
Entrevista realizada por Ernest Tate por encargo de la revista italiana La Sinistra (septiembre de 1966).
Sobre la Revolución Cultural China
— Muchos comentaristas políticos hablan ahora acerca de la inminencia
de un ”choque directo” entre la China popular y los Estados Unidos. En
apoyo de su tesis aluden a la reciente declaración de los chinos
respecto a la cuestión de Vietnam. ¿Oué piensa usted de esto?
— Yo no creo en modo alguno que China pueda proponerse el objetivo de
una guerra contra los Estados Unidos. En otras palabras, descarto la
posibilidad de que China abrigue ”planes agresivos” de cualquier tipo.
El que China y los Estados Unidos choquen a la larga, depende
exclusivamente de los Estados Unidos. Pero los chinos sí cuentan con la
posibilidad de un ataque norteamericano contra ellos; y es necesario ver
bajo esta luz algunos de los acontecimientos recientes en China. Creo
que Mao Tse-tung y Lin-Piao están operando basándose en el supuesto de
que un ataque norteamericano es posible y aun probable, y de que el
gobierno chino tiene el deber de prepararse para tal eventualidad.
Este ha sido un factor determinante de gran importancia en la
reciente crisis política y en la llamada ”revolución cultural”. Las
alusiones a la agresividad china contra los Estados Unidos, o contra el
occidente en general, carecen de fundamento; son parte de la propaganda
anticomunista y antichina. Desgraciadamente, las fuentes soviéticas y
titoístas, y también los partidos comunistas en Europa occidental, han
pecado al respecto, y han pecado vergonzosamente, al conferirle una
apariencia de verosimilitud a esta propaganda antichina.
Algunas de las acusaciones chinas contra los dirigentes soviéticos y
los dirigentes de los partidos comunistas occidentales son, por lo que a
esto se refiere, justificadas, como también lo es el resentimiento
chino por el retiro total de la ayuda soviética a China, el alineamiento
diplomático entre los rusos y los hindúes, y otras acciones soviéticas.
Creo también que mucho de lo que los chinos dicen acerca del carácter
oportunista de la influencia rusa sobre el movimiento comunista
internacional es justificado. Digo esto porque, dentro de lo que
expresaré a continuación, tendré bastantes cosas críticas que decir
acerca de los últimos acontecimientos en China y quiero insertar mis
críticas en el contexto adecuado.
Volviendo al asunto de los preparativos de China para la emergencia
de un posible ataque norteamericano, pare ce muy claro que el gobierno
chino, Mao Tse-tung y sus actuales partidarios, están pensando en
términos de tener que luchar solos contra los Estados Unidos. Ellos
suponen, en otras palabras, que la Unión Soviética les fallará y, en el
caso de un ataque norteamericano, no cumplirá las obligaciones
contraídas bajo las disposiciones de la alianza ruso-china. Según esta
suposición, los chinos tendrían que hacer frente a toda la abrumadora
superioridad tecnológica de los Estados Unidos, y tendrían que formular
su doctrina militar sobre esa base. Parece ser que los chinos parten de
la premisa de que, luchando solos, no pueden esperar ganar una guerra
regular contra los Estados Unidos, una guerra similar a la que la Unión
Soviética libró contra Alemania entre 1941 y 1945, pero que sí tienen
todas las posibilidades de resistir y frustrar cualquier invasión
norteamericana por medio de una guerra de guerrillas en escala nacional.
— ¿Y en cuanto a un ataque nuclear?
— Precisamente debido a la superioridad nuclear norteamericana, los
chinos, que no pueden soñar con una represalia nuclear, están obligados a
jugárselo todo a la carta de una guerra de guerrillas descentralizada,
que no podrá ser quebrantada o paralizada ni siquiera por los golpes
nucleares.
Yo no me aventuraría, por supuesto, a juzgar las perspectivas
militares de una guerra nuclear. Nadie es capaz de calibrar tales
perspectivas. No sabemos realmente hasta qué punto la guerra nuclear
pondría fin a toda estrategia, a todo nuestro pensamiento militar
acostumbrado. Pero es comprensible que los chinos, al considerar. como
la consideran, la amenaza de un ataque norteamericano, tiendan a
apoyarse en un método de lucha que (suponiendo la existencia de algún
método eficaz) les daría la posibilidad de contrarrestar la superioridad
tecnológica norteamericana mediante su propia indudable superioridad
moral y política.
Esto es, después de todo, lo que ha sucedido — no bajo las
condiciones de una guerra nuclear, hasta ahora — en Vietnam, donde la
superioridad norteamericana en armamentos está siendo neutralizada por
la superioridad moral y política del Vietcong y del Frente Nacional de
Liberación. Los chinos conciben que cualquier conflicto armado entre
ellos y Norteamérica se desarrollará en forma similar, como una especie
de guerra vietnamita en escala gigantesca, una guerra en la cual las
desventajas para los Estados Unidos aumentarían en progresión
geométrica, en tanto que los chinos, a condición de resistir con éxito
el ataque, obtendrían beneficios de una lucha con todos sus recursos
humanos y morales, de su convicción de que estarían luchando por una
causa justa y sagrada, en defensa de su país y de su revolución. Los
chinos todavía se apoyan en su tradición de guerra de guerrillas: antes
de 1949, los ejércitos de Mao resistieron con éxito durante casi un
cuarto de siglo a las fuerzas superiores de Chiang-Kai-shek, los
japoneses y, en último término, los norteamericanos.
Resistieron y sobrevivieron por medio de una organización especial de
sus fuerzas armadas y de las regiones que dominaban durante el llamado
periodo de Yenan. La esencia de su método consistió en una relación
política extraordinariamente estrecha e íntima entre sus tropas
guerrilleras y la población campesina de sus regiones, y, además, en una
descentralización efectiva de sus fuerzas armadas y sus unidades
administrativas, de suerte que cada unidad era capaz de llevar adelante
la lucha aun cuando se hallara aislada del centro.
También lograron una estrecha combinación de unidades de combate y
producción. Lo que está sucediendo actualmente en China puede
describirse como una conversión de todo el país a algo semejante al
régimen de Yenan. En el periodo de Yenan el ejército maoísta dominaba un
territorio limitado con una población de 90 a 100 millones de
habitantes. Ahora están poniendo bajo un régimen similar a una nación de
700 millones de personas.
Los chinos probablemente han venido realizando esta conversión desde
1959, cuando se hallaron bajo el ataque político de Jruschov, y
especialmente desde 1960, cuando, Jruschov les retiró despiadadamente
toda la ayuda soviética. A partir de ese momento, empezaron a operar
sobre la base de que no podrían contar con la alianza soviética en caso
de guerra. Hasta entonces, hasta el momento del, rompimiento con Moscú,
las fuerzas armadas de China estuvieron organizadas más o menos según el
modelo soviético, es decir, como un ejército moderno, con la esperanza
de poder aprovechar los recursos tecnológicos de la Unión Soviética y de
poder desarrollar sus propias armas modernas en un plazo no demasiado
prolongado. Desde el momento del rompimiento con la Unión Soviética,
han adoptado una política diferente, una política conciliada en cierta
medida con la incapacidad de China para alcanzar tecnológicamente al
probable enemigo, los Estados Unidos, en un futuro previsible. Incluso
el hecho de que los chinos hayan hecho estallar hasta ahora tres armas
nucleares subraya este tremendo rezago.
Pero este supuesto tiene su complemento en otro, a saber, que los
Estados Unidos tampoco pueden igualar el poderío moral y político de
China.
— Señor Deutscher, ¿considera usted correcto, por parte de los
chinos, excluir de su estrategia la eventual ayuda soviética en la lucha
contra el imperialismo? En opinión de usted, ¿es correcto por parte de
los chinos dar por supuesto su aislamiento, luchar solos y descartar de
su estrategia la participación de la Unión Soviética en la lucha común
contra el imperialismo?
— Si bien reconozco que la posibilidad de que la Unión Soviética le
falle a China como aliada debe estar presente en el pensamiento de los
chinos, me inclino a considerar que esta actitud tal vez sea demasiado
pesimista y pueda llevar a los chinos a resignarse, demasiado pronto, a
la posibilidad de lo peor.
Me parece que ningún gobierno soviético puede permitirse realmente,
en caso de una guerra norteamericana contra China, fallarles a los
chinos como aliado; y que un gobierno soviético que no cumpliera las
obligaciones del Tratado de Defensa Mutua con China sería, muy
probablemente, derrocado en poco tiempo por sus propios adversarios en
Moscú. Pero evidentemente los chinos no quieren confiar en eso. El
ascenso del mariscal Lin Piao, quien ahora se ha convertido en el
segundo de Mao Tse-tung, es significativo a este respecto: Lin Piao ha
representado la política que postula el adiestramiento, la educación y
la organización de las fuerzas armadas chinas según el modelo de Yenan,
como una fuerza guerrillera en escala nacional más bien que como un
ejército regular organizado de acuerdo con el modelo soviético.
Fue como parte de esta política y, según se dice, por iniciativa de
Lin Piao, que el ejército chino decidió abolir los rangos hace algún
tiempo. La abolición de los rangos tuvo implicaciones tanto políticas
como militares: representó un rechazo de toda la estructura jerárquica
de las fuerzas armadas, que éstas habían copiado de Rusia, y un
resurgimiento del tipo de ejército guerrillero que combatió y triunfó en
la Revolución China.
He dicho que los chinos no cuentan ya con la alianza soviética. En
realidad no hacen ya ningún intento serio de apelar a la opinión pública
soviética, ningún intento de lograr un mejoramiento de las relaciones
ruso-chinas que diera nueva vida a la alianza. En esto, creo yo, están
equivocados. En la última sesión del Comité Central, efectuada en Pekín
entre el lo. y el 12 de agosto, Mao Tse-tung declaró, en forma
absolutamente definitiva, que no puede existir ningún frente unido entre
China y Rusia por lo que toca a la guerra en Vietnam o a cualquier
acción dirigida contra el imperialismo norteamericano. Denunció a los
rusos como ”secuaces y cómplices revisionistas del imperialismo
norteamericano”. Imputó a los dirigentes soviéticos la ambición de
establecer un condominio mundial soviético-norteamericano, concebido
para frustrar y reprimir la revolución y las luchas antimperialistas en
Asia y Africa. Con tales gentes, dijo Mao — y esto quedó incorporado en
las resoluciones oficiales del Comité Central chino —, no puede haber
ningún frente unido contra el imperialismo norteamericano. Yo estoy
convencido de que esta apreciación china del papel de la Unión Soviética
en el mundo, y del carácter clasista de las relaciones entre la Unión
Soviética y los Estados Unidos, es profundamente errónea.
Sin duda alguna, la burocracia y la diplomacia soviéticas han hecho
todo lo posible por lograr un llamado acomodo amistoso con la clase
gobernante norteamericana, con los presidentes Eisenhower y Kennedy e
incluso con la administración de Johnson. En sus esfuerzos por lograr la
”coexistencia pacífica” con el imperialismo norteamericano, los
dirigentes soviéticos se han comportado de la manera más oportunista y
se han mostrado dispuestos, una y otra vez, a sacrificar los intereses
de la revolución y de los pueblos oprimidos del mundo.
Ello no obstante, esta política tiene ciertos límites. Existen
ciertos límites dentro de los cuales los dirigentes soviéticos pueden
alcanzar un éxito relativo con esta política, y más allá de los cuales
no pueden ir. Esto queda corroborado por el hecho indudable de que,
cualesquiera que sean el pensamiento y las intenciones de los dirigentes
soviéticos, las hostilidades en Vietnam han vuelto a poner de
manifiesto la tensión en las relaciones soviético-norteamericanas,
tensión que parecía estar desvaneciéndose antes de la guerra de Vietnam.
El antagonismo clasista entre la Unión Soviética y los Estados Unidos
sigue existiendo íntegramente, aun cuando la guerra fría se haya
mitigado un poco durante los periodos de distensión.
La Unión Soviética sigue siendo la única gran potencia, aparte de
China, cuya economía es de propiedad pública; y no importa qué
acontecimientos reaccionarios puedan producirse dentro de la Unión
Soviética, este hecho sigue siendo el abismo que separa a la Unión
Soviética de Norteamérica. También crea la posibilidad y la necesidad
objetivas de un frente común entre Rusi a y China, tanto por lo que
atañe a Vietnam como a otras cuestiones. La lógica de su actitud
negativa respecto a un frente común, lleva a los chinos a afirmar que el
antagonismo clasista entre la Unión Soviética y los Estados Unidos se
ha desvanecido, y a hablar de la restauración del capitalismo en la
Unión Soviética. Para cualquiera que observe con ecuanimidad a la Unión
Soviética y analice su estructura social con un mínimo de realismo, ésta
es una afirmación absurda.
La Unión Soviética se halla muy lejos de cualquier restauración del
capitalismo, pese al hecho de que su burocracia es privilegiada y de que
la desigualdad social prevalece allí. Pero aun esta desigualdad fue
mucho más acusada durante la época de Stalin que en la actualidad, y sin
embargo los chinos no dicen que el stalinismo produjo la restauración
del capitalismo: por el contrario, ¡defienden el historial del
stalinismo! Aquí reside su doble error fundamental.
Permítame repetir: yo sostengo que muchas de las acusaciones que los
chinos les hacen a los rusos y sus críticas al oportunismo ruso en las
relaciones con las potencias occidentales, son justificadas; pero, como
solía decir Lenin, nadie desprestigia tanto una causa como que trata de
servirla con exceso de celo, nadie perjudica tanto a un buen argumento
como el que lo exagera y lo abulta. Basta, solía decir Lenin, con
exagerar un buen argumento ”sólo por un pelo” para destruirlo; los
chinos están exagerando mucho más que ”por un pelo”.
— Es muy probable que usted haya dado respuesta a esta pregunta en
otra ocasión, pero la misma parece surgir en forma natural aquí. ¿Cómo
es posible que los chinos cometan un error tan colosal en su análisis de
la Unión Soviética?
— Debemos tratar de situarnos en la posición de los chinos. En 1960,
cuando, de un solo golpe, Jruschov le retiró toda la ayuda a China,
todos los especialistas soviéticos regresaron a su país; los planos de
muchos establecimientos industriales, los planes, el conocimiento
técnico, todo fue retirado. Esto fue un tremendo golpe para la economía y
el pueblo chino. Todo el desarrollo industrial de China sufrió un
retroceso de muchos años; y esto coincidió con una serie de calamidades
naturales y de malas cosechas. El efecto fue un choque traumático.
Millones de chinos perdieron sus empleos en las ciudades y tuvieron que
regresar, en largas y penosas marchas, a sus aldeas nativas, donde no
había suficiente alimento para ellos. Miles de fábricas, en las que los
chinos habían invertido una gran cantidad de sus escasos recursos, no
pudieron ser construidas y completadas. Enormes inversiones quedaron
congeladas con resultados desastrosos. Desde entonces, creo yo, los
chinos han venido reaccionando frente a los golpes y los choques en una
forma irracional, producto del resentimiento y de una sensación de
agravio.
Los rusos, efectivamente, han cometido contra ellos un crimen mucho
mayor que cualquier intervención militar; comparada con los golpes
sufridos por los chinos, la breve y violenta intervención rusa de 1956
en Hungría fue casi un juego de niños. China resiente todavía los
efectos de la sacudida; y Mao Tse-tung y sus actuales partidarios
simplemente no están en condiciones de razonar fríamente acerca de sus
relaciones con Rusia. Están hablando de acuerdo a su disturbio
emocional. Desgraciadamente, la irracionalidad sigue desempeñando un
papel importante no sólo en la política capitalista e imperialista, sino
también en la política de la revolución en los países subdesarrollados y
atrasados, y en la política de la Unión Soviética y China.
En la historia del movimiento obrero existen, lamentablemente,
ominosos antecedentes de todo esto. Tengo en mente, por ejemplo, la
relación en Alemania, inmediatamente antes del ascenso de Hitler al
poder, entre los socialdemócratas y el partido comunista stalinizado. En
aquellos días los socialdemócratas hicieron todo lo posible,
involuntariamente, por allanarle el camino al nazismo; lo hicieron, en
primer lugar, al luchar por preservar al capitalismo alemán; y en
segundo lugar, por medio de su anticomunismo. Y el partido comunista,
bajo la dirección stalinista, reaccionó en una forma sumamente
irracional, denunciando a los socialdemócratas como ”socialfascistas” y
negándose a unirse con ellos contra el nazismo. Esa fue la política del
llamado Tercer Periodo de la Comintern. Permítame extenderme un poco más
sobre esta instructiva analogía.
Hablo ahora, en parte, por experiencia propia (yo participé entonces,
en los primeros años de la década de los 30, en las controversias en
torno a aquellos problemas). El error fundamental cometido por la
Comintern y por el Partido Comunista Alemán fue el imaginar que Hitler
llegaría a un acuerdo con los socialdemócratas y erigiría su Tercer
Reich con su cooperación. El comportamiento de los socialdemócratas
confería cierta verosimilitud a esa concepción errónea: los
socialdemócratas se esforzaban por obstruir cualquier lucha contra el
nazismo, e incluso en el último momento, cuando Hitler estaba ya en el
poder, le ofrecieron su colaboración. Con todo, pese a ello, el factor
decisivo en la situación, que los stalinistas pasaron por alto, era el
antagonismo básico e irreconciliable entre los objetivos de los nazis y
los de los socialdemócratas, entre el tipo de régimen que Hitler se
proponía establecer y la supervivencia de cualesquiera partidos de la
clase obrera, ya fuera el socialdemócrata o el comunista.
En aquel entonces, Trotsky y algunos de nosotros sostuvimos que
Hitler intentaba destruir todo el movimiento obrero, con sus dos
sectores, el socialdemócrata y el comunista; y que esa amenaza a ambos
sectores del movimiento obrero era y debía ser utilizada como la base
objetiva de su acción conjunta contra Hitler. El partido comunista no
quiso ver eso. Supuso una armonía de intereses básica entre el nazismo y
el reformismo obrero, del mismo modo que los chinos suponen ahora una
armonía básica entre el imperialismo norteamericano y el ”revisionismo
soviético”. Los comunistas subestimaron, o más bien fueron absolutamente
incapaces de advertir, la inevitabilidad de un choque, un choque
mortal, entre el nazismo y el partido socialdemócrata; y, al denunciar a
los socialdemócratas como el ”ala izquierda del fascismo”, rechazaron
cualquier frente común con los dirigentes socialdemócratas.
Este rechazo le hizo el juego a Hitler y también a aquellos
socialdemócratas que realmente no querían un frente común con los
comunistas. Si los comunistas hubiesen adoptado una política diferente y
hubiesen ejercido presión sobre los socialdemócratas en favor de un
frente común, éstos se habrían encontrado en una situación difícil; un
buen número de sus militantes habría respondido al llamado comunista, y
esto habría hecho mucho más efectiva la resistencia de los obreros al
nazismo y tal vez habría impedido el triunfo de Hitler en 1933 y sus
consecuencias.
Yo realmente creo que Mao Tse-tung tiene hoy, por decirlo así, su
propia versión de la teoría del ”socialfascismo”, que le ha aplicado a
Jruschov y a sus sucesores, tratándolos indiscriminadamente como
cómplices descarados del imperialismo norteamericano. Mao subestima el
antagonismo entre Moscú y Washington. Subestima la inevitabilidad del
conflicto entre ellos. No me refiero aquí a un conflicto armado, sino al
permanente y continuo conflicto social y político que puede desembocar o
no en una lucha armada. Los maoístas pasan por alto el hecho de que la
Unión Soviética tiene un interés vital en detener la agresión y la
expansión del imperialismo norteamericano, no importa cuánto hayan
tratado Jruschov o Kosyguin de apaciguar a Washington.
Los maoístas, por consiguiente, no ven ninguna base objetiva para
cooperar con la URSS, y rechazan el frente unido en lugar de pugnar por
él infatigablemente, día tras día; en lugar de recurrir a la opinión
pública soviética, a las masas soviéticas y a los partidos comunistas de
todo el mundo en favor del frente unido. Son los rusos quienes
propugnan la acción conjunta; son ellos quienes postulan el frente
unido. Podemos dudar de su sinceridad; pero los maoístas, al rechazar el
frente unido, le hacen el juego al gobierno norteamericano y también a
aquellos en Moscú que realmente no desean hacer nada en cuanto a
Vietnam, no desean coordinar acciones con los chinos y no tienen interés
en fomentar la lucha antimperialista y el fermento revolucionario en el
mundo.
Los maoístas suministran a esas gentes una coartada política; y en
lugar de responsabilizar por la división en el campo comunista a los
dirigentes soviéticos, que son principalmente los culpables de esa
división, se echan sobre sus propios hombros, innecesariamente, esa
responsabilidad. Yo creo que los chinos están cometiendo un gran error,
un error fatal, comparable al error que cometieron los stalinistas
alemanes entre 1929 y 1933. Estos últimos disfrazaron con una
fraseología ultrarradical una política de completa pasividad e inacción;
de manera similar, creo yo, los chinos están disfrazando una política
de inactividad, que tal vez no sea mucho mejor que la política
soviética, por medio de una retórica ultrarrevolucionaria.
Bajo esta luz debemos interpretar los últimos acontecimientos en
China, especialmente la sesión de agosto del Comité Central y la llamada
revolución cultural. Parece ser que la política maoísta ultrarradical,
el rechazo de cualquier frente unido con la Unión Soviética, ha causado
en los últimos meses o años una considerable inquietud y crítica entre
los dirigentes comunistas chinos; que hombres como Liu Shao-chi, quien
fue hasta agosto el segundo de Mao y sigue siendo presidente de China, y
tal vez incluso Chou En-lai, advirtieran que esta política
ultrarradical estaba conduciendo al maoísmo y a China a un callejón sin
salida. Evidentemente, ciertos sectores en Pekín han exigido que se haga
un intento de restablecer contactos y reanudar negociaciones con Moscú,
especialmente en lo tocante a Vietnam.
Por el momento, esas demandas han sido rechazadas. Mao Tse-tung se ha
obstinado en su negativa a sostener cualquier conversación con los
rusos o a dirigirles cualquier llamado. Esto explica la súbita
degradación de Liu Shao-chi en la jerarquía del partido; Liu es todavía
miembro del Politburó y del Comité Central, pero más o menos del mismo
modo que Trotsky era miembro del Comité Central y del Politburó
soviéticos en 1925 y 1926, cuando se hallaba ya en la oposición y ”en
desgracia”.
Los críticos de Mao, por supuesto, han sido denunciados como
revisionistas o como agentes de la restauración capitalista. Sin
embargo, nada es menos probable que el que Liu Shao-chi sea un
revisionista. Durante toda la controversia ruso-china, él se ha
manifestado como un resuelto adversario de Jruschov y el jruschovismo, y
ha sido un maoísta ortodoxo a lo largo de los muchos años durante los
cuales ha sido uno de los dirigentes más notables del comunismo chino.
Pero es posible criticar severamente las últimas tácticas de Mao desde
una posición perfectamente maoísta ortodoxa. Es posible sostener que es
necesario, en bien del maoísmo, precisamente en bien del maoísmo,
intentar un nuevo acercamiento a los rusos y ejercer presión en favor de
un frente unido contra Norteamérica. Esto, supongo yo, es lo que han
venido diciendo los críticos de Mao; y si hombres como Liu Shao-chi y
Chou En-lai figuran entre ellos, deben haber gozado de un apoyo
considerable en el partido.
— ¿Qué significación atribuye usted a las últimas decisiones del
Comité Central del Partido Comunista Chino y al movimiento de los
Guardias Rojos, también en relación con la posición de Lin Piao en la
jerarquía del partido?
— Los últimos acontecimientos en China han sido, en efecto, un
enfrentamiento decisivo entre Mao Tse-tung y sus críticos. Entre estos
últimos puede haber habido revisionistas también, gente que sintiera una
simpatía vergonzante por el jruschovismo, pero indudablemente también
hay antirrevisionistas alarmados por el viraje ultraizquierdista de Mao.
La prensa china se refiere ahora abiertamente a la división del partido
en una ”derecha”, una ”izquierda” y un ”centro”, aunque trata a la
izquierda ”sólo como una variante del revisionismo derechista”. Es
perfectamente posible clasificar estas divisiones de un modo algo
diferente, considerar a Mao Tse-tung y a Lin Piao como una
ultraizquierda, o en todo caso describir sus tácticas como
ultraizquierdistas, y ver que se enfrentan a una amplia variedad de
grupos. En todo caso, Mao Tse-tung ha decidido poner de rodillas a toda
la oposición, no importa cuáles sean sus motivaciones ni qué matiz de
opinión representen dentro del partido. El o Lin Piao han puesto en
marcha la llamada revolución cultural a fin de ahogar cualquier debate
intrapartidario sobre la estrategia y la táctica, sobre las relaciones
con la Unión Soviética y sobre la actitud de China frente a la guerra de
Vietnam. Apoyado por Mao, Lin Piao ha incitado a escolares y colegiales
inmaduros contra la jerarquía del partido y contra los críticos que
pertenecen al Comité Central. Por supuesto, Lin Piao no habría tenido la
menor oportunidad de vencer en esta lucha si los estudiantes hubiesen
sido su principal fuerza de ataque. El y Mao han utilizado también al
ejército contra los viejos cuadros del partido. Lin Piao, que es
mariscal y ministro de la Defensa, se ha convertido también en el
segundo de Mao dentro del partido. Esto imparte a la situación un cierto
matiz bonapartista. En la revista Pekín Informa y en los
boletines de la Agencia China de Noticias se pueden leer muchas
informaciones sobre los ataques efectuados por los estudiantes contra
dirigentes del partido en diversas localidades, sobre asaltos a sedes
locales del partido, etcétera. Algunos corresponsales extranjeros en
Pekín han descrito estos choques con abundancia de evidencia
circunstancial que, aun si la descartamos en parte, indica con todo una
severa convulsión de toda la estructura del Partido Comunista Chino.
La conversión de China en algo semejante al régimen de Yenan, en un
campamento guerrillero en escala nacional, tiene sus graves
implicaciones económicas, sociales y políticas. Bajo tal régimen
difícilmente es posible llevar adelante, o reanudar, la rápida
industrialización y modernización de China. La descentralización que tal
régimen implica tiende cuando menos a debilitar la planeación central, a
obstruir la estandarización en la industria, a reducir la eficiencia, a
hacer más lento el ritmo de crecimiento económico y a deprimir los
niveles de vida. Cuando cada región administrativa, cada unidad
económica y cada cuerpo de ejército tiene que ser autosuficiente, una
distribución económicamente racional de los recursos se hace muy difícil
o imposible. Tal política da lugar a la frustración, el descontento y
la oposición. Difícilmente puede producir entusiasmo en la industria.
Característicamente, la ”revolución cultural” apenas ha buscado algún
apoyo en la clase obrera. No sólo tuvo como fuerza principal a
escolares y colegiales, sino que la clase obrera brilló por su ausencia.
Lo mismo sucedió con los campesinos. En Pekín Informa se podían
leer llamamientos a los obreros en el sentido de que no interfirieran
con la revolución cultural. Repare usted en eso: no que participaran,
sino que no interfirieran. En otras palabras, esta revolución
supuestamente proletaria fue llevada a cabo — sin ninguna participación
de la clase obrera— por elementos que, aun siendo hijos de obreros, no
pertenecen ya a la clase obrera sino que han ingresado en un estrato
social diferente, a saber: la intelectualidad.
¿Cuál ha sido entonces el valor y el significado de esta revolución
cultural en su propio campo, es decir, para la vida cultural de China?
Si consideramos las cosas a primera vista, si leemos literalmente los
diversos llamamientos en favor de la revolución cultural, hallamos en
ellos cosas que tienen por objeto apelar a ciertos sentimientos
socialistas. Los Guardias Rojos son presentados como un movimiento
espontáneo desde abajo, preferible a cualquier institucionalidad
burocrática que funcione desde arriba. Los jóvenes son exhortados a
rebelarse contra la autoridad establecida. Los Guardias Rojos han sido
instados a elegir a sus dirigentes de acuerdo con las reglas
establecidas por la Comuna de París, de tal suerte que cualquier
dirigente pueda ser revocado o depuesto por los electores en cualquier
momento. Estas evocaciones de una tradición marxista-leninista serían
convincentes si al mismo tiempo tuviéramos noticia de algún debate en el
país, de alguna discusión genuina, de algún auténtico intercambio de
opiniones. Entonces este movimiento podría ser considerado como una
manifestación de una nueva democracia desde abajo. En realidad, todo lo
que se nos ha permitido escuchar son las denuncias de Mao y Lin Piao
contra sus adversarios ”revisionistas”, de derecha o de izquierda; no
oímos ninguna voz disidente; no se nos permite averiguar qué es lo que
han venido diciendo los críticos de Mao o con qué razones se han venido
oponiendo a él. En estas condiciones, la parafernalia democrática de los
”Guardias Rojos”, con la implícita evocación de los Guardias Rojos de
la Revolución Rusa, debe desecharse como puro fingimiento. ¿Cómo puede
hablarse de un genuino movimiento desde abajo mientras a la clase obrera
china no se le permita considerar las cuestiones en debate mediante el
conocimiento de los diferentes argumentos? Lamento tener que decir esto;
yo hubiera preferido aplaudir a estos Guardias Rojos. Pero ellos han
obrado en realidad — desgraciadamente no puedo hallar otra expresión más
adecuada- como pandilleros, ahogando todo debate y amordazando toda
crítica de la línea maoísta.
Esto ha conducido a un ataque y a una humillación sin sentido no sólo
contra los cuadros del partido sino también contra la vieja
intelectualidad revolucionaria. La mayoría de los intelectuales que
ahora son tachados de burgueses decadentes y revisionistas son sabios,
escritores y artistas vinculados con el comunismo chino durante veinte,
treinta o cuarenta años — antes, durante y después de la revolución— y
que desde 1949 han tenido a su cargo la labor educativa entre las masas.
Evidentemente, es en estos círculos donde la política maoísta ha
tropezado con una resistencia considerable, y por eso Mao y/o Lin Piao
han incitado y puesto en marcha un motín de estudiantes en escala
nacional, contra la vieja intelectualidad comunista.
— ¿Explica eso también la hostilidad frente a la cultura occidental en cuanto tal?
— Naturalmente, la vieja intelectualidad ha tenido vínculos
relativamente estrechos con las tradiciones culturales occidentales, así
como con sus propias tradiciones autóctonas. Para muchos de ellos,
Shakespeare y Beethoven y las grandes figuras de la literatura francesa
son parte de un estimable legado cultural. Desde la revolución, y aun
desde antes, han cultivado a los grandes escritores rusos de los dos
últimos siglos. Ahora vemos una reacción contra todo esto. En nombre del
marxismo-leninismo, Shakespeare, Beethoven, Balzac son denunciados como
especímenes de degeneración burguesa. Los grandes ”revolucionarios” que
los denuncian no sospechan siquiera — ¿o sí lo sospechan? — que Karl
Marx admiró durante toda su vida a Balzac y Shakespeare, que Lenin amó a
Beethoven y a Pushkin (¡el monumento a Pushkin, erigido en Shangai
después de la revolución, ha sido mutilado! ). Incluso han llegado a
denunciar a Chernichevski y a Herzen también como productos de una
cultura burguesa degenerada, ignorando que Chernichevski ejerció una
decisiva influencia formativa en el pensamiento de Lenin, y que tanto
Chernichevski como Herzen fueron los fundadores y los portavoces más
brillantes del movimiento revolucionario ruso en el siglo diecinueve.
Todo esto demuestra que la ”revolución cultural” sólo ha sido
negativa, que no ha tenido ningún contenido positivo. La prensa
soviética, por cierto, la ha comparado con la llamada Proletkult, el ”movimiento” en favor de una cultura proletaria que se desarrolló en la Unión Soviética poco después de la revolución. Pravda incluso describió a Trotsky como inspirador de la Proletkult, lo cual, es de suponerse, bastaría para desprestigiar tanto a la Proletkult rusa como a su supuesto equivalente chino. Ahora bien, esto es una falsificación por partida doble. Por una parte, la Proletkult
fue un asunto apacible y civilizado en comparación con la ”revolución
cultural” en China; y, por otra parte, Trotsky no fue su inspirador sino
su adversario. Dedicó una buena parte de su libro Literatura y revolución a refutar la ”cultura proletaria”, y en ello coincidió con Lenin.
Es cierto que Trotsky defendió el derecho de los escritores y artistas de la Proletkult
a expresarse; se opuso a que los reprimieran, pero criticó severamente
su idea de que era posible fomentar y crear una cultura, una literatura o
un arte proletarios. Pravda y otros periódicos soviéticos podían
haber hallado una mejor analogía comparando la ”revolución cultural”
china con lo que sucedió en Rusia durante los últimos años de la era de
Stalin, cuando Zhdánov emprendió la denuncia de la cultura occidental,
cuando las obras de Einstein, Freud, Mendel y muchos otros científicos y
pensadores occidentales fueron prohibidas en las universidades rusas,
cuando el ”cosmopolitismo desarraigado” fue objeto de denuncia, cuando
todo lo ruso fue glorificado, cuando se nos dijo que casi toda invención
y descubrimiento importantes se habían originado en Rusia y que el
occidente sólo había plagiado los productos del genio ruso. ¡Esta es la
verdadera analogía! Y la analogía se extiende a los contextos y los
antecedentes de las dos campañas. En Rusia, estos estallidos de
antioccidentalismo ”cultural” estuvieron relacionados, en los últimos
años de Stalin, con la guerra fría y la guerra de Corea; fueron parte
del intento de Stalin de aislar a Rusia tan herméticamente como fuera
posible de cualesquiera influencias occidentales y de apuntalar la
confianza de Rusia en sí misma.
Esto es exactamente lo que Mao Tse-tung desea ahora lograr en China:
quiere aislar a China más herméticamente que nunca de cualquier
influencia exterior, apuntalar la moral y el orgullo chinos, glorificar
el aislamiento de China respecto del mundo, y, al mismo tiempo,
compensar la sensación de aislamiento de los chinos. Todo esto puede
verse como parte de la preparación de la moral nacional para una
emergencia bélica.
Una de las consecuencias de esta conmoción es un desplazamiento
social conducente al reemplazo de los viejos cuadros de la
intelectualidad por nuevos cuadros que son muy jóvenes, inmaduros y lo
suficientemente faltos de sentido crítico como para aceptar el maoísmo
en su versión más reciente. Algunos de tales cambios, a través de los
cuales las viejas generaciones de la intelectualidad dan paso a los
jóvenes, pueden ser progresistas y pueden ocurrir en cualquier
revolución; pero cuando se efectúan tan brutal y demagógicamente como se
están efectuando ahora en China y como se efectuaron en la Rusia
stalinista, empobrecen a la nación intelectual y espiritualmente, dejan
una inmensa laguna cultural entre las generaciones, una laguna que Rusia
está sintiendo hasta hoy. Estoy convencido de que así como la Rusia
posestalinista ha reconocido el gran daño que se le ha hecho en esta
forma a la nación y a su vida cultural, también la China posmaoísta lo
reconocerá algún día... aunque tal vez demasiado tarde.
— Parece que existe aquí una contradicción en relación con la
experiencia soviética. Generalmente se acepta que cuando Stalin puso en
práctica las medidas extremas de stalinización y todo lo que ellas
implicaron, lo hizo en beneficio de los estratos privilegiados de la
sociedad soviética, o de la burocracia, corno la llamó Trotsky. En
China, sin embargo, todavía queda por demostrar que existe algún
desarrollo de una burocracia, de una casta materialmente beneficiada en
un sentido inmediato. Podría decirse que se ha preparado el terreno para
tal desarrollo, pero nadie acusaría a los dirigentes chinos de
constituir un estrato privilegiado, extremadamente burocrático, corno lo
fue la burocracia soviética.
— Eso es correcto, y yo mismo he señalado esa diferencia en algunas
ocasiones. No creo que la burocracia esté tan formada en China como lo
está en Rusia, de modo que constituya un estrato social privilegiado en
forma masiva. El actual movimiento está causando nuevos transtornos en
las filas de la burocracia, y nos impide aún más hablar de alguna
posición privilegiada de los grupos administrativos en China. La
revolución cultural conduce al derrocamiento no sólo de los viejos
cuadros educativos, sino también de los elementos técnicos y
administrativos en la industria. Por otra parte, resulta difícil ver
cómo un país tan subdesarrollado y tan pobre como China podría practicar
cualquier tipo de igualitarismo socialista auténtico. Eso también es
imposible. Las desigualdades sociales en la sociedad china tienen
necesariamente que ser bastante grandes, pero parecen ser fluidas; no se
les permite cristalizar en divisiones sociales definitivas.
Pues bien, yo no considero la actual política china como una
manifestación de alguna lucha burocrática especial por privilegios. No
he dicho eso de ninguna manera. Explico los acontecimientos en términos
políticos más bien que socioeconómicos; es decir, como una reacción,
enfermiza en parte, contra el aislamiento de China por el imperialismo
norteamericano, de una parte, y de la Unión Soviética de otra. Estoy
convencido de que, aun por lo que se refiere a Rusia, muy a menudo la
explicación de las acciones de Stalin no hay que buscarla en los
intereses de la burocracia, porque Stalin actuó con mucha frecuencia
contra los intereses de su burocracia misma: ¡envió hordas de burócratas
rusos a los campos de concentración! No creo, por consiguiente, que las
líneas políticas de Stalin puedan explicarse siempre en razón d su
papel como jefe y portavoz de una burocracia privilegiada. En muchas
ocasiones actuó guiado por el interés más estrecho de su autocracia, de
su régimen personal; y veces actuó en provecho de un interés nacional m
amplio. Menos aún podemos considerar a Mao como adalid del privilegio
burocrático, especialmente del privilegio económico. Por otra parte, aun
cuando no existe en China una burocracia privilegiada en forma fija y
cristalizada, sí existe un considerable privilegio político, el
privilegio eminente bajo el cual sólo los hombres del grupo gobernante
pueden expresar sus opiniones y tomar decisiones políticas. Esto,
indudablemente, es un privilegio. Aun así, hasta ayer un hombre como Liu
Shao-chi y sus partidarios gozaban de ese privilegio, y ahora han sido
despojados del mismo. Las cosas, en este punto, no parecen encajar en
ninguna fórmula socioeconómica claramente definida. Yo sé que para un
marxista siempre existe la tentación de encontrar la fórmula sociológica
que encaje en la situación; pero muy a menudo tenemos que analizar
fenómenos y acontecimientos en términos políticos porque la política
tiene su propia dialéctica interna que no está vinculada inmediatamente
con los fenómenos socioeconómicos.
Si usted estudió El dieciocho Brumario de Marx o sus otros
escritos ”menores”, advertirá cuán frecuentemente tuvo que hacer esto,
cuán frecuentemente examina la política en términos políticos más bien
que socioeconómicos, aunque en última instancia siempre tenemos que
referirnos a la estructura socioeconómica dentro de la cual los procesos
políticos despliegan su dialéctica. En el actual ”movimiento” en China
se pone mucho énfasis en las consignas igualitarias; pero esto no hace
que el ”movimiento” sea políticamente más progresista: el igualitarismo
no basta en una ”revolución cultural”. Cuando ellos arrojan a
Shakespeare y a Beethoven al basurero, se imaginan que están obrando con
un espíritu ”igualitario”; pero esto es reaccionario, no progresista.
— Volviendo a la crisis política, ¿cuáles son las perspectivas a
largo plazo? ¿Y cómo afecta la situación china al movimiento obrero y al
comunismo fuera de China?
— La crisis actual está relacionada también, probablemente, con una
lucha por la sucesión de Mao Tse-tung. En este aspecto los
acontecimientos también parecen análogos a lo que sucedió en Rusia
durante los últimos años de Stalin. Por el momento, parecería que Lin
Piao tiene asegurada la sucesión. Es el jefe de las fuerzas armadas,
héroe de los Guardias Rojos y, con la ayuda de las fuerzas armadas, está
adueñándose del aparato del partido. Pero, ¿habrá de ser él — el
heredero aparente — el sucesor de Mao? Y si lo fuere, ¿continuará la
actual política maoísta? Estas son preguntas que, por supuesto, es
preciso dejar en suspenso.
En cualquier régimen autocrático el factor de la personalidad, de la
personalidad del líder, desempeña un gran papel; y la política se ve
afectada, en cierta medida, por ”accidentes biológicos” tales como la
longevidad que un dictador alcance o deje de alcanzar. Pero en el
momento en que Mao desaparezca, su sucesor bien podría intentar un nuevo
comienzo; especialmente podría tratar de revivir la alianza ruso-china.
Mientras tanto, también en la Unión Soviética podrían ocurrir cambios.
No debemos pensar que la situación es estática y permanecerá congelada
por quién sabe cuántos años. Es probable que ocurran evoluciones
dinámicas tanto en la Unión Soviética como en China. Lo que ha sucedido
en Pekín este verano tal vez haya resuelto la lucha por el poder y la
línea política sólo a corto plazo; a la larga, las cosas bien podrían
volver a hacerse fluidas, y el sucesor o los sucesores de Mao podrían
tratar de restablecer un frente común con los rusos. Esto es sólo una
hipótesis, no un vaticinio.
Podría suceder también que el movimiento juvenil chino, que ahora ha
sido lanzado a las calles para asaltar a la vieja jerarquía del partido y
a la vieja intelectualidad, desplegara su propia dinámica. Actualmente a
los escolares y estudiantes se les dice que no obstruyan la producción,
que no desorganicen las labores de la industria y la agricultura, y con
mucho redoble de tambores son sacados de las grandes ciudades; una fase
del movimiento toca evidentemente a su fin. Nos enteramos de que el
ejército está nombrando comandantes y comisarios políticos para que se
hagan cargo de los Guardias Rojos, de que está tratando de poner el
movimiento, que puede ser una especie de Frankenstein, bajo sus órdenes.
La nueva generación, a la que se le ha dado ahora acceso al escenario
político, podría desarrollar gradualmente sus propias ambiciones y
aspiraciones políticas.
A la larga, también es improbable que una gran nación como es la de
los chinos se resigne al actual ritmo, más bien moroso, de su desarrollo
económico. Ha habido tres o cuatro muy buenas cosechas en China, y esto
ha mejorado la situación ecónomica. Se ha puesto en marcha un nuevo
plan quinquenal, después de un intervalo durante el cual no hubo planes
quinquenales ni planes industriales generales. Pero los objetivos del
nuevo plan no han sido divulgados. No son tan impresionantes como para
hacerles mucha publicidad. Aislada China del mundo exterior y de Rusia,
su desarrollo sufre un gran retraso; y es de dudar que la joven
generación se resigne a ello.
Tampoco parece probable que la apoteosis casi mística del maoísmo,
que la glorificación de cada ademán y cada palabra de Mao, glorificación
que raya en el mismo absurdo que el culto a Stalin en Rusia en 1950,
pueda sobrevivir a Mao. Aun ahora debe haber cierta reacción de rechazo
al culto a Mao, el gran nadador, el gran filósofo, el gran hombre de
ciencia (que ayuda a vender más melones) y tiene una respuesta para
cualquier pregunta); y no creo que China, después de la muerte de Mao,
quiera seguir viviendo con esta imagen sagrada de él, aun cuando Mao
conservará indudablemente su lugar en la historia revolucionaria de
China como el gran comandante del ejército guerrillero que hizo la
revolución. A este respecto, Mao no es exactamente lo que fue Stalin;
más bien es como una combinación de Lenin y Stalin. Pero mientras más
viejo se hace, más se parece a Stalin y menos se asemeja a Lenin.
Tales comparaciones, por supuesto, tienen un valor limitado. Al decir
que Mao es medio Lenin y medio Stalin, lo que me propongo es hacer una
distinción entre Mao el gran jefe revolucionario y Mao el déspota
endiosado. Es este último, el elemento Stalin que hay en él, el que
ahora ha ganado primacía. Yo creo que la nueva intelectualidad china
reaccionará contra esto del mismo modo que ha reaccionado la vieja
intelectualidad. En otras palabras, creo en el progreso de China y no
considero que la actual fase, con todo lo deplorable que es, sea en modo
alguno definitiva. Y creo también que tarde o temprano la lógica
objetiva de su situación llevarán a la URSS y a China a formar un frente
común.
Tal vez deba explicar que cuando hablo de la necesidad de un frente común, no
quiero decir que los chinos y los rusos tengan necesariamente que
zanjar sus diferencias ”ideológicas”. Por el contrario, tales
diferencias deben expresarse y discutirse abiertamente en el movimiento
comunista internacional. Todo movimiento vivo tiene sus contradicciones y
diferencias internas, cuya supresión sólo puede redundar en su propio
perjuicio. En cierto modo, este conflicto sectario-fanático entre el
maoísmo y el jruschovismo (y el posjruschovismo) es el precio que los
partidos comunistas de los dos países están pagando ahora por las
décadas de monolitismo stalinista.
Después de la quiebra del ”monolito”, la gente que ha sido conformada
por éste resulta incapaz de discutir sus diferencias de una manera
racional. Son personas que no han discutido, argumentado, debatido y ni
siquiera pensado con su propia cabeza durante tantos años y décadas, que
cuando sus diferencias se hacen públicas adquieren las formas más
obsesivas y demenciales. La situación sería irremediable para los
partidos comunistas si éstos no lograran aprender al fin el lenguaje de
la discusión y el debate racionales, y si no aprendieran a coordinar la
acción conjunta a pesar de las diferencias de opinión. Nosotros, los
comunistas y los socialistas del occidente, no debemos considerar que
nuestra tarea consiste en identificarnos con los rusos o con los chinos,
pues es claro que las actuales actitudes de unos y otros no pueden ser
las indicadas para alguien que se haya formado en una escuela de
pensamiento marxista y esté comprometido a luchar por los intereses del
socialismo en los países capitalistas avanzados. Nuestro deber consiste
en mantener una actitud independiente.
Debemos criticar el oportunismo soviético y la traición soviética a
China; y también debemos tratar, hasta donde podamos, de disuadir a los
chinos de sus actuales ideas fijas ultrarradicales e irracionales.
Debemos recordarles tanto a los rusos como a los chinos su obligación de
actuar en forma conjunta contra el peligro de una guerra mundial,
contra la agresión norteamericana en Vietnam y en favor del socialismo
en el mundo.
— ¿No encuentra usted nada de positivo y progresista en la actual revolución cultural en China?
— Es preciso aclarar el término ”revolución cultural”. Uno puede usar
el término en un sentido metafórico para indicar el ascenso cultural de
personas anteriormente oprimidas e iletradas, un ascenso cultural que
debe desarrollarse a lo largo de muchos, muchos años y décadas. Cuando
se enseña a millones, o a decenas de millones de campesinos analfabetos a
leer y escribir y se les continúa impartiendo una educación, uno puede
hablar, en un sentido amplio, de algo como una revolución cultural que
abarca los lapsos vitales de dos o tres generaciones. Pero hablar de una
revolución cultural como de un solo acto, es absurdo. ¿Qué es una
revolución? La definición clásica es el traspaso del poder de una clase a
otra. Se puede hacer una revolución social y una revolución política.
Se hace una revolución social cuando una clase se apodera de la
propiedad de otra y la nacionaliza. Se hace una revolución política
cuando una clase le quita el poder político a otra clase; en ese caso la
revolución se hace en un solo acto o en un plazo muy breve. Una
revolución social es ya algo más que un solo acto. Una revolución
política puede ser un levantamiento armado que derroque a un gobierno e
instaure en el mando a los representantes de un movimiento
revolucionario.
Pero, ¿cómo se puede hacer una revolución cultural en un solo acto?
¿Se pueden traspasar de un golpe los conocimientos y las habilidades
acumuladas en la cabeza de una clase a la cabeza de otra? Los
revolucionarios que lograran hacer tal cosa realizarían, en efecto, una
hazaña con la que no han soñado los filósofos, incluidos los filósofos
del marxismo. Es posible, por supuesto, matar, o reducir al silencio, o
recluir en campos de concentración a toda una generación de
intelectuales, y en esa forma privar a la sociedad de un cierto caudal
de conocimientos, hábitos y habilidades civilizadas que se han acumulado
a lo largo de varias generaciones, pero eso no convertirá a los
destructores de la vieja intelectualidad en poseedores de los
conocimientos, las habilidades y las artes que han aniquilado.
Lenin, por consiguiente, no habló de ”revolución cultural”, sino del
legado cultural que el Partido Bolchevique y el gobierno revolucionario
estaban obligados a preservar y desarrollar. Trotsky planteó el problema
de emplear a los especialistas en este contexto. Lo planteó no sólo en
relación con los especialistas militares empleados en el ejército, sino
también en relación con los especialistas empleados en la economía y en
la educación; vio esto como parte de un gran esfuerzo por hacer
accesible el legado cultural del pasado a una nueva clase revolucionaria
y al régimen revolucionario. No ”revolución cultural”, sino la posesión
del legado cultural; ésta fue la idea orientadora en tiempos de Lenin.
Los bolcheviques, desde luego, no sólo se atenían al legado cultural
de la burguesía y de las clases feudales; se esforzaban al máximo por
llevar la educación a las masas de obreros y campesinos rusos. Sólo así
podía hacerse accesible el legado cultural a las clases sociales en
ascenso; y Lenin y Trotsky y sus seguidores aceptaron el legado cultural
con actitud crítica, con discriminación marxista, absorbiendo lo que
era vital en ese legado y superando sus elementos obsolescentes. Y lo
vital era, y sigue siendo porque en la ciencia y en las artes las
antiguas clases dominantes se habían trascendido, en cierto sentido, a
si mismas y a sus limitaciones.
Podemos considerar a Shakespeare como un representante del sueño
burgués, como el representante de lo que en su tiempo era una
sensibilidad individualista burguesa esencialmente nueva. Pero en
Shakespeare esta sensibilidad burguesa trascendió sus propias
limitaciones y se elevó por encima de sí misma, por decirlo así, para
crear valores artísticos perdurables que conservan su fuerza al cabo de
tantos cambios de gobiernos, regímenes y sistemas sociales. De manera
similar, podemos decir que el teatro griego antiguo representó un tipo
de sensibilidad y un modo de pensar arraigados en una sociedad que se
fundaba en la esclavitud; pero Sófocles, Eurípides y Esquilo
trascendieron artísticamente esas limitaciones y crearon valores
perdurables, que ninguna ”revolución cultural” está llamada a destruir.
(Mis lectores italianos recordarán, por supuesto, el desprecio con que
un Marinetti y otros futuristas trataron una vez a Dante, Petrarca y los
maestros del Renacimiento.)
Sólo los salvajes, o los ultrarradicales pequeñoburgueses e ignaros, o
los arribistas burocráticos pueden hacer hogueras con las obras de los
grandes pensadores y artistas del pasado. Los maoístas, que lo hacen en
nombre del marxismo y del leninismo, están cometiendo un harakiri
moral. Y están perjudicando el interés revolucionario de China,
¡perjudicándolo vergonzosa e ignominiosamente! ¡Nosotros debemos
defender la causa revolucionaria de China, a pesar de ellos e incluso
contra ellos!
20 de septiembre de 1966
Traducción (del inglés): José Luís Gonzales (1971)
Esta edición: Marxists Internet Archive, febrero de 2012.
Digitalización: Martin Fahlgren, 2012.