuvo una relación cordial y leal con Moscu, muy diferente a la de otros aliados como Polonia o Hungria.

Esto le hacía parecer de facto una república soviética más. Lo que se veía en numerosos guiños urbanísticos y monumentales, como el museo Lenin que levantó en pleno centro de la capital del país, en un momento de auge maoista en la vecina China.

El Museo Lenin es un buen exponente de la historia post comunista de Mongolia. Durante la transición que abandonó el socialismo, el lugar fue escogido para mítines y manifestaciones en favor de la democracia. Más tarde con la llegada del capitalismo el lugar se convirtió en un bizarro centro comercial con cine incorporado.

El lugar vivirá un nuevo cambio de estatus al haber sido escogido para acoger un museo dedicado a la historia de los dinosaurios.

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Interior del edificio, sala memorial

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Manifestaciones democráticas a las puertas del Museo Lenin

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El edificio en los años 80

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El edificio en 2009 como Cine

Fuente: Leninland

jueves, 2 de marzo de 2017

UNA MIRADA FEMENINA SOBRE LA UNIÓN SOVIÉTICA, DEL FOTÓGRAFO VSÉVOLOD TARASÉVICH

El fotógrafo Vsévolod Tarasévich inmortalizó la sonrisa eterna de una generación de chicas soñadoras, sensibles y revolucionarias.

Por Svetlana Borísova
 
Fuente: Vsevolod Tarasevich/MAMM – MDF/russiainphoto.ruFuente: Vsevolod Tarasevich/MAMM – MDF/russiainphoto.ru
Al reflejar los cambios que marcaron la vida del país, Tarasévich (1919-1998) se convirtió en uno de los fotógrafos más importantes de la época soviética. / Tiumensk, 1968.

Fuente: Vsevolod Tarasevich/MAMM – MDF/russiainphoto.ruFuente: Vsevolod Tarasevich/MAMM – MDF/russiainphoto.ru
Nacido en Moscú a principios de 1900, Tarasévich empezó su carrera profesional colaborando con las revistas Smena y Leningrádskaya Pravda. / Aula de danza en Norilsk, 1965.

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En la década de los 1940, se unió al equipo de la agencia de noticias TASS. / Kírovsk, en los años 1950.

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Entre 1941 y 1945 trabajó como fotógrafo de guerra. / Jóvenes en una residencia de estudiantes en Arjánguelsk, en la década de 1960.

Fuente: Vsevolod Tarasevich/MAMM – MDF/russiainphoto.ruFuente: Vsevolod Tarasevich/MAMM – MDF/russiainphoto.ru
Cuando terminó la guerra, Tarasévich empezó a trabajar para APN (Agencia de Prensa Novosti), también publicó sus fotografías en las revistas Sovetski Soyuz, Ogoniok, Rabótnitsa y Soviet life. / Moscú, 1963-1964.

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Esta galería de fotografías es una colección de imágenes tomadas en diferentes momentos, que retratan a las mujeres soviéticas en su vida diaria. / Biblioteca de Tiráspol (actualmente en Moldavia).

Fuente: Vsevolod Tarasevich/MAMM – MDF/russiainphoto.ruFuente: Vsevolod Tarasevich/MAMM – MDF/russiainphoto.ru
Tarasévich fue uno de los primeros fotógrafos soviéticos que hizo las imágenes en color en los años 1950. / Nevski Prospekt, Leningrado (actualmente San Petersburgo), 1965.

Fuente: Vsevolod Tarasevich/MAMM – MDF/russiainphoto.ruFuente: Vsevolod Tarasevich/MAMM – MDF/russiainphoto.ru
Sus primeras imágenes en color fueron presentadas en la exposición “Pervotsvet”, en la Bienal de Fotografía de 2008. / Toktogúlskaya, 1975-1976.

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Entre sus obras más famosas se destacan “Dmitri Shostakóvih” (1960) y la serie “Yuri Gagarin en el avión IL-18 viaja de Kúibyshev (actualmente Samara) a Moscú” (1961). / Toliatti.

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Sin título, 1972.

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Samotlor, Tiumensk, 1968.

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Jóvenes riéndose, década de 1970.

Fuente: Rusia Hoy

miércoles, 1 de marzo de 2017

"INSURRECCIONES": IMÁGENES DE LA REVOLUCIÓN



(Badalona, 1949) Manifestaciones del 1 de febrero de 1976 en Barcelona. Convocatoria por la «libertad, amnistía, estatuto de autonomía».

La exposición ‘Insurrecciones’ muestra cómo el arte ha reflejado rebeliones y sublevaciones en los últimos dos siglos

Hasta el 27 de mayo de 2017 en el Museo Nacional de d´Art de Catalunya

En la entrada de la exposición Insurrecciones aparecen imágenes de Jean Vigo y de Rossellini, una de Eisenstein y otra de Kalatozov. Se entrecruzan en un vídeo ideado por la artista griega Maria Kourkouta. Se superponen como si fueran sombras en el subconsciente, que incitan a quien las observa a tomar el martillo nietzscheano y a encender la llama revolucionaria. Se solapan con las pinceladas abstractas de un lienzo vecino firmado por Henri Michaux: con algo de imaginación, pueden parecer siluetas sacando sus cabezas por encima de la trinchera. A escasa distancia, una fotografía de Gilles Caron refleja cómo dos chicos lanzan piedras en un campo de batalla de localización imprecisa. La cartela explica que son jóvenes católicos en el Derry de los sesenta, pero podría ser cualquier lugar y momento. La rebelión que protagonizan no solo les pertenece a ellos. Es más bien una coreografía aprendida cuando eran pequeños, igual que las imágenes de otras manifestaciones más recientes parecen esforzados simulacros del Mayo del 68 en París.

Los gestos y las posturas que recogen las 250 obras de la gran exposición parecen pertenecer al dominio público. La muestra recoge cómo las disciplinas artísticas y otras prácticas fronterizas han representado, a lo largo de los últimos dos siglos, aspectos como la convulsión social, el espíritu insumiso y otros acontecimientos que, a falta de un mejor nombre, suelen quedar etiquetados como revoluciones. La exposición está coproducida y ya fue mostrada en el Jeu de Paume de París —centro dirigido desde hace una década por la catalana Marta Gili—, donde se convirtió en uno de los fenómenos del pasado otoño. Después, viajará a Buenos Aires, México y Montreal. La versión barcelonesa incluye también 90 piezas procedentes de los fondos del museo, “dotándola de obras que reflejan hechos históricos como la Semana Trágica, la Guerra Civil o las revueltas antifranquistas de los setenta”, afirma el director del MNAC, Pepe Serra.

La exposición es una idea del filósofo e historiador del arte Georges Didi-Huberman, que lleva años impartiendo un seminario con el mismo título en la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales (EHESS), en París. La muestra fue gestada entre los gases lacrimógenos de la plaza de la República, en la capital francesa, junto a la que vive Didi-Huberman. La pasada primavera, mientras ultimaba esta muestra, eclosionaba allí el movimiento Nuit Debout, que ocupó plazas de toda Francia siguiendo el modelo del 15-M español. Sin embargo, la exposición no es un acto de militancia, ni a favor ni en contra de esas pequeñas revoluciones, de las que no examina su validez ideológica. Se ciñe a la función de catálogo iconográfico que resume lo que toda revuelta ha compartido hasta ahora. “No hay juicio moral, no hay diagnóstico ni militancia. Lo importante en esta muestra es observar la representación que ha hecho el arte y la forma de pensamiento que vehicula”, afirma Gili.
En el origen de todo se encuentra Goya. “Cada vez que me planteo un nuevo proyecto, desde hace algunos años, siempre parto de él. Goya marca el comienzo de un pensamiento moderno en la relación entre arte y política. A partir de Goya, la imaginación cobra una función política. La imagen adquiere una función crítica”, explica Didi-Huberman, que ha incluido los Desastres, Caprichos y Disparates en su selección para la muestra. En ese sentido, no hay revolución sin pathos. En otro punto de la muestra, Huberman ha colocado uno de sus documentos más preciados, al que dedicó su ensayo Imágenes pese a todo: las imágenes de los hornos crematorios de Birkenau, capturadas por uno de los prisioneros, un Sonderkommando. En un contexto imposible, ese fotógrafo anónimo ejecutó una insurrección simbólica en forma de testimonio fotográfico, como si fuera algo superior a él.

En términos antropológicos, la muestra parece describir la revuelta como un ritual de alcance universal. “Cada vez que se levanta un muro, siempre habrá insurrectos para saltarlo, aunque solo sea a través de su imaginación”, concluye Didi-Huberman.

Fuente: El País

Juli González, Mano izquierda levantada, hacia 1942

Juli González, Montserrat gritando, 1940


Ramon Martí i Alsina, Estudio para el cuadro «El gran dia de Girona»


Pere Català Pic, Aplastemos el fascismo, hacia 1936